¡No, Caridad, no!
- Por Revista SoHo
- Publicado 06/10/2009
- Caridad
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Conocida, consabida y comprobada mi experiencia en asuntos lujuriosos (nunca se sabrá cuánta por cuenta de mis horas-cama y cuánta a causa de mis horas-boconadas) hubo un alguien, sino varios, que me preguntaron si la autora de aquellas crónicas basadas en porno dundo era yo. Ofensa monumental no tanto para mi inflado ego literario –aunque también— sino para mi currículum de tigresa, aderezado por mil y una historias e historietas de mi autóctono colmillo en el terreno sensual-sexual. Conste, soy libra. Símbolo del equilibrio, la empatía y, consecuentemente, de las segundas oportunidades. Pero qué torta: con Caridad, no ha habido manera. Por ejemplo, en la edición que abre este año, cuando ya se suponía que la devoradora de hombres, mujeres y de su propio clítoris (¿cuántos días tardará para sentarse tras las maratónicas de sexo que describe?) habría abandonado los patéticos lugares comunes en los que se ha basado desde el principio, la señorita en cuestión se mandó con un refrito del Kamasutra. La frase destacada de aquel infortunado artículo refleja la trivialidad de los consejos de doña Caridad: “Se sienta sobre el pene del hombre hasta tragárselo con la vagina por completo”. A ver… aunque quien escribe fuera novel en el tema más comentado del planeta (porque es el sexo, no el dinero, lo que finalmente mueve al mundo) de una habría arqueado la ceja y me habría preguntado: “¿Cómo? ¿Di, cuado uno se sienta sobre un pene qué otra cosa puede pasar si no es tragárselo por completo? ¿Di, si no… cuál sería la gracia de sentarse ahí? Entre todos los desaciertos que me provoca mes a mes la tal Caridad, ese artículo en especial me sorprendió. Porque si bien es cierto, el Kamasutra le puede ofrecer volados a algunos que no han sido tan afortunados de nacer con el gen y el don de hacer y deshacer en el sexo, hay algunas manías innatas que hasta la pareja más polla acopiaría, llegada la hora en que decidió mandarse. En un dechado de imaginación inaudita, Cari explica que la posición del gato queda de película en las madrugadas de verano (¡¡¡!!!). Ahora resulta que no solo tenemos horarios para bretear, estudiar, bretear, cocinar, bretear, lavar el carro, bretear, llevar los güilas a natación, bretear, ir al psicólogo. ¡Ahora también hay horarios y posiciones ideales de acuerdo al reloj y hasta al estado del tiempo! Pero bueno, digamos que intentamos seguir parte del manual sugerido aquel día por Caridad, solo sobrepasado en trivialidad por los anuncillos calientones que salen en los pasquines populares. Pero nos quedamos en el intento cuando leímos, entre los primeros párrafos, en qué consistía el cuento del gato: no era más que el milenario toque misionero, solo que dando vueltas “con cuidado extremo” de que aquello no se saliera de aquello. ¿Cómo, cuidado extremo? ¡Ay no! Solo nos faltaba tener que estresarnos en la cama… ¡si lo que se sale fácilmente, igual puede volver a entrar, cuál es la tos! Para terminar de asesinar la libido, reza la doñita: “Por nada del mundo, deben dejar de mirarse a los ojos y de besar intensamente (…) Practicar cuantas veces sea necesario hasta que se domine por completo la técnica”. ¡Ay noooooooooooooooooo! ¿Cómo, dominar la técnica? ¿Esta mujer habla de sexo o de tai chi avanzado? ¡Qué carajo! Así no es la jugada. Todos los que hemos disfrutado del sexo pleno, absoluto, demencial, una o mil veces en la vida, sabemos que el 90 por ciento es instinto y en el otro piquillo está el resto: incluso el tamaño. Esto último, muy a pesar de la obsesión con las dimensiones que nos ha recetado la ninfómana más aburrida del planeta. Se lo digo yo, y se lo repito. Así no es la cosa. ¡No, Caridad, no! | |
