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La jueza británica Katherine Smallwall se enfrenta al caso más singular de su carrera. Lo que dijo uno de los acusados en la vista preliminar resume la paradoja del caso: “Traidor que traiciona traidor, tiene cien años de amor”. Permítame, desocupado lector, que empiece contándole una anécdota sucedida hace más de un mes. Estaba yo en mi estudio viendo el spot de la campaña Costa Risa y los costarrisibles. Mi empleada Rosita, una mujer trabajadora y eficiente, rondaba cerca de mí mientras pasaba la escoba. De repente, se detuvo en seco y, con una cara que estaba entre la angustia y el asco, me dijo: —Ay, don Julio, ¿qué es eso tan cochino...? Rosita tiene treinta y cinco años, y un leve retardo mental que no ha alterado su intuición... Incluso, puede que la haya aguzado, como se verá. Titubeó, desconfiando como siempre de su capacidad expresiva: —Esos payasos están mintiendo... Quiero decir: esos payasos no creen en lo que dicen. Rosita no sabe (por el momento, tampoco el lector) qué tanto acertó con esa frase. La tal campaña consta de una serie de spots en los cuales unos payasos (malos intérpretes, con una peor dirección) se burlan del plan fiscal, el nuevo paquete de impuestos que pretende aprobar el Gobierno de nuestra nación. No me extraña que Rosita se quedara sin palabras; la campaña está entre lo macabro, lo mezquino y lo despectivo: parece burlarse de aquellos a quienes se dirige. Ahora bien, en Internet se propagó como la pólvora y, en pocos días, la mitad del país había visto los anuncios. Sus creadores ya se veían en yate por Guanacaste, de no haber sido por el escándalo que salió a la luz y que ahora se encuentra en los tribunales de la London School of Manipulation. Periodistas, intelectuales y artistas costarricenses se lanzaron a condenar aquellas imágenes burdas. La frase que más se repetía en la calle era: “Hay un grupo de payasos en contra del plan fiscal”. ¿Argumentos?: ninguno. ¿Propuestas?: cero. ¿Enemigos?: los llamados costarrisibles. Resultado real: quince días después de que saliera el primer anuncio, los tales costarrisibles se empezaron a interesar por un paquete fiscal que antes los tenía a la expectativa... y lo consideraron bueno para su país. Si alguien gastaba tanto dinero en contra de los impuestos, no sería para defender a los pobres. Luego, la situación dejó de ser risible para quienes habían financiado la costosa campaña. Primero, se vieron obligados a dar la cara, algo que habían querido evitar con todas sus fuerzas, a causa de su mala reputación. Son los miembros del grupo Anfetamina, quienes se autodenominan el Tico Party, en alusión y reverencia al Tea Party y su ideología. Hablarles de impuestos es como mencionarle la cruz al diablo. A finales de noviembre, convocaron una reunión con los creativos de Costa Risa, dos hermanos búlgaros, de apellido italiano, que se defendieron argumentando: “Ustedes aprobaron el borrador de la campaña”. El presidente de Anfetamina repuso: “Los publicistas profesionales son ustedes; ustedes sabían que esto nos iba a salir por la culata”. No hubo manera de hacer hablar a los ítalo-búlgaros... Al menos, no por las buenas. Finalmente, cedieron frente a las presiones de la jueza Smallwall, conocida como Lady Speed Speak en la mismísima Guantánamo. Los del Tico Party son representantes de la más rancia derecha y defienden aquello que en los ochenta se llamó “libre mercado” y que hoy se conoce como “dictadura de los mercados”. Son conservadores confesos y “a mucha honra”, según sus propias palabras. Sin embargo, lo tontos Los hermanos publicistas, después de setenta y dos horas de interrogatorio ininterrumpido, aceptaron haber hecho a traición la campaña de los payasos. Por supuesto, apoyan el plan fiscal; por supuesto, repudian toda la teoría “liberal” de la economía y, cuando les ofrecieron la dirección de una campaña que iba en contra de sus más sagrados principios socialistas, vieron la oportunidad de convertirse en una versión moderna de Mata Hari. De ahí la frase de uno de ellos, quien afirmaba haber traicionado a su cliente, sí, pero a un cliente traidor de la patria. Ahora la jueza tendrá que decidir si creer este nuevo giro o considerarlo solo un ardid más de dos publicistas bastante crápulas, con más avaricia que arte. Su Señoría dirá... | |