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Y después de morir...
- Por Revista SoHo
- Publicado 10/8/2008
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Y después de Se rebalsa la cloaca que llevás por dentro y queda el gran reguero. Llegan más invitados: a comer, a coger y a parir encima tuyo. Por Alejandra Montiel |
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Y me dijo la muerte que así es como sucede entre nosotros, los mamíferos: Minuto uno: dejó de funcionarte el corazón y/o los pulmones. Vos tranquilo, que no te vas a dar ni cuenta. Este análisis es macrobiótico, sin ingredientes artificiales. Nada de tecnologías groseras como esos respiradores artificiales o los corazones mecánicos que obligan al cuerpo a hacer lo que ya no quiere. (Estás muerto. Bueno, no muerto-muerto. Dice el doctor que sí, que muerto de todo el cuerpo, sin posibilidad de apelación del veredicto. Los católicos no les creen a los médicos. Exigen confirmación de que el alma ya picó el boleto y mientras no se confirme la huida, que te mantengan las maniobras de resucitamiento. Los budistas zen, los indios americanos, los musulmanes y los cristianos fundamentalistas no creen en esa versión bidimensional del ser humano: el cuerpo y el alma son uno y vos seguís vivo mientras el corazón siga latiendo, máquina o no de por medio. Que esperen los de la lista de transplantes para que rajen a alguien más que sí esté muerto-muerto). Minuto dos: por la falta de oxígeno, los glóbulos rojos se empiezan a hundir, dejando los capilares superficiales y acumulándose en las profundidades de las venas. Te vas poniendo pálido yuca, con matiz de muerto. No hay bronceado que valga. En menos de veinticuatro horas vas a estar frío. Igual que un zapato viejo. Minuto tres: te contracturás, por culpa de unas cositas de calcio que llegan a los músculos. Estás engarrotado, patitieso, o en términos eruditos, en estado de rigor mortis. No hay quien te saque de esa testarudez rígida sin quebrarte los huesos. Hasta que te empecés a descomponer, claro. Minuto cuatro: se produce el holocausto. Cincuenta billones de células, sitiadas por la falta de oxígeno, se van ahogando. Las bacterias que tenemos vos, yo, todos adentro del cuerpo, esas que se alimentan de probióticos, se alborotan. Están por la libre. Ahora nadie podrá defendernos. Mientras tanto, en el mundo de los vivos, algún valiente prepara tu cuerpo para que llegués decente y bien vestido al otro lado o por lo menos para que te veas presentable en la vela o en el entierro. Los musulmanes te lavan tres veces, con agua y perfume. Te entierran envuelto en una mortaja, con la cara hacia la Meca, cuerpo a tierra. Los judíos se quedan con vos hasta que vas para el hueco, con vos en una mortaja sin nudos que te amarren a este mundo. Llevás tierra de Israel en los ojos, el corazón y las manos. En Fiji, no hay ropa de luto. Tu familia canta himnos y las mujeres lloran a pulmón batiente, cuentan historias tuyas, te tocan como muestra de respeto. En las franquicias funerarias, vos bien lo sabés, no hay identidad cultural y en todas partes te hacen lo mismo: te cierran los ojos, te lavan la cara, te peinan el pelo, te cubren con una sábana. Te dejan un brazo afuera para que tu familia pueda aferrarse a algo de lo que queda de vos, que te ves tan así, tan como si estuvieras durmiendo. Ahora sí, a lo que vinimos: Que no te entierren vivo, lo primero. O, en su defecto, con un celular GSM cargado ojalá cerca de una antena del ICE. No hay nada de qué avergonzarse. Todos alguna vez hemos pasado por ese miedo. Washington pidió que lo aguantaran dos días antes de enterrarlo, o sea, cuando el olor avisara. Chopin, imaginando la asfixia de 3 metros bajo tierra, ordenó que lo cortaran de tajo a rabo y si no gritaba, procedieran al entierro. Edgar Allan Poe, el más grande, nos dejó el testimonio terroríficamente claustrofóbico y exacto en “Entierro prematuro”. Pero digamos que te certificaron ya, oficialmente, muerto. Día 3: te ves igual que cuando entregaste las tenis: como dormidito. La procesión va por dentro. Las bacterias de tu intestino comienzan, literalmente, a comerte desde las entrañas. Primero los 7 metros de intestino; después, poco a poco, avanzan, invadiendo los órganos vecinos. Si estás al aire libre, aterrizan las primeras moscas. Tienen una debilidad especial por los cuerpos frescos. Como no tenés mano, matamoscas o periódico, te recorren a gusto y de souvenir dejan sus huevillos en cualquier cosa abierta: una herida, la boca, la nariz, el ano. Día 4: los huevos que te dejaron de recuerdo maduraron. La sentencia bíblica se cumple con esa cosquillilla que sentís cerca del ombligo: son gusanos. Volverás a ser polvo, eso sí, después de que la gusanera acabe con vos y te caguen en forma de humus con alto contenido orgánico. Día 10: las bacterias destruyen los tejidos y las células y las dejan hechas líquido que te inunda las cavidades del cuerpo. Los gusanos siguen muy ocupados, comiendo. Como están encerrados en este empaque, por el momento hermético, se producen gases con nombres evidentes como putrecina y cadaverina. Tu olor es a rata muerta, a chifrijo mal procesado, a crisis de colitis. Vos, si estuvieras vivo, sentirías que te morís del asco del tufo y habrías salido soplado a comprar el desodorante ambiental de sabor cítrico del bosque. Pero estás muerto. Para los insectos, es el olor que les muestra el camino al paraíso. Día 20: el gas te va inflando el cuerpo y cuando ya no te da el cuero, te reventás, exactamente igual que un sapo o como dice el poeta de Puerto Rico, como palestino. Quedás como muñeca porno, con ese síndrome poscoital del macho: desinflado. Tu piel está como color cremita y lo de adentro, acharolado. Se rebalsa la cloaca que llevás por dentro y queda el gran reguero. Llegan más invitados: a comer, a coger y a parir encima tuyo, a examinarte con detenimiento. Hay de todo: dos tipos de moscas, escarabajos, avispas, polillas y otras porquerías que de estar vivo hubieras reventado de un solo zapatazo. Todos te usan de incubadora para sus huevos para que sus hijitos, al nacer, se coman ese cuerpito que tanto cuidaste en el gimnasio, que ignoraste o que maltraste a punta de cigarro y de guaro. Ese, que fue tu templo, es ahora el parque de diversiones del mundo de los insectos. Estás, en términos exactos, irremediablemente podrido-putrefacto. Día 50: te fermentaste como el guaro de contrabando de algún turno de pueblo. Solo quedan tus huesos, tu pelo y tu cuero. Apestás a queso francés, pateón y caro. La parte más cerca de la tierra se renueva, verdeblancuzcazulada de musgo. Aún quedan insectos, dispuestos a chuparte hasta la última gota de médula. Mientras haya carnita, hay esperanza y no hay necesidad de rodar por el mundo a buscar otro muerto. Al año: alguien en tu casa o en la de otro, te recuerda o te llora, te pagan una misa, te prenden una velita, se alegran de que ya cumplís un año de estar muerto. Ya estás, literalmente, seco. De vos solo quedan el pelo y los huesos y muy pronto vas a quedar calvo. A los bichitos los perdés cuando se te desintegra el pelo. Y ahí quedan tus huesos, para la historia, para el OIJ, para algún arqueólogo o para un saco negro que dice Municipalidad de San Eustaquio en letras blancas si a tu familia se le olvida pagar las cuotas del cementerio. Ahora bien, morirse ahogado es un método también naturalista, respetado y decente como causa de muerte en algún certificado. Aquí, la cantidad de agua que entra y que no sale, te asfixia. Me dijo la muerte que esto es lo que pasa cuando uno, mamífero, se ahoga: Minuto uno: te vas poniendo azul, azul, como un pitufito… |
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