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Te voy a dar un consejo, acá funciona la “teoría de las dos guadañas”. Ambas actúan simultáneamente y en sentido contrario. Una corta a la altura del cuello y la otra a la altura de las rodillas. Si sacas mucho la cabeza, te decapitan, y si te quedas quieto, te amputan los pies. Mejor, siempre en el medio. Estas fueron y no otras las primeras y sugerentes palabras que, recién llegada a mi entonces nuevo trabajo, alguien quiso que escuchara como el mejor consejo de supervivencia laboral. Desde entonces, las dos guadañas aparecen en diferentes trajines cotidianos. Coerción implícita, moderación del talento, represión del vuelo largo y alto, sujeción de aspiraciones, incitación al desapasionamiento, muchos son los disparadores con los que desafía la susodicha teoría. Con todo, lo que más me tienta es la mediocridad. Ambigua, estigmatizada, tema reiterado en el cine y la literatura, la discusión sobre ella puede llegar a ser interminable. Sin ánimo de ser relativista, cualquier cosa puede ser maravillosa para algunos, pura mediocridad para otros, y un completo desperdicio para el resto. Definiciones sobran, no obstante es un concepto subjetivo. En 1911, José Ingenieros escribió sobre El hombre mediocre (¡ojo!, parece que no habló de las mujeres). Lo describió como una persona que “no es voz sino eco”, una simple copia de lo que otros son. Fiel a sus intereses, según Ingenieros, el mediocre es incapaz de usar la imaginación, sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades. Dócil, maleable, cómplice de los intereses creados. En su vida acomodaticia deviene en un ser vil, escéptico y cobarde. Se vuelve parte de un rebaño incuestionable. Esta descripción fue hecha a principios del siglo pasado; sin embargo, hoy se las trae. Frases como “no me gusta exigir tanto”, “me conformo con aprobar”, “no te pido que te compliques la vida, ni que hagas ninguna maravilla”, “no somos perfectos, somos humanos”, “mejor nivelar para abajo”, o “para qué voy a hacerlo bien si con poco alcanza”, entre tantas otras, son más que habituales. Indudablemente la mediocridad nunca hace pareja con el éxito y por eso se la vapulea más de la cuenta. En el pretendido mundo triunfalista actual no hay lugar para fracasos. Pareciéramos estar condenados al éxito. De no purgar la condena, muchos mamíferos con raciocinio dejaríamos de existir. Pese a ello, mientras nos bombardean con metas y objetivos de superación, contraria, paradójica y hasta, a veces, convenientemente, las invisibles guadañas nos persiguen. Podemos huir constantemente de ellas, o cual derviches usarlas a nuestro favor. El combate puede ser intenso y en varias direcciones. ¡Qué pereza! Si el vértigo de estos tiempos lo permite, podríamos desafiar el perfil del mediocre elaborado por José Ingenieros. Acaso pueda consistir en convertirnos en opinantes calificados de todo y de nada. Correr el riesgo de romper la rutina. Revisar juicios y prejuicios. Indisciplinarnos (me niego a ser portadora de un código de barras, inventariable y con precio de mercado en devalúo según pasan los años). Convertirnos en valientes crédulos escrupulosos, y tantos otros. Quizá, el punto de partida individual para huir de la mediocridad y afrontar la sentencia al éxito consista en abusar de la imaginación cuando somos bombardeados por altas dosis de materialidad. Un espacio lúdico en donde hasta sea posible encontrar el gen de la mediocridad. Por lo menos habría así una buena excusa para llamar mediocres a varias generaciones de un solo tiro. Un principio, solo uno. | |