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Mantenga las ventanas del carro abiertas de par en par, y un maletín de cuero falso, lleno de arroz, en el asiento del copiloto.
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Muévase siempre con ese maletín. Lleve las cosas de valor aparte, en una bolsa del mercado, preferiblemente que se asome una rama de apio.
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Tenga a mano, accesible como los clínex, un buen fajo de billetes de diez mil, falsos. Lo sacarán de más de un apuro.
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Acostúmbrese a llevar una piedra de crack en el bolsillo. Si su asaltante es un drogadicto, ahí mismo lo deja en paz, garantizado.
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Si tiene que atravesar andando una zona difícil, hágase el loco. Anuncie el fin del mundo, tóquese las partes, hable en lenguas. Igual le roban, pero no lo maltratan.
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Si huele que ya lo vienen a asaltar, haga como que saluda a alguien. Cuando los asaltantes miren atrás, use la vieja táctica de paticas pa’ qué os quiero.
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Finja desmayarse o desmáyese cabalmente. Se han observado pocos casos de gente apuñalada después de desmayada.
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Si deja la casa sola, coloque sobre la mesa media botella de whisky y una montaña de billetes falsos. Si se le meten (y se le meterán) es probable que se conformen con eso.
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No levante una muralla frente a su casa. Es peor. Hasta una, que es honrada, siente curiosidad de ver qué es lo que tanto esconden los ricos.
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Si insiste, en lugar de tapias coronadas con alambre navaja, ponga frente a su casa una falsa fachada de cartón y latas. Que desde afuera parezca que vive en un tugurio.
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Ande por la ciudad vestido de pordiosero. Lleve su ropa de marca, las joyas, las plumas de oro y los aparatos electrónicos en una bolsa plástica. Cámbiese en el sitio.
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En general, no alardee en este país de pobres. En lugar de llevar un enorme crucifijo de oro (como la diputada que asaltaron), llévelo de madera atado a un cordón. Es más coherente, por otro lado.
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Tenía razón el Viceministro de Seguridad: entre en su casa pelando el ojo. Entrar a la casa silbando distraído son ganas de provocar. Dónde cree usted que vive.
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Si entra y se encuentra a los ladrones, haga como que es uno de ellos. Grite: “¡Sóquenle, güevones, que ahí viene la Ley!”, y de nuevo paticas pa’ qué os quiero.
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Viaje en un carro robado. No evita que lo asalten, pero no le roban stricto sensu.
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Si acaba de comprarse un carrazo y lo encañonan, diga: “Llévenselo, es del idiota de mi jefe”. Un chistecillo que le salvará el pellejo. (Válido solo si usted prefiere la vida al carro).
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Si a sus hijitos les roban la laptop y la play que les trajo El Niño, empiece por explicarles que El Niño no existe.
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Tenga unos pocos –tampoco demasiados– contactos con el hampa. Por una módica suma, puede que hasta recupere sus cosas.
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Esa gente que le da miedo: mírela a los ojos, por una vez. No se engañe: no son seres de otro planeta.
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No se automargine. No piense que usted es de los buenos y ellos de los malos. Andamos todos en lo mismo: viendo a ver qué agarramos. |