Lo que nos falta ahora es alguien que, como Láscaris, haga de la filosofía un tema en los medios de comunicación y de las clases un deleite para sus estudiantes, que con él aprendieron la diferencia entre un profesor y un maestro: el primero transmite conocimientos, el segundo enseña a pensar… y a vivir. ¿Será mucho pedir en la Costa Rica del 2009?

Por Rodolfo González

 

Príncipe en el exilio, heredero de una corona en Chipre que nunca se posó sobre su cabeza, alguna vez dijo que le gustaría ser diputado en el Congreso de Costa Rica, pero nos dejó casi los 56 años, en su casa en San Pedro.

Filósofo de pensamiento rápido, profundo y con humor. Español de nacimiento y costarricense por decisión. El maestro Constantino Láscaris cometió la imprudencia de morirse a principios de julio de 1979 y desde entonces dejó una mesa vacía de cátedras abiertas en la soda de “Ciencias y letras” de la Universidad de Costa Rica. Ya en las noticias de la televisión no se oyen sus comentarios. Se echan de menos sus agudas lecturas de la realidad nacional en la prensa escrita.

También se le extraña en el auditorio de Estudios Generales, donde impartía conferencias que se ganaban el homenaje del silencio atento, un privilegio que los irreverentes estudiantes universitarios de los sesenta y setenta no otorgaban a cualquiera. ¡Era un seductor de la palabra y un estímulo para el pensamiento!

Una vez en las aulas y en las tertulias de pasillo, el silencio se convertía en intercambio de ingenio: Láscaris provocaba y los alumnos le respondían. Pasó a la categoría de leyenda urbana: de él se cuentan anécdotas que, sin importar la exactitud o precisión de sus términos, uno se las apropia y las sigue contando y recreando con licencias creativas quizás, pero coherentes con el personaje. Como aquella del examen oral.

Entra Láscaris y le pregunta a un estudiante:

— ¿Estudió?

—Sí, profesor.

—¿Dígame cuántas macetas hay en el primer piso de Estudios Generales?

—No sé ni me importa, profesor. Yo no vine aquí a contar macetas, sino a estudiar.

— Tiene un diez. Así quiero, ¡que piensen!

O la otra anécdota, la de la ventana. Entra Láscaris a la clase y dice:

—Cinco puntos al que se tire por esa ventana.

Un estudiante acepta el reto. Lentamente y con cuidado pone los pies en el marco de la ventana, saca su cuerpo a través de ella, luego se lanza hacia dentro del aula y se levanta sano y salvo.

—Tiene los cinco puntos. Yo no dije que tenían que aventarse hacia afuera. ¡Piensen!

Otro día llega Láscaris y un irreverente estudiante le pregunta:

—Profesor, ¿explíqueme cómo es posible que usted, teniendo una cara tan fea, tenga hijas tan bonitas?

Láscaris no se inmuta ante la irreverencia, levanta la mirada y pone en su lugar al estudiante diciéndole:

—¿Acaso las hice con la cara?

Había un pulso constante, o más bien un péndulo entre la provocación y el respeto, la irreverencia y la devoción entre discípulos y maestro.

Al menos así lo recuerda el ex rector de la Universidad de Costa Rica, Fernando Durán Ayanegui, quien no se perdía las conferencias de Láscaris.

“Una vez llegó él con un traje nuevo, impecablemente vestido, bien aplanchado, algo que nos sorprendió. Entonces todos nos pusimos de acuerdo y le hicimos una ovación. Él llegó, se sentó, cruzó la pierna con esa manera tan particular que tenía de hacerlo; y nos dijo: “De todos los países donde he estado, este es el único en donde una sala universitaria no se distingue de un estadio”. ¡Nos encantaba provocarlo para que usara su ingenio!

Quienes tuvieron el privilegio de formarse con él y de trabajar a su lado subrayan sus convicciones firmes y una enorme tolerancia y respeto por el ser humano. Valoraba la inteligencia, independientemente de la ideología.

Guillermo Malavassi, rector de la Universidad Autónoma de Centroamérica, y co-autor, junto con Láscaris, del libro La Carreta Costarricense, lo describe como un hombre “a quien no le cabía el corazón en el pecho”.

“Alegre, servicial, amistoso, capaz de salirse por la tangente donde uno menos pensaba, de observaciones agudas, con una ironía al estilo de Sócrates, llegó a ser un oráculo para el país gracias a sus comentarios inteligentes en televisión. ¡La gente lo conocía! Una vez llegó un señor de España que quería entrevistarse con Láscaris y le preguntó a un taxista en el aeropuerto si sabía en dónde vivía un filósofo que se llamaba Constantino, y le dio algunas referencias de él. El taxista le dijo: ¡Claro que sí!, es por el Higuerón en San Pedro”.

Francisco Antonio Pacheco, presidente de la Asamblea Legislativa, discípulo de Láscaris, recuerda que el maestro utilizaba la paradoja y la ironía en sus clases y tertulias.

“Era un gran conversador, hablaba sobre la realidad nacional, la filosofía, la historia. Era una persona para la cual la visión de las cosas iba marcada por el aspecto intelectual. Su especialidad era la filosofía clásica, aunque se definía existencialista. Tenía admiración por Jean Paul Sartre y un gran interés por la filosofía del siglo XVIII”.

A los años, Pacheco cree que la principal herencia que le dejó su maestro es el ejemplo de su generosidad.

“Una vez, estábamos en la soda, y un alumno se acercó y le dijo que tenía que dejar los estudios porque tenía una deuda muy grande con la universidad y no la podía pagar. Constantino sacó la chequera y le dio al alumno el monto que necesitaba. El alumno le dijo que no se lo podía reembolsar, y Láscaris le dijo que no importaba, que en el futuro le hiciera un bien a alguien más y que con eso quedaba saldada la deuda”.

El escritor Rafael Angel Herra, discípulo y amigo de Láscaris, compañero de viajes de pesca, lo recuerda como un docente excepcional, por su talento para explicar y hacer accesibles y agradables los temas difíciles de la filosofía. Como pensador, no evitaba los temas duros o peligrosos, excepto los de la filosofía analítica, que no le interesaban.

Al cumplirse 30 años de su muerte, en el recuento de herencias que nos dejó, está un espejo de nuestra identidad: el libro El Costarricense. También otro espejo de nuestras ideas, en Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica y en Historia de las ideas en Centroamérica. Además nos dejó un estudio de la carreta costarricense, así como numerosos ensayos y escritos que, ¡por dicha!, recogió el filósofo Alexander Jiménez, investigador y profesor de filosofía de la Universidad de Costa Rica.

Lo que nos falta ahora es alguien que, como Láscaris, haga de la filosofía un tema en los medios de comunicación y de las clases un deleite para sus estudiantes, que con él aprendieron la diferencia entre un profesor y un maestro: el primero transmite conocimientos, el segundo enseña a pensar… y a vivir. ¿Será mucho pedir en la Costa Rica del 2009?