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Último día de Las postales y las oraciones no son para los muertos sino para los vivos. Por Carlos Cortés | |
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La sala de cuidados intensivos no es un mal lugar si uno está muerto o a punto de estarlo. Esa idea, como cualquier otra, se desvanece y me concentro en el doloroso traslado de la camilla a la cama hospitalaria. Segundos antes, o quizás horas, atravesamos la verja metálica, rodamos por un piso inestable que me hace rebotar y bordeamos la sala de electrochoques, que identifico con el rabillo del ojo antes de adormecerme. El médico contesta que es imposible y me inunda el barullo. En un hospital del Seguro no hay lugares privados ni atenciones especiales, dice. Ya no importa. Mi cuerpo ya no es mío y no tengo vergüenza de él, pero pronunciar cualquier palabra representa un esfuerzo tan extenuante que desisto de emitir sonidos, salvo cuando tengo sed y toso en un espasmo de asfixia. No sé si hablan de mí o de la mujer que está a mi lado y que agoniza en silencio. Los familiares rezan alrededor suyo y los escucho susurrar que no pasa la noche. Lo sé o lo adivino porque son como bultos pesados que chocan con los objetos del cuarto. Cuando me vuelvo hacia ella ya no está y la cama está limpia y lista para un nuevo inquilino. Tenemos suerte. No vamos a morirnos en el pasillo o en la lista de espera. Uno no se entera de lo que tiene hasta que lo pierde. Hace unos meses dejé de producir saliva y tragar se convirtió en una hazaña prodigiosa. Tragar y los actos reflejos que lo acompañan, como toser. Los primeros días no pensé en otra cosa que no fuera el agua, lo que significa una gota de agua que cae tras otra en la garganta hasta formar un chorro líquido. La única sensación de humedad que conservo es el ardor de los labios resecos y el interminable chasquido de la lengua. Las voces se dispersan y se apagan, lo que me hace suponer que aceptan enviarme a la pequeña habitación separada, anexa al pabellón general. El pudor ya no existe y no sé si estoy desnudo o vestido, vivo o muerto, aunque vagamente retengo la obsesión por la intimidad, por querer estar solo y no rodeado de otros pacientes. Quisiera desaparecer, nada más, sin preocuparme por la disposición del cuerpo, pero es imposible. Hay que morirse primero. La piel dejó de dolerme y solo la siento cuando se desgarra con la aspereza de un papel arrugado. Me colocan en otra posición, me dan vuelta, me vuelcan, pero tendría que disponer de varios cuerpos para no ulcerarme en la cama. La epidermis se ha adelgazado tanto que percibo la lenta circulación de la sangre, el errante y melancólico vagabundeo de los neurotransistores, la burbujeante podredumbre en que me voy convirtiendo, la secuencia de moretones y de vasos capilares que se precipitan a la superficie con una mancha roja. Ya no pienso, divago. Me disuelvo poco a poco, ni siquiera recuerdo los brazos en los que las venas azules corren paralelas a las sondas, las bolsas de suero y los sensores que se adhieren a la costra de la piel igual que ventosas. Con una determinación que creí que ya había olvidado, me concentro en extender la manga de la bata verde hasta la muñeca. Me digo que es difícil porque la ropa hospitalaria es corta y la tela no alcanza. Sigo halando sin desistir, en un movimiento frenético. Tengo frío, me quejo, y me irrita que mis palabras sean incomprensibles para los demás. Halo hasta caer exhausto en una pesadez soporífera y la manga no baja del codo. Sueño con abotonarme la camisa y comprobar la exactitud de los ojales y la forma perfecta en que se ensamblan los botones. No puedo, no logro embocar el botón con el ojal, y caigo en la desesperanza. En la mañana, o en la confusión que provoca un poco de luz, me distrae el rugir del viento contra las latas sueltas del techo. La claridad hiriente me encandila sin necesidad de abrir los párpados. La enfermera me acaricia la cabeza vendada y me señala una colección de crucifijos y relicarios que cubre el duro y frío respaldar metálico. Es tarde para solicitar o brindar cualquier explicación. Es tarde para confesar o sentir cualquier cosa. La mueca que se dibuja en donde solía estar yo, o mi rostro, reconforta a la mujer. Veo que asiente y sonríe sin adivinar que las imágenes religiosas no me ofrecen nada y que el túnel está a oscuras para mí. Las postales y las oraciones no son para los muertos sino para los vivos. Monchito me sacude, me pide cien pesos y me extiende la mano con avidez. Está oscuro y solo nos acompaña el ulular del viento y el latigazo sordo de las latas contra el armazón destechado. Monchito sonríe sin dientes con la expresión invertebrada de quien ha pasado la vida entera en el hospital psiquiátrico. Se escapó del pabellón y es inofensivo, pero a esta hora adquiere la máscara del demonio y la dimensión de una sombra gigantesca. No es nada, es el miedo que pasa como una sombra. En un instante no sentiré nada. Cien pesitos, cien pesitos, repite un eco dentro de mí, en una letanía inaudible, como si siguiera vivo. Monchito murió hace años y quien me llama es su recuerdo desmoronándose en un castillo de naipes. La voz se apaga. No más luz. No más ruido. | |
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La voz temblorosa me pregunta qué clase de animal me gustaría haber sido, yo digo que un conejo de peluche al que se le cayó un ojo de botón de tanto afecto que le dio su dueño, a saber, un niño de 6 años, como Juan. El silencio que sigue dice mucho. Del otro lado del teléfono alguien que me quiere bien, elige las palabras… no puede… no hay manera de decir esto de una forma bonita. Voy a morir. Mi último día debería empezar temprano, muy temprano, tratar de ser metódico, práctico, cosas que nunca fui en mi vida. OK, un intento. El último. 7:30 a.m. Escribir que no quiero ningún ritual que pase por las manos de ninguno de los dioses conocidos. Quiero que sepan que me sentí tranquilo la noche en que maté a dios, dormí como un bebé, sin miedo ni del infierno ni de ese otro gran abismo al que todos llaman cielo. Que para mí la literatura, o más bien, los libros y escribir, cumplieron con todo lo que a otros daba dios: consuelo, esperanza, castigo y una forma —no mejor ni peor— de tratar de explicarme qué mierda era la vida. 8:00 a.m. Arreglo que me quemen, tres partes iguales de mí llegarán cada una a un lugar diferente: el volcán Irazú, el lugar donde estuvo mi primera casa en el mundo y el Puerto. En esos tres lugares fui feliz. 8:20 a.m. Una taza de café y varios cigarrillos, me juré que a las once de hoy dejaría de fumar; yo cumplo, trataré de no pensar en otro tiempo, en otras tazas de café y cigarrillos, ya lo dijo De Cuenca: la nostalgia es un burdo pasatiempo. 8:30 am. Lloro, lloro, pero sigo haciendo cosas, mientras tomo una ducha, mientras me afeito, mientras entro por última vez en ese milagro del calzoncillo limpio, lloro y me miraré al espejo para ver qué se siente ver a la cara a un hombre muerto que llora. 9 a.m. Me limpio la cara, salgo de mi casa a desayunar con mis hijos, Juan y Lucy, los beso despacio y me voy. 10:00 a.m. Tomarse las pastillas, no olvidar las pastillas, aunque ya no sirvan para nada, continuar el ritual de las pastillas, sentir el gusto idiota de hacer algo sabiendo que no sirve para nada. 10:20 a.m. Llegar a San José. Caminar por el pasillo de las flores del Mercado Central y no pensar en otra cosa que las flores. 10:40 a.m. Sentarme a conversar con un extraño sobre nada, de lo que él quiera: fútbol, política, Latin American Idol, no caer en la tentación de juzgarlo, no sentirme mejor que el otro, no sentirme. 10:45 a.m. Buscar mi marisquería favorita y pedir un ceviche, una sopa y camarones. 11:30 a.m. Llamar a mi mama por teléfono, decir gracias. 11:45 a.m. Dejar de fumar, yo cumplo, tarde, pero cumplo. Volver a mi casa. 12 en punto. Buscar el noticiero de radio que justo a las doce pasa el “Avemaría” de Perry Como y recordarme cuando era niño y me ponía el uniforme de la escuela. 12:15 p.m. Terminar algo de lo que he estado escribiendo. 1:00 pm. Llorar otro poquito y ver La Mansión Forrester para amigos imaginarios y reírme de Blu, reírme mucho, si es posible con Juan y Lucía en mi cama. 2:00 p.m. Poner mis canciones favoritas. 2:30 p.m. Leer El principito, el último monólogo de Novecento y los capítulos finales de El dios de las pequeñas cosas. 6:00 p.m. Llamar a un amigo, decir gracias. 6:30 p.m. Preparar una cena decente para mí, y ponerme ropa bonita y tratarme como al mejor. 7:00 p.m. No hacer las paces con mis enemigos, no perdonar los crímenes contra mí, no sobornar al perro más grande de las culpas con ninguno de estos actos. 7:30 p.m. Cenar, comer un helado, recaer con un cigarrillo y no sentirme mal. 8:40 p.m. Llamar a ese numero que recuerdo tan bien y que no volví a marcar desde hace mucho, escuchar la voz en la contestadora y no decir lo que tengo que decir, después del tono. 9:00 p.m. Poner Nina Simone, mucho Nina Simone. 9:00 p.m. Pensar en aquel astronauta falso que vi una vez, pensar en lo que dijo: “Para ser alguien que nunca estuvo preparado para vivir en este mundo, creo que lo voy a extrañar”. 10:00 p.m. Quitar de la refri la foto donde estoy junto a mis hijos. 10:05 p.m. Llorar hasta dormirme. 11:00 p.m. Dormirme. 12 en punto. Soñar con conejos de peluche, tuertos, pero felices. | |