Mi coño y yo empezamos a experimentar hervores y humedecimientos en situaciones comunes y corrientes.

¡No, Caridad no! solo me lo había dicho un eyaculador precoz que en realidad le suplicaba piedad a algún dios que evidentemente nunca lo llegó a socorrer. Por lo demás, a la que ha cogido tanto y tiene tanto más por coger, si una de mis aventuras no le quita ni le pone mayor aporte a su repertorio, pues que pase la hoja y me deje con mi coño, que por lo menos aun es fresco.

Mi coño y yo empezamos a experimentar hervores y humedecimientos en situaciones comunes y corrientes. Nuestras primeras fantasías fueron producto de muchas horas escuchando a los hermanos mayores y a las amigas precoces. Pasamos tardes enteras de nuestra adolescencia invertidas detrás de una puerta escuchando las películas porno alquiladas en betamax por los amiguitos del barrio. Fueron aquellas diez revistas Playboy encontradas debajo de la caja de herramientas de mi tío soltero lo que pintó en el horizonte metas. Nuestra propia interpretación de lo que pasó debajo de las cobijas de aquellos enamorados de los largometrajes ochenteros que vimos con lágrimas en los ojos nos llevó a la intimidad con nuestra mano derecha. Descubrir hendijas en los vestidores de hombre del colegio nos mostró la otra realidad. Las enciclopedias dedicadas a la anatomía con énfasis en la prevención de embarazos y enfermedades venéreas nos han mantenido actualizados hasta la fecha. Comprar condones y llenarlos con algo fue nuestra primera lección de proporción, ritmo y balance. Lo que empezó ingenuamente como chupar helados cremosos y dulces, terminó siendo la mejor manera de comer vergas. Sentir el roce de los pezones con la espalda de los compañeros en la fila de la soda, fue el principio de las escapadas detrás del gimnasio.

La profesora de educación para el hogar solo pudo convencerse a sí misma de que tejer y hacer muñecos de fieltro apacigua las hormonas, porque bastó que dejáramos la adolescencia y cogiéramos por primera vez para querer seguir probando hasta el infinito qué nos gusta más.

En esta búsqueda, la exclusión no vale. Queremos sentir si se trata de morder, chupar, acariciar, babear o rozar. Probar lo suave y lo duro por adelante o por detrás. Si ya se ha hecho mucho, hacerlo mil veces más no le quita mérito. Si no se ha hecho, solo poniéndolo en práctica se sabrá si hay buenos resultados. Calentar a otro con solo una mirada. Escoger si nos gusta corto, largo o mediano. Encontrar una posición que además de cómoda sea placentera. Fortalecer los muslos y los bíceps, por si se ocupan. Llenarse de perfume, inventar nombres diferentes para las tetas. Acariciar con plumas, meter las uñas, pasar la lengua. Comprar ropa interior nueva cada luna llena. Creer que la lluvia puede mejorar las cosas. Saber que el calor por lo general acelera todo y preferir hacerlo en la ducha.

Si mi coño y yo tenemos sed, sabemos que no se nos baja con cualquier limonada. Esto es un descubrimiento que requiere atención. Él y yo nunca nos separaremos, ni dejaremos de soñar con sexo. Del salvaje o romántico, fugaz o despacioso, vecino o extranjero, amistoso y empalagoso, borroso y vertiginoso, terrenal o celestial, seco o mojado, al margen o en público, cuidado y preciso, escandaloso y vital, precipitado o desconocido…