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Caca’e Gato no es un saco de sal. No es una leyenda urbana ni una maldición en carne viva. Es el apodo heredado de Germán Valverde, un ícono de la afición cartaginesa, un embajador de la espera eterna. Entre semana se dedica a mandadero en el mercado o mensajero de una oficina de abogados. Caca’e Gato representa el sentir de generaciones de cartagos que siguen sin levantar la presea del éxito. Por Felipe Granados |
Como misión, encontrar a un personaje del que no tenía el nombre de pilas. En mi bolsillo, solo un apodo que decía bastante poco del sitio en que podría encontrarlo: Caca’e Gato, repetía para mí mismo, como si invocarlo bastara para materializarlo. Caca’e Gato sería el mantra de ese domingo, ese domingo en que tomaba café en una taza sucia de Chelles, con Adrián y su cámara por público, o más bien, por cómplices. Tomar el bus hacia esa dimensión que empieza en Ochomogo, Cartago, la muy noble y leal, la llaman. Se me parece a esas duquesas que perdieron la fortuna en un cuento de Tolstoi, el título le queda grande. —¿Y cómo se llama Caca’e Gato? Tras dar con el lugar y no encontrar ni rastro de nuestro hombre, volvemos al plan inicial: recorrido tipo esposa encabronada por los bares selectos de la Vieja Metrópoli (y como un fantasma vuelve a pasar el traje raído de la duquesa de antes). El Caruso, El Jardín, El Veinte, todos llenos de borrachos con sed de mediodía y domingo futbolero, pero ninguno es el sujeto en cuestión. Lo que sí encontramos fue un culto al que ya le van quedando pocos fieles, y es que ser del Cartaginés es cuestión de fe. Murales improvisados con las fotos de las glorias del pasado. Ese de allí es el Ballet Azul, este es el equipo que ganó el campeonato en el 36, aquel otro es el que jugó contra el Vélez. Todos esos jóvenes con la eternidad que solo dan las fotos, todos los que soñaron con partir en dos la historia triste del equipo maldito, todos los que se fueron sin lograrlo. Y nada de Caca’e Gato, nadie sabe dónde vive ni cómo se llama, del Jardín nos mandan al Veinte, del Veinte a un chinchorro por Los Ángeles, de ahí, de nuevo al Jardín. Nada es inútil, el mítico borracho no aparece, y entonces, ahí está, entre Peluche Artavia y Meta-Lico, allí justo debajo de Bin Laden, la foto burlona de Caca’e Gato, colgado en un especie de galería de la infamia, que adorna una de las paredes del Bar Asís, frente a la plaza del mismo nombre. Aquí no viene mucho, nos dice el dueño del bar, donde aparece de seguro es en la mejenga, hoy en el estadio, búsquelo ahí. Nuestro informante anónimo es uno más de los que sueña con ver la copa en manos de este pueblo, está casado con una familiar de Caca’e Gato, y nos resuelve el misterio del nombre. Él nos explica que es cartaginés porque su papá era cartaginés y porque toda su familia es de Tierra Blanca, con esa manía por explicar el pedigrí que solo tienen los que padecen un mal incurable. II Estar adentro de la bestia no significa ser parte de las vísceras. A Adrián y a mí nos preocupa otro partido, uno que solo jugamos tres: la cámara, Caca’e Gato y yo. Son las tres y media y ni señal, uno que vende carne nos asegura que no ha entrado, que siempre llega tarde y tarreado, que lo dejan entrar gratis, y que esa es la puerta que usa, pero hoy no ha llegado. Adrián tira algunas fotos, se mueve entre los revendedores y los fanáticos, yo cada vez estoy más convencido de que todo ha sido en vano, y que como plan B, no existe el plan B, llevo la cara que tenía la primera vez que fui a ese mismo estadio, entre perplejo y un completo imbécil. ¿Quién putas me manda a aceptar este trabajo? III Esto es una injusticia, grita con acento aguardentoso, yo he ido a todos los estadios del país, manda güevo que no me dejen entrar. Adentro la multitud aclama a los dos equipos, el partido acaba de empezar, y afuera, Caca’e Gato protesta, es una injusticia, repite mientras me pide un cigarrillo, dicen que estoy borracho, por eso no me dejan entrar. —¿Y está borracho? —le pregunto. Hablamos de futbol, de cómo no ha visto a su equipo campeón nunca, hablamos del año 59, la primera vez que fue al estadio, les echa la culpa a las directivas, a la maldición, sabe que muchos le achacan la mala suerte del equipo, como si fuera un maldito entre los malditos, una especie de condenado por los dioses quienes en su furia lo obligaran a vagar Y en su sueño se mezclan los equipos, y me cuenta de un partido que solo existe en su cabeza ahora, le ganamos al Orión, me dice, y El Príncipe Hernández era amigo mío. Otro amigo se le fue a Nueva Jersey, alguien pasa y protesta porque no dejan entrar a nuestro héroe. La pregunta cajonera: Se ríe, debe ser la centésima vez que debe responder lo mismo: Don Germán se ríe otra vez. “Tengo 55 años, así que tienen que aguantarme más rato” , y su risa es la risa del que ríe al último. | |