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Extrañamos tanto a...
- Por Revista SoHo
- Publicado 07/9/2009
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Dicen que al largarse del país se dejó decir: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan con ella”. |
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Sabemos que la literatura es uno de los caminos favoritos para aquellos que, teniendo vocación de mártires, carecen de fe religiosa, al menos en el sentido convencional. Sin duda ese fue el caso de Yolanda Oreamuno, escritora de la que muchos hablan pero me temo que muchos menos han leído. ¿Cómo resumir en pocas palabras la historia de esta mujer en la que vida y leyenda se abrazan hasta el punto de hacerse inseparables? Yolanda Oreamuno fue una mujer inteligente y hermosa, muerta prematuramente y por tanto mártir de la literatura y víctima de este país que no supo comprenderla y al que ella, por su parte, también despreció. Es la suya, como se ve, una leyenda bella y trágica, que solo su temprana muerte hizo posible, pues de vivir hoy, Yolanda Oreamuno sería una encantadora bisabuela de 93 años de edad, a quien solo sus familiares y amigos cercanos echarían de menos tras su fallecimiento. De no haber muerto en México en 1956, a los 40 años de edad, Yolanda Oreamuno probablemente habría publicado muchas novelas después de La Ruta de su Evasión (1948), y algunas serían mejores que otras; quizás algunas incluso francamente malas, pues como bien dice el refrán, hasta al mejor mono se le cae el zapote… Y en lugar de una veintena de cuentos, casi todos deslumbrantes por sus atmósferas densas, su intensidad narrativa y su belleza y complejidad formal, Yolanda Oreamuno habría escrito muchos más… y el impacto de uppercut en la quijada que nos produce la lectura de su obra se diluiría inevitablemente y en lugar de por nocaut en el primer asalto, nos habría vencido por decisión dividida al cabo de quince entradas. No existiría entonces el consenso que hoy existe alrededor de su obra, que la ubica en un capítulo aparte de la historiografía literaria del país, pues mientras sus contemporáneos producían las grandes novelas sobre el agro, el campesinado, las zonas rurales y los enclaves bananeros, ella se adentraba en solitario por los laberintos de la introspección, donde sería finalmente devorada por el Minotauro u otra criatura similar, cuyo rostro acecha en las páginas de sus libros. De no haber muerto aquel lejano 9 de julio en casa de su amiga, la poeta igualmente díscola, costarricense y legendaria Eunice Odio, Yolanda Oreamuno tal vez habría regresado a Costa Rica… Tal vez incluso habría vuelto a adoptar la nacionalidad costarricense, a la que renunció en 1948 para adoptar la guatemalteca, país en el que vivió intermitentemente durante los años de la llamada “década democrática” (1944-1954), al igual que en México y en los Estados Unidos. De haber regresado al país, tal vez algún presidente la habría nombrado ministra o viceministra de algo, o embajadora en París o en Madrid, o peor aún, ella habría terminado por integrarse a la Academia Costarricense de la Lengua o a alguna otra tontería similar, y su leyenda de mujer rabiosa, irreverente, puñetera y malamansada habría caído hecha pedazos o nunca habría llegado a levantarse (como se ve, en la leyenda de Yolanda Oreamuno lo negro y lo blanco se entremezclan o, mejor aún, hay que decir que lo negro es lo blanco de su leyenda, pues según esta, ella era, además de inteligente y bella, arrogante, soberbia e inaccesible.) Tal vez pueda parecer extraño decir que echo de menos a alguien a quien nunca conocí… Tal vez sería mejor decir simplemente que me habría gustado mucho conocer a Yolanda Oreamuno, la gran escritora, la gran insolente, la soberbia, la mandada, la hermosa, y dejar la cosa ahí… Pero no… No sería suficiente decir eso. Para ir más lejos, diré incluso que no soy el único en echarla de menos, sino que todo el país –o al menos esa porción insignificante del país que sabe quién fue Yolanda Oreamuno–, también lo hace. O tal vez sería mejor decir que necesitamos otra Yolanda Oreamuno, o que necesitamos muchas yolandas oreamunos… Con pipí entre las piernas o sin él… En realidad –lo descubro ahora, mientras escribo–, a quien extraño tanto no es a Yolanda Oreamuno. Lo que en verdad extraño, lo que necesitamos con urgencia, son más leyendas –negras o blancas, trágicas o no, da igual–; más referentes en los cuales mirarnos, contra las cuales medirnos, con quienes coincidir y discrepar con pasión, con rabia y sin miramientos. Como lo hizo ella: YO. Dicen que al largarse del país se dejó decir: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan con ella”. Tal y como hacemos aquí, extrañándola tanto. | |
