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Sueña que en Costa Rica se pueda andar distraído, filosofal, sin ser atropellado.
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Sueña que un día, dando un paseo por la ciudad, conocerá a alguien maravilloso (y no me refiero en el hospital).
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Que se pudiera ir andando de San Pedro a Los Yoses, sin saltar como un conejo la Fuente de la Hispanidad.
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Que se pudiera ir andando –desde algún sitio– a Curridabat. |
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Que hubiera forma humana de pasar de la antigua Aduana al Parque Nacional.
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Que todos los pequeños pueblos no estuvieran acuchillados por una carretera central.
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Que en los centros de ciudad se pudiera ir andando sin peligro de la escuela al parque y del parque al mercado. |
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Que hubiera una forma civilizada (¿un semáforo, quizás?) de atravesar de un lado a otro la llamada Milla de Oro, esa ostentosa y ridícula entrada a Escazú.
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Que en este país hubiera aceras y semáforos, en general.
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Que las aceras no se usaran para parquear.
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Que hubiera un sendero costero arrullado de palmeras y perfumado de mar, de Puerto Limón a Manzanillo.
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Que hubiera un paseo techado, al abrigo del sol en la mañana y de los aguaceros por las tardes, de San José centro a La Sabana.
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Que en diez años aún exista La Sabana. Y también en diez meses. Que no estuvieran planeando convertirla en un gran parqueo.
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Que los carros no tuvieran pito.
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Que después de andar por la ciudad uno no quedara sordo, sucio y oliendo a humo.
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Que andar todos los días al trabajo fuera lo que recomendaran los médicos contra el estrés y el colesterol.
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Que se consumieran más zapatos tenis que alcohol y pastillas contra la depresión.
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Que suba al doble, o mejor al triple, el precio de los combustibles. |
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Que de tanto andar, todos los ticos estuvieran más sanos, más delgados. De tanto subir y bajar cuestas, todos con el culito parado.
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Las mujeres, todas sin juanetes ni ratones. Adiós a los tacones.
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Y por Dios: a ver si con el cambio climático, al menos deja de llover nueve meses al año. |