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Stripper por una noche
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Por Maria Montero
Publicado el 03/31/2008
 
Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo.

Edición 19

Stripper por una noche

Por Maria Montero
Fotografías: paularagonphotography.com © 2008

Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna.

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Stripper por una noche

Por Maria Montero
Fotografías: paularagonphotography.com © 2008

Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna.

Una entrada impenetrable; un viento helado. Varios mastodontes autistas reciben de pie. La noche sin luna de un sábado 8 de marzo. “Sí, sí, ¿a quién buscaban?”. El impulso se frena sobre las cinco estrellas de la alfombra.

La rubia jefa de seguridad, detrás del mostrador, come y fuma. Arroz con pollo en un tarrito de margarina. Una colección de sirenas petrificadas en bajorrelieve auspicia los usos y las costumbres del lugar. Nuestra espera decora una escena multiplicada por espejos.
Al fondo se adivinan los salones vacíos bajo una luz eternamente azul. Un escalofrío de lucecitas rebota contra los tubos metálicos y salpica las pesadas cortinas de lamé. El espacio flota en el silencio de una música cualquiera y el escenario, más blanco cuanto más lejano, parece suspendido del cortinaje por dos alfileres gigantes. Un enjambre de meseros gasta los minutos previos a la jornada alrededor de una mesa sin tragos. Algunos pasan de largo y se pierden en los interminables senderos.

Atlantis, una enorme pecera grecorromana. Dos pisos de habitaciones forradas en tules y alfombras, baños, salones VIP, jacuzzis, pasillos, camerinos y oficinas. Todo es explícito, pero todo acontece detrás de cerraduras. Hay cientos de puertas; millones de puertas. Entradas y salidas en cada rincón. Controles de seguridad en cada recinto. Vidrios polarizados de pared a pared. Más dramatismo que en un aeropuerto. El lugar podría rebautizarse. ¿Alterra Night Club?
La rubia jefa de seguridad habla por teléfono; luego autoriza. Después sonríe.

Silvia fue barbie hawaiana en una librería. “El pelo negro me llegaba hasta la cintura”. También fue Tío Chanchito en un parque de diversiones. “¿Sabías que todas las que trabajan ahí son mujeres?” Tiene dos hijos y un modo popular, algunos anillos plateados y un saco oscuro en el que ella misma cabe varias veces. Toma café negro en las madrugadas y, a veces, su colon inflamado la obliga a desabotonarse la pretina del pantalón. Hoy es jefa de seguridad en un night club. Y es rubia.

La única puerta vulnerable es la del camerino, porque no existe. Una cortina lateral de color impredecible, al pie del escenario, separa el cuarto de las strippers de las mullidas penumbras. Iluminado por una luz clínicamente muerta, el tocador consiste en dos hileras de asientos atravesados por un largo espejo que se eleva casi hasta el techo.

Decenas de casilleros rojos resguardan las pertenencias de uso cotidiano (perfumes, sprays, toallas húmedas, prendas volátiles), aunque algunas cargan con pequeñas valijas atestadas de cosas y tangas y plataformas descomunales los seis días de la semana, o los cinco, en casos muy contados. Esa noche, puede leerse en un extremo del espejo: “Fichas se pagan. Sábado 8 de marzo 2008”.
Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna. No hace frío, pero la iluminación descarnada deja todo en carne viva. Cualquier maquillaje, por recargado y encubridor, luce como una herida expuesta antes de surcar el escenario.


Todas se miran mucho al espejo, cuando lo tienen delante e incluso cuando no. Son miradas clínicas. El espejo es un aliado incondicional: hace una lectura implacable de su apariencia, aunque sin duda más interesada que la que les espera detrás del telón. Cada una cuenta con varios vestuarios para su show, pero, una vez en tierra firme, mezcladas con los clientes –sobre ellos, de ser posible–, el uso del uniforme es obligatorio. El uniforme es de esas prendas que no se andan con rodeos; tan directo como el vestuario, pero más corto.
Salvo los clientes, al camerino entra prácticamente cualquiera que trabaje allí. Un misceláneo sigue directo hasta el fondo, después de repartir besos innecesarios. En la batería de baños enmarmolados –otra vez sin puertas– hay dos inodoros, cuatro lavatorios, cuatro duchas y un bidé. Sobre este último, una de las muchachas satisface su necesidad de un támpax.

Alguien me dice que en total trabajan 26. En una pizarra acrílica está la agenda de la noche: una lista escrita a mano que no llega a doce nombres que parecen sacados del santoral hollywoodense. Marilyn, Deborah, Tiffany, Naomi, Michelle, Natalie… A las 8 en punto sale la primera y empieza la rotación. Antes del turno, la que quiera puede ir con el peinador a un cuartito aparte, y darse un retoque final en la melena. Eso, café y crema es todo lo que obtendrán de forma gratuita.

Supongo que debo decirlo: por qué estoy aquí. Es la fantasía de mi editora, que estará pensando en alternativas a largo plazo, o la de alguien que no soy yo. En mi fuero interno sé que yo sí soy Tío Chanchito en el Parque de Diversiones, aunque eso sería lo de menos, porque igual podría ser Tío Chanchito en el aeropuerto. ¿Aprender a desenroscarme del tubo como una constrictor mientras bailo y desprendo diminutos broches de mi carne descubierta? ¿Y sonreír? ¿Revolotear encantadoramente por el suelo como un cisne de los trópicos y remontar el vuelo sobre unos tacones infinitos? ¿Y no matarme? ¿Montar mi trasero en el regazo de un desconocido y preguntarle su nombre y, responda lo que responda, contestarle que qué divino? ¿Y no matarlo? ¿Podrían ellas, o cualquiera, escribir un reportaje con solo tres días de entrenamiento? Pues es igual. ¿O acaso el pilar que sostiene la verdadera fantasía de alguien que no soy yo es que todas las mujeres –por ser mujeres– podríamos hacer esto –ser esto– de buenas a primeras? Bailar, desnudarse y etcétera es un trabajo difícil. Todos los días hay nuevos jueces que, antes de equivocar el juicio, pagan por adelantado, que es la mejor opinión que pueden dar. Lógico. ¿O encima tendría que ser gratis? Para hacer algo un poco más decente necesitaría un poco más de tiempo y, claro, muchísimo más dinero pero, ya lo dije, solo tengo tres días.

Natalie no sonríe, pero se arregla llena de gozo. Blanca, dura, achinada. Es una flor carnívora con remaches en las botas, remaches en la tanga, remaches en el torso y dos pezones agudos que brotan de la trama. Su pelo es un látigo de cuero negro que azota el piso cuando desemboca del tubo. Es, quizás, la única que hace su acto con una partitura heavy metal. Después de observarla un rato, la noche entera, sé que solo tengo dos opciones: puedo bailar o puedo ser Natalie. La primera opción es posible.

Me acompañan tres divinas personas: Naomi, Deborah y Tiffany. Trato de explicarles que mi futuro en la pista es cosa del pasado. Tanto movimiento en falso me dejó arrítmica de por vida, pero ellas me animan como si fueran viejas amigas del colegio. Sus carcajadas repican en el desierto: estamos solas en el escenario de atrás, el alterno, el que solo se abre cuando no cabe un alma.
Me calzo unos taconcillos anaranjados y una peluca verde: creo que tengo problemas con el concepto sensual. Mi desempeño en el tubo puede ser equiparado al de un bombero reumático. Me veo tan sexy como la maniobra de Heimlich. Probamos en el suelo. Mi elefantiasis escénica me convence de algo que ya sabía y me consuela: solo me quedan la literatura o el suicidio. Ni siquiera tengo el honor de una colega, que el otro día confesó abiertamente que tuvo su primer orgasmo en la escuela mientras jugueteaba con el asta de la bandera.


Naomi, Deborah y Tiffany humedecen su técnica con movimientos de cadera que se adelgazan etéreos cuando van poste arriba. Tratamos de hablar cuando alguna deja de reírse. Entiendo algo: algunas mujeres tendrían una relación más honesta con el dinero de los hombres si trabajaran aquí.

Hoy es otra noche y deambulo por el salón. Hay una cosa sentada al lado de otra. No se sabe si es hombre, mujer o Rod Stewart. Da lo mismo. Llego a la puerta de salida, donde un gringo escupe sus últimas palabras. Tuenti táusen dolars es lo único que alcanzo a entender. Sin embargo, el mesero asiente con gesto bilingüe y mira a la enorme rubia que está a punto de llevárselo al más allá. El gringo es gordo, flácido; lelo. Decir gringo gordo es una reiteración, pienso, mientras mi cerebro –ajeno a la traducción simultánea– no termina de digerir la cifra. Pero más temprano que tarde me cae la peseta. Por tuenti táusen dolars no solo soy capaz de transformarme en la rubia: soy capaz de convertirme en el gringo.
Otra noche está a punto de empezar. Veo a las chicas y les doy las gracias. Ahora sé lo que me pasa. No fumo lo suficiente. No tomo lo suficiente. No cobro lo suficiente.