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Especial de Diatribas
- Por Revista SoHo
- Publicado 12/13/2011
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Estoy en un teatro que estalla en risas. Unos cuantos metros al frente y varios metros hacia abajo, sobre el escenario, los cuatro monigotes de camisa blanca y corbata negra se bañan con los aplausos del público. En medio de aquella orgía de hilaridad, yo con un signo de pregunta por rostro. ¿Para esto pagué cinco rojos? Fast forward. Ahora me encuentro frente al televisor. No parpadeo; y no porque tema perderme detalle alguno. Mis ojos como platos no terminan de creer lo que la televisión nacional es capaz de emitir en el horario estelar del viernes. Ahí están de nuevo, los cuatro pilares de la comedia barata criolla. La Media Docena a la carta. Ahí está el VJ Campos, patético refrito de cuanto iluso personaje con complejo de estrella ha desfilado por la raquítica pantalla chica nacional. Ahí está, explotando el ego y la fanfarria, haciendo mofa no-tan-sutil del macho ligador todopoderoso que pulula en los rincones cantineros de nuestra finquita. Ahí está Maikol Yordan Soto, cholito campesino, blanco evidente del “astuto” humor mediadocenezco. Ahí va, caminando con torpeza, aferrado a su bultito percudido y su camisa de cuadros, “a pasarles un bolado”, siendo polo porque ser polo es tuanis; pero, sobre todo, porque ser polo es fácil material de burla. Es el chiste que cualquiera podría escribir. El chiste por el que nadie se atrevería a cobrar. Salvo ellos. También está el clásico, el favorito, Demasiado Honesto. Esta es la puesta en escena: sírvase montar una situación común, diaria. En medio de ella, coloque dos o tres personajes enfrascados en una conversación banal, sin importancia. Venga ese ingrediente secreto: un individuo que, por razones que no interesan —porque esto no es Les Luthiers, hombre, ¿quién necesita una historia de fondo?—, opta por ignorar el convencionalismo social más evidente y se aferra a una honestidad torpe que convierte la escena en un momento incómodo, de esos que, ante la incapacidad del espectador de reaccionar de otra manera, terminan por sonsacar una sonrisa hipócrita, pero conciliadora. Para rematar, guíndele una frase pegajosa: listo, ahí tiene su receta para convertirse en un comediante de fama nacional. La Media Docena es el chiste que cuenta el tío ebrio en la fiesta de Navidad. Es la gracia del primito de cinco años que, necio, insiste en llamar la atención a gritos. Son todos esos momentos engorrosos en que sonreímos sin sonreír y decimos sí, ué lindo, qué gracioso, ¡bravo! Su humor no es más que el discurso vacío del Tercer Mundo que, incapaz de vislumbrar sus propias grietas, señala a las víctimas de sus burlas, ignorando que se señala a sí mismo. Juro que he intentado disfrutar de sus bromas. Sabe Dios que pagué mi entrada a su obra ilusionado ante la inminencia de un espectáculo que me hiciera crujir de la risa; pero ellos mismos impidieron nuestro idilio. Ellos y su explotación de los estereotipos y las situaciones molestas que son tan frecuentes en el país chiquitico que quería volar. Tal vez no a ellos, porque La Media Docena no hace más que observar lo que abunda a su alrededor. Son simples reproductores de su propio entorno. Su misión y su mérito —mas no así los apabullantes elogios a los que se han acostumbrado— se reducen a escoger con precisión de cirujano a alguna de las gentecillas que pueblan Costa Mundana. Tal vez sus sketches forzados y empalagosos, su humor hueco, solo sea la imagen que nos da el espejo puesto frente a nosotros por los cuatro monigotes. Tal vez mi odio, entonces, está mal dirigido. | |||
