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Flash / Talia
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Por Revista SoHo
Publicado el 03/23/2009
 
Gracias a las bondades de cierta invención nacional: el nuevo policía penitenciario rico.

Edición 29

Flash / Talía

Gracias a las bondades de cierta invención nacional: el nuevo policía penitenciario rico.

Por Jhafis Quintero
Fotografía: Rónald Pérez © 2009


4:00 a.m. Fila de la visita.
Atormentada por el frío se encuentra una señora de unos 50 años. Las prótesis de metal, además de servir como andamiaje en un cuerpo desafortunado, son un excelente conductor del clima.

8:40 a.m. Adentro
—Me debés nueve mil quinientos colones.
—Mi tía viene a visitarme, hoy te pago.
—Si no me pagás, ya sabés...
—Tranquilo; a propósito, si querés me fias otra, para deberte diez mil exactos. Esta es parte de la rutina en la vida de un joven casado con la más fea de todas: “la piedra”; relación que le ha traído muchos problemas económicos, emocionales y hasta desórdenes de personalidad.
—¡Qué bueno está este material!
—¿Qué le pasa Flash, por qué se está quitando la ropa?
—Yo no soy Flash, Talía está en mí. ¿No ves ese montón de gente mirándome?
—Los únicos que lo están mirando son los pacos y el supervisor Navarrote.
—No, mirá toda esa gente.
—¿Cuál gente? Póngase la ropa que ya casi viene su tía.

Estas sustancias son difíciles de conseguir, pero contrario a lo que se cree, no son generalmente los presos ni sus visitas los que introducen la mayoría de las drogas en los penales, sino que esto ocurre, en algunos casos, gracias a las bondades de cierta invención nacional: el nuevo policía penitenciario rico. Esta mutación social, en buena parte se deriva del concepto de crisis económica, que se extiende en los medios como una enfermedad venérea. Son algunos oficiales de seguridad de ciertas prisiones locales que ven en la difusión de las drogas no solo la posibilidad de prosperar económicamente (se puede conseguir hasta un millón de colones neto en una sola tarde de visita dominical), sino también la de reducir el ímpetu de los presos y así justificar moralmente sus negocios “administrativos”. Navarrote es uno de estos nuevos ciudadanos. Irradia un aura dorada que lo acompaña donde vaya, ostenta anillos de oro en el pulgar, medio, meñique, índice y hasta en el anular; además tiene esclavas de oro y muchas cadenas. Se mandó a hacer una vara policial labrada en madera fina. La hechura de estas herramientas para corregir a los descarriados, es parte de una sutil sintomatología jerárquica; y van desde guarumo, teca, cocobolo, roble, cedro, guayacán y nazareno hasta caoba (aunque muchos prefieren la madera de limón por su contundencia). Este ciudadano tiene sus propios vendedores de “material” en los diferentes pabellones. A la competencia la envía a lugares de castigo o la ubica con los presos rabiosos, seres infectados de “crack” que no tienen visita ni medios, y que asaltan al prójimo para obtener alguna liquidez y así poder doparse.

8:45 a.m.
—¿Cómo está, m’ijito?
—Bbb… bien. ¿Me trajo algo?
—Sí, una comidita, como a usted le gusta, arroz con frijoles y torta de huevo.
—¿Y plata?
—No mucha, lo que conseguí...
—¿Cuánto?
—Cinco mil.
—¿Nada más?
—Tuve que andar mucho, per… ¿qué es eso que tiene en la mano?
—Deme todo lo que tenga, mi tía, si no la jodo, estoy como loco.
—¡Ay!, papito, no sea tonto.
—Que no soy papito, soy Talía. Navarrote continuará con la venta de crack, sabe que tener poder sin dinero es como tener madre pero muerta.

11:00 a.m.
La tía de Flash se fue, pero volverá cada domingo con cinco mil colones a flor de piel y cinco mil más, ocultos para que su sobrino finja asaltarla y ella finja ser asaltada.