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Boxeador por un día
- Por Diego Delfino
- Publicado 09/12/2008
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Cuatro semanas entrenando para preparar una pelea. Cuatro semanas conociendo el ABC de un deporte que encierra mucho más que volarse manazos. Crónica del boxeo visto desde adentro, por alguien que viene de afuera.
Fotografía: Alejandra Quintero © 2008 |
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Lunes 9 de junio de 2008, estoy cumpliendo 28 años y me pregunto si no será un poco tarde para iniciar una carrera de púgil, por breve que sea. Manejando rumbo a Guachipelín de Santa Ana escucho “Gonna Fly Now” del maestro Bill Conti o, como se lo conoce popularmente, “el tema de Rocky”. Todo mi conocimiento del deporte de los guantes se reduce a aquellas películas y a uno que otro juego de video que dejó siempre un buen sabor de boca. Como no, si los golpes nunca los recibí yo. Esteban Gil (hijo), propietario del complejo Full Soccer-Full Boxing, me preguntó si quería un entrenamiento profesional o semiprofesional. Le pregunté cuál era la diferencia: “Si le damos profesional, te morís”. El sentido común se encargó de tomar la decisión por mí, así que evitamos intentar engañar a la realidad del caballero de la triste figura y de su pobre rutina de alimentación, descanso y cuidado personal. Semiprofesional entonces, que la idea es acercarse tanto como el cuerpo lo permita a la realidad de un deportista profesional que no optó por las pelotas, las piscinas o las carreras, sino por los golpes. La combinación de rock pesado clásico con hip-hop que me recibe en mi primer día deja claro que el ambiente no es para los débiles de corazón, ni de oído. Las miradas de los muchachos que entrenan muay thai a la par del cuadrilátero me terminan de confirmar que estoy fuera de lugar. En las paredes, los ojos intimidantes de Tyson, Ali, Robinson, Lewis, Holyfield, Trinidad y demás inmortales siguen de cerca mis primeros traspiés bajo el techo del gimnasio. Esteban se acerca a Bruno y le explica la dinámica. “Diego está en cero”, sentencia. “¿Fumás?” “Sí”. “¿Deporte?” “Nulo”. “Bueno, vamos a trabajar el acondicionamiento físico primero, un boxeador sin aire no aguanta un round”. Quedo entonces en las manos de Bruno. El entrenamiento Elegí el primero de varios entrenamientos de una hora que se dan al día, buscando una atención más individualizada, o en términos francos, eludir al bulto de boxeadores que llegan cargados de testosterona a las diez de la mañana. El primer día es prometedor, mis compañeros son una señora mexicana en sus cuarenta y tantos y un niño de unos trece, probablemente su hijo. El ritual de inicio (un metódico y obligatorio estiramiento) se repetiría por los restantes entrenamientos; ellos, en cambio, no volvieron nunca más. El resto de la primera jornada mantiene mi motivación a tope a pesar de mi evidente enemistad con el ejercicio. Esto, después de todo, no parece tan cansado como había imaginado. Bendita ignorancia. Bruno dedicó ese día a medir mis habilidades (o falta de) y partió de ahí para aniquilarme sistemáticamente a partir de mi segunda visita. Mi primer enemigo: la suiza. Para empezar, la coordinación: imposible pedirles a mis brazos que dibujen un arco con una cuerda mientras mis piernas se despegan del suelo en franca sintonía. Ese ejercicio tan elemental, que cualquier boxeador de segunda realiza con una facilidad insólita, me significaba una calamidad. Para empeorar, las plumas: mientras el movimiento correcto debe limitarse a las muñecas, yo zangoloteaba los brazos; mientras el salto de los pies debe ser uno solo, yo tanteaba el piso primero con uno, después con el otro. Acostumbrado a mi torpeza femenina, sentía más congoja por Bruno y los compañeros que por mí, así que procuraba hacer bromas en la línea de “parezco una loca saltando” para aligerar el ambiente. La trilogía del mal se completaba con el tema cansancio. Quien no ha hecho este ejercicio en su vida, sentirá los pulmones fluyendo por el esófago en busca de aire. El truco estaba, claro, en chocar la cuerda contra las piernas para detenerse, hacer otro mal chiste, y ganar unos segundos valiosos de descanso. “¡A ver, flaco, seguimos!” Finalizado el ejercicio, yo estaba listo para ir a la casa. Pero aquello era solo el calentamiento. Mis constantes viajes al tubo de agua no eran bien vistos por Bruno, quien exigía cada día más intensidad. La falta de pericia se reflejó jornada tras jornada a la hora de aprender los pasos. El boxeo, valga la comparación melosa y trillada, es como el baile. Aquel arte, me fue también siempre ajeno. Calenté las paredes de cada uno de los que organizó mi colegio, incapaz de someterme al doble ridículo de sacar a una compañera a pista, y exponer mi torpeza en público intentando encontrarle el ritmo a “Romantic Call” de Patra. Eso, cuando me animaba a ir, pues en todos y cada uno tenía jurada la muerte por la barra de matones que hicieron de aquellos cinco años un va y viene de amenazas. Aquí repara la doble ironía de este experimento. Cuando me gradué del Clodomiro Picado, sonreí no con la satisfacción del bachiller, sino de la de quien logró eludir de por vida una golpiza y todo tipo de ejercicio físico. Además de cobarde por naturaleza, siempre fui vago. Yo era el tipo que se escondía detrás de las gradas del Rafael Ángel Camacho después de la segunda vuelta de la prueba Cooper, solo para regresar a pista un par de minutos antes de que se cumplieran los doce. Una década después estoy preparándome para una tunda, e intentando arrastrar con elegancia el pie derecho tras el pie izquierdo mientras me desplazo para evitar que un saco de arena me devuelva el golpe que le acabo de meter. Constancia, disciplina, perseverancia, aliadas diarias de quien decide hacer del deporte su profesión. Ninguna de ellas aparece en el diccionario de mi vida y mi intento por forzarles una entrada a medio partido resulta no infructuoso, sino patético. Repito el paso una y mil veces a sabiendas de que con cada intento los resultados no mejoran. Me preocupa que Bruno lo interprete como falta de interés, pero su cara de resignación apunta a una inevitable empatía. El día en que no lograba despertarme a las siete, y llegaba al entrenamiento de las nueve, lo pagaba caro. Si bien el no tener a Bruno encima podía interpretarse como un descanso, el ritmo de exigencia colectiva cuando se trata de tipos que hacen esto a diario, subía. En lo que ellos hacían cien abdominales, yo hacía, pariendo chinos, cincuenta. En lo que ellos hacían cincuenta lagartijas, yo hacía, escupiendo el alma, veinte, y recibía una condescendiente felicitación. Más que en la broma del gimnasio, me había convertido en una especie de mascota. La clase de las ocho tenía otra ventaja: el kick boxing femenino. Cuatro muchachas en leotardo estirando sus manos para alcanzar sus pies de frente al espejo, de espaldas al ring. La oportunidad perfecta para mostrar un poco de testosterona y ganarse otra ronda de abdominales por interrumpir el ejercicio. Día con día, mi odio por la rutina del ejercicio aumentaba. Para la segunda semana, la idea de acostarme y saber que seis horas después estaría brincando de un saco de arena al otro, me resultaba depresiva. No importaba cuán motivado saliera de una jornada cualquiera, el deseo era siempre terminar la experiencia tan pronto como fuera posible. A medida que “progresaba”, lograba, eso sí, adquirir un mejor entendimiento del deporte. Solamente mantener la guardia es ya un ejercicio exigente. Para perfeccionarlo, la más tediosa de las rutinas de cada día: llanta. Sobre el suelo, dos enormes ruedas de tráiler. Sobre ellas, el púgil amateur brincando de una pierna a la otra cual disco rayado, una y otra vez, hasta que las pantorrillas cedieran y el viaje al tubito de agua se repitiera. La posición de los brazos es fundamental. Siempre arriba. Siempre. Pero las manos arriba, pesan. Sobre la llanta, con dos mancuernas de 5 libras cada una, pesan mucho más. “Acostúmbrese; ¡manténgalas en alto siempre!” A medida que se acumulaban las jornadas y la pelea se acercaba, empezamos a pensar en el rival. Bruno eligió a uno de los muchachos de la tanda de diez, “porque es un tipo noble, que puede separar las cosas y no lo va a matar”. Ante mi cara de susto, agregó: “La mayoría de los boxeadores se transforman al subir al ring, no importa si es un periodista o el campeón nacional, tiran por igual hasta botarlo, yo mismo no podría contenerme”. Aquel hombre, a quien apodé Toro Loco, era una viva representación del Óscar De La Hoya que ganó el oro en Barcelona 92. Macizo, esbelto, fuerte, y con una condición física envidiable, que le permitía ser el que llevaba el conteo mientras hacíamos los ejercicios finales. “Cincuenta y seis, cincuenta y siete, cincuenta y ocho”. ¿Diego? Pegado al tubo de agua. Lo más impresionante del caso, es que el tipo compartía categoría de peso conmigo: superligero (por debajo de los 66,6 kilos). No había forma de comprenderlo, visto que colocándonos lado a lado la diferencia era lamentable. “Yo no sé dónde mete usted tanto peso”, me dijo Bruno, terminando de sabotear mi autoestima. La verdadera debacle Miércoles 25 de junio. Fiel a mi incapacidad de aprender cualquier lección, por sencilla que sea, cometo el error de ir a la tanda de diez, sin imaginar que firmaba el cheque en blanco para la peor paliza de mi vida. Cuatro gallos se presentan, todos ansiosos de guantear. Me coloco de quinto, tratando de poner tanto tiempo como fuera posible entre mi fatídico destino y yo. Me tiemblan las piernas, a pesar de ser un simple entrenamiento, arriba se tiran con todo, y Bruno no parece aflojar a pesar de tirarse a uno tras otro sin descanso. “Gana” todos los rounds naturalmente (Bruno es peso pesado y excampeón de juegos nacionales), pero no bota a ninguno de sus alumnos, todos hombres con los huevos bien puestos y con meses o años de estar recibiendo golpes. Entonces subo. Mi primer enemigo, yo mismo. Soy incapaz de golpear a mi entrenador, quien desafiante me señala la cara y me pide que le arree. No puedo, tiro rectas débiles cargadas de una intimidación autoinducida. “No puedo pegarte, me caés bien”. No se lo toma con humor y recurre a las leyes no escritas del boxeo: me golpea buscando reacción, en espera de que me caliente y responda. “¡Uyyyyyyy!”, resuena en el gimnasio. No tengo aire, siento mis órganos internos estrujarse los unos contra los otros y una espantosa necesidad de llorar. Mientras me retuerzo en la lona, Bruno sentencia: “¡En el ring no, en el ring no, afuera!” Casi me parece recordar que me empujaba con el pie, fuera o no el caso, rodando caí fuera del cuadrilátero, donde continué mi agonía. Aguantarme las ganas de llorar no era una cuestión de hombría, mucho menos levantarme para subir la segunda vez como dictaba la instrucción. Quería apegarme al máximo al libreto, y en la medida de lo posible no apelar a la inmunidad periodística que me cubría. Procurando sonreír, subí de nuevo. Déjà vu. Aquello fue la repetición exacta del primer asalto. Misma esquina, misma embestida de uppers, mismo golpe al hígado, misma caída fatídica. Abajo, de nuevo apretaba los dientes para que las lágrimas no se asomaran. Una vez incorporado, me despedí con la mayor discreción posible y marché a casa. De vuelta, el malestar. De llegada, el vómito, la caída fulminante en la cama, la llamada al trabajo: “No lo voy a lograr esta tarde”. Inmóvil, aturdido y adolorido en la cama, empecé a sentir un dolor en el temporal izquierdo (arriba de la mandíbula). Había recibido un golpe del cual no guardaba recuerdo alguno, sospecho que la adrenalina y el miedo lo dejaron pasar inadvertido hasta el momento del reposo, cuando la cosa se suponía que debía mejorar. Al día siguiente, el dolor en la zona abdominal continuaba. Viernes temprano, lo mismo. No estaba en condiciones de entrenar, así que me di libre ambas jornadas. Ignoraba que mientras me recuperaba, cultivaba a fuego lento un miedo cada vez más grande a regresar. No fui capaz de volver el lunes, ni el martes, ni el miércoles, ni toda la otra semana. Cada día que pasaba, crecía la vergüenza, pero no disminuía el temor. Un mínimo instinto de supervivencia me amarraba a la casa y me impedía volver. Ni mental ni físicamente me sentía capaz de asimilar otra golpiza. Aquello había sido un entrenamiento, y Bruno probablemente había lanzado golpes a la mitad de su capacidad, y sin embargo yo sentía que había tenido mi cuota de boxeo de por vida. Así pasaron semanas, durante las cuales se acrecentaba la incapacidad de darle la cara al entrenador y de asimilar las burlas de los compañeros. Cada día que pasaba se hacía más complicado reunir fuerzas para volver. Consideré abandonar el experimento, pero no era una opción. Me concentré en el trabajo y esperé un momento oportuno para concretar el obligatorio come back. El regreso El primer contacto, por teléfono, como para medir el terreno. “¿Cómo? ¡¿Bruno ya no trabaja ahí?!” La sorpresa. Me pasan entonces a Esteban, que me pregunta dónde me había metido y si voy a continuar. “Dale, llegate a partir de mañana a las diez, yo estoy dando la clase de las mañanas”. La dinámica es otra. Retomamos de cero, y trabajamos durante dos semanas el miedo al ring, el miedo a tirar golpes, y sobre todo la técnica. La intensidad física disminuyó en términos de ejercicios convencionales, y aumentó en lo que a colocación de golpes y desplazamiento se refiere. Finalmente aprendo a tirar uppers (decido nunca utilizarlos), y dedico largos minutos del entrenamiento a un nuevo ejercicio: sombra libre. Sin sparring, sin saco, sin llantas, el rival es invisible y la idea es (entre otras) aprender a mezclar los distintos golpes a modo de combo. Recta, recta, recta, gancho. Cada boxeador tiene su receta personal con distintas combinaciones más o menos letales, dependiendo del momento de la pelea. Faltan cuatro días para la fecha pactada para el pleito, y tenemos rival: Paul, uno de los compañeros de la mañana que compartiera entrenamiento conmigo un par de veces en esta nueva etapa. Visiblemente más pesado que yo, con la típica cara de malo de la película, este exjugador de Segunda División es en realidad el tipo más amable que haya puesto pie en el complejo deportivo de Esteban. Animado aceptó la invitación, pero parecía más preocupado por motivarme a golpearlo que otra cosa. La idea de no enfrentar a Toro Loco trajo un grado de tranquilidad a mis horas de sueño, pero a medida que la pelea se acercaba, la ansiedad y el miedo siguieron siendo la constante. La pelea Esteban se concentró en prepararme en los fundamentos del boxeo con la idea de que pudiera mostrar lo aprendido el último y decisivo día. Esta sería una pelea de exhibición, siguiendo las reglas del boxeo semiprofesional (el mismo de las olimpiadas), cuatro rounds de dos minutos por uno de descanso, utilizando siempre protector de cabeza. Sábado 23 de agosto, diez de la mañana. El equipo de producción de Soho a un lado del cuadrilátero, los muchachos de muay thai al otro. Esteban gira las instrucciones, y comienza el pleito. Paul luce más grande que nunca, y a pesar de que el primer round es más que todo un tanteo, a la mitad ya estoy agotado y buscando espacio para respirar. Jab, jab, jab, jab, jab, esa terminó siendo mi combinación. Todo lo que quería era alejar a mi rival. Si podía golpearlo con una recta distante, bien, pero nunca encontré ánimo para acercarme con ganchos y uppers, todo lo que me venía a la mente era la imagen de mis órganos internos reventando por no mantenerlos a una distancia prudente de los puños de Paul. Descanso. Mis compañeros me giran instrucciones. Fiel a mi rutina, las ignoro. Inicia el segundo round y extiendo mis puños para saludar al rival. Esteban me llama la atención de inmediato: “¡No se saluda en el segundo round!” Vuelvo a verlo e imito su regaño. Error. La distracción recibe como premio un misil directo a la mandíbula. Dos segundos después me desplomo como piano de cola desde la azotea. El dolor es nuevo y por ende asusta. Uno, que no sabe, piensa que ya le quebraron la quijada. Estoy tan nervioso que no dejo de reírme mientras le digo a Esteban que no puedo cerrar la boca. Estoy totalmente consciente, pero el dolor es punzante e intenso. Pasan, por supuesto, más de 10 segundos. K.O. no más arrancar el segundo asalto. A lo lejos puedo escuchar a Paul visiblemente consternado, no quiere continuar. Yo, acongojado, no quiero abandonar. De pie entonces, que la idea es completar por lo menos tres rounds. A partir de este momento, los recuerdos forman parte de tierra de nadie. El estómago helado, las canillas flojas, el terror de recibir otro de esos que termine de desacomodar la calavera. El cansancio es brutal, eludir a mi adversario demanda energía que no tengo, aire que me falta. Siguiendo las instrucciones de Esteban, Paul embiste. Contra la esquina, una seguidilla de golpes mucho más amistosos que los de Bruno consigue de todas maneras atontarme. La imagen de la recta con la que me terminó de mandar al suelo por segunda vez, no la tengo. Una vez más, me incorporé. “Vamos, gallo, es el último minuto de boxeo de su vida”, dice Esteban, como quien busca animarme a que lo dé todo y me lance sobre Paul como si no hubiera mañana. Pero lo hay, y afortunadamente no volverá a incluir un par de guantes. | |
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2 Respuestas de "Boxeador por un día" 
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said this on 12 Feb 2009 9:13:26 PM CDT
bueno me parece bn q enseñen a boxear..es mas me encantaria hacerlo...yo casi siempre tengo peleas pero callejeras..yo me llamo jermias santanna entreno mucho en mi casa. tengo 14 años mido 1,78 y me encanta la pelea..jaj
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said this on 31 Mar 2010 4:15:44 PM CDT
Excelente cronica. Mi nombre es Leonel, tengo 31 años, y estoy vivendo en carne propia tu relato, solo que no para hacer una cronica, sino porque amo este deporte. Tu experiencia en el gimnasio es la mia en Esquel, Chubut, Argentina, Buenas persona, buenos boxeadores, buenos compañeros, Muy duros golpes, y al otro día, el deseo de seguir aprendiendo. te mando un abrazo, tu nota me inspira a seguir intentandolo apesar de mi
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