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Por Maria Montero Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna.
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Por Maria Montero Las chicas están desnudas en todos los tiempos verbales. Están, estuvieron o van a estarlo. Caminan altivas y lampiñas con sus pequeñas lengüitas sobresaliendo de la entrepierna. |
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Una entrada impenetrable; un viento helado. Varios mastodontes autistas reciben de pie. La noche sin luna de un sábado 8 de marzo. “Sí, sí, ¿a quién buscaban?”. El impulso se frena sobre las cinco estrellas de la alfombra.
Atlantis, una enorme pecera grecorromana. Dos pisos de habitaciones forradas en tules y alfombras, baños, salones VIP, jacuzzis, pasillos, camerinos y oficinas. Todo es explícito, pero todo acontece detrás de cerraduras. Hay cientos de puertas; millones de puertas. Entradas y salidas en cada rincón. Controles de seguridad en cada recinto. Vidrios polarizados de pared a pared. Más dramatismo que en un aeropuerto. El lugar podría rebautizarse. ¿Alterra Night Club? Silvia fue barbie hawaiana en una librería. “El pelo negro me llegaba hasta la cintura”. También fue Tío Chanchito en un parque de diversiones. “¿Sabías que todas las que trabajan ahí son mujeres?” Tiene dos hijos y un modo popular, algunos anillos plateados y un saco oscuro en el que ella misma cabe varias veces. Toma café negro en las madrugadas y, a veces, su colon inflamado la obliga a desabotonarse la pretina del pantalón. Hoy es jefa de seguridad en un night club. Y es rubia.
Decenas de casilleros rojos resguardan las pertenencias de uso cotidiano (perfumes, sprays, toallas húmedas, prendas volátiles), aunque algunas cargan con pequeñas valijas atestadas de cosas y tangas y plataformas descomunales los seis días de la semana, o los cinco, en casos muy contados. Esa noche, puede leerse en un extremo del espejo: “Fichas se pagan. Sábado 8 de marzo 2008”.
Supongo que debo decirlo: por qué estoy aquí. Es la fantasía de mi editora, que estará pensando en alternativas a largo plazo, o la de alguien que no soy yo. En mi fuero interno sé que yo sí soy Tío Chanchito en el Parque de Diversiones, aunque eso sería lo de menos, porque igual podría ser Tío Chanchito en el aeropuerto. ¿Aprender a desenroscarme del tubo como una constrictor mientras bailo y desprendo diminutos broches de mi carne descubierta? ¿Y sonreír? ¿Revolotear encantadoramente por el suelo como un cisne de los trópicos y remontar el vuelo sobre unos tacones infinitos? ¿Y no matarme? ¿Montar mi trasero en el regazo de un desconocido y preguntarle su nombre y, responda lo que responda, contestarle que qué divino? ¿Y no matarlo? ¿Podrían ellas, o cualquiera, escribir un reportaje con solo tres días de entrenamiento? Pues es igual. ¿O acaso el pilar que sostiene la verdadera fantasía de alguien que no soy yo es que todas las mujeres –por ser mujeres– podríamos hacer esto –ser esto– de buenas a primeras? Bailar, desnudarse y etcétera es un trabajo difícil. Todos los días hay nuevos jueces que, antes de equivocar el juicio, pagan por adelantado, que es la mejor opinión que pueden dar. Lógico. ¿O encima tendría que ser gratis? Para hacer algo un poco más decente necesitaría un poco más de tiempo y, claro, muchísimo más dinero pero, ya lo dije, solo tengo tres días.
Me acompañan tres divinas personas: Naomi, Deborah y Tiffany. Trato de explicarles que mi futuro en la pista es cosa del pasado. Tanto movimiento en falso me dejó arrítmica de por vida, pero ellas me animan como si fueran viejas amigas del colegio. Sus carcajadas repican en el desierto: estamos solas en el escenario de atrás, el alterno, el que solo se abre cuando no cabe un alma.
Hoy es otra noche y deambulo por el salón. Hay una cosa sentada al lado de otra. No se sabe si es hombre, mujer o Rod Stewart. Da lo mismo. Llego a la puerta de salida, donde un gringo escupe sus últimas palabras. Tuenti táusen dolars es lo único que alcanzo a entender. Sin embargo, el mesero asiente con gesto bilingüe y mira a la enorme rubia que está a punto de llevárselo al más allá. El gringo es gordo, flácido; lelo. Decir gringo gordo es una reiteración, pienso, mientras mi cerebro –ajeno a la traducción simultánea– no termina de digerir la cifra. Pero más temprano que tarde me cae la peseta. Por tuenti táusen dolars no solo soy capaz de transformarme en la rubia: soy capaz de convertirme en el gringo. | |