En numerología, el 3 irradia entusiasmo, le agrada el placer y transmite gran atracción a los demás. Por esta vez, no vamos a contradecir a los supersticiosos.
Edición 33
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En numerología, el 3 irradia entusiasmo, le agrada el placer y transmite gran atracción a los demás. Por esta vez, no vamos a contradecir a los supersticiosos. Estamos de tercer aniversario y todo lo elevamos al cubo. Choquemos las copas por los gloriosos tríos, las trilogías, la regla de tres, los tres mosqueteros, las primas terceras. Levanten las copas pasen las tres. |
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Es difícil mencionar a los Tres Chiflados sin que aparezca aquella imagen de los expresidentes adornando cada poste y local de la calle de la amargura. Pero una vez superada la paramnesia (déjà vu), aquí vamos. |
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Por Alberto Zúñiga Para atreverme a escribir partiendo de que Police es el trío más popular en la historia del rock, es necesario, absolutamente necesario, que mencione a otros tres tríos anteriores. De lo contrario y voluntariamente me subscribiría en los anales de la infamia, en donde tengo la impresión de que, para algunos, ya debo estar haciendo fila. Además, me atrevo a afirmar que para los integrantes de Police estos tres tríos, que de seguido menciono, tienen que haber significado mucho en su bagaje musical: Cream, Jimmy Hendrix Experience y Emerson, Lake & Palmer. Ver la nota completa |
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Por Jorge Martínez Los tres fueron superestrellas, especialistas, dominantes, pero principalmente entendían su rol dentro de un equipo que hizo historia. |
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Es difícil mencionar a los Tres Chiflados sin que aparezca aquella imagen de los expresidentes adornando cada poste y local de la calle de la amargura. Pero una vez superada la paramnesia (déjà vu), aquí vamos. |
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Su música forma parte de la psique nacional, igual que la de El Chavo y Los Simpson. Es más, si alguien hace una trastada, basta con silbarlas para emitir criterio y sobrado. Así como la física se permite abordar un problema con solo dejar estancada alguna de sus fuerzas, de igual manera pasa cuando hablo de los Tres Chiflados y, en especial, de su personaje más gesticular y emblemático de todos, que para mí sigue estando ahí a pesar de los que vinieron después por razones que todos pueden encontrar en Wikipedia. Nunca simpaticé con Moe. Para mí fue ese extraño telonero que alargaba la espera de lo verdaderamente cómico. Porque en el fondo –seamos honestos– todos esperábamos las salidas de Larry y Curly: ¿Es que no tienes dignidad? Responde, ¿no tienes dignidad? (Larry, capítulo XIV, versículo III). Ese mechero que se acoplaba cada vez mejor a la mano de Moe y lo apartaba de cualquier sex appeal no era de uso exclusivo. Setenta años después, sigue siendo la pesadilla de muchos –empezando por este servidor– y la realidad de otros, que por más entrenadores de fútbol que sean, deben aparentar cordura a sus dirigidos. Máxime si visten la casa del Alma Mater. Pero alguien tenía que hacer el trabajo sucio. De hecho, sus bromas se basaron en ello. Ahora, no estoy seguro si ellos inventaron esa forma de hacer reír, porque el placer que se siente cuando uno corrige, ordena, saluda o despide a alguien con un manotazo es tan gratificante y catártico que difícilmente se aprenda por imitación. La microbiología antes que la sociología puede dar luz al respecto. De que fueran tres los chiflados y no cuatro o dos, es algo que la cábala o la teosofía pueden argüir mejor. Para efectos de guión, nos limitaremos a decir que uno la hacía, el otro la cobraba y el otro la pagaba bien caro. Y viceversa. Pero cuando Curly osaba cobrarlas, sus llaves al antebrazo eran tan inofensivas como cosquillosas, a sabiendas de que la riposta por parte de Moe sería peor. El caso de Larry era más solapado, a distancia y calladito hacía más daño. Difícil de explicar, pero su rol padecía de una extrema complicidad consigo mismo. Nunca tomó la iniciativa. Obedecer directamente o esperar a que Curly cruzara el charco para ver cómo le iba –como si existiera una alternativa para la mala suerte– eran sus opciones. Mejor que cualquier discípulo en Judea, practicaron el sofisma pro status quo: si te golpean la mejilla izquierda, poné la derecha. No hubo sonrisa de Larry que fuera apagada inmediatamente de una cachetada. Igual suerte corrió Curly. Su derecho a la no burla fue nuestro derecho a la redención. Pero esa redención no está completa hasta que se deduce tal y como lo hizo Schopenhauer, que el insulto puede ser un arte también. Ni qué decir de las rabietas de Curly. Llenas de ademanes y sonidos salvajes inmortalizaron la kata del berreo. Sin duda el sensei de senseis. Su porte grueso contrastaba con la fineza de sus movimientos. O quizá le encajaba a la perfección. Para resolver varias escenas –la mayoría– sencillamente prefirió danzar y musitar. De ahí el sempiterno ruedo corto que usó hasta que el telón se vino abajo. Especie de traje especial que de alguna forma lo conectaba con Peter Pan. Canonizar una escena de Los Tres Chiflados sería motivo de concurso. Disputa en el peor de los casos. Pero así como en El Chavo nadie olvida la faceta boxística de Don Ramón, de la tripleta norteña recordamos con malicia indígena el combate que Curly casi pierde de no ser porque el megáfono de un auto reactivara sus poderes ligados a la obertura clásica de Rossini. Las pocas veces que aplicaron el cortejo salieron mejor librados al estreno que cualquier galán contemporáneo y bien curtido. Tenían a granel la fórmula para hacerlas olvidar –aunque fuera por tiempo corto– esa necesidad de edificar relaciones más serias. Sin duda, hacen falta más chiflados y menos críticos. O más chifladuras y menos noticias. Más importante que hablar sobre Dios, es darse cuenta que nunca nadie fue tan feliz hasta que se enteró de la verdad. Buda estaba equivocado, la ilusión no es el problema, el problema es el exceso de realidad. Todos ocupamos un refugio, la locura es una opción igual que la bipolaridad o el déficit atencional. Los siquiatras, a través de sus drogas, son los garantes para que podamos interactuar. Quién sabe si un país con más Curlys, Larrys y Moes encabezaría el ranking de la felicidad. Ojalá. Porque una sociedad incapaz de reírse de sus desgracias, se está poniendo para que otros se rían de ella. |
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Para atreverme a escribir partiendo de que Police es el trío más popular en la historia del rock, es necesario, absolutamente necesario, que mencione a otros tres tríos anteriores. De lo contrario y voluntariamente me subscribiría en los anales de la infamia, en donde tengo la impresión de que, para algunos, ya debo estar haciendo fila. Además, me atrevo a afirmar que para los integrantes de Police estos tres tríos, que de seguido menciono, tienen que haber significado mucho en su bagaje musical: Cream, Jimmy Hendrix Experience y Emerson, Lake & Palmer. |
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Cream fue el primer “power trío” en la historia del rock; Hendrix fue un pionero en la liberación del blues y la guitarra eléctrica con su proyecto; finalmente, ELP elevó el rock a las cumbres de lo sinfónico. En ellos se concentran, en gran medida, los elementos musicales que configuraron y diseñaron las avenidas del mejor rock del futuro. Ellos fueron el futuro. Pensando en Police, mucho antes de aceptarlos como el trío de rock más popular, mi más remoto recuerdo proviene de un videoclip en MTV. Entraron en mi vida a través de imágenes y no del sonido exclusivamente. Pertenezco a esa inmensa manada de gente que en el mundo adoptó de inmediato, como forma de baile, los saltos espasmódicos que los tres integrantes de Police pegaban en el video de “Don’t stand so close to me”. A esas alturas, ellos ya tenían dos discos en su lista y salí a buscarlos. Me sucedió lo que a la mayoría: fui hechizado por esa mezcla de new wave y reggae ejecutada con impecable precisión rítmica y sugerentes unidades armónicas que me hicieron sospechar que esos tipos eran buenos músicos y no productillos ocasionales del mercado. De su primer disco, no más de entrada, me encantó el título y una de sus canciones, de la cual he recopilado varias versiones, todas ellas magníficas, incluyendo la de la película Moulin Rouge. El disco era Outlandos D’Amour (1978) y la canción “Roxane”, la balada más sangrante que he escuchado fuera de los terrenos del blues. En la segunda producción de Police, Regatta de Blanc (1979), resultaba fácilmente predecible que “Message in a bottle” y “Walking on the moon” serían las principales y más queridas canciones, y de hecho lo fueron en las listas de popularidad del mundo entero, especialmente la primera. Sin embargo, todo el disco tiene ese mood encantador de los primeros años y una canción tan sencilla como “No time this time” aún me hace sentir cosquillas en las plantas de los pies. La voz de Sting resulta agudamente impresionante. Los títulos de sus tres primeros discos me gustaron. Había en ellos un exótico misterio literario muy distante a la generación punk que los vio crecer. Cuando en 1980 aparece Zenyattá Mondatta, el trío se adueña del mundo de su época y de ahí surgen los saltos de baile que mencioné al principio. No obstante, esta producción se encuentra llena de argumentos musicales que me hicieron considerar a cada uno de ellos como un verdadero supreme musician, un término que a muy pocos en el mundo del pop/rock les dejo caer como el piano de las fábulas. Eso me costó tres pianos. En este disco hay tres temas instrumentales. Uno de ellos, “Behind my Camel”, compuesto por Andy Summers, ganó el premio Grammy en esa categoría. En cierto modo, es la producción donde el guitarrista sobresale como el gran compositor e instrumentista que años después terminé disfrutando en los terrenos del jazz. Cuando Andy nos visitó invitado al Festival Internacional de Guitarra (2006), se divirtió firmando fotografías de 20 años atrás. Ni lerdo ni perezoso le dije: “Venga más a menudo y verá cómo actualizamos su material fotográfico”. Su firma me quedó en el disco Peggy’s blues skylight donde, por cierto, la cantante de Blondie, Deborah Harry, dejó impresa una de sus mejores vocalizaciones en términos blues. Resabios del new wave y ¿quizás un romance recuperado? Una sonrisa maliciosa fue la única respuesta del señor Summers. El siguiente disco, Ghost in the machine (1981), les genera más éxitos de venta y así entran en la élite de los músicos más influyentes de la década. En los abismos de mis recuerdos ochentosos sigue resonando el estribillo de “Spirits in the material world”, que en aquel entonces me advertían del incomprensible mundo que estaba por manifestarse una vez caídos los muros, todos los muros. Otra canción, “Every little thing she does is magic”, siempre me recordará a mi ex y única esposa, Alexandra; cuyo hermano Klauz, por cierto, tenía un airecillo de semejanza con Sting, aunque su ego siempre se alimentó de cosas más trascendentes, por dicha. Con esto quiero decir que el grupo Police ya se me había metido hasta en lo familiar. Finalmente, llega su último disco considerado por la crítica especializada como una de las mejores obras musicales de los años 80, Synchronicity (1983), de donde surgió la canción himno de la banda “Every breath you take”. El grupo se deshizo después de un concierto en Australia (1984) y vinieron las obras de cada uno por separado. Un par de años más tarde, siendo el director de programación y producción de la emisora Stero Azul, conocí al primer gran amante de la música de Police y de cualquier cosa que a Sting se le ocurriera hacer. Con Orlando Gamboa pudimos disfrutar y programar, casi en un nivel enfermizo, los maravillosos y exquisitos discos que Sting produjo a la par de otros genios parecidos a él y que venían del jazz, mi género favorito. Fue así como conocí al saxofonista Brandford Marsalis durante el concierto “Derechos Humanos Ya”. Recuerdo el gesto de incredulidad en Orlando cuando le conté que preferí hablar con Brandford en lugar de Sting. ¡Qué puedo decir sino “cada loco con su tema”! Aquí termino, reconociendo que los tres integrantes de Police, a pesar de convertirse en mega estrellas del mundo pop, siempre se manejaron con inteligencia y discreción. Como lo hacen los grandes músicos, aquellos que se dedican a lo suyo, a crear más y mejores sonidos en mundo donde la bulla se adueña inexorablemente de las almas y las calles y no existe un solo policía que la detenga. |
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Los tres fueron superestrellas, especialistas, dominantes, pero principalmente entendían su rol dentro de un equipo que hizo historia. Es cierto, los Bulls de Chicago ya habían ganado tres títulos en el 91, 92 y 93, pero con el regreso de Jordan, la llegada de Rodman y la consolidación de Pippen, el equipo de la Ciudad de los Vientos estaba obligado a recuperar el prestigio. |
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¡Vaya que lo hicieron! El dominio total fue una constante y en apenas su primer temporada juntos (1995-1996) lo comprobaron. Setenta y dos triunfos en ochenta y dos partidos se convirtieron en una marca que hasta hoy parece insuperable. El frenesí por el trío de los Bulls se desató. Era como tener a los Beatles en el pueblo, pero esta vez eran tres genios que compartían un solo instrumento: una pelota de baloncesto. Eran como los grandes de Liverpool, pues desde que llegaban a una ciudad, sus aficionados los perseguían adonde fueran. Reunir tres mil personas en la salida de un hotel era pan de cada día. Todos querían un pedazo de Jordan, Pippen y Rodman. Pocos recuerdan aquel 27 de marzo de 1998, cuando los Bulls provocaron la mayor asistencia en un partido de la NBA. Un total de 62.046 aficionados abarrotaron el Georgia Dome para ver a los Beatles del baloncesto. Ocho mil de ellos pagaron $5 para sentarse en una zona sin visibilidad a la cancha y vieron el juego en pantallas gigantes. Cualquier cosa para decir: “Yo estuve ahí”. Solo un genio como Phil Jackson pudo darse el lujo de poner en la misma página a tres hombres con estilos de vida, características de juego y personalidades tan distintas. Cada quien sabía lo que debía hacer; nadie se metía en el lugar del otro. Rodman, con su notable extravagancia dentro y fuera de la cancha, se dedicó a hacer tres cosas y bien hechas. Primero, bajar todos los rebotes posibles, tanto que en cada una de las tres temporadas con los Bulls fue el líder de rebotes de la liga. Segundo, convertirse en un perro de traba y fastidiar a sus rivales cuando fuera necesario, como gran jugador defensivo que era. Tercero, se olvidó de las distracciones que tanto se le metieron en la cancha, y se concentró en ganar. Pippen fue quizás el balance de los tres, hacía de todo. Si había que anotar, ahí estaba. Si se ocupaba defender, él levantaba la mano. Si era necesario jugar los 48 minutos completos para descansar a Jordan o a otro, nunca dijo que no. Scottie fue un peón de lujo para los Bulls, tanto que fue llamado al juego de las estrellas en siete temporadas consecutivas, incluyendo la época ganadora en mención. Y aunque sus dotes de anotador eran sólidos, su aporte vital fue siempre en defensa. Pero sin duda, la gran estrella del trío fue la mayor leyenda del baloncesto, Michael Jordan. Líder en todo sentido, dentro y fuera de la cancha, tranquilo cuando había que estarlo y exigente cuando lo requería el equipo. Pero sobre todo, dominante en el juego como nadie. El tridente más dominador en la historia de la NBA permitió que los Bulls solo perdieran 43 de 246 partidos en tres campañas consecutivas. Dejaron en el trayecto una cosecha de marcas personales y colectivas difícilmente igualada por otra franquicia. Todos recordamos aquella final del año 96, cuando los Seattle Sonics se interpusieron en el camino y solo lograron resistir seis partidos. Sin embargo, nada se recuerda más que las finales entre los Bulls y el Jazz de Karl Malone y John Stockton. Jordan fue una máquina de anotar puntos y no bajó de un promedio de 35, pero el Jazz fue más fiero de lo esperado y llevó la serie hasta seis partidos en el 97. Nadie puede olvidar los 38 puntos de Jordan en el Delta Center, a pesar de ser víctima de un virus estomacal. La imagen de Pippen ayudando a Michael a salir de la cancha será una de las más memorables en la historia de la NBA. La final de 1998 fue todavía más dramática, como a propósito para dejar una estela de grandeza tan fresca como la recordamos hoy. El juego 6 fue el último gran capítulo, con Pippen lesionado de la espalda, Rodman batallando con Malone y Jordan con una actuación superlativa. Con poco más de treinta segundos para terminar, los Bulls perdían por tres y Jordan dejaba en el camino a Bryon Russell para descontar a un punto. Entonces vino aquella jugada donde el 23 no le dejó nada a nadie. Le robó la pelota a Malone, no la compartió con nadie y, con la entereza acostumbrada, se elevó desde el centro del último cuarto de cancha para anotar aquello que muchos llaman y recuerdan como “El Lanzamiento”. La imagen de Jordan con la mano hacia arriba y aún de puntillas, luego de haber anotado, sigue ahí como el punto final de una historia que muchos extrañan. Fue una época donde la NBA era todo, gracias al equipo con un toro en su logo, pero en especial por sus protagonistas que hicieron de este pasaje un orgullo para aquellos que podemos decir: “Yo los vi jugar”. |
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Tres personas se me vienen a la cabeza cuando pienso en Tres Patines. La primera es Leopoldo Fernández, el actor. La segunda, mi abuelo materno, conocido como “el Don”. La tercera, Virgilio, un tío abuelo del lado paterno. Los tres están muertos. 1985, 1983, 2000. Esta debe de ser la manera más equivocada de comenzar un elogio sobre aquel José Candelario Tres Patines que, al llamado del Tremendo Juez, salía por una puerta de utilería con el saco mal abotonado, el sombrero torcido y el bigote de tres cuartos, precedido por el aullido premonitorio de ¡a la reja! |
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Conocí “La Tremenda Corte” por la radio. Fue en la tardes que pasaba con el Don en un cuarto agregado al fondo, una habitación pequeña que era como la apendicitis de la casa en la que vivíamos mi abuela, mamá, mi hermano y yo. Después de años de castigo y exilio por mal comportamiento, mi abuelo había vuelto con el rabo entre las piernas a vivir en diez metros cuadrados que yo invadía a diario. El aparato de radio estaba en un estante bajo, a la par de la hielera de estereofón que usaba a falta de refrigeradora. Jugábamos ron con un mazo de baraja española acompañados por los sketches del radioteatro cubano. En medio de los ases de bastos y las sotas de oros, en un proscenio mental yo armaba la puesta en escena de los gallinericidios, los chicaguicidios, los pañosmenoricidios, los vaquicidios y los asesinaticidios que terminaban con una sentencia casi siempre en alejandrinos y el indispensable ¡cosa ma’ grande la vida, chico! Aquellas historias tejidas alrededor de los delitos menores de Tres Patines salían del radio-despertador y, por ese poder arcano de la palabra, se convertían en imágenes en movimiento. Pero lo portentoso es que esas historias de robos de gallinas, venta de lotería falsa, enfermedades ficticias, todas las estratagemas de José Candelario yo las veía en blanco y negro. Hay dos cosas que cuando las pienso, las veo en blanco y negro: el boxeo y Tres Patines. Luego el Don, viendo que se acercaba estadísticamente a la muerte y sin duda atormentado por ese gran aporte de la religión occidental, la culpa, se enlistó en el ejército de Dios, dejó de escuchar programas paganos y convirtió todas sus conversaciones en intentos de evangelización o en sentencias acusadoras. La psicosis de la fe. Y pasó mucho tiempo antes de encontrarme de nuevo con Luz María Nananina, El Tremendo Juez, Rudecindo Caldeiro y Escobilla, Patagonio Tucumán y Bandoneón y Simplicio Bobadilla y Comejaiba. Cuando vi “La Tremenda Corte” en televisión, varios años después de aquellas experiencias radiales, me sorprendí de lo que conté más arriba. Aunque probablemente sea producto de esas operaciones de la memoria, recuerdo en blanco y negro los programas de radio porque luego vi los de tele en ese formato. Pero eso no suma ni resta, las cosas tienen que ser como uno las recuerda, no como de verdad fueron. La versión de la tele aportó varios elementos nuevos , el physique du rol de José Candelario Tres Patines para señalar el más importante. Flaco, enjuto, desmañado, asimétrico. Como un ascendiente de Don Ramón. En la tele, claro, se potenciaban los demás elementos de su identikit. Tres Patines, hablando medio entre dientes, reconstruía el lenguaje con una velocidad y una versatilidad que se convirtieron en marca registrada. La malicia popular, el idioma como un mecano delirante, epiléptico. Su personaje, rebuscador de la calle, pobre pero astuto, pulseador, convertía un término como onomástico en "el día de mí hoy no mastico". Si bien los actores de “La Tremenda Corte” se apegaban a los guiones (creados por el español Cástor Vispo), era evidente, sobre todo en el formato de la televisión, que se permitían sus licencias y que ellos mismos no podían evitar reírse en escena de las improvisaciones de los otros. Tres Patines fue, de otra manera que Bukowski, un catedrático de la universidad de la calle. Leopoldo Fernández le dio cuerpo y voz a un genio de la picardía, un esteta del timo. Su hablar masticado, esa cadencia del cubano de la calle que está sobrio pero parece que está borracho es la que me lleva a Virgilio, mi tío abuelo. Era el hermano de mi abuelo y en ciertos ángulos parecía el doble de Tres Patines. Sufría además de una muy severa dipsomanía y cuando andaba herido por la bala lenta del alcohol arrastraba las palabras y se golpeaba el pecho igual que José Candelario. Virgilio era menos soltero que solitario, retraído. Pocas veces hablaba y su mundo interior estaba vedado para el resto del planeta. Ahora, cada vez que lo recuerdo, paso automáticamente de su imagen de hombre introvertido y acorazado a momentos de “La Tremenda Corte” con Tres Patines convertido en Virgilio. O viceversa. Entonces es así, Leopoldo Fernández, o más bien, su personaje de José Candelario Tres Patines, más que estar ligado al Don y Virgilio, los atraviesa de lado a lado, los cruza como un arponazo y genera un efecto particular. Mi recuerdo de ellos tiene algo del humor, la picardía y la astucia de Tres Patines, cuando de ninguno de los dos se puede decir nada parecido. Tres Patines los mejora. Y esto no es algo menor. Ese tipo de muertos, los que mejoran a otros muertos, son los que hay que defender. |
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