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No solo es mi última columna del año: también es la última vez que les comparto mis aventuras e impresiones alrededor del sexo y el placer. Como dice la canción: “Me tengo que ir, / y no es por mí: / contigo está mi corazón...”. Más que mi corazón, con ustedes siempre estará todo mi cuerpo, mis emociones y mi cabeza, ya que, en realidad, ¡me encantan los hombres! No hay nada en el planeta que me haga sentir lo que un hombre me hace sentir. Me atrevo a decir, además, que no hay nada mejor que un hombre para aprender qué es realmente ser mujer. Solo cuando uno conoce al otro, llega a entenderse a sí mismo y así sabe lo que quiere para poder darlo de vuelta. Para coger rico, esto es indispensable. Después hay que patear la culpa, enterrar toda vergüenza, cultivar la curiosidad, nutrir el encanto y, sobre todo, dejar los juegos. En alguna de mis tantas columnas, escribí: “Durante mucho tiempo, pensé que, después de conocer a un hombre que me gustara físicamente, el mayor grado de excitación provenía de verlo desnudo y, de inmediato, sentir que me penetraba una y otra vez. Sin embargo, la experiencia me ha permitido saber que las palabras adecuadas, las caricias prolongadas o una gratificante revolcada con la ropa puesta pueden seducir no solo más, sino mejor”. Aún no he cambiado de opinión. Ojalá siempre haya espacio para dejarse abordar sin prisa. El mejor sexo nace de la confianza en decir “no” y decir “sí”. En otra ocasión, concluí que la lengua es el órgano masculino más importante en el sexo; pero, además, dije: “Sin embargo, aclaro que darle el lugar número uno a la lengua solo quiere decir que ella por sí misma es muy capaz..., pero que, por supuesto, sin vergas, testículos, nalgas, bíceps, espaldas y manos, es imposible coger...”. Aprovecho para confesar que, durante muchos años, pasé enojada, o más bien furiosa, con ese concepto que reduce el sexo a meterla, sacarla y sanseacabó..., aunque uno ni siquiera se haya empezado a quitar las ganas. La verdad, no se puede culpar a nadie. ¿A quién le enseñan a coger? ¿A cuál hombre le dan un curso intensivo de anatomía y psicología femenina? En realidad, ¿quién diablos ha podido entender a una mujer? Creo que, en una de mis columnas pasadas, revelé la clave para que un hombre sea un amante inolvidable. Eso es algo que las mujeres no decimos porque nos parece obvio: para que un hombre no quede como mal polvo ante una mujer, la clave está en no venirse primero y permitir que ella llegue antes al orgasmo. No es una solicitud antojadiza: nosotras tenemos tanta maraña en la cabeza que llegar a un orgasmo no es tan fácil y básico, en comparación con un hombre. En otro texto, lo describí así: “Es cierto que, entre tanto placer que remueve hasta los jugos gástricos, hay un momento previo al orgasmo en el cual prevalece la desesperación. No se sabe con certeza si estamos llegando al clímax o si estamos chocando una y otra vez contra una puerta sellada de por vida. Pero todo consiste en aplicar un truco: cambiar la desesperación por la desconexión. Así se logra derribar no solo la puerta sellada, sino todas las paredes que nos encierran en ese preámbulo. El crescendo concluye con un cierre estruendoso. La rigidez desaparece de la mandíbula, los cartílagos de las orejas se liberan y la mente está en blanco. Uno muere durante unos segundos”. Sí, lo acepto en nombre de todas, aunque muchas me odien: somos muy complicadas. Por eso nos tienen que encantar los hombres... En fin, todavía nos salva el hecho de que nosotras también soñamos con sexo. | |