¡Qué dolor de panza! Pero ahora mismo lo resuelvo. Solo necesito un vaso de agua y una cucharadita de tierra. “¡Bendito sea!”
Siempre fue uno de los grandes misterios del sitio. Su edad, lugar de procedencia, familia conocida o las razones que lo llevaron a ese espacio. Lo que sí sabíamos era que veneraba al Sol. Sus bronceados no obedecían al esnobismo sino más bien a un asunto religioso: se daba baños de astro rey todo el tiempo. Caminaba infinitas horas en el patio de la prisión y como guiado por un reloj interno se detenía a las 12 exactas del mediodía. Alzaba la vista al cielo y empezaba a maldecir. Alguien alguna vez le preguntó por qué lo hacía. Él respondió:
En este momento los satélites gringos están en órbita sobre nosotros. “¡Bendito sea!”
Era un maestro en el ajedrez. Nos enseñó a muchos el llamado juego ciencia. Se organizó un torneo bastante importante con presos de todos los módulos. Un evento sin precedentes. Las esperanzas de que nuestro módulo ganara estaban depositadas en él. Sentados en la mesa, aún sin mover el primer peón, se levantó maldiciendo, propinando todo tipo de insultos, los presentes estábamos sorprendidos: no eran las 12 aún.
—¿Qué pasa, hombre?
—Es la puta de mi suegra, que ha venido a atormentarme.
—Aquí no hay mujeres, es imposible.
—¿Ves ese gato negro en el techo? Ella usa el cuerpo de estos seres como vehículo para venir aquí a hostigarme. “¡Bendito sea!”
En su camarote había toda clase de hermanos menores: cucarachas, arañas, chinches, etc. “¡Bendito sea!” En el guardarropa solo tenía un par de chancletas y un pantalón corto café, el único conocido, el mismo que se quitaba a cada rato más aun cuando había requisa en la celda. Hablaba todo el tiempo de los mayas y mediante razonamientos complejos advertía de la proximidad del fin. Explicaba que la razón por la que muchos hombres buscaran nuevas rutas de placer es porque eran poseídos por Lillith, un demonio femenino que entraba de espaldas en el cuerpo huésped, así que la vagina de este demonio quedaba justo donde está situado el orificio terminal del aparato digestivo del poseso. Ahí la razón por la que el poseído empezaba a experimentar placer por esas áreas. Su mayor secreto, su gran descubrimiento, me lo transfirió a mí y ahora yo se los cedo a ustedes. Me dijo así:
—¿Has visto ese costarricense astronauta que fue al espacio y que está desarrollando proyectos para la NASA aquí en suelo tico?
Bueno, él no es humano, a Franklin Chang nos lo cambiaron en la Luna.
—¿Por qué te andás quitando los pantalones?
—Es que si no tengo pantalones al momento de la requisa, me evito el toqueteo policial. “¡Bendito sea!”
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