La pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas.

Por José David Guevara

 

Cada vez que entro en una librería y me atiende un empleado que vende libros con la pasión y el entusiasmo de quien vende jabón en polvo o veneno para ratas, extraño tanto a Dante Polimeni.

Extraño también a ese desaparecido librero argentino de metro ochenta de estatura, ojos verdes, barba amazónica y con toda la pinta de ser un clon de Carlos Marx (parecido que lo honraba) cuando me toca soportar a un dependiente de librería que sabe tanto de libros como un cura de matrimonio o un teleevangelista de penurias económicas.

Mucha más falta me hace ese filósofo, de profesión, y vendedor de libros, por vocación, cuando el librerillo de turno cree que Calufa es una marca de condones; Tía Panchita, una viejita extraviada y Magón, el ilusionista de moda.

¿Cómo no padecer nostalgia de Dante ante esas y otras situaciones a las que nos tienen acostumbrados muchos, muchísimos, de los “libreros” de hoy día?

Me ocurre con frecuencia que salgo de una librería vendiéndome la idea –desafortunadamente falsa— de que no es cierto que el corazón de Dante Osvaldo Polimeni Fornes decidió jubilarse el 16 de agosto de 1993, cuando ese hijo de Mendoza, Argentina, tenía 56 años de edad, 17 de vivir en Costa Rica y 10 de ser el alma de la librería Macondo.

Y es que la versión tica de Macondo no habita en la novela “Cien años de soledad”, de García Márquez, sino que ocupaba un viejo rincón de madera ubicado frente a la entrada principal de la Universidad de Costa Rica en San Pedro de Montes de Oca.

En ese Edén de libros maravillosos se movía Dante con la libertad con que lo hacía Adán en los primeros días del mítico huerto del Génesis; solo que el viejo librero era ateo, por lo que nunca fue presa de serpientes intrigantes ni frutos prohibidos. En honor a la verdad, no puede decirse lo mismo de sus relaciones con múltiples versiones de Eva… de hecho, debe estar mucho más que contento al verse rodeado de mujeres en las páginas de esta revista.

El paraíso de Dante, donde este hombre vivió su divina comedia, abrió sus puertas en 1983 y las cerró definitivamente en enero del 2000 cuando su verdadero fundador, Jorge Polimeni –el segundo de los cuatro hijos de Dante— decidió dedicarse a tiempo completo a su vocación de biólogo. “Yo abrí la librería, pero quien hizo Macondo fue Dante; él le puso ese nombre. Allí se ganó un espacio en la vida de muchas personas, de lo cual nunca tuvo conciencia”, manifestó Jorge el pasado sábado 20 de junio durante una tarde de lluvia, café y cigarros.

Esa misma tarde y en múltiples ocasiones, Jorge se refirió a su padre como un “lector enfermo”, una persona que leía entre seis u ocho libros de manera simultánea; los devoraba con el mismo apetito con que bebía vino o comía carne.

Esa pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas. Cuando menos, ocupa el podio más alto en mi lista personal de vendedores de libros.

Dante hablaba con propiedad –y, por qué ocultarlo, una buena dosis de parla— del contenido de los libros. Conocía datos relevantes y anecdóticos de los autores. Recomendaba editoriales. Sugería obras que presentaban y defendían otros puntos de vista. Atendía a sus clientes sin prisas y sin presiones. Se orientaba a la perfección en el desorden de sus anaqueles. Y tenía tiempo para la tertulia, la cual ejerció en muchas ocasiones con uno de sus mejores amigos, el escritor Joaquín Gutiérrez.

Además, tomaba muy en serio las peticiones de libros de su clientela. Cuando alguien le pedía un texto que no estaba en Macondo, anotaba la solicitud en una de las tantas libretas de bolsillo que él mismo fabricaba con hojas, tijeras y grapas.

Algo parecido ocurría con el inventario de la librería: lo llevaba a mano en miles de fichas que archivaba sobre una mesa ubicada a la vista de todos los clientes. Era alérgico a la computadora.

La primera PC apareció en Macondo tras la muerte de Dante. La llevó su hijo Jorge para modernizar el inventario. La tecnología puso de manifiesto algo que todos sabían, la vocación librera de Dante, y algo que casi nadie imaginaba, la poca, poquísima pericia empresarial de este argentino. Las pérdidas y deudas acumuladas atemorizaban más que los poco conocidos ataques de cólera de ese nieto de abuelos sicilianos.

Y bueno, ya que me refiero a facetas poco conocidas de este librero al que echo de menos, por qué no contarles que sus padres se llamaban Domingo y Dora Fanny, a quien todos llamaban “Ñatita”, y que su única hermana, Fanny, vive en Argentina, donde es periodista gastronómica y de vinos.

Además, que a los 20 años de edad se casó con “Perla”, una bióloga nueve años mayor que él, de quien enviudó a los 33 años, quedando con tres hijos: Carlos, Jorge y Estela; luego, ya radicado en Costa Rica, tuvo un hijo más, Ernesto.

Me niego a dejar en el tintero el hecho de que el alma de Macondo fue profesor de filosofía en la UNA, dio charlas en el centro penitenciario La Reforma e impartió lecciones de política latinoamericana a profesionales de la Standard Fruit Company –“Mamita Yunai”– en el Valle de la Estrella

Después de tantas millas vida acumuladas, Dante descansa hoy en Montesacro. Esa es la versión oficial; la verdad es que debe estar devorando libros en la biblioteca de Babel que soñó su paisano Jorge Luis Borges.

La pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas.