Porque los buenos negocios acaban en mala literatura y lo mismo puede decirse de la mala literatura. Porque son un negocio redondo. Porque lo peor que se puede hacer con el lenguaje es economizarlo, que no es otra cosa que meterlo a la economía. Porque el único libro de Donald Trump es un éxito de ventas. Porque ambas especialidades: “los buenos negocios y la mala literatura”, avanzan diametralmente juntas: una con lenguaje binario; la otra con escasez de lenguaje.

Porque nadie podría escribir jamás páginas inmortales con la jerga del Banco Central. Porque podríamos intentarlo con un verso de Neruda, pero jamás con uno de Gelman ni de Gonzalo Rojas ni de José Emilio Pacheco. Porque no habría quién pudiera escribir los versos más exitosos esta noche y porque ni siquiera en el INCAE dan ese curso.

Porque hasta un niño de pecho sabe que cuando lee superávit, ganancia, interés, inflación o Credomatic no está leyendo poesía, sino, cuando menos, su horóscopo. Porque una billetera gorda y robusta debería ir acompañada, por regla indefectible, de muchos versos fallidos. Porque los banqueros, qué malos poetas.

Porque nunca nadie leyó los Poemas selectos de Bill Gates. Ni la última obra de teatro de Og Mandino. Porque quien quiera que sea el señor Dow Jones, seguro que no es un poeta imprescindible.

Porque necesitamos ser un poco perdedores. Porque soportar el fracaso de vez en cuando no le viene mal a nadie. Porque sus palabras son bellas y necesarias y se adaptan a todas las edades y a todas las culturas en todos los tiempos verbales. Crisis, ruptura, cambio, giro, revés. Porque antes de La senda del perdedor, de Bukowski, estuvo La muerte de un viajante, de Arthur Miller.
Porque cierto día, la famosa poetisa Carola Riquenes Vda. de Rodríguez (hay que ser muy culto para conocer las grandes sobras de esta señora) observó su colilla de pago y, tras larga congoja, escribió su famoso Poema Econo-cómico. Y posteriormente, tras varios ataques de ansiedad, logró culminar su incomparable Poema Módico, al que le sobrevino, una vez radicada en Nueva York, su más célebre Expensive Poem, incluido en su bella antología Money Talks, cuyos altos costos lo hacen impublicable hasta el día de hoy.
Porque lo más malo de los buenos negocios es no estar en ellos; es no haber sido convocado; no estar en la junta directiva; no ser parte de la nómina de accionistas. Porque en la Era del Salario Mínimo, muchos fueron los llamados y poquísimos los elegidos.
Porque para que un negocio prospere, tiene que haber un tonto. O dos. O millones. Cuanto más tontos, más ganancias. Porque en el mundo de los negocios no existe la justicia, que es la forma más elemental del diálogo. Porque ese es el verdadero germen violento de los negocios: en ellos siempre hay un tonto privado de sentido; hay un idiota que se cree ganador. Porque en los negocios, buenos o malos, solo manda el dinero, y porque este artículo no tiene otras motivaciones. Por eso. Porque manda güevo.