Stripper por una noche
- Por Maria Montero
- Publicado 03/31/2008
- SEXO
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Por Maria Montero Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna. |
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Una entrada impenetrable; un viento helado. Varios mastodontes autistas reciben de pie. La noche sin luna de un sábado 8 de marzo. “Sí, sí, ¿a quién buscaban?”. El impulso se frena sobre las cinco estrellas de la alfombra.
Atlantis, una enorme pecera grecorromana. Dos pisos de habitaciones forradas en tules y alfombras, baños, salones VIP, jacuzzis, pasillos, camerinos y oficinas. Todo es explícito, pero todo acontece detrás de cerraduras. Hay cientos de puertas; millones de puertas. Entradas y salidas en cada rincón. Controles de seguridad en cada recinto. Vidrios polarizados de pared a pared. Más dramatismo que en un aeropuerto. El lugar podría rebautizarse. ¿Alterra Night Club? Silvia fue barbie hawaiana en una librería. “El pelo negro me llegaba hasta la cintura”. También fue Tío Chanchito en un parque de diversiones. “¿Sabías que todas las que trabajan ahí son mujeres?” Tiene dos hijos y un modo popular, algunos anillos plateados y un saco oscuro en el que ella misma cabe varias veces. Toma café negro en las madrugadas y, a veces, su colon inflamado la obliga a desabotonarse la pretina del pantalón. Hoy es jefa de seguridad en un night club. Y es rubia.
Decenas de casilleros rojos resguardan las pertenencias de uso cotidiano (perfumes, sprays, toallas húmedas, prendas volátiles), aunque algunas cargan con pequeñas valijas atestadas de cosas y tangas y plataformas descomunales los seis días de la semana, o los cinco, en casos muy contados. Esa noche, puede leerse en un extremo del espejo: “Fichas se pagan. Sábado 8 de marzo 2008”.
Supongo que debo decirlo: por qué estoy aquí. Es la fantasía de mi editora, que estará pensando en alternativas a largo plazo, o la de alguien que no soy yo. En mi fuero interno sé que yo sí soy Tío Chanchito en el Parque de Diversiones, aunque eso sería lo de menos, porque igual podría ser Tío Chanchito en el aeropuerto. ¿Aprender a desenroscarme del tubo como una constrictor mientras bailo y desprendo diminutos broches de mi carne descubierta? ¿Y sonreír? ¿Revolotear encantadoramente por el suelo como un cisne de los trópicos y remontar el vuelo sobre unos tacones infinitos? ¿Y no matarme? ¿Montar mi trasero en el regazo de un desconocido y preguntarle su nombre y, responda lo que responda, contestarle que qué divino? ¿Y no matarlo? ¿Podrían ellas, o cualquiera, escribir un reportaje con solo tres días de entrenamiento? Pues es igual. ¿O acaso el pilar que sostiene la verdadera fantasía de alguien que no soy yo es que todas las mujeres –por ser mujeres– podríamos hacer esto –ser esto– de buenas a primeras? Bailar, desnudarse y etcétera es un trabajo difícil. Todos los días hay nuevos jueces que, antes de equivocar el juicio, pagan por adelantado, que es la mejor opinión que pueden dar. Lógico. ¿O encima tendría que ser gratis? Para hacer algo un poco más decente necesitaría un poco más de tiempo y, claro, muchísimo más dinero pero, ya lo dije, solo tengo tres días.
Me acompañan tres divinas personas: Naomi, Deborah y Tiffany. Trato de explicarles que mi futuro en la pista es cosa del pasado. Tanto movimiento en falso me dejó arrítmica de por vida, pero ellas me animan como si fueran viejas amigas del colegio. Sus carcajadas repican en el desierto: estamos solas en el escenario de atrás, el alterno, el que solo se abre cuando no cabe un alma.
Hoy es otra noche y deambulo por el salón. Hay una cosa sentada al lado de otra. No se sabe si es hombre, mujer o Rod Stewart. Da lo mismo. Llego a la puerta de salida, donde un gringo escupe sus últimas palabras. Tuenti táusen dolars es lo único que alcanzo a entender. Sin embargo, el mesero asiente con gesto bilingüe y mira a la enorme rubia que está a punto de llevárselo al más allá. El gringo es gordo, flácido; lelo. Decir gringo gordo es una reiteración, pienso, mientras mi cerebro –ajeno a la traducción simultánea– no termina de digerir la cifra. Pero más temprano que tarde me cae la peseta. Por tuenti táusen dolars no solo soy capaz de transformarme en la rubia: soy capaz de convertirme en el gringo. | |
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9 Respuestas de "Stripper por una noche" 
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said this on 04 Apr 2008 6:30:18 PM CST
HERMOSAS TODAS ESTAS MUJERES
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said this on 15 Apr 2008 12:05:38 AM CST
este es el tipo de articulo que mantiene despierto a cualquiera, me encanto.
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said this on 21 Apr 2008 11:35:01 PM CST
Muy bueno. Mis sinceras felicitaciones. Mantiene al lector entretenido, y lleva una línea constante y establecida que evita reiteraciones innecesarias y pérdidas en la lectura. Felicitaciones. Un aplauso.
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said this on 22 Apr 2008 3:53:46 PM CST
que rico ser fotografo de su revista exelentes nenas me gustaria que un dia de estos sacaran fotos de mujeres que no sean modelos profecionales ...que tambien hay muchas muy lindas me gusta mucho las mujeres me encanta la revista ...chao
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said this on 29 Apr 2008 11:32:21 PM CST
todas las mujeres estan super lindas
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said this on 09 May 2008 10:54:56 AM CST
LAS FOTOS ESTAN SUPER MAL TOMADAS SOHO ES UNA DE LAS REVISTAS MAS REGIONALISTAS QUE EXISTE PERO DE TODOS MODOS ME GUSTAN SUS ARTICULOS DULCE PORQUERIA
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said this on 31 Jul 2008 10:16:09 PM CST
tinen que mostrar mas caidas desnudos etc.....
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said this on 17 Mar 2010 2:44:15 PM CST
todo esta muy lindo ,pero quiero max accion por favor
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said this on 17 Mar 2010 2:49:07 PM CST
quiero ver el culo de amparo grisales con el pene adentro
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La rubia jefa de seguridad, detrás del mostrador, come y fuma. Arroz con pollo en un tarrito de margarina. Una colección de sirenas petrificadas en bajorrelieve auspicia los usos y las costumbres del lugar. Nuestra espera decora una escena multiplicada por espejos.
La única puerta vulnerable es la del camerino, porque no existe. Una cortina lateral de color impredecible, al pie del escenario, separa el cuarto de las strippers de las mullidas penumbras. Iluminado por una luz clínicamente muerta, el tocador consiste en dos hileras de asientos atravesados por un largo espejo que se eleva casi hasta el techo.
Alguien me dice que en total trabajan 26. En una pizarra acrílica está la agenda de la noche: una lista escrita a mano que no llega a doce nombres que parecen sacados del santoral hollywoodense. Marilyn, Deborah, Tiffany, Naomi, Michelle, Natalie… A las 8 en punto sale la primera y empieza la rotación. Antes del turno, la que quiera puede ir con el peinador a un cuartito aparte, y darse un retoque final en la melena. Eso, café y crema es todo lo que obtendrán de forma gratuita.
Natalie no sonríe, pero se arregla llena de gozo. Blanca, dura, achinada. Es una flor carnívora con remaches en las botas, remaches en la tanga, remaches en el torso y dos pezones agudos que brotan de la trama. Su pelo es un látigo de cuero negro que azota el piso cuando desemboca del tubo. Es, quizás, la única que hace su acto con una partitura heavy metal. Después de observarla un rato, la noche entera, sé que solo tengo dos opciones: puedo bailar o puedo ser Natalie. La primera opción es posible.
Naomi, Deborah y Tiffany humedecen su técnica con movimientos de cadera que se adelgazan etéreos cuando van poste arriba. Tratamos de hablar cuando alguna deja de reírse. Entiendo algo: algunas mujeres tendrían una relación más honesta con el dinero de los hombres si trabajaran aquí.
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