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Extrañamos tanto a...
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Por Revista SoHo
Publicado el 07/9/2009
 

Alguien decía que no existe la muerte si no el olvido. Hay gente que no se va aunque ya no esté. Los tenemos presentes, los extrañamos, a veces se nos olvida que se fueron. Estas firmas de SoHo eligen a quién extrañar.

Edición 32


Extrañamos tanto a...

Don Pepe era un político de vocación y tenía talento para ese oficio. Sí, oficio. Suena raro porque ya nadie piensa en la política como un oficio.

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Constantino Láscaris

Por Rodolfo González

Lo que nos falta ahora es alguien que, como Láscaris, haga de la filosofía un tema en los medios de comunicación y de las clases un deleite para sus estudiantes, que con él aprendieron la diferencia entre un profesor y un maestro: el primero transmite conocimientos, el segundo enseña a pensar… y a vivir. ¿Será mucho pedir en la Costa Rica del 2009?

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Yolanda Oreamuno

Por Rodrigo Soto

Dicen que al largarse del país se dejó decir: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan con ella”.

   

Dante Polimeni

Por José David Guevara

La pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas.

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Arnoldo Herrera

Por Camila Schumacher

Don Arnoldo se murió hace trece años y yo, que lo extraño tanto, sigo mintiendo incluso cuando digo que ya no escribo poesía.

   

David Carradine

Por Luis Chaves

Sería ridículo decir que extraño a David Carradine. Pero tampoco extraño a Kwai Chang Caine, porque está en ese lugar del que tengo pocos buenos recuerdos.

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Pepe Figueres

Don Pepe era un político de vocación y tenía talento para ese oficio. Sí, oficio. Suena raro porque ya nadie piensa en la política como un oficio.

 

Tres atributos tenía don Pepe que se juntan en un ser humano una vez cada cien años. Uno: talento político. Dos: una ideología sólida. Tres: carisma. Ninguno de los candidatos actuales a la presidencia tiene ni uno solo de esos tres atributos y… mejor así: solo carisma o solo talento o solo ideología puede ser nefasto. Se imagina uno a don Pepe como candidato en estos momentos. A su lado, los candidatos cuyas caras vamos a estar viendo de aquí a febrero 2010 anuncian nueve meses de los Muppets, pero sin humor.

Don Pepe era un político de vocación y tenía talento para ese oficio. Sí, oficio. Suena raro porque ya nadie piensa en la política como un oficio. Pero es como la danza o la ortodoncia: hay gente que se siente llamada a ello y gente que ni a palos. Un político es (no solo) alguien que tiene o quiere tener un puesto de poder. Siempre ha existido ese componente en los políticos de vocación: un gusto por el poder. De hecho, hay gente que declara no tener vocación política porque le huye al poder.

El sarcasmo es que actualmente ese poder se entiende solo como poder choricear, poder pagar un juicio, poder cambiar la Constitución. Ya nadie aspira al poder porque –con razón o sin ella– tiene mucho que hacer y proponer a este país. En la pasada campaña electoral, equis persona estuvo merodeándome para que le diera mi apoyo a Óscar Arias. “Piénseselo, Cata, son cuatro años de bonanza”. Eso me dijo, como argumento “político”. Y ahora parece que van a ser ocho. Se apuntó bien, Equis.

Un político de vocación es un filósofo que gusta de las tarimas, de los aplausos y las multitudes, pero filósofo al fin; es decir, amante de las ideas. Don Pepe era leído, don Pepe generaba pensamiento, don Pepe era estratega, era hombre de palabra y acción. Cómo no echarlo de menos.

Atributo dos: la ideología sólida. Vean si está lleno de burros este país que dice uno “ideología” y la gente se imagina al Che Guevara y en el mismo póster un par de mamarrachos disfrazados de verde olivo. Ideología es, así facilito, sacado del diccionario: un conjunto de ideales e ideas.

Para que a uno le guste un político hace falta: primero, que tenga ideología; segundo, que uno comulgue con ella. Ambas cosas me pasan a mí con don Pepe. Me gustan los que fueron sus ideales y sus ideas. Y hablando de comulgar, lo único que nos quedó debiendo Figueres fue el Estado laico. Es mucho pedir, lo sé; solo la abolición del ejército es para glorificar su memoria y trajo a este país no cuatro, sino unos cuarenta años de bonanza. Pero con un Estado laico tal vez (taaal vez) no estaríamos hoy aguantando tanto politiquillo beato. ¿Qué es esa moda que les ha agarrado de contar en público que oran y que van al templo? ¿Y? ¿A nosotros qué nos importa? Que yo sepa, a nadie se le quita lo idiota yendo a misa, ni tampoco lo mala gente. La familia Borgia no se saltaba nunca una misa.

Es injusto, arriesgado, e inevitablemente falaz poner palabras en boca de los muertos. Pero imposible no fantasear con lo que les diría don Pepe a todos estos pretendientes del poder. Qué honesto era Figueres, y franco y directo. ¿Sería que tenía la conciencia limpia?

Y tres: carisma. Cuando una persona tiene carisma logra movilizarlo a uno. Carisma es cuando un enano arrugado dice “síganme los buenos” y a uno le dan ganas de irse detrás. Carisma es cuando un negro tararea Horse with no name y varios millones de blancos cantan con él y lo ponen de presidente. El carisma de una persona hace que a las demás no solo no les importe ser parte de una manada, sino que les emocione; el carisma de una persona lo hace a uno sentirse parte de algo.

Por eso es tan importante que el carisma venga respaldado por un buen fondo de alma, no vaya a ser que nos obnubile el carisma de uno con bigotillo que cree en la supremacía de la raza aria, o el de otro con bata blanca que se proclama representante directo de Dios en la tierra.

Don Pepe tenía carisma. Y solo por eso marcó un hito en la historia de este país, porque con su carisma movió a la gente y echó por tierra los mitos del tico individualista, del tico pendejo, del tico apático, del tico mojigato, del tico vasallo… y no sigo porque de repente me ha parecido que ni son tan mito, ni don Pepe era tan tico. Da igual. Amaba a este país. Eso era lo que lo movía a él. Y eso se nota. Eso está detrás del carisma. Así movilizó a la gente.

Ninguno de los actuales candidatos debería adjudicarse la etiqueta “figuerista”, porque ninguno la merece. Ninguno tiene espalda para echarse encima a tres millones de ticos y uno de nicas, que son los ciudadanos sobre los que deberá gobernar. A ninguno se le extrañará tanto en cincuenta años; y en cinco, estaremos deseando que desaparezcan. “Don Pepe no era perfecto”. Cierto. Pero esa frase solo se dice de los héroes.


Yolanda Oreamuno

Dicen que al largarse del país se dejó decir: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan con ella”.

Por Rodrigo Soto

 

Sabemos que la literatura es uno de los caminos favoritos para aquellos que, teniendo vocación de mártires, carecen de fe religiosa, al menos en el sentido convencional. Sin duda ese fue el caso de Yolanda Oreamuno, escritora de la que muchos hablan pero me temo que muchos menos han leído. ¿Cómo resumir en pocas palabras la historia de esta mujer en la que vida y leyenda se abrazan hasta el punto de hacerse inseparables?

Yolanda Oreamuno fue una mujer inteligente y hermosa, muerta prematuramente y por tanto mártir de la literatura y víctima de este país que no supo comprenderla y al que ella, por su parte, también despreció. Es la suya, como se ve, una leyenda bella y trágica, que solo su temprana muerte hizo posible, pues de vivir hoy, Yolanda Oreamuno sería una encantadora bisabuela de 93 años de edad, a quien solo sus familiares y amigos cercanos echarían de menos tras su fallecimiento.

De no haber muerto en México en 1956, a los 40 años de edad, Yolanda Oreamuno probablemente habría publicado muchas novelas después de La Ruta de su Evasión (1948), y algunas serían mejores que otras; quizás algunas incluso francamente malas, pues como bien dice el refrán, hasta al mejor mono se le cae el zapote… Y en lugar de una veintena de cuentos, casi todos deslumbrantes por sus atmósferas densas, su intensidad narrativa y su belleza y complejidad formal, Yolanda Oreamuno habría escrito muchos más… y el impacto de uppercut en la quijada que nos produce la lectura de su obra se diluiría inevitablemente y en lugar de por nocaut en el primer asalto, nos habría vencido por decisión dividida al cabo de quince entradas.

No existiría entonces el consenso que hoy existe alrededor de su obra, que la ubica en un capítulo aparte de la historiografía literaria del país, pues mientras sus contemporáneos producían las grandes novelas sobre el agro, el campesinado, las zonas rurales y los enclaves bananeros, ella se adentraba en solitario por los laberintos de la introspección, donde sería finalmente devorada por el Minotauro u otra criatura similar, cuyo rostro acecha en las páginas de sus libros.

De no haber muerto aquel lejano 9 de julio en casa de su amiga, la poeta igualmente díscola, costarricense y legendaria Eunice Odio, Yolanda Oreamuno tal vez habría regresado a Costa Rica… Tal vez incluso habría vuelto a adoptar la nacionalidad costarricense, a la que renunció en 1948 para adoptar la guatemalteca, país en el que vivió intermitentemente durante los años de la llamada “década democrática” (1944-1954), al igual que en México y en los Estados Unidos.

De haber regresado al país, tal vez algún presidente la habría nombrado ministra o viceministra de algo, o embajadora en París o en Madrid, o peor aún, ella habría terminado por integrarse a la Academia Costarricense de la Lengua o a alguna otra tontería similar, y su leyenda de mujer rabiosa, irreverente, puñetera y malamansada habría caído hecha pedazos o nunca habría llegado a levantarse (como se ve, en la leyenda de Yolanda Oreamuno lo negro y lo blanco se entremezclan o, mejor aún, hay que decir que lo negro es lo blanco de su leyenda, pues según esta, ella era, además de inteligente y bella, arrogante, soberbia e inaccesible.)

Tal vez pueda parecer extraño decir que echo de menos a alguien a quien nunca conocí… Tal vez sería mejor decir simplemente que me habría gustado mucho conocer a Yolanda Oreamuno, la gran escritora, la gran insolente, la soberbia, la mandada, la hermosa, y dejar la cosa ahí… Pero no… No sería suficiente decir eso. Para ir más lejos, diré incluso que no soy el único en echarla de menos, sino que todo el país –o al menos esa porción insignificante del país que sabe quién fue Yolanda Oreamuno–, también lo hace. O tal vez sería mejor decir que necesitamos otra Yolanda Oreamuno, o que necesitamos muchas yolandas oreamunos… Con pipí entre las piernas o sin él…

En realidad –lo descubro ahora, mientras escribo–, a quien extraño tanto no es a Yolanda Oreamuno. Lo que en verdad extraño, lo que necesitamos con urgencia, son más leyendas –negras o blancas, trágicas o no, da igual–; más referentes en los cuales mirarnos, contra las cuales medirnos, con quienes coincidir y discrepar con pasión, con rabia y sin miramientos. Como lo hizo ella: YO.

Dicen que al largarse del país se dejó decir: “Ahí les dejo mi leyenda, para que se entretengan con ella”. Tal y como hacemos aquí, extrañándola tanto.


Constantino Láscaris

Lo que nos falta ahora es alguien que, como Láscaris, haga de la filosofía un tema en los medios de comunicación y de las clases un deleite para sus estudiantes, que con él aprendieron la diferencia entre un profesor y un maestro: el primero transmite conocimientos, el segundo enseña a pensar… y a vivir. ¿Será mucho pedir en la Costa Rica del 2009?

Por Rodolfo González

 

Príncipe en el exilio, heredero de una corona en Chipre que nunca se posó sobre su cabeza, alguna vez dijo que le gustaría ser diputado en el Congreso de Costa Rica, pero nos dejó casi los 56 años, en su casa en San Pedro.

Filósofo de pensamiento rápido, profundo y con humor. Español de nacimiento y costarricense por decisión. El maestro Constantino Láscaris cometió la imprudencia de morirse a principios de julio de 1979 y desde entonces dejó una mesa vacía de cátedras abiertas en la soda de “Ciencias y letras” de la Universidad de Costa Rica. Ya en las noticias de la televisión no se oyen sus comentarios. Se echan de menos sus agudas lecturas de la realidad nacional en la prensa escrita.

También se le extraña en el auditorio de Estudios Generales, donde impartía conferencias que se ganaban el homenaje del silencio atento, un privilegio que los irreverentes estudiantes universitarios de los sesenta y setenta no otorgaban a cualquiera. ¡Era un seductor de la palabra y un estímulo para el pensamiento!

Una vez en las aulas y en las tertulias de pasillo, el silencio se convertía en intercambio de ingenio: Láscaris provocaba y los alumnos le respondían. Pasó a la categoría de leyenda urbana: de él se cuentan anécdotas que, sin importar la exactitud o precisión de sus términos, uno se las apropia y las sigue contando y recreando con licencias creativas quizás, pero coherentes con el personaje. Como aquella del examen oral.

Entra Láscaris y le pregunta a un estudiante:

— ¿Estudió?

—Sí, profesor.

—¿Dígame cuántas macetas hay en el primer piso de Estudios Generales?

—No sé ni me importa, profesor. Yo no vine aquí a contar macetas, sino a estudiar.

— Tiene un diez. Así quiero, ¡que piensen!

O la otra anécdota, la de la ventana. Entra Láscaris a la clase y dice:

—Cinco puntos al que se tire por esa ventana.

Un estudiante acepta el reto. Lentamente y con cuidado pone los pies en el marco de la ventana, saca su cuerpo a través de ella, luego se lanza hacia dentro del aula y se levanta sano y salvo.

—Tiene los cinco puntos. Yo no dije que tenían que aventarse hacia afuera. ¡Piensen!

Otro día llega Láscaris y un irreverente estudiante le pregunta:

—Profesor, ¿explíqueme cómo es posible que usted, teniendo una cara tan fea, tenga hijas tan bonitas?

Láscaris no se inmuta ante la irreverencia, levanta la mirada y pone en su lugar al estudiante diciéndole:

—¿Acaso las hice con la cara?

Había un pulso constante, o más bien un péndulo entre la provocación y el respeto, la irreverencia y la devoción entre discípulos y maestro.

Al menos así lo recuerda el ex rector de la Universidad de Costa Rica, Fernando Durán Ayanegui, quien no se perdía las conferencias de Láscaris.

“Una vez llegó él con un traje nuevo, impecablemente vestido, bien aplanchado, algo que nos sorprendió. Entonces todos nos pusimos de acuerdo y le hicimos una ovación. Él llegó, se sentó, cruzó la pierna con esa manera tan particular que tenía de hacerlo; y nos dijo: “De todos los países donde he estado, este es el único en donde una sala universitaria no se distingue de un estadio”. ¡Nos encantaba provocarlo para que usara su ingenio!

Quienes tuvieron el privilegio de formarse con él y de trabajar a su lado subrayan sus convicciones firmes y una enorme tolerancia y respeto por el ser humano. Valoraba la inteligencia, independientemente de la ideología.

Guillermo Malavassi, rector de la Universidad Autónoma de Centroamérica, y co-autor, junto con Láscaris, del libro La Carreta Costarricense, lo describe como un hombre “a quien no le cabía el corazón en el pecho”.

“Alegre, servicial, amistoso, capaz de salirse por la tangente donde uno menos pensaba, de observaciones agudas, con una ironía al estilo de Sócrates, llegó a ser un oráculo para el país gracias a sus comentarios inteligentes en televisión. ¡La gente lo conocía! Una vez llegó un señor de España que quería entrevistarse con Láscaris y le preguntó a un taxista en el aeropuerto si sabía en dónde vivía un filósofo que se llamaba Constantino, y le dio algunas referencias de él. El taxista le dijo: ¡Claro que sí!, es por el Higuerón en San Pedro”.

Francisco Antonio Pacheco, presidente de la Asamblea Legislativa, discípulo de Láscaris, recuerda que el maestro utilizaba la paradoja y la ironía en sus clases y tertulias.

“Era un gran conversador, hablaba sobre la realidad nacional, la filosofía, la historia. Era una persona para la cual la visión de las cosas iba marcada por el aspecto intelectual. Su especialidad era la filosofía clásica, aunque se definía existencialista. Tenía admiración por Jean Paul Sartre y un gran interés por la filosofía del siglo XVIII”.

A los años, Pacheco cree que la principal herencia que le dejó su maestro es el ejemplo de su generosidad.

“Una vez, estábamos en la soda, y un alumno se acercó y le dijo que tenía que dejar los estudios porque tenía una deuda muy grande con la universidad y no la podía pagar. Constantino sacó la chequera y le dio al alumno el monto que necesitaba. El alumno le dijo que no se lo podía reembolsar, y Láscaris le dijo que no importaba, que en el futuro le hiciera un bien a alguien más y que con eso quedaba saldada la deuda”.

El escritor Rafael Angel Herra, discípulo y amigo de Láscaris, compañero de viajes de pesca, lo recuerda como un docente excepcional, por su talento para explicar y hacer accesibles y agradables los temas difíciles de la filosofía. Como pensador, no evitaba los temas duros o peligrosos, excepto los de la filosofía analítica, que no le interesaban.

Al cumplirse 30 años de su muerte, en el recuento de herencias que nos dejó, está un espejo de nuestra identidad: el libro El Costarricense. También otro espejo de nuestras ideas, en Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica y en Historia de las ideas en Centroamérica. Además nos dejó un estudio de la carreta costarricense, así como numerosos ensayos y escritos que, ¡por dicha!, recogió el filósofo Alexander Jiménez, investigador y profesor de filosofía de la Universidad de Costa Rica.

Lo que nos falta ahora es alguien que, como Láscaris, haga de la filosofía un tema en los medios de comunicación y de las clases un deleite para sus estudiantes, que con él aprendieron la diferencia entre un profesor y un maestro: el primero transmite conocimientos, el segundo enseña a pensar… y a vivir. ¿Será mucho pedir en la Costa Rica del 2009?

 


Dante Polimeni

La pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas.

Por José David Guevara

 

Cada vez que entro en una librería y me atiende un empleado que vende libros con la pasión y el entusiasmo de quien vende jabón en polvo o veneno para ratas, extraño tanto a Dante Polimeni.

Extraño también a ese desaparecido librero argentino de metro ochenta de estatura, ojos verdes, barba amazónica y con toda la pinta de ser un clon de Carlos Marx (parecido que lo honraba) cuando me toca soportar a un dependiente de librería que sabe tanto de libros como un cura de matrimonio o un teleevangelista de penurias económicas.

Mucha más falta me hace ese filósofo, de profesión, y vendedor de libros, por vocación, cuando el librerillo de turno cree que Calufa es una marca de condones; Tía Panchita, una viejita extraviada y Magón, el ilusionista de moda.

¿Cómo no padecer nostalgia de Dante ante esas y otras situaciones a las que nos tienen acostumbrados muchos, muchísimos, de los “libreros” de hoy día?

Me ocurre con frecuencia que salgo de una librería vendiéndome la idea –desafortunadamente falsa— de que no es cierto que el corazón de Dante Osvaldo Polimeni Fornes decidió jubilarse el 16 de agosto de 1993, cuando ese hijo de Mendoza, Argentina, tenía 56 años de edad, 17 de vivir en Costa Rica y 10 de ser el alma de la librería Macondo.

Y es que la versión tica de Macondo no habita en la novela “Cien años de soledad”, de García Márquez, sino que ocupaba un viejo rincón de madera ubicado frente a la entrada principal de la Universidad de Costa Rica en San Pedro de Montes de Oca.

En ese Edén de libros maravillosos se movía Dante con la libertad con que lo hacía Adán en los primeros días del mítico huerto del Génesis; solo que el viejo librero era ateo, por lo que nunca fue presa de serpientes intrigantes ni frutos prohibidos. En honor a la verdad, no puede decirse lo mismo de sus relaciones con múltiples versiones de Eva… de hecho, debe estar mucho más que contento al verse rodeado de mujeres en las páginas de esta revista.

El paraíso de Dante, donde este hombre vivió su divina comedia, abrió sus puertas en 1983 y las cerró definitivamente en enero del 2000 cuando su verdadero fundador, Jorge Polimeni –el segundo de los cuatro hijos de Dante— decidió dedicarse a tiempo completo a su vocación de biólogo. “Yo abrí la librería, pero quien hizo Macondo fue Dante; él le puso ese nombre. Allí se ganó un espacio en la vida de muchas personas, de lo cual nunca tuvo conciencia”, manifestó Jorge el pasado sábado 20 de junio durante una tarde de lluvia, café y cigarros.

Esa misma tarde y en múltiples ocasiones, Jorge se refirió a su padre como un “lector enfermo”, una persona que leía entre seis u ocho libros de manera simultánea; los devoraba con el mismo apetito con que bebía vino o comía carne.

Esa pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas. Cuando menos, ocupa el podio más alto en mi lista personal de vendedores de libros.

Dante hablaba con propiedad –y, por qué ocultarlo, una buena dosis de parla— del contenido de los libros. Conocía datos relevantes y anecdóticos de los autores. Recomendaba editoriales. Sugería obras que presentaban y defendían otros puntos de vista. Atendía a sus clientes sin prisas y sin presiones. Se orientaba a la perfección en el desorden de sus anaqueles. Y tenía tiempo para la tertulia, la cual ejerció en muchas ocasiones con uno de sus mejores amigos, el escritor Joaquín Gutiérrez.

Además, tomaba muy en serio las peticiones de libros de su clientela. Cuando alguien le pedía un texto que no estaba en Macondo, anotaba la solicitud en una de las tantas libretas de bolsillo que él mismo fabricaba con hojas, tijeras y grapas.

Algo parecido ocurría con el inventario de la librería: lo llevaba a mano en miles de fichas que archivaba sobre una mesa ubicada a la vista de todos los clientes. Era alérgico a la computadora.

La primera PC apareció en Macondo tras la muerte de Dante. La llevó su hijo Jorge para modernizar el inventario. La tecnología puso de manifiesto algo que todos sabían, la vocación librera de Dante, y algo que casi nadie imaginaba, la poca, poquísima pericia empresarial de este argentino. Las pérdidas y deudas acumuladas atemorizaban más que los poco conocidos ataques de cólera de ese nieto de abuelos sicilianos.

Y bueno, ya que me refiero a facetas poco conocidas de este librero al que echo de menos, por qué no contarles que sus padres se llamaban Domingo y Dora Fanny, a quien todos llamaban “Ñatita”, y que su única hermana, Fanny, vive en Argentina, donde es periodista gastronómica y de vinos.

Además, que a los 20 años de edad se casó con “Perla”, una bióloga nueve años mayor que él, de quien enviudó a los 33 años, quedando con tres hijos: Carlos, Jorge y Estela; luego, ya radicado en Costa Rica, tuvo un hijo más, Ernesto.

Me niego a dejar en el tintero el hecho de que el alma de Macondo fue profesor de filosofía en la UNA, dio charlas en el centro penitenciario La Reforma e impartió lecciones de política latinoamericana a profesionales de la Standard Fruit Company –“Mamita Yunai”– en el Valle de la Estrella

Después de tantas millas vida acumuladas, Dante descansa hoy en Montesacro. Esa es la versión oficial; la verdad es que debe estar devorando libros en la biblioteca de Babel que soñó su paisano Jorge Luis Borges.

La pasión por la lectura, aunada a su formación filosófica, hicieron de este argentino uno de los mejores libreros –si no el número uno— en la Costa Rica de las últimas tres décadas.