Solo mi propio olor en los dedos me recordó que no hubo nadie más conmigo esa tarde.

Como el elemento sorpresa salta en el instante menos esperado, hay que entrenar la apertura de mente. Así que en caso de que el azar nos ponga en apuros, un “¿por qué no?” es siempre una buena actitud.

Aquí les paso algunos momentos en los que esta actitud me ha valido más que tratar de memorizar cualquier libro especializado en posturas sexuales.

1. “¿Qué tal si invitamos a una pareja de amigos?”, me dice el rubio que conocí en una fiesta electrónica hace unos años, “de fijo se apuntan, solo es de llamarlos”. “¿Por qué no?”, le dije con una sonrisa. Yo me estaba creyendo dichosa por llevarme al rubio de camino a mi apartamento, porque realmente estaba muy bueno. Cuando me mencionó a los amigos, me desilusionó un poco pensar que más compañía haría que la noche terminara en pura conversación y más tragos. Pero, apenas llegamos, el amigo del rubio me sorprendió por la cintura y me empezó a besar. Yo le seguí la corriente porque no era rubio, pero era nalgón. ¿Que si me quedé con las ganas de hacerle algo al rubio? No, esa fue la belleza del asunto.

2. “¿Alguna vez lo has hecho por teléfono?”, me dice en un tono sensual un tipo que de seguro a otras les cobraba por esto. “No, nunca… pero, ¿por qué no?” respondí convencida de que solo algo muy bueno me podía estar proponiendo. Cerré los ojos y dejé que su voz me penetrara hasta la voluntad, aunque a la distancia. Y así fue, seguí sus instrucciones paso a paso, con obediencia mis manos acariciaban y apretaban mis senos, mi vientre y mi entrepierna. Lo escuchaba a él, que gemía complacido mientras yo me retorcía en la alfombra de mi sala. Me hizo venir varias veces, a control remoto. Solo mi propio olor en los dedos me recordó que no hubo nadie más conmigo esa tarde.

3. “¡Mirá cómo revientan las olas allá! Tal vez está tibia el agua, me encantaría sacarte la parte de abajo del bikini y probar si se me pone bien dura y hacerlo bien rico mientras las olas nos mecen, ¿vos creés que se pueda?”. “¿Por qué no?”, le contesté mientras me quitaba los lentes oscuros.

4. “¿Te gustaría ver cómo me la sobo yo cuando no te tengo cerca y me dan ganas de coger? Pero eso sí, si te excita mucho vos no podés hacer nada, así que te esperás hasta que yo termine, luego sigo con vos…”. ¿Por qué no?, pensé para mis adentros y me senté en el borde de la cama. Encontré un buen punto de vista y no me distraje de la escena ni por un segundo.

5. En medio de una cena, me dice un hombre que tengo al lado entre dientes y al oído: tocámela. Lo miro de reojo y dos minutos después lo vuelvo a sentir cerca de mi mejilla y susurra: “No te voy a morder, a menos que te guste, solo quiero que sepás cómo me pone solo tenerte a mi lado, sentí”. Sigo masticando la ensalada, mientras el cerebro me da vueltas. Por debajo de la mesa siento su mano que toma mi mano y me invita a dar un paseo por su regazo. Disimuladamente me dice: “¿Querés probar la carne?” Yo le sonrío y no me queda más que decirle: “¿Por qué no?”