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21 sueños, en una noche de invierno, de un peatón en Costa Rica
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Por Manfred Bogarin
Publicado el 09/11/2008
 
Que en diez años aún exista La Sabana. Y también en diez meses. Que no estuvieran planeando convertirla en un gran parqueo.

Edición 24

21 sueños, en una noche de invierno, de un peatón en Costa Rica

Que en diez años aún exista La Sabana. Y también en diez meses. Que no estuvieran planeando convertirla en un gran parqueo.

Sueña que en Costa Rica se pueda andar distraído, filosofal, sin ser atropellado.
Sueña que un día, dando un paseo por la ciudad, conocerá a alguien maravilloso (y no me refiero en el hospital).
Que se pudiera ir andando de San Pedro a Los Yoses, sin saltar como un conejo la Fuente de la Hispanidad.
Que se pudiera ir andando –desde algún sitio– a Curridabat.
Que hubiera forma humana de pasar de la antigua Aduana al Parque Nacional.
Que todos los pequeños pueblos no estuvieran acuchillados por una carretera central.
Que en los centros de ciudad se pudiera ir andando sin peligro de la escuela al parque y del parque al mercado.
Que hubiera una forma civilizada (¿un semáforo, quizás?) de atravesar de un lado a otro la llamada Milla de Oro, esa ostentosa y ridícula entrada a Escazú.
Que en este país hubiera aceras y semáforos, en general.
Que las aceras no se usaran para parquear.
Que hubiera un sendero costero arrullado de palmeras y perfumado de mar, de Puerto Limón a Manzanillo.
Que hubiera un paseo techado, al abrigo del sol en la mañana y de los aguaceros por las tardes, de San José centro a La Sabana.
Que en diez años aún exista La Sabana. Y también en diez meses. Que no estuvieran planeando convertirla en un gran parqueo.
Que los carros no tuvieran pito.
Que después de andar por la ciudad uno no quedara sordo, sucio y oliendo a humo.
Que andar todos los días al trabajo fuera lo que recomendaran los médicos contra el estrés y el colesterol.
Que se consumieran más zapatos tenis que alcohol y pastillas contra la depresión.
Que suba al doble, o mejor al triple, el precio de los combustibles.
Que de tanto andar, todos los ticos estuvieran más sanos, más delgados. De tanto subir y bajar cuestas, todos con el culito parado.
Las mujeres, todas sin juanetes ni ratones. Adiós a los tacones.
Y por Dios: a ver si con el cambio climático, al menos deja de llover nueve meses al año.