Es difícil mencionar  a los Tres Chiflados sin que aparezca aquella imagen de los expresidentes adornando cada poste y local de la calle de la amargura. Pero una vez superada la paramnesia (déjà vu), aquí vamos.

 

Su música forma parte de la psique nacional, igual que la de El Chavo y Los Simpson. Es más, si alguien hace una trastada, basta con silbarlas para emitir criterio y sobrado.

 Así como la física se permite abordar un problema con solo dejar estancada alguna de sus fuerzas, de igual manera pasa cuando hablo de los Tres Chiflados y, en especial, de su personaje más gesticular y emblemático de todos, que para mí sigue estando ahí a pesar de los que vinieron después por razones que todos pueden encontrar en Wikipedia.

Nunca simpaticé con Moe. Para mí fue ese extraño telonero que alargaba la espera de lo verdaderamente cómico. Porque en el fondo –seamos honestos– todos esperábamos las salidas de Larry y Curly: ¿Es que no tienes dignidad? Responde, ¿no tienes dignidad? (Larry, capítulo XIV, versículo III). Ese mechero que se acoplaba cada vez mejor a la mano de Moe y lo apartaba de cualquier sex appeal no era de uso exclusivo. Setenta años después, sigue siendo la pesadilla de muchos –empezando por este servidor– y la realidad de otros, que por más entrenadores de fútbol que sean, deben aparentar cordura a sus dirigidos. Máxime si visten la casa del Alma Mater.

Pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio. De hecho, sus bromas se basaron en ello. Ahora, no estoy seguro si ellos inventaron esa forma de hacer reír, porque el placer que se siente cuando uno corrige, ordena, saluda o despide a alguien con un manotazo es tan gratificante y catártico que difícilmente se aprenda por imitación. La microbiología antes que la sociología puede dar luz al respecto.

 De que fueran tres los chiflados y no cuatro o dos, es algo que la cábala o la teosofía pueden argüir mejor. Para efectos de guión, nos limitaremos a decir que uno la hacía, el otro la cobraba y el otro la pagaba bien caro. Y viceversa.

Pero cuando Curly osaba cobrarlas, sus llaves al antebrazo eran tan inofensivas como cosquillosas, a sabiendas de que la riposta por parte de Moe sería peor. El caso de Larry era más solapado, a distancia y calladito hacía más daño. Difícil de explicar, pero su rol padecía de una extrema complicidad consigo mismo. Nunca tomó la iniciativa. Obedecer directamente o esperar a que Curly cruzara el charco para ver cómo le iba –como si existiera una alternativa para la mala suerte– eran sus opciones. Mejor que cualquier discípulo en Judea, practicaron el sofisma pro status quo: si te golpean la mejilla izquierda, poné la derecha. No hubo sonrisa de Larry que fuera apagada inmediatamente de una cachetada. Igual suerte corrió Curly. Su derecho a la no burla fue nuestro derecho a la redención. Pero esa redención no está completa hasta que se deduce tal y como lo hizo Schopenhauer, que el insulto puede ser un arte también.

Ni qué decir de las rabietas  de Curly. Llenas de ademanes y sonidos salvajes inmortalizaron la kata del berreo. Sin duda el sensei de senseis.

Su porte grueso contrastaba con la fineza de sus movimientos. O quizá le encajaba a la perfección. Para resolver varias escenas –la mayoría– sencillamente prefirió danzar y musitar.

De ahí el sempiterno ruedo corto que usó hasta que el telón se vino abajo. Especie de traje especial que de alguna forma lo conectaba con Peter Pan.
Como eterno fan, le era fiel. Tanto así que, llegada la hora, apagaba el tele si su estampa no salía en la portada. “Perdón Larry y Moe, pero papi es papi”. En caso contrario, viendo el payaso y soltando la risa.

Canonizar una escena de Los Tres Chiflados sería motivo de concurso. Disputa en el peor de los casos. Pero así como en El Chavo nadie olvida la faceta boxística de Don Ramón, de la tripleta norteña recordamos con malicia indígena el combate que Curly casi pierde de no ser porque el megáfono de un auto reactivara sus poderes ligados a la obertura clásica de Rossini.

Las pocas veces que aplicaron el cortejo salieron mejor librados al estreno que cualquier galán contemporáneo y bien curtido. Tenían a granel la fórmula para hacerlas olvidar –aunque fuera por tiempo corto– esa necesidad de edificar relaciones más serias.

Sin duda, hacen falta más chiflados y menos críticos. O más chifladuras y menos noticias. Más importante que hablar sobre Dios, es darse cuenta que nunca nadie fue tan feliz hasta que se enteró de la verdad. Buda estaba equivocado, la ilusión no es el problema, el problema es el exceso de realidad.

 Todos ocupamos un refugio, la locura es una opción igual que la bipolaridad o el déficit atencional. Los siquiatras, a través de sus drogas, son los garantes para que podamos interactuar. 

Quién sabe si un país con más Curlys, Larrys y Moes encabezaría el ranking de la felicidad. Ojalá. Porque una sociedad incapaz de reírse de sus desgracias, se está poniendo para que otros se rían de ella.