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Regla de Tres
- Por Revista SoHo
- Publicado 08/12/2009
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Los tres fueron superestrellas, especialistas, dominantes, pero principalmente entendían su rol dentro de un equipo que hizo historia. Es cierto, los Bulls de Chicago ya habían ganado tres títulos en el 91, 92 y 93, pero con el regreso de Jordan, la llegada de Rodman y la consolidación de Pippen, el equipo de la Ciudad de los Vientos estaba obligado a recuperar el prestigio. |
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¡Vaya que lo hicieron! El dominio total fue una constante y en apenas su primer temporada juntos (1995-1996) lo comprobaron. Setenta y dos triunfos en ochenta y dos partidos se convirtieron en una marca que hasta hoy parece insuperable. El frenesí por el trío de los Bulls se desató. Era como tener a los Beatles en el pueblo, pero esta vez eran tres genios que compartían un solo instrumento: una pelota de baloncesto. Eran como los grandes de Liverpool, pues desde que llegaban a una ciudad, sus aficionados los perseguían adonde fueran. Reunir tres mil personas en la salida de un hotel era pan de cada día. Todos querían un pedazo de Jordan, Pippen y Rodman. Pocos recuerdan aquel 27 de marzo de 1998, cuando los Bulls provocaron la mayor asistencia en un partido de la NBA. Un total de 62.046 aficionados abarrotaron el Georgia Dome para ver a los Beatles del baloncesto. Ocho mil de ellos pagaron $5 para sentarse en una zona sin visibilidad a la cancha y vieron el juego en pantallas gigantes. Cualquier cosa para decir: “Yo estuve ahí”. Solo un genio como Phil Jackson pudo darse el lujo de poner en la misma página a tres hombres con estilos de vida, características de juego y personalidades tan distintas. Cada quien sabía lo que debía hacer; nadie se metía en el lugar del otro. Rodman, con su notable extravagancia dentro y fuera de la cancha, se dedicó a hacer tres cosas y bien hechas. Primero, bajar todos los rebotes posibles, tanto que en cada una de las tres temporadas con los Bulls fue el líder de rebotes de la liga. Segundo, convertirse en un perro de traba y fastidiar a sus rivales cuando fuera necesario, como gran jugador defensivo que era. Tercero, se olvidó de las distracciones que tanto se le metieron en la cancha, y se concentró en ganar. Pippen fue quizás el balance de los tres, hacía de todo. Si había que anotar, ahí estaba. Si se ocupaba defender, él levantaba la mano. Si era necesario jugar los 48 minutos completos para descansar a Jordan o a otro, nunca dijo que no. Scottie fue un peón de lujo para los Bulls, tanto que fue llamado al juego de las estrellas en siete temporadas consecutivas, incluyendo la época ganadora en mención. Y aunque sus dotes de anotador eran sólidos, su aporte vital fue siempre en defensa. Pero sin duda, la gran estrella del trío fue la mayor leyenda del baloncesto, Michael Jordan. Líder en todo sentido, dentro y fuera de la cancha, tranquilo cuando había que estarlo y exigente cuando lo requería el equipo. Pero sobre todo, dominante en el juego como nadie. El tridente más dominador en la historia de la NBA permitió que los Bulls solo perdieran 43 de 246 partidos en tres campañas consecutivas. Dejaron en el trayecto una cosecha de marcas personales y colectivas difícilmente igualada por otra franquicia. Todos recordamos aquella final del año 96, cuando los Seattle Sonics se interpusieron en el camino y solo lograron resistir seis partidos. Sin embargo, nada se recuerda más que las finales entre los Bulls y el Jazz de Karl Malone y John Stockton. Jordan fue una máquina de anotar puntos y no bajó de un promedio de 35, pero el Jazz fue más fiero de lo esperado y llevó la serie hasta seis partidos en el 97. Nadie puede olvidar los 38 puntos de Jordan en el Delta Center, a pesar de ser víctima de un virus estomacal. La imagen de Pippen ayudando a Michael a salir de la cancha será una de las más memorables en la historia de la NBA. La final de 1998 fue todavía más dramática, como a propósito para dejar una estela de grandeza tan fresca como la recordamos hoy. El juego 6 fue el último gran capítulo, con Pippen lesionado de la espalda, Rodman batallando con Malone y Jordan con una actuación superlativa. Con poco más de treinta segundos para terminar, los Bulls perdían por tres y Jordan dejaba en el camino a Bryon Russell para descontar a un punto. Entonces vino aquella jugada donde el 23 no le dejó nada a nadie. Le robó la pelota a Malone, no la compartió con nadie y, con la entereza acostumbrada, se elevó desde el centro del último cuarto de cancha para anotar aquello que muchos llaman y recuerdan como “El Lanzamiento”. La imagen de Jordan con la mano hacia arriba y aún de puntillas, luego de haber anotado, sigue ahí como el punto final de una historia que muchos extrañan. Fue una época donde la NBA era todo, gracias al equipo con un toro en su logo, pero en especial por sus protagonistas que hicieron de este pasaje un orgullo para aquellos que podemos decir: “Yo los vi jugar”. |
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