Último día de
Carlos Cortés

Las postales y las oraciones no son para los muertos sino para los vivos.

Por Carlos Cortés
Fotografía: Rodrigo Montoya © 2008


La sala de cuidados intensivos no es un mal lugar si uno está muerto o a punto de estarlo. Esa idea, como cualquier otra, se desvanece y me concentro en el doloroso traslado de la camilla a la cama hospitalaria. Segundos antes, o quizás horas, atravesamos la verja metálica, rodamos por un piso inestable que me hace rebotar y bordeamos la sala de electrochoques, que identifico con el rabillo del ojo antes de adormecerme.

El médico contesta que es imposible y me inunda el barullo. En un hospital del Seguro no hay lugares privados ni atenciones especiales, dice. Ya no importa. Mi cuerpo ya no es mío y no tengo vergüenza de él, pero pronunciar cualquier palabra representa un esfuerzo tan extenuante que desisto de emitir sonidos, salvo cuando tengo sed y toso en un espasmo de asfixia.

No sé si hablan de mí o de la mujer que está a mi lado y que agoniza en silencio. Los familiares rezan alrededor suyo y los escucho susurrar que no pasa la noche. Lo sé o lo adivino porque son como bultos pesados que chocan con los objetos del cuarto. Cuando me vuelvo hacia ella ya no está y la cama está limpia y lista para un nuevo inquilino. Tenemos suerte. No vamos a morirnos en el pasillo o en la lista de espera.

Uno no se entera de lo que tiene hasta que lo pierde. Hace unos meses dejé de producir saliva y tragar se convirtió en una hazaña prodigiosa. Tragar y los actos reflejos que lo acompañan, como toser. Los primeros días no pensé en otra cosa que no fuera el agua, lo que significa una gota de agua que cae tras otra en la garganta hasta formar un chorro líquido. La única sensación de humedad que conservo es el ardor de los labios resecos y el interminable chasquido de la lengua.

Las voces se dispersan y se apagan, lo que me hace suponer que aceptan enviarme a la pequeña habitación separada, anexa al pabellón general. El pudor ya no existe y no sé si estoy desnudo o vestido, vivo o muerto, aunque vagamente retengo la obsesión por la intimidad, por querer estar solo y no rodeado de otros pacientes. Quisiera desaparecer, nada más, sin preocuparme por la disposición del cuerpo, pero es imposible. Hay que morirse primero.

La piel dejó de dolerme y solo la siento cuando se desgarra con la aspereza de un papel arrugado. Me colocan en otra posición, me dan vuelta, me vuelcan, pero tendría que disponer de varios cuerpos para no ulcerarme en la cama. La epidermis se ha adelgazado tanto que percibo la lenta circulación de la sangre, el errante y melancólico vagabundeo de los neurotransistores, la burbujeante podredumbre en que me voy convirtiendo, la secuencia de moretones y de vasos capilares que se precipitan a la superficie con una mancha roja.

Ya no pienso, divago. Me disuelvo poco a poco, ni siquiera recuerdo los brazos en los que las venas azules corren paralelas a las sondas, las bolsas de suero y los sensores que se adhieren a la costra de la piel igual que ventosas. Con una determinación que creí que ya había olvidado, me concentro en extender la manga de la bata verde hasta la muñeca. Me digo que es difícil porque la ropa hospitalaria es corta y la tela no alcanza. Sigo halando sin desistir, en un movimiento frenético.

Tengo frío, me quejo, y me irrita que mis palabras sean incomprensibles para los demás. Halo hasta caer exhausto en una pesadez soporífera y la manga no baja del codo. Sueño con abotonarme la camisa y comprobar la exactitud de los ojales y la forma perfecta en que se ensamblan los botones. No puedo, no logro embocar el botón con el ojal, y caigo en la desesperanza.

En la mañana, o en la confusión que provoca un poco de luz, me distrae el rugir del viento contra las latas sueltas del techo. La claridad hiriente me encandila sin necesidad de abrir los párpados. La enfermera me acaricia la cabeza vendada y me señala una colección de crucifijos y relicarios que cubre el duro y frío respaldar metálico.

Es tarde para solicitar o brindar cualquier explicación. Es tarde para confesar o sentir cualquier cosa. La mueca que se dibuja en donde solía estar yo, o mi rostro, reconforta a la mujer. Veo que asiente y sonríe sin adivinar que las imágenes religiosas no me ofrecen nada y que el túnel está a oscuras para mí. Las postales y las oraciones no son para los muertos sino para los vivos.

Monchito me sacude, me pide cien pesos y me extiende la mano con avidez. Está oscuro y solo nos acompaña el ulular del viento y el latigazo sordo de las latas contra el armazón destechado. Monchito sonríe sin dientes con la expresión invertebrada de quien ha pasado la vida entera en el hospital psiquiátrico. Se escapó del pabellón y es inofensivo, pero a esta hora adquiere la máscara del demonio y la dimensión de una sombra gigantesca. No es nada, es el miedo que pasa como una sombra. En un instante no sentiré nada.

Cien pesitos, cien pesitos, repite un eco dentro de mí, en una letanía inaudible, como si siguiera vivo. Monchito murió hace años y quien me llama es su recuerdo desmoronándose en un castillo de naipes. La voz se apaga. No más luz. No más ruido.