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—Profesor: No es que no sea yo nadie que nunca se interese en lo que jamás se dice, pero tampoco es que me niegue a escuchar nada de lo que no se calla. No sé si usted me descomprende, así que trataré de no ser un poco menos clara. El otro día, no dejé de oír que no debe decirse “No hay nada” porque es contradictorio: negar que haya nada es afirmar que hay algo. No entiendo, y no sé qué dirá usted de mí: si no soy tonta o nada así. No me despido no sin antes dejar de saludarlo. No ajena suya, Nomeolvides Nones.
—No desimprescindible Nomeol-vides: No es que no me sorprenda su carta; más bien, es que no la entiendo. Parece que usted es muy dada a la negación, al vacío existencial. No es por nada, pero, si hubiese sido usted hombre, no habría faltado quien no se abstuviese de decirle ticamente que, por cursi, es usted un “polo negativo”. No obstante, y no porque usted no se niegue, no dejemos de no entrar en materia. (Oiga: parece que lo suyo es contagioso).
Efectivamente, en español existen las llamadas “dobles negaciones”, que parecen tener significado afirmativo. Por ejemplos, decimos “No vino nadie” y “Nadie sabe nada” cuando solamente pretendemos expresar “Nadie vino” y “Nadie sabe”. ¿Por qué añadimos otras palabras negativas?
‘Nada’ proviene de la palabra latina ‘nata’ (no es esa alfombra voladora de la leche, como usted ignaramente cree). ‘Nata’ equivalía a ‘nacida’ (del verbo latino ‘nasci’, nacer). ‘Nata’ es una palabra femenina que está en el nombre ‘Renata’ (Renacida); ‘Renato’ es ‘Renacido’ (en francés serían ‘Renée’ y ‘René’). En latín, al decir solamente ‘nata’, se sobreentendía ‘cosa nacida’, ‘cosa existente’. Por esto, ‘nata’ tenía un sentido positivo, como decir ‘algo’.
Lo mismo ocurrió con ‘nadie’, que deriva del término latino ‘nati’. Este es el plural de ‘natus’ (nacido). En el idioma de los romanos, se decía ‘homines nati’ (hombres nacidos, existentes), palabras que son positivas. Así, originalmente, ‘nati’ equivalía a decir ‘alguien’, ‘algunos’.
No, no, no le sorprenda, Nomeol, que la ‘t’ se haya cambiado por la ‘d’ en ‘nata’ y ‘nati’. Esto ha pasado muchas veces en la formación del español. Casos parecidos son ‘status’ (estado) y ‘amatus’ (amado). Ello ocurrió porque la ‘t’ y la ‘d’ tienen pronunciaciones muy cercanas (haga la prueba con la lengua, que no me dejará mentir, por lo menos esta vez).
Sin embargo, y no embargante, el misterio no parece resuelto todavía. ‘Nata’ y ‘nati’ eran expresiones afirmativas; entonces, ¿cómo terminaron siendo negativas: ‘nada’ y ‘nadie’? Por contagio (como su virulenta manía de escribir). Hacia el siglo XV, en España, aún se conservaba el sentido positivo y se decía “No es nada” para expresar “No es cosa nacida o existente” (= no es algo). Empero, tanto fue el cántaro al agua, que se rompió el significado. Sí: tanto apareció ‘nada’ y ‘nadie’ junto a ‘no’, que se les pegó el significado negativo.
Así, con los años, ‘nada’ y ‘nadie’ resultaron ser unos Transformers del significado: de positivo a negativo. Ahora incluso podemos omitir ‘no’ y expresar “Nada hay” y “Nadie es”.
Algo parecido ocurrió con ‘jamás’, término formado por las palabras latinas ‘jam magis’ (ya más); ambas tenían usos positivos. (En latín, ‘jam’ equivalía a ‘ahora’). En castellano todavía decimos “No molestará ya más”, frase que podríamos cambiar así: “No molestará jamás”. ‘Jamás’ también se contagió del sentido negativo del ‘no’, y, poco a poco, lo reemplazó hasta que se dice simplemente “Jamás molestará”.
Por toda esa historia, ‘nada’, ‘nadie’ y ‘jamás’ no son realmente palabras redundantes en las oraciones negativas; más bien, refuerzan la negación, la hacen más enfática. Incluso, sentimos incompletas oraciones como “No hay” y deseamos añadir ‘nada’ o ‘nadie’.
Los adultos que aprenden nuestro idioma se enredan la vida con oraciones que niegan dos veces, y no les falta algo de razón. Incluso, en lógica, dos negaciones equivalen a una afirmación: “Si no es nada, es que es algo”. En fin, son curiosidades del lenguaje, negadora amiga. En cambio, palabras como ‘ninguno’ y ‘nunca’ siempre han sido negativas; por esto, decir “No vino ninguno” y “No está nunca” sí son excesos; mas, otra vez en fin, así nos ha quedado el idioma, un poco raro.
Ya que estamos en confianza, le propongo ponerse un epitafio: “¿Pos no que no?”, como dicen los mexicanos; o sea, “¿Pues no era que no me iba a morir?”. Sería una linda humorada y el único epitafio con dos ‘no’ en el cementerio.
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