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Fotografía: Rónal Pérez

¿No me vas a decir que en alguna oportunidad no moviste la osamenta al ritmo de la música, del silencio, o al menos, pasó por tu cabeza la idea de hacerlo? Está la posibilidad de bailar solo, contra el espejo, con una mujer, con un hombre, en grupos, con el celular o con un tubo (que ayuda a no irte del escenario). La lista es inacabada. Claro que, una cosa es bailar para nosotros, y otra muy diferente es hacerlo con/o para otros. Si sos buen bailarín, este escrito agrandará tu ego, pero si sólo bailás bien con la “bolita del ojo”, podés correr el riesgo de terminar con tu autoestima por el suelo. Como sea, te invito a bailar…

Desde que me enteré de que los científicos, según un artículo de The Independent, aseguran haber encontrado pruebas para afirmar que el baile está ligado al bienestar físico, a la superioridad genética y a la selección sexual, lo primero que se me viene a la mente es esa frase cotidiana que alguien enunció por ahí: “el baile es la expresión vertical de un deseo horizontal”.

Pero la cosa parece más compleja. Investigadores de la universidad Rutgers han llegado a la conclusión de que el desempeño en las pistas es un indicio de superioridad genética. Se asegura que tanto hombres como mujeres admiran más la habilidad dancística de quienes tienen mayor grado de simetría corporal -medida de bienestar biológico-, porque permite juzgar la aptitud genética de potenciales parejas. Si esto es así, me confieso un ser inferior de la expresión musical a través del cuerpo, porque evidencia que para el baile soy la última de mi especie, y no precisamente por estar en extinción.

Dicen que fue Darwin, al estudiar distintas especies animales, el primero en sugerir que la necesidad universal de bailar forma parte de un fenómeno conocido como selección sexual. Esto, basado en el baile como parte del cortejo entre algunas especies (¡Atención!, si estás por elegir pareja ojo dónde la buscás: la zoofilia es una posibilidad).

Por si fuera poco, el reclamo sobre mi inutilidad para la comunicación corporal, debo extenderlo a mi árbol genealógico. Un equipo de investigadores de la universidad Hebrew, afirmó que la capacidad para bailar es una característica innata que se lleva en los genes. Así, los bailarines tienden a poseer variantes de dos genes relacionados con la transmisión de información entre las células nerviosas ¡y olé!

En fin, mientras me pongo de acuerdo con mi herencia genética y con don Darwin, voy a seguir creyendo, y no solo para auto justificarme, que la inclinación genética al baile no basta para convertir a una persona en un gran bailarín. Opino que bailar puede ser algo mágico, que transforma hasta un alma agotada; que hace renacer espíritus; que une generaciones; permite conocer sociedades y culturas; que comunica, que inspira nuevos acercamientos y revive los viejos; que moviliza recuerdos…

Por todo esto y mucho más, no renuncio a bailar con “los más feos” o con los mejores dotados; con luces, en la penumbra o en la oscuridad. Bailar en un sueño aunque resulte una pesadilla; bailar desnuda, vestida. Moverme con bailes prohibidos y con los “aceptados”. Después de todo, si la inferioridad genética llegara a molestar demasiado, siempre se puede tomar clases en academias, por televisión o adquirir un curso multimedia. La idea es bailar aun sin bailar, haciéndolo con estilo o sin saber hacerlo, pero bailar. Eso sí, cuando lo hagás, pensá que está en juego tu reputación genética.