Por un principio, no sé si de cinismo o de sobrevivencia, desconfío profundamente de todo aquello que pretenda salvarme o darme una vida mejor: exnovias que me creían maravilloso y terminaron estrellándose contra el muro, amigos que me dieron la mano solo para terminar borrándome de todo. La lista es larga.
Otro asunto es la fe. Fui criado bajo la mirada atenta de un dios católico; mi casa tenía un San Gerardo del que me atemorizaba una calavera que tocaba con su mano izquierda. Más que la calavera, lo impávido del rostro del Santo, lo oscuro de los ojos ausentes en los huesos. Clases de religión, los sacramentos, el sentido del pecado, ese paquete me hizo un hombre con miedo.
Todo esto no es más que para hablar de mi última experiencia espiritual.
“Voy a iniciar una religión, ahí es donde esta el dinero”. Esta afirmación, de mediados del siglo XX, fue hecha por L.Ronald Hubbard, un pésimo escritor de ciencia ficción que se inventó un método para hacer platay no pagar impuestos. Entre la autoayuda y el psicoanálisis, entre la Guerra de las Galaxias y el Mundo Perdido, la fe no es asunto de un camello y una aguja, se mueven millones entre los libros y las conferencias. La fe es asunto del mercado y si no, póngale atención a los últimos sucesos de la Iglesia Católica en Tiquicia.
Visité la Iglesia de la Cienciología en dos ocasiones. El cartel sobre la puerta de la calle primera no da grandes pistas, así que hay que subir hasta el noveno piso del Edificio Lux. Desde allí San José tiene cara de otra ciudad, como si todo me fuera ajeno: la pecera de la que habla Pink Floyd, un tren que no debí tomar pero en el que me quedo para saber cual es su última estación.
Ese día entre semana me atendió un hombre relativamente joven, con más pinta de vendedor de autos usados que de predicador. Algo me ponía nervioso, creo que era esa sonrisa de hombre de éxito que sólo tienen los actores de los anuncios de pasta dental. Si, eso: la sonrisa del que nunca padeció un dolor de muelas.
Sobre la pared del fondo una foto en el sepia del San Gerardo de mi infancia. El Señor Hubbar poniendo su mejor cara, de hombre que ha pasado a la posteridad, cubierto con un smokin y la mano izquierda posada sobre el globo terráqueo. No hablemos de semiótica ni de culto a la personalidad: una foto sólo es una foto.
El tipo me explica los procedimientos básicos, es decir: cuales son los principios de la Fe. Me habla de Dianética. Diré a su favor que en ningún momento me sentí presionado a comprar nada, de hecho yo preguntaba por los precios y el trataba de esquivar el asunto.
La atmósfera de todo el piso me recordaba más a un call center que a una Iglesia. Logré que me invitaran a una de sus reuniones; el sábado a las cinco de la tarde, ahí mismo, no sin antes llenarme de brochures acercade las preguntas capitales del hombre: ¿Quiénes somos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué estamos aquí? Sólo les faltó la última de las preguntas esenciales: Who let the dogs out?
El sábado siguiente me disfracé lo mejor que pude: ¿cómo podría parecer un cienciólogo? A mí no me va el Armani de TomCruise, pero me puse un saco que me hacía ver parecido a uno de esos predicadores callejeros que se paran frente al edificio de Correos. Faltando diez minutos para las 5:00 p.m. me recibió otra persona, con la misma sonrisa del tipo del día anterior: más fotos de Hubbar, esta vez con un sombrero de cazador. Pienso que, como en casi todos los anuncios de TELEVENTAS, tampoco soy el público meta de este sitio.
A las 5:00 p.m. ingresamos. Somos un grupo pequeño, casi diez personas; más mujeres que hombres. Sillas del tipo “niña Pochita vs. estudiantes poco atentos” frente a una mesa grande con “sanguchitos” y un termo, presumo que es café o ¿serán como los mormones? Delante de ella, otra mesa más pequeña con un libro gigante. Un libro como esas Biblias que tienen en algunas casas, llenas de matices dorados y una cruz en la tapa.
Apenas todos tomamos asiento, un hombre abre el libro, comienza a leer y me doy cuenta de que no se parece a ninguno de los evangelistas. El texto es de Hubbard y este capítulo es acerca de cómo educar a los hijos. La lectura no dura mucho y entiendo poco, usan frases como factor de realidad en un contexto que no me permite entender muy bien; lo que saco en limpio es que lo mejor con los niños es darles razones y no decir: “Yo soy el adulto, por tanto, hágame caso”.
Después el guía sugirió que lo tomáramos a él como un espejo; que visualizáramos y repitiéramos todos los movimientos que él haría. Comenzó a mover las manos, a veces aplaudiendo, otras en esa especie de ejercicio en que uno se toca la panza en círculos y la cabeza a golpes. Lo hicimos como veinte minutos y me equivoqué en 3 ocasiones; de nada sirvió el disfraz: quien no conoce el rito, se vende miserablemente.
Para terminar debimos tocar alternativamente a un hombre y a una mujer. Nada sexual, algo así como cuando de niño jugabas a Quedó o La anda. Yo cada vez entendía menos, todo duro alrededor de 40 minutos. Salí, todavía crucé unas palabras con el tipo que me había recibido; me dio más propaganda y un DVD con abundante información de sus creencias; un test para arreglar mi vida y la última de las sonrisas de las que hablé antes. Todo esto gratis.
Esa noche en casa, después de revisar el credo de lo cienciología, donde “el hombre es básicamente bueno”, recordé este poema de Juan Bonilla:
CORDURA DE DIOS QUE QUITAS EL
PECADO DEL MUNDO
Padre nuestro que estás en paradero
desconocido, líbranos de Ti.
No nos llenes el tiempo con tu ausencia.
Tú utilizaste el fuego del infierno
para encender el sol de nuestra infancia.
No nos des certidumbre de tus ojos
después de que los nuestros ya no puedan
mirar la rosa negra de la vida.
Oh cordura de Dios que catas
el pecado del mundo,
dispendia tu bondad con los cobardes,
los que te encuentran en cualquier fenómeno
de meteorología, los que imponen
tu Nombre en leyes y oraciones.
Confórmate con ser un huésped
de nuestra infancia rota en mil pedazos.
Vacíanos de Ti,
regresa a tus orígenes
a aquella inmensa noche de tormenta
en la que el miedo de unos monos te inventara.
Acá estoy yo de nuevo, viendo como empieza la tormenta, deseando ser uno de esos monos, para tener miedo otra vez y reinventarte.