A primera vista, cualquiera podría cometer el error de aventurarse a decir que Gidget Sandoval Herrera reúne todas las condiciones para ser una firme y destacada integrante de una organización que no está registrada oficialmente pero sí opera en la realidad: el Club de los Ticos Bombetas.

“Bienvenida a nuestras filas”, diría cualquier miembro de la denominada avioneta set costarricense al enterarse o recordar que esta mujer de 42 años ganó el martes 11 de octubre de 1983, cuando tenía 17 primaveras –como dirían los cursis—, el concurso Señorita Internacional, en Osaka, Japón.

Y como no solo de belleza vive el hombre, abro un pequeño paréntesis para contarles que ese mismo día, pero en nuestro país, Henry Kissinger puso de ejemplo la democracia costarricense durante una breve visita que realizó en calidad de exsecretario de Estado de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, en Colombia, la decisión del presidente Belisario Betancur de asumir personalmente las negociaciones de paz con los dirigentes de la guerrilla izquierdista, recibió un amplio respaldo.

En cuanto al certamen “Señorita Internacional”, este se realizó por primera vez en 1960 y en 1980 fue ganado por otra costarricense: Lorna Marlene Chávez.

“Ah sí, de fijo que Gidget es una de las tantas estrellitas de nuestro folclórico Hollywood”, afirmaría alguien por ahí, y más si repasa la información sobre ese triunfo próximo a cumplir 25 años y ve que la belleza de nuestra coterránea se impuso ante los encantos de otras 52 concursantes de distintos países.

No faltaría quien asegure: “¡Claro que debe formar parte de ese mundillo que ya se hizo de una alfombra roja para lucirse en cuanto estreno cinematográfico hay en Costa Rica!” Sobre todo si tiene presente que esta alajuelense de nacimiento probó las mieles de la popularidad durante cinco años (1983-1988) debido a que su reinado la llevó de baile en baile por todo el país, partidos de futbol dedicados a ella, desfiles de moda y comerciales.

Y, como si fuera poco, ella fue la protagonista del video de aquella canción que Omar Briceño cantaba con La Banda en la década de los 80 del siglo pasado y cuyo coro decía así: “Esta cobardía de mi amor por ella hace que la vea igual que una estrella tan lejos, tan lejos en la inmensidad que no espero nunca poderla alcanzar…”.

Pero no, Gidget Sandoval Herrera no es adicta al exhibicionismo. No le interesa figurar en los chismes de farándula. No le apetece cantar por un sueño. No es sobrina de Tía Zelmira. No le gusta robar cámara ni padece sed de flash.

No lo digo yo; lo dijo la hija de Roberto Sandoval y Flora María Herrera cuando le preguntamos si le llamaba la atención formar parte algún día de ese mundo de Brad Pitts más ticos que el gallo pinto y Angelinas Jolie más folclóricas que el jarro e’ lata.

“No. No sé si sonará medio grosero para los que están allí adentro, pero lo siento muy vacío, muy superficial. Eso no me llena”, declaró sentada a un lado de la piscina de la quinta “Villa Provenza”, de 12.000 metros cuadrados, donde reside en El Coyol de Alajuela.

Al escuchar la respuesta de esta exreina de belleza, recordé las palabras del escritor José Saramago en el libro “El peso de la fama”, del periodista español Juan Cruz Ruiz: “Tengo mucha admiración y mucho respeto por quien conoce en sus justas dimensiones lo que significa ser famoso, o tengo delante un espectáculo tristísimo, uno de esos para quien la fama realmente es una droga sin la cual no puede vivir, y si eso ocurre algún día se encuentra con su propia insignificancia, que no es más que un globo inflado, que para subir y subir se tiene que mantener siempre inflado, y si un día todo eso se afloja no tiene más remedio que aceptar lo que a todos los globos que se desinflan: caer”.

Y vaya si Gidget tuvo buenas oportunidades para dedicarse a mantener su globo inflado. Por ejemplo, en aquel entonces recibió una oferta laboral de Televisa, México; pero la rechazó… “No niego que disfruté montones de los concursos de belleza, el modelaje, los anuncios, aprendí montones y me encantaba, pero no era lo mío, no era algo que me llenara completamente. Todo eso fue muy lindo, pero pasó. Para mí era más importante casarme y tener hijos, casa, perros y todas las cosas que disfruto muchísimo hoy día que figurar en los medios de comunicación”.

Por eso la perdimos de vista durante tantos años. Esta es la razón por la que de un momento a otro desapareció del mapa de la fama y no volvimos a saber de esta dama que en el transcurso de estos años se graduó como decoradora de interiores y trabajó como recepcionista de Radio Alajuela y del taller de enderezado y pintura de su esposo.


Ahora reaparece gracias a una entrevista que nos concedió el pasado sábado 7 de junio, durante la cual estuvo acompañada de sus perros gran danés Zeus y Alaska. Su otra mascota, Molli, una perrita made in la calle, prefirió mantenerse alejada de la cámara y la grabadora –de seguro tampoco tiene vocación de globo inflado—. También posee una pareja de periquitos de amor.

Durante esa conversación que duró exactamente 49 minutos, Gidget nos contó que está casada con quien era su novio cuando ganó la corona de Señorita Internacional: José Ledezma Corrales, hermano del exfutbolista alajuelense Luis Raquel Ledezma… “En ese entonces la Liga era campeón y era un orgullo; eran los años lindos de la Liga”, declara (y yo disfruto de la oración por morados motivos).

Fruto de ese hogar son tres hijos: Marco Antonio, de 22 años; Giannina, de 21 y madre de Ian, y José Roberto, de 14.
Todos ellos han sido testigos de la actividad que más disfruta Gidget desde hace 10 años: jugar al tenis. Ella integra el equipo del Club Campestre Español, en San Antonio de Belén, el cual acaba de ganar el campeonato de la Liga Femenina de Tenis.

“Fue mi marido quien empezó a jugar este deporte. Desayunaba tenis, almorzaba tenis y cenaba tenis; todo era tenis en nuestra casa, no podíamos disfrutar de un fin de semana en familia por el bendito tenis. Hasta que un día me acordé del refrán ‘si no puedes contra ellos, úneteles’ y empecé a recibir clases con el profesor José Herrera”.

¿Qué le gusta del tenis?, le preguntamos. Contesta que lo que más disfruta es el aspecto social, compartir con sus amigas.

“Lo practicamos martes, miércoles y jueves, y los viernes mejengueamos, y cuando hay torneo jugamos sábados y domingos”, manifiesta en una propiedad donde hay palmeras, veraneras y cañas de bambú.

Sin embargo, confiesa que también le ha servido mucho como terapia, en especial cuando atraviesa por situaciones o momentos muy estresantes; es entonces cuando saca a relucir aún más sus cualidades de jugadora: juego fuerte, agresivo, de servicios duros.
Pero sus manos no solo empuñan raquetas. También las emplea en labores de mantenimiento de su quinta como desramar árboles, cortar cañas de bambú, jardinería y lavar la piscina. Cuando se dedica a estas tareas adquiere una apariencia muy distinta a la de la reina de belleza que lucía una corona, una cinta con la inscripción Miss Internacional 1983 y un traje de gala, pues se pone botas, guantes y una gorra.

Fue así como a mediados de mayo pasado descubrió a una ardilla recién nacida que había caído de uno de los nidos de la cepa de cañas de bambú. Sin pensarlo dos veces, y a pesar de que algunos familiares le decían que se trataba de una rata, Gidget se llevó la ardilla para la casa, en donde la mantiene caliente con una lámpara y la alimenta con leche corriente, leche condensada, leche evaporada y mil. “Y está creciendo bien, aunque todavía camina toda tuleca”, dice la madre adoptiva.

Aún hay más. Esta alajuelense que le huye a la avioneta set también tiene mano para el arte. Pinta cuadros con óleo, algunos de los cuales decoran su casa. La veta artística no es casual, viene de familia; por ejemplo, su padre, quien vive en Nueva York, es escultor y otro de sus parientes es el también escultor Edgar Zúñiga.

Y así como iniciamos esta entrevista preguntando ¿qué pasó con la Gidget Sandoval de hace 25 años?, terminamos planteándole a ella la inquietud ¿qué pasó con la Costa Rica de 1983? Y nos respondió que parte de ella se ha perdido por culpa de la contaminación ambiental, la desaparición de los campesinos y la inseguridad ciudadana. “Durante la época del concurso, mi casa no tenía verjas”, recuerda con nostalgia.

Ella no lo dijo, pero también en esos años Tiquicia no sufría la plaga de los bombetas, el complejo de estrellitas de Hollywood ni la polada de la alfombra roja. Como diría Saramago, no había tanto globo inflado.