Tuvo que proporcionarle varios toletazos que, tal vez no contribuyeron a su re-socialización, pero sí ayudaron como anestesia
Edición 31
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Tuvo que proporcionarle varios toletazos que, tal vez no contribuyeron a su re-socialización, pero sí ayudaron como anestesia Por Jhafis Quintero |
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-Uno, dos, tres… -Completo. Este es el ritual diario, donde todos dejamos de pertenecer al reino animal y nos transformamos en número primo, natural, negativo, positivo, nones y hasta en pares: es el recuento de las 6 p.m. Después de ser contados, todos vamos a nuestras respectivas celdas con la tranquilidad de que ningún extraño vendrá a sorprenderte mientras dormís, porque la celda tiene una enorme puerta que impide el acceso; aunque existe la posibilidad de tener una importante diferencia con alguno de tus compañeros de cuarto y eso podría ser complicado. Ni para qué si el inconveniente lo tenés con todos los restantes 19, la puerta tampoco permite salir a nadie, pero ese es otro cuento. Tiene una mandíbula enorme, lleva un corte de pelo militar y tiene los ojos muy juntos, pero además los entorna hasta quedar bizco. Se llenó el cuerpo de tatuajes amenazantes: “bad boy”, “nacido para matar”, cráneos atravesados por espadas, serpientes de ojos rojos y una mariposa de color “verdetintachina” en el hombro derecho. Siempre está moviendo la boca, aun cuando no habla, como si triturara entre sus dientes un diminuto y eterno grano de maíz. A pesar del look feroz en el que se empeña, todos lo llaman Popeye. Se fabricaba sus propias armas punzocortantes, que además de inservibles por lo exagerado del tamaño, le significaban un castigo que atrasaba su posible puesta en libertad cada vez que la policía se los decomisaba. Finalmente, no conseguía el respeto que tanto ansiaba obtener. En su desesperado intento por verse amenazante, más bien empezó a ganarse el afecto de todos, hasta de los policías que, cada vez que lo veían cojear durante el recuento de las 6 p.m., sabían que debían requisarlo, porque probablemente llevaba oculto un enorme cuchillo en la cintura, tan largo que no le permitía doblar la rodillas al dar un paso. Cada una de estas “prolongaciones” decomisadas significaba muchos días de castigo en el calabozo, así que Popeye decidió ir más allá y asaltar a sus compañeros. Ser bandido entre los bandidos. Esa fría mañana repartieron, además del café, pan y bananos pecosos de los que no pasan el control de calidad europeo y que luego son donados en estas estancias. A las 7:00 a.m. se amarra un pañuelo en la cabeza, se “engaleta” el cuchillo a la cintura y se va a asaltar al más débil de los compañeros, una consideración oportuna para empezar, pero aquella posible víctima conocía sus propias debilidades, así que tenía todo un plan de contingencia en caso de sufrir un ataque. Cuando Popeye se le acercó y desenfundó el enorme e inofensivo cuchillo –aderezado con un estruendoso “esto es un asalto”–, de inmediato, en la parte superior del camarote, se materializó un recluso tembloroso y con gafas, empuñando una tabla que descargó violentamente sobre la nariz del atacante. Este retrocedió, tambaleándose y se fue a parar en una pecosa cáscara, resbaló y cayó, golpeándose la cabeza y perdiendo el sentido y, también su debut de malo. Popeye fue llevado a la enfermería, donde le tocó ser atendido por una doctora soviética, donada por Rusia después de la “perestroika”. Se había agotado el suministro de anestesia y de mascarillas, así que la doctora lo atendió (no sin antes quejarse del mal aliento del paciente) y, apenas le dio la primera pinchada a la nariz de Popeye, éste por reflejo la empujó. Ella señaló la actitud agresiva del paciente y el policía que se encontraba justo en la puerta del consultorio tuvo que proporcionarle varios toletazos que, tal vez no contribuyeron a su re-socialización, pero sí ayudaron como anestesia. Remendado y humillado en sus infatigables intentos de ser temido, tomó una importante decisión: ocultar sus cuchillos a lo largo del brazo, debajo de sus usuales camisas de manga larga. Un día, durante el recuento de las 6 p.m. no cojeó, lo cual fue motivo de alegría y de alivio para muchos, por no tener que ser testigos de esta deprimente obra de teatro vespertina. El supervisor, contento de este cambio, se acercó y le dio una cariñosa palmadita en el brazo, solo para descubrir el nuevo escondite. La alegría y sensación general de alivio, desaparecieron. No fue castigado, pero mirar la cara de un ser nacido para generar afecto y cariño, haciendo esfuerzos extraordinarios por lucir feroz, era más de lo que podían soportar aquellas almas. | |