Contra Steve Jobs

Por Mauricio Azofeifa

 

Antes de que comencemos a rasgarnos las vestiduras, desconsolados por este blasfemo artículo; antes de que me busquen para romperme las piernas con sus iPads o descarguen la aplicación iVoodoo para torturarme con alfileres; antes de todo eso, quisiera que nos preguntáramos: ¿nuestra indignación sería la misma si Steve Jobs gozara de buena salud?

Yo caí en la trampa del sinuoso homenaje al renacentista del nuevo milenio, al Thomas Alva Edison de nuestros días. Leí, conmovido, el discurso que Steve pronunció en la universidad de Stanford, último capítulo antes de la cancelación definitiva de su show: un show en el que solo él fue protagonista.

Ese personaje que construyó siendo el adolescente rebelde, demasiado cool para ir a la universidad; el que viaja a la India para buscar iluminación; el huérfano que se convierte en multimillonario; el que vive su etapa de playboy, de padre abnegado y marido ejemplar; el que decide curarse el cáncer con una dieta estricta de zanahorias (el resultado quedó expuesto en su funeral).

Steve reflejó todos los vicios de nuestra sociedad. Por más que queramos verlo como un Da Vinci, hay que aceptar que, a lo sumo, llegó a mecenas. Fue un Lorenzo de’ Medici cuyo mérito fue ser asquerosamente rico, y sus únicos talentos se redujeron a escoger las buenas ideas de los demás y apropiarse del crédito, ser perspicaz para la mercadotecnia y demostrar una carencia absoluta de escrúpulos.

En su lecho de muerte tampoco cambió. Se calcula que Apple Inc. tiene, en su propia Área 51, la tecnología que estaremos pagando (de más) durante los próximos quince años, pero esta será liberada a cuenta gotas para que tengamos que cambiar más a menudo de teléfono que de bombillos. A punto de morirse, Jobs lanzó al mercado el iPhone 4S: la misma mierda, pero con una S. No podía presentar algo verdaderamente innovador, pues el buen Steve quería ser el muerto más rico del cementerio.

Lo veneramos más que a todos los premios nobel de medicina juntos. Claro, no es para menos: él es el padre de aplicaciones para producir ruidos molestos; etiquetarse y encontrar gays en el barrio; simular mensajes de texto provenientes de famosos (Megan Fox: “Anoche me fui porque la vi demasiado grande y me dio miedo”). Además, Jobs motivó la creación de un traductor perro-inglés y del célebre iConfesionario.

Tenemos una forma extraña de comprender el mérito. Menciono solo un par de ejemplos.

Dos días después de la muerte de Jobs, falleció el científico Dennis Ritchie —creador del lenguaje de programación C y de Unix—, sin cuyos aportes jamás podríamos haber tenido Macs ni Windows ni Internet ni el video de Pamela Alfaro que circuló en la Red. Tristemente, la imagen de Ritchie no era sexy; era un hombre decente y trabajador que dedicó su vida a hacer cosas que los demás no podían (en cuenta Jobs). Murió como usualmente mueren los genios de la computación: en el olvido y sin haber visto en su vida a más de dos mujeres desnudas.

Steve conoció a Woz en la universidad. Al tipo, un radioaficionado con problemas de socialización, se le había metido entre ceja y ceja la idea de diseñar una computadora para el hogar. Por eso se asoció con Jobs, estableciendo el siguiente acuerdo: Steve vendería los equipos y él los fabricaría. Al poco tiempo, Apple era una exitosa realidad. El vínculo entre Jobs y Woz quedaría deteriorado para siempre cuando el bueno de Steve repartió las ganancias: $350 para ti, $4650 para mí.

Aun así, Woz desarrolló proyectos en múltiples mercados y hoy es considerado un ejemplo en el mundo de la filantropía, al igual que otro personaje que se suele relacionar con Jobs: Bill Gates. Gates ha donado veintiocho billones de dólares a causas benéficas; es decir, veintiocho billones más que Steve.

Jobs dice que no apoya la caridad porque los fondos recaudados no llegan a las manos debidas y se quedan en las de personas codiciosas. Sí, Steve, personas codiciosas, gente que ha contribuido a hacer este mundo más consumista e injusto: personas como usted.