No era muy afortunado. Tuvo la desgracia de caerle mal al oficial de seguridad Bolsadeleche.
Edición 28
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No era muy afortunado. Tuvo la desgracia de caerle mal al oficial de seguridad Bolsadeleche. Por Jhafis Quintero |
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Dicen que para estar loco hay que comer jabón, pero se puede empezar con otros materiales. Fumaba cigarros con la brasa hacia adentro y el filtro para afuera. Llegó un día de tantos a bordo de una enorme sentencia con un tono de piel verde posguerra. Sobreviviente del conflicto civil nicaragüense, militó en la alineación del equipo contrarrevolucionario, en la zona de San Juan del Sur. En prisión caminaba descalzo, tratando de aminorar la distancia entre él y la madre tierra. Irradiaba felicidad, esa alegría que se siente cuando estás en un sitio que te resulta menos malo que el anterior. Movía impulsivamente la mano derecha, rasgando las cuerdas de una guitarra invisible. Hablaba muy poco, tratando de no generar mucha distancia entre los dientes superiores e inferiores. En otras palabras, se comunicaba con murmullos breves y precisos; sin embargo, heredero de un infinito romanticismo, se la pasaba cantando la misma canción todos los días: “El día que la mataron, Rosita estaba de suerte, de tres tiros que le dieron solo uno era de muerte” (bis). Esa canción fue por mucho tiempo el soundtrack en la vida de todos los vecinos de Calixto, quienes le regalaban diariamente —a las 6 p.m.— un cigarrillo, con tal que se tomara una taza de té tranquilo o leche caliente para que se durmiera y dejara dormir, pero no servía de mucho. No era muy afortunado. Tuvo la desgracia de caerle mal al oficial de seguridad Bolsadeleche, un personaje tragicómico: cómico visualmente, pero era toda una tragedia caerle mal (la gente tiene la falsa idea de que todos los gordos son bonachones). Sus tribulaciones empezaron el Día de los Inocentes. Manipulado por sus vecinos, fingió haber sido atacado, se llenó el pecho con salsa de tomate y salió dando gritos desde una celda para caer abatido en el patio. La policía entró en manada al mando de Bolsadeleche y, cuando llegaron al lugar donde estaba supuestamente el cuerpo sin vida, el “cuerpo” abrió los ojos y radiante repitió la frase recién aprendida: “¡Feliz Día de los Inocentes!”. Como la policía penitenciaria no tiene sentido del humor, Bolsadeleche se puso más gordo y blanco que de costumbre, acarició la empuñadura de su vara policial y le lanzó una mirada inquietante al “inocente”. Luego se marchó, precedido de ese rumor acuoso que lo acompañó desde que empezó a ganar volumen. En la tarde llamaron a Calixto para que se entrevistara con un abogado, pero todo era una trampa. Cuando salió a su “entrevista”, el equipo de cocoboleros (policías armados con varas) ya lo esperaba impaciente en el pasillo, para darle una lección. Luego de interactuar con los oficiales del orden, quedó esposado en la oficialía varias horas. Se la pasó cantando su tema de siempre: “El día que la mataron, Rosita estaba de suerte, de tres tiros que le dieron solo uno era de muerte” (bis). Y así hasta su regreso al pabellón. Desde entonces quedó grabado en el “radar personal” de Bolsadeleche, quien por cualquier cosa lo ubicaba en el calabozo. Calixto fue perdiendo progresivamente su tono de piel verde posguerra y fue adquiriendo un delicado tono amarillo calabozo, pues prefería permanecer en su aposento de castigo y seguir cantando infatigable día y noche su eterna canción: “El día que la mataron, Rosita estaba de suerte, de tres tiros que le dieron solo uno era de muerte” (bis). Se hizo popular en el sistema penitenciario, y ahora lo tomaban mucho más en cuenta. Como primera medida de atención, lo llevaron al psiquiatra, quien después de echar un vistazo a los informes de los oficiales sobre la impulsividad del cantante, determinó que estaba mal de los nervios y le recetó medicamentos. Cantidades de psicoactivos de colores y formas llamativas, además de una tarjeta de control que le entregaron a la seguridad para que lo trasladaran a la enfermería, donde le suministraban con dedicación su dosis diaria de Benadryl. Pasaron los meses y ya casi no le gustaba salir a recibir su hora de sol diaria y, cuando lo hacía, se quedaba en el patio petrificado, inmóvil. La única cosa que daba fe de que no se había muerto parado era la mano derecha, esa mano que jamás se detenía, rasgando las cuerdas de una canción imaginaria. | |