SoHo convocó a Fernando Savater, Rodrigo Fresán, Daniel Rabinovich, Leila Guerriero y otras grandes firmas nacionales y extranjeras para que se despacharan con humor contra esas cosas que les resultan insoportables. Un especial de odios divertidos que ya se está convirtiendo en sello de la revista.
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SoHo convocó a Fernando Savater, Rodrigo Fresán, Daniel Rabinovich, Leila Guerriero y otras grandes firmas nacionales y extranjeras para que se despacharan con humor contra esas cosas que les resultan insoportables. Un especial de odios divertidos que ya se está convirtiendo en sello de la revista. |
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Contra la fidelidad | ||
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Contra Kim Kardashian | ||
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Contra la cocina molecular | ||
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Contra Mario Benedetti | ||
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Contra arrojar las cenizas al mar | ||
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Contra los abogados | ||
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Contra los animalistas | ||
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Contra Shakira y Piqué | ||
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Estoy en un teatro que estalla en risas. Unos cuantos metros al frente y varios metros hacia abajo, sobre el escenario, los cuatro monigotes de camisa blanca y corbata negra se bañan con los aplausos del público. En medio de aquella orgía de hilaridad, yo con un signo de pregunta por rostro. ¿Para esto pagué cinco rojos? Fast forward. Ahora me encuentro frente al televisor. No parpadeo; y no porque tema perderme detalle alguno. Mis ojos como platos no terminan de creer lo que la televisión nacional es capaz de emitir en el horario estelar del viernes. Ahí están de nuevo, los cuatro pilares de la comedia barata criolla. La Media Docena a la carta. Ahí está el VJ Campos, patético refrito de cuanto iluso personaje con complejo de estrella ha desfilado por la raquítica pantalla chica nacional. Ahí está, explotando el ego y la fanfarria, haciendo mofa no-tan-sutil del macho ligador todopoderoso que pulula en los rincones cantineros de nuestra finquita. Ahí está Maikol Yordan Soto, cholito campesino, blanco evidente del “astuto” humor mediadocenezco. Ahí va, caminando con torpeza, aferrado a su bultito percudido y su camisa de cuadros, “a pasarles un bolado”, siendo polo porque ser polo es tuanis; pero, sobre todo, porque ser polo es fácil material de burla. Es el chiste que cualquiera podría escribir. El chiste por el que nadie se atrevería a cobrar. Salvo ellos. También está el clásico, el favorito, Demasiado Honesto. Esta es la puesta en escena: sírvase montar una situación común, diaria. En medio de ella, coloque dos o tres personajes enfrascados en una conversación banal, sin importancia. Venga ese ingrediente secreto: un individuo que, por razones que no interesan —porque esto no es Les Luthiers, hombre, ¿quién necesita una historia de fondo?—, opta por ignorar el convencionalismo social más evidente y se aferra a una honestidad torpe que convierte la escena en un momento incómodo, de esos que, ante la incapacidad del espectador de reaccionar de otra manera, terminan por sonsacar una sonrisa hipócrita, pero conciliadora. Para rematar, guíndele una frase pegajosa: listo, ahí tiene su receta para convertirse en un comediante de fama nacional. La Media Docena es el chiste que cuenta el tío ebrio en la fiesta de Navidad. Es la gracia del primito de cinco años que, necio, insiste en llamar la atención a gritos. Son todos esos momentos engorrosos en que sonreímos sin sonreír y decimos sí, ué lindo, qué gracioso, ¡bravo! Su humor no es más que el discurso vacío del Tercer Mundo que, incapaz de vislumbrar sus propias grietas, señala a las víctimas de sus burlas, ignorando que se señala a sí mismo. Juro que he intentado disfrutar de sus bromas. Sabe Dios que pagué mi entrada a su obra ilusionado ante la inminencia de un espectáculo que me hiciera crujir de la risa; pero ellos mismos impidieron nuestro idilio. Ellos y su explotación de los estereotipos y las situaciones molestas que son tan frecuentes en el país chiquitico que quería volar. Tal vez no a ellos, porque La Media Docena no hace más que observar lo que abunda a su alrededor. Son simples reproductores de su propio entorno. Su misión y su mérito —mas no así los apabullantes elogios a los que se han acostumbrado— se reducen a escoger con precisión de cirujano a alguna de las gentecillas que pueblan Costa Mundana. Tal vez sus sketches forzados y empalagosos, su humor hueco, solo sea la imagen que nos da el espejo puesto frente a nosotros por los cuatro monigotes. Tal vez mi odio, entonces, está mal dirigido. | |||
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Confieso que, cuando me propusieron escribir una diatriba contra los hipsters, la reacción inmediata fue de rechazo. “El temita es tan 2009”, pensé. No había terminado de fruncir el ceño cuando caí en cuenta de lo inevitable: madre mía, me he convertido en uno de ellos. Usted los conoce. Van por la vida con el producto Apple de rigor, t-shirts de cuello en V y bigotes engominados a punta de ironía. Fuman como jornaleros en huelga, con particular afición por los cigarrillos de naturaleza herbal. Sufren una aversión incontrolable hacia lo mainstream y una necesidad proporcional de hacerse notar entre los suyos. Estos jóvenes alternativos provienen, en gran parte, de familias acomodadas, pero adoran vestirse con prendas de tiendas americanas. Porque es vintage, dicen. Se dejan consumir por la nostalgia ochentera, a pesar de que la gran mayoría no había alcanzado siquiera el estatus de cigoto cuando el View-Master hacía deleitar nuestras pupilas. Lo más asombroso de todo: usan lentes, aunque no tengan problemas de la vista. Cuanto más grande el aro y más gruesa la pasta, mejor. Con semejantes credenciales bajo el brazo, ¿es de extrañarse que uno los evite como si fuesen un brote posmoderno de peste bubónica? Venga un poco de contexto. El término hip se comenzó a usar en los Estados Unidos alrededor de la década de los cuarenta. Era empleado para referirse a individuos con interés y conocimiento por la emergente subcultura afroamericana y, en especial, por la música jazz. Nada de malo ahí. En décadas posteriores, la palabra siguió utilizándose, con ligeras modificaciones, en distintos ámbitos culturales, pero fue a inicios del nuevo milenio cuando los hijos de Brooklyn, dignos ejemplares de la generación más narcisista de la historia, comenzaron a ser descritos como los nuevos hipsters. En cuestión de meses, lograron diseminar por todo el mundo su mensaje de infinita pretensión. Es común encontrarlos, honrando a su alma bohemia, en carreras relacionadas con las artes: Música, Fotografía, Diseño Gráfico, Modas. O sea: en agencias de publicidad. Sin embargo, no vaya usted a cuestionar su impoluto sentido de la estética, porque lo harán quedar como un zoquete. Aunque mezclen electro con cumbia y topping de Vanilla Ice, serán venerados como dioses del baile y el sexo sudoroso. Eso sí: atrévase decir que disfrutó el último disco de Arcade Fire: le espera tremenda mofa, porque esos vendidos no sacan nada bueno desde el 2004. Justo ahí reside otro de sus notables aportes a la cultura: la banalización del factor polo. ¿Recuerda cuando, hasta hace poco, considerábamos extinto el uso del bigote? Pues a los hipsters se les ocurrió que el vello facial, otrora reservado para sangrientos dictadores y varones que tomaban el sol en Ojo de Agua, debía tomar la vía del revival. Hoy salgo a la calle y me siento como en el plató de una porno escandinava, lleno de actores bigotudos haciéndose los interesantes. Lindo sería si esta apropiación de símbolos tradicionalmente folclóricos obedeciera a un genuino interés de revalorizar lo propio, pero esta virtud se reserva para un segmento de hipsters que no llega a ser, ni de broma, la mayoría. Es más común verlos protagonizar episodios de extrema vanidad y comportamiento adolescente, como irse de juerga al bar de moda y publicar doscientas fotos en Facebook la mañana siguiente. Cuanto más retro y decadente sea la imagen, mejor. Los hipsters, que no quede duda, existen en función de su capacidad para ser vistos. Aunque una diatriba en su honor no es precisamente la mejor forma de ignorarlos, la terapia del desahogo mantiene su efectividad como primer paso hacia una sociedad de armoniosa convivencia. Tal vez así evite convulsionar la próxima vez que alguien me llame hipster cuando digo que Coldplay apesta. Excepto los dos primeros discos. | |||
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Este artículo solo es apto para mayores de cuarenta años, esa edad en la que las personas dejan de engañarse a sí mismas, aunque, por lo general, continúen engañando al prójimo. Después de los cuarenta, casi todo el mundo ha sido infiel. Los hombres, más; las mujeres, mejor. Según sondeos personales, la mayoría de las personas reconoce que una aventura no solo no afectó su relación de pareja, sino que hasta le vino bien. Después de los cuarenta, quien no ha sido infiel necesita ayuda quirúrgica, porque es muy probable que sea el apéndice de alguien: una persona a quien incluso le costará saber cómo se siente si su pareja no se lo aclara. O sea: un discapacitado. No vengo aquí a exponer las mil ventajas de no ser fiel a una pareja: eso lo sabe cualquiera que haya estado casado más de siete minutos. Sabe lo dulces que pueden ser las infidelidades, lo apasionadas, divertidas, energizantes, antidepresivas... La infidelidad, como el ejercicio y la buena alimentación, aumenta nuestra propia seguridad, y quien existe para sí mismo, no solo para otro, es apetecido y apetece. Eso lo sabe todo aquel que quiere —precisamente— conservar su vida en pareja y, por lo tanto, se escucha a sí mismo. Unos cuernos a tiempo pueden salvar una relación de pareja (o varias, si los otros también son casados). “El matrimonio es una carga tan pesada que para llevarla hacen falta dos personas y a veces hasta tres”, dijo Óscar Wilde, pero podría haberlo dicho el cura de mi pueblo en uno de sus ramalazos de honestidad y lucidez. Así que esta diatriba es contra alguien que quiera serme fiel. Es contra ese desdichado que pretenda halagarme poniéndome candados en el torrente hormonal. “Te seré fiel”, te dice un hombre dizque enamorado, y una casi oye cuando piensa: “Por mucho que me cueste”. “No, por favor, diusguardi, ¡yo no quiero serme fiel ni a mí misma! ¿Cómo se le ocurre imponerme semejante cruz?”. En realidad, quien promete ser fiel no tiene mucho que ofrecer; o solo tiene eso: quince o veinte centímetros de su humanidad, como máximo, en el caso de los varones. Una minucia. Porque, vamos a ver, ¿qué ofrece el individuo promedio? ¿Cómo se traduce, en términos prácticos, eso de la fidelidad? Aquel que se anuncia fiel —y, obviamente, espera el mismo trato— está aterrorizado antes de empezar. Es el típico caso de quien pretende vivir sin correr riesgos y, entonces, trata de convencer a todos de que vivir es únicamente respirar. Sin ocuparnos de lleno en la raíz religiosa del asunto, la fidelidad es un mandamiento que pasa por el cuerpo, y el cuerpo, ya se sabe, es un campo de batalla. “No desearás a la mujer de tu prójimo”, dicen los católicos, cuando el verdadero pecado es dejarla insatisfecha. A decir verdad, el mezquino que ofrece fidelidad, pudiendo ofrecer sexo oral, no se está ofreciendo como objeto de placer, sino como propietario de un placer que no es suyo. Dicho con elegancia: es la privatización del deseo ajeno. Dicho como se debe: es una usurpación, un fraude. Lo que parece un acto de suprema generosidad es, en realidad, un ardid de absoluta egolatría. La fidelidad es, por así decirlo, el embrutecimiento del cuerpo y la clausura de la sexualidad.Es la versión reproductiva de la castidad, un derivado del sexo católico y misionero, que no libera, pero sí empobrece. “El matrimonio, cuando no mata, desfigura”, dice el poeta Rodríguez Ballesteros. Después de los cuarenta años, la doctrina de la fidelidad es consuelo de tontos; lo peor de todo: se nota en la cara. | |||
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Dos Kim tienen al mundo en ascuas. Kim Jong II, el líder de Corea del Norte, que todos los días amenaza con descongelar y reanudar la guerra que tiene con sus vecinos de Corea del Sur y, de paso, atacar con armas nucleares a Japón y Estados Unidos. Y Kim Kardashian, la treintañera gringa, California girl de pura cepa, que en poco más de cuatro años se ha convertido en la reina absoluta de la frivolidad y va camino de instaurar una tiranía —mediática, pero no por eso menos férrea que la de su tocayo oriental. Kim Jong II es un dictador peligroso —una orden suya bastaría para poner en marcha su ejército de un millón de soldados y desataría el Armagedón— y por eso mismo los líderes internacionales lo toman en serio, pese a los ridículos —por no decir aduladores— títulos con que se hace llamar, como “Querido líder” o “Gran dirigente”. Sin embargo, Kim Kardashian es más peligrosa porque nadie la toma en serio. Con su cara de mosquita muerta y su curvilínea y contundente figura, tiene al planeta entero rendido a sus pies. Sin hacer nada, en sentido literal, ha reunido un ejército de nueve millones, ¡nueve millones!, de seguidores en Twitter. Una hueste dispuesta a seguir —con la misma docilidad que los niños al flautista de Hamelin en el cuento de los hermanos Grimm— a su voluptuosa líder por los caminos de la ramplonería y la estulticia absoluta. La historia de su ascenso está contada en un párrafo de “Talento en TV”, de Willie Colón. Aunque no fue hecha para ella, la letra de esta canción le cae como anillo al dedo y bien podría ser su himno. “No tiene talento, pero es muy buena moza / Tiene buen cuerpo y es otra cosa/ Muy poderosa en televisión / Tiene un trasero que causa sensación”. Kim no es famosa por ser hija del abogado de O. J. Simpson (el exjugador de fútbol americano y exactor que fue acusado de asesinar a su esposa) ni por haber integrado la corte de áulicos de Paris Hilton, su rubia amiga a la que destronó y le arrebató la corona de reina de la frivolidad. La pelinegra y trigueña Kim se volvió famosa en 2007 por tener sexo como Dios manda con su novio rapero, grabar en video su performance —en el que su trasero juega un papel estelar— y hacerlo público. En honor a la verdad, no se sabe quién ni con qué intención filtró las imágenes, pero terminó por hacerle un favor a la joven descendiente de armenios, que hasta entonces lo único importante que había hecho era separarse de un marido que la golpeaba. Ella logró que la productora porno que distribuyó la cinta le pagara cinco millones de dólares por los derechos (ahora la empresa los está vendiendo en treinta millones de dólares) y aprovechó su cuarto de hora para comenzar su carrera de vedette de realities, el engendro televisivo con el que tiene una relación simbiótica. Haciéndole honor a su apellido —Kardashian significa, en armenio, ‘hijo del albañil’— construyó con su trasero que causa sensación, ladrillo a ladrillo (porque eso son los realities en los que ha participado: auténticos “huezasos”), un multimillonario negocio con su nombre como marca. Como en la canción de Colón, Kim “no tiene talento, pero echa pa’lante”. En la televisión lleva cuatro años mostrándoles a sus seguidores —que se multiplican a velocidades inusitadas por esporulación múltiple— cómo viven ella y sus hermanas en diferentes ciudades de Estados Unidos. El tiempo se le va gastando a manos llenas, parrandeando hasta que San Juan agacha el dedo. Dinero no le falta, fluye a torrentes a sus cuentas bancarias porque, por su condición de vedette, le pagan por todo: por mencionar una marca en sus cuentas de redes sociales, por estar en la inauguración de algún sitio, por visitar un almacén, por respirar, por mirar, por estar, por dejarse fotografiar, por no hacerlo, etcétera. Cada vez que respira y contonea sus descomunales caderas, se mueve la máquina registradora. Por eso, su imagen se multiplica en las pantallas. El año pasado fue la celebridad más buscada en Internet. Este año puede volver a serlo gracias a su reciente —y ya disuelto— matrimonio, del que lo único que le faltó vender fue un video erótico de la noche de bodas. Es probable que lo haya pensado, le habrían pagado millones sin rechistar, pero pudo más la mojigatería que ha ido cultivando a medida que crece su fama. Kim, la reina indiscutible del porno amateur con un solo video, la que comparte fotos candentes con sus seguidores de Twitter (las del disfraz de pirata, en Halloween, hacen agua la boca) y luego pone cara de “yo no fui”, la que le dijo a su hermana frente a las cámaras, sin ruborizarse: “Tienes una vagina mucho más bonita de lo que imaginaba”; la que exhibe en un primer plano su trasero enfundado en unos hot pants rosados en el video de una canción discotequera (tan mala que no vio la luz) asegura ahora que está arrepentida de haber posado para Playboy. Dice que lo hizo presionada por su mamá y, para hacer más convincente su historia, cuenta que se sentía un patito feo y se avergonzaba de su cuerpo: “Siempre tuve un trasero grande, pero me sentaba en la bañera llorando, poniendo toallitas calientes sobre mis pechos, para tratar de reducirlos. Le rogaba a Dios: ‘Me avergüenzan. Por favor no dejes que crezcan más’”. Ahora debe estar agradecida de que no hayan tenido efecto sus plegarias. Rectifico lo que escribí al comienzo. No son dos Kim los que tienen en ascuas al mundo. En realidad, es solo uno: el norcoreano Kim Jong II, porque quiere tomárselo a la fuerza. Lo que él no sabe es que Kim Kardashian se le adelantó. Sin armas atómicas, sin mover un dedo, con socarronería, solo con su trasero, que causa sensación. | |||
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Antes que una nota, me asignaron una tarea admirable por lo humanitaria y generosa. En mi primer trabajo periodístico, debí colaborarle a una compañera desesperada. Tenía que escribir cinco capítulos, de doble página cada uno, sobre la enésima “boda del siglo” pasado, que titularía, of course, “The Royal Century Wedding”. Aunque no lo crean, coronamos. No sé por qué no enviamos el trabajo a competir por el Nobel de Física, que seguro habríamos ganado, porque hay que ser un genio del Orinoco para llenar de palabras tal cúmulo de agujeros negros, de encefalogramas planos. Fue mi bautizo farandulero, con Lady Di y Carlos oficiando de padrinos, y desde entonces ese tipo de actos me parecieron la sublimación de la necedad colectiva. En lo poco que llevamos del presente siglo ya hemos asistido a tres “bodas del siglo”, amén de otras que rozaron la categoría. Y aún quedan unas cuantas. La primera del XXI llegó de España, enlace entre Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, plebeya entre plebeyas. Más de un montañero ibérico quiso ver en la Leti la continuación de la leyenda de Di, a quien la plebe extasiada otorgó el título póstumo de “princesa de los pobres”, y eso que murió a bordo de un Mercedes con chofer, saliendo del Ritz parisino, junto a un millonetis. La última, como es bien sabido, provino de Gran Bretaña. En medio tuvimos la sueca, que tenía su morbo, pero que despertó un interés más bien escaso, y eso que los ingredientes del coctel prometían ruido galáctico: profe de gimnasia ignoto, que nunca borró el gesto de susto, se une a heredera de trono rico. Culebrón servido, pero fiasco televisivo. La de los ingleses, sin embargo, fue un éxito rotundo. No importó que fuese una eterna misa protestante con cánticos insufribles. Mil millones de devotos siguieron el acontecimiento. Si al menos las cámaras enfocaran, antes que a los novios, la sucesión dantesca de trapos loberos y sombreros nido de cigüeña, la cosa tendría su gracia, porque en el fondo todos albergamos un corazón malvado y chismoso. Y ya sabemos que pocas cosas unen tanto como despellejar engendros. Pero tragarse el bodrio a lo crudo, sin anestesia alcohólica, embelesados por el rostro embobado de la pareja, merece una condena a los infiernos profundos. El príncipe, como es costumbre, se vistió de Disney, atiborrado el pecho de medallas, incluyendo las del colegio —¿dónde si no saca tantas?—. Claro que con posterioridad le ganaría el uniforme de portero de hotel ribereño, cargado de chorreras doradas, que lució el desabrido y gordo monegasco. Le quedaba cantinflesco, pero a él se le veía muy contento. Después tenemos a las futuras reinas, exaltadas ante el mundo por conquistar el trofeo. Su misión tras el enlace adquirirá tintes épicos: parir un heredero y lucir siempre elegantes, a tono con los tiempos. Empezando, claro está, por el día del casamiento. Kate, a juzgar por los expertos, les ganó a todas. Porque hay “bodagólogos” que se las saben todas. Son el oráculo del momento, las voces autorizadas, puesto que sus comentarios sesudos, sus apreciaciones exactas, beatifican o sentencian. Viene a continuación otro capítulo sublime, infaltable: el paseo en el ponqué dorado, con ruedas, de la Royal pareja, para saludar a su pueblo. Y culminan con el episodio más esperado: el beso en el balcón del megarrancho londinense. A cada beso, gritos de júbilo, mostrando que la estupidez humana no tiene vergüenza ni límites. Ni qué decir de los comentarios a pie de calle: “Un cuento de hadas”, repite emocionado el espectador, agitando con la mano la efigie de Kate y William. Cuando ya uno cree que todo lo ha visto, que es imposible mayor adefesio, aparecen actores nuevos. Son los invitados al ágape que asisten con binoculares. Saben que sus mesas están a millas de distancia de la Royal pareja, pero están, que es lo que importa, y, mejor aún, pueden contarlo. “Sí, yo estuve en la boda del siglo”, claman. Una no vomita, aunque le dan náuseas. Por eso no la invitan. | |||
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Confiésome, Padre SoHo, de haber asistido a recitales de poesía. Siempre lo he hecho con buena voluntad; a veces porque el poeta era amigo mío o porque el organizador era amigo mío o porque yo mismo, en un momento de debilidad, decidí organizar un recital para mis amigos y ni modo que no fuera. Otras veces, más por vicio consciente que por debilidad momentánea, he ido a recitales a beber licor gratis. Quiero que sepa, Padre SoHo, que esta confesión proviene de un profundo examen de conciencia y de un sincero propósito de enmienda. Se lo digo con convicción porque, después de tantos recitales de poesía a los que he asistido, me he enfrentado cara a cara con el tabú del incesto, y ese es un pecado que está más allá de mis perversiones. Le explico, Padre SoHo: a las lecturas de poesía solo asisten los poetas y sus amigos, que también son poetas o aspiran a serlo, o que se creen ya tan geniales que ni se toman la molestia de escribir poesía. Al menos donde yo vivo, Padre SoHo, los recitales han dejado de ser, o nunca fueron, actividades para los lectores y ahora son solo mítines gremiales. Es decir, tienen la misma relevancia cultural que un congreso de dentistas o una reunión de socios del Club Sport Herediano. Si uno no es miembro, es mejor no asomarse. De hecho, creo que el vínculo entre recitales y odontología es exacto, Padre SoHo. Todos saben que los poetas no son artistas y que los dentistas no son doctores. Hay gente que asiste a ver cirugías a los grandes hospitales del mundo, como hay gente que va a los grandes teatros a ver a los artistas; pero nadie que no sea el paciente asiste voluntariamente a una extracción de cordales, y nadie que no sea poeta asiste a un recital de poesía. Desde hace cien años, la poesía es un arte difunto. A partir de entonces, lo único que venimos haciendo es prolongar su novenario. Razones no nos faltan, porque la seguimos recordando con cariño, aunque ya no está con nosotros. Ni modo. Hay que ser fuertes y aceptar los designios divinos. Tal vez en la muerte nos reunamos con ella. Mientras tanto, la poesía sigue siendo apenas una falsa nota de distinción, como decir que uno sabe latín o que es bisnieto de Omar Dengo. Uno dice que lee poesía como quien dice que viene llegando del aeropuerto: solo para impresionar. Un músico pasa horas y horas repitiendo kilómetros y kilómetros de partituras antes de decir que domina un instrumento. En cambio, el poeta lee a unos pocos de sus contemporáneos y piensa para sí mismo que él puede hacer lo mismo y luego va y, en efecto, lo hace: lo mismo. De ahí esa incurable monotonía que se siente en los recitales y esa sensación de fraude voluntario en el entramado. Uno tiene frente a los ojos una banda escolar de zona rural, pero todo el mundo actúa como si fuera una orquesta sinfónica. De esa disonancia a la esquizofrenia hay apenas un paso. Así que nada, Padre SoHo. Nos vemos en el próximo concierto de Martín Valverde, y que Dios se apiade de estos pobres poetas. | |||
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Cuando pensamos en nuestra propia muerte, lejos de ponderar qué beneficios o legados dejaremos a nuestros seres queridos, nuestro primer pensamiento es de envidia: ellos permanecerán vivos. De modo que se impone arruinarles su vida todo lo posible. Los de entre cuarenta y cincuenta nos hallamos en aquella etapa generacional en la que somos víctimas de los malos sentimientos de nuestros mayores, ya ellos conscientes de su futura muerte. A nadie le gusta morirse, pero mucho menos que los demás queden vivos. Por lo tanto, somos los encargados de llevar las cenizas al mar; encargo que, para aquellos que nos hallamos a más de cinco horas en auto de cualquier salida marítima, resulta por lo menos engorroso. Ni hablar para un boliviano. Hay algo eminentemente contradictorio entre pedir ser cremado y a la vez exigir que esas cenizas se arrojen al mar. Porque la cremación representa un trámite mucho más simple que el velorio y entierro, mientras que llevar las cenizas al mar implica toda clase de molestias. Es cierto que el legatario de este mandato puede negarse a cumplirlo, pero corre la superstición de que quien no obedece el deseo de un muerto será víctima de una maldición: si tú no llevas las cenizas al mar, el mar vendrá a ti en la forma de un tsunami. ¿Pero qué ocurre cuando no es un ancestro, sino nuestro propio cónyuge, quien nos reclama, en caso de su improbable fallecimiento, que arrojemos sus cenizas al océano? Es lo que vino a ocurrirle a mi amigo Bernardo. “Cuando Dorita me pidió que, en caso de muerte, tirara sus cenizas al mar, le respondí inmediatamente que sí, porque tuve la esperanza de que estuviera planeando su suicidio y no quería desalentarla. Pero con el correr de los días, al comprobar que su muerte no acaecía, me dio por pensar que seguro palmaba en invierno y me imaginé viajando a esas ciudades marítimas vacías, frías, deprimentes, con un cuenco de cenizas de Dorita… No era precisamente mi idea de un buen momento. No era como quería usar mi tiempo de viudo”. “Dorita —le dije—, toda tu vida has querido veranear en las sierras. Odias el mar como un perro hidrofóbico. ¿Por qué te ha dado ahora por desear que sea tu última morada?”. “Está de moda —replicó Dorita—. No quisiste comprarme el iPhone, y ahora Steve Jobs se retiró. Te negaste a pagar la televisión satelital, y ahora ya llegó la digital, que es casi gratis, así que no importa. ¡No permitiré que te niegues a tirar mis cenizas al mar; por una vez quiero estar a tono!”. “Con una condición”, aceptó Bernardo, sabiéndose perdido. La esposa le contestó con un bufido. Al poco tiempo, contra todas las predicciones, Dorita, que era una cuarentona bastante apetecible, se accidentó en su auto, sola, contra un tren, por la avenida Córdoba. —Milagrosamente... —comenzó Bernardo. —El auto explotó, y la pobre Dorita cumplió su sueño: quedó instantáneamente convertida en cenizas. Fíjate qué fácil me la hizo, ella que pretendía molestarme desde las Tinieblas. Ahora bien, una vez que logré zafar de las acusaciones de haber desarreglado los frenos del auto, llevarla al mar, y justo caía invierno, ya era una cosa completamente distinta. Primero pensé en arrojarlas por el inodoro, ya que tarde o temprano irían a dar al mar por esa vía. Pero el fantasma de Dorita parecía vigilarme. Me faltaba el aire y sufría ataques de vértigo cada vez que intentaba sacarme de encima las cenizas. Tomé el tren —un homenaje a ese fantástico medio de locomoción— y me largué a Mar del Plata. ¿Podés creer que justo una estación antes de Mar del Plata, en Dolores, me encuentro en el salón comedor con una mujer encantadora, un antigua compañera del colegio, de quien Dorita siempre estuvo celosa, y me invita a tomar unos mates a su casa? Me bajé en Dolores y olvidé la urna con las cenizas de Dorita en el portaequipaje. —¿Y los ataques de vértigo, la falta de aire, el fantasma? —Me parece que eran las ganas de coger. Porque desde que estoy con Mercedes no volvió a pasarme nada parecido. ¿A quién se le ocurre pedir cosas para después de muerto? Recompensa nunca esperé de ella. ¿Pero cómo esperaba que yo cumpliera si ya no estaba para romperme las bolas? | |||
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Cuando yo era chico, si andaba solo, salía a pasear en bicicleta, sin ningún riesgo ni temor por las calles cercanas a mi casa. Pero si estaba con mis amigos, con mis compañeros del barrio, jugábamos al fútbol y a veces al tenis. Eran partidos aguerridos, en los que nos juntábamos cerca de treinta o cuarenta jugadores, más algunos padres y amigos. También hacíamos carreras de autitos de juguete a lo largo del cordón de la acera. Una vez al año se corría el “Gran Premio de Palermo”, con asistencia generalizada de familias y alguna que otra trifulca por las incorrecciones al impulsar los cochecitos. Por supuesto, estos juegos se realizaban en las calles del barrio y eran interrumpidos (muy pocas veces) por el paso de algún coche, habitualmente el del médico del barrio o el del juez de la vuelta de casa, los únicos que disponían de vehículo propio, claro. Salvo alguna infracción muy evidente en el desarrollo del juego, solamente se interrumpía al grito de “¡cocheeee!” de alguno de los jugadores, avisando la proximidad de alguno. Parábamos, mirábamos con un poco de bronca al que pasaba y seguíamos desde donde se había detenido la jugada. Yo recuerdo las calles de un tamaño mayor a las de ahora, aunque son las mismas… Y no es porque yo fuera más pequeño, ya que era bastante grandote desde pibe. Lo que pasa es que no había autos. No estaban estacionados a un costado, como empezó a suceder de a poco. Y, sobre todo, no estaban estacionados a ambos lados de la calle, como sucede ahora. Uno de mis vecinos tiene cuatro coches. Estaciona dos en el interior de su inmunda vivienda y deja los otros dos jodiendo a todo el mundo, en especial a mí, que me caliento por cualquier cosa. Sacar el coche es una aventura, pues lo hago casi a ciegas, entre los coches que están a ambos lados de mi portón, dejando apenas el ancho exacto del mío; con los espejos retrovisores plegados, claro está. La reventada de enfrente tiene una enorme camioneta que usa solamente para ir a su casa de campo los fines de semana. Por supuesto, la deja afuera, medio atravesada entre el portón de su casa y la vereda, impidiendo el paso de las señoras que vienen desde la avenida, los paseadores de perros o mi hija, cuando viene a visitarme con los niños. Ir al centro de la ciudad se ha convertido en una aventura interesante, de final incierto, aunque de transcurso bastante previsible. Mientras uno utiliza la autopista, solamente se ve interrumpido por pequeños accidentes de tránsito, manifestaciones de grupos armados de palos, incendios de cubiertas en desuso en protesta por cualquier cosa o simplemente una carrera de motos que utiliza dos o tres carriles, haciendo imposible la circulación por los demás. Ni hablemos de las banquinas, utilizadas en toda su extensión para depositar carros, camiones y todo tipo de envases de venta de frutas, barriletes o cualquier otra mercadería. Por fin, al llegar a la ciudad, empieza lo bueno: el tránsito por las distintas call...; perdón, desfiladeros, verdaderos yangostos pasadizos que apenas admiten el paso de un vehículo, totalmente llenos de coches estacionados en ambos lados y camiones de descarga de agua, gaseosas, diarios, alimentos de supermercados o cualquier otra cosa. Con tal de joder, reparten. A toda hora. En todas las calles. No se salva nadie. Ni la señora que no puede caminar ni la madre con dos niños pequeños ni el cieguito de la esquina. Nos joden a todos. Hace poco, un taxista me contó que una de sus máximas distracciones, cuando trabaja, es utilizar un pequeño martillito, con el que rompe el cristal del espejo retrovisor de los coches que encuentra mal estacionados, obstaculizando la circulación. Dice que prefiere eso a tomar benzodiacepinas. No sé muy bien qué son esas drogas, pero se le veía saludable, casi sonriente, como si estuviera buscando coches mal estacionados. Mi amigo Pucho, que es un poco complicadito él, me contó que hace una semana le dejaron un coche estacionado tapando la entrada de su garaje… Le pregunté: “¿Llamaste a la grúa?”… Me miró, sonriente, y me dijo: “No, fui a la librería”. Al ver mi cara de sorpresa, me explicó. “Primero fui a la librería, compré dos tubos de pegamento rápido, le tapé todas las aberturas y entonces sí llamé a la grúa”. Luego me comentó que lo que más lamentaba era no haber presenciado los vanos intentos del dueño del coche para abrir alguna de las puertas. Me doy cuenta de que las cosas han cambiado mucho, que la proliferación de los coches en las ciudades y el poco desarrollo de los transportes públicos, de los subterráneos, están haciendo muy difícil la circulación y realmente alteran el sistema nervioso de cualquiera. El atronador sonar de las bocinas, como las que oigo en este momento, los insultos y gritos desaforados, que resuenan como si estuvieran encima de mi cabeza, me impiden hablar por el celular con mi esposa, a ver si cenamos fideos o prepara la carne al horno con papas y batatas que tan bien le sale. Creo que voy a tener que cortar la llamada y seguir manejando, dejar de interrumpir el tránsito y en todo caso dejar la decisión de qué comer a ella, que tan bien lo hace, o simplemente llamarla desde mi oficina, una vez que deje mi auto en la cochera. La gente no tiene paciencia. Son intolerantes. | |||
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Ser moderno puede ser agotador. Hay que estar al tanto de tantas cosas. Hay que recorrer muestras de Louise Bourgeois, catar aceite de oliva, ir a fiestas convocadas por Facebook, saber quién es Pedro Lourenço. A mí, a veces, me gustaría decir, como la escritora argentina Silvina Ocampo, “no soy sociable, soy íntima”, y enroscarme en una pashmina auténtica y quedarme en casa leyendo a Edith Wharton. Pero no me sale. Vivo en Buenos Aires y Buenos Aires es una ciudad moderna. Uno de esos sitios donde la gente usa la palabra “urbano” y va a desayunar con su perro mientras escucha en el iPod a David Guetta. Todas las cosas modernas del mundo tienen su réplica en Buenos Aires. Si en el mundo hay bares de oxígeno, en Buenos Aires hay bares de oxígeno. Si en el mundo está de moda el stand up comedy, en Buenos Aires está de moda el stand up comedy. Así de etcétera. A los habitantes de Buenos Aires les gusta experimentar todas esas cosas y volver chorreando deslumbramiento, diciendo “nunca vi algo igual”, “nunca me pasó nada parecido”. Yo no soy moderna: soy curiosa. Así que, si alguien me dice “nunca vi algo igual, nunca me pasó nada parecido”, yo quiero ir a ver cómo es ver lo nunca visto, saber qué se siente cuando te pasa lo que nunca te pasó. Entonces, si llega un circo canadiense y alguien me dice que el circo tiene números asombrosos jamás imaginados, voy. Pero después resulta que el circo canadiense asombroso jamás imaginado lo integran cinco papanatas con trajes de baño de lana con agujeritos, haciendo cosas que no asombrarían a un chico de cuatro años, y yo salgo preguntándome por qué no me quedé en casa viendo la televisión. Y así muchas veces, con muchas otras cosas. ¿A qué viene el cuento? A que estoy harta de no conseguir asombro donde la modernidad me asegura que lo conseguiré a raudales. Tan harta que me he preguntado, seriamente, qué pasa conmigo y qué con toda esa gente que se deja impactar de tamaña manera por cosas que a mí me parecen mediocres. Uno de mis últimos asombros contrariados es la cocina molecular. *** Seré breve: yo nunca fui al Bulli, ese sitio que, de la mano de Ferran Adrià, fue el centro neutrónico de la cocina molecular, donde se forjó la idea de que lo que conocíamos como arroz a la cubana podía llegar a la mesa en una copa flauta y bajo la forma de un líquido espeso; ese sitio donde un hombre aprendió a reinar sobre las moléculas y a transformar todo en otra cosa: un raviol en un líquido, un marisco en una gelatina. Tenía tres estrellas Michelin, fue elegido mejor restaurante del mundo en 2002, 2006, 2007, 2008 y 2009, y Adrià, ungido como rey de todas las vanguardias, pero cerró a fines de julio y hasta 2014, cuando reabrirá bajo otro concepto. Yo, lo dicho, me lo perdí. Y, si depende de mí, me lo perderé siempre. Porque probé comida molecular en diversas ciudades de diversos países en diversos restaurantes de sus seguidores. O de sus secuaces. Y, la verdad, no pienso repetir. La única forma que parece haber encontrado la comida molecular para llegar a la mesa es la del menú degustación. Si todas las demás cocinas han encontrado la forma de ofrecerse en su versión tradicional (entrada, plato fuerte y postre) y su versión degustada, la comida molecular solo existe en estadio de simulacro: como si un catálogo de pintura fuera la pintura, como si el original fuera la copia. sí, esta comida solo puede consumirse en una cantidad irracional de platos —en el Bulli eran treinta y seis—, en un bombardeo masivo de melón y después merengue y después huevo y después ostras y después raviolis y después langostinos y después carne y después sopa y después tres postres. La probabilidad de que todo eso combine y siente bien es la misma de que combine y siente bien un vestido con lunares, rayas, bordados, puntillas, apliques, flecos, tajos, escote en laespalda, volados y falda evasé. Por otra parte, toda cena molecular, más que cena, es una performance. Cada pocos minutos, un mesero retira la minicuchara, la minicaja, el minigancho, el microtubo o la micropiedra de donde acabamos de lamer, sorber o masticar algo y lo reemplaza por otro microcacharro que deja sobre la mesa como si estuviera desprendiéndose de alguna posesión magnífica, al tiempo que dice cosas como: “Acá tenemos un huevo cocido a bajas temperaturas” o “Acá tenemos fondant de cerdo asado a cuarenta y ocho grados en aire de vinagre de vino” o “Acá tenemos langostinos en cocción unilateral sobre piedra refractaria, con mandarina nitrogenada” con el gesto impasible de quien proclama: “Señor, sus raviolis con tuco”. Como el plato a veces no es más que un tubo de ensayo más una costra sumergida en un pedestal de espuma más una cuchara con una arveja y un papelito enganchado en un clip, el mesero explica: “Se aconseja que rompa la cáscara, deslice la arveja dentro del tubo, beba el caldo y alterne mordiscos de papel de arroz untado en espuma”. De todos modos, hay algo infinitamente más humillante que ese manual de instrucciones paternalista: que el mesero no explique nada. Porque, indefectiblemente, cuando traiga el siguiente minicacharro, preguntará: “¿Percibieron qué fue lo que estaban comiendo?”. Si uno responde “Salmón”, el mesero dirá: “No, chorizo”. Si uno responde “Maracuyá”, el mesero dirá: “No, helado de jugo de cordero”. Así, un festín carísimo y pretendidamente único opera con la misma lógica que esos concursos de televisión en los que un participante con los ojos vendados debe palpar a diversas mujeres hasta dar con la suya y así ganarse un televisor. Con una diferencia fundamental: en estos restaurantes nunca regalan un televisor. Más bien, lo cobran. *** (Y todas esas descripciones pretenciosas, del tipo “Cerdo cocinado a sesenta grados, huevo cocido durante cuarenta horas, cordero marinado a cuarenta y ocho”. ¿Habrá pensado Gay Talese en firmar sus artículos con frases como “Artículo pensado a altas temperaturas un día de agosto del 2011, escrito a lo largo de quince jornadas de doce horas, usualmente terminadas con dos tazas de té negro, un paseo con el perro y un puro?”). *** No creo que sea relevante que el periodista alemán Jörg Zipprick haya investigado y concluido que parte de los ingredientes usados en el Bulli son potencialmente cancerígenos (porque parece un argumento ecolohistérico) ni que el chef catalán Santi Santamaría haya dicho que la cocina molecular “es el síntoma de una sociedad enferma que solo busca el esnobismo y no tiene conciencia ni responsabilidad social” (porque nadie les pide responsabilidad social a otros cocineros que cobran bastante más caro que Adrià). Digo que, si en uno de esos sitios me dicen que lo que voy a comer es un huevo cocido a bajas temperaturas, ya sé que voy a tener que tragar un huevo semicrudo que en mi casa se llama poché. Que, si me dicen que el postre es un raviol de campari con helado de aceite de oliva, ya sé que voy a comer algo con gusto a nada. Digo que, aunque se supone que las nubes de parmesano, las espumas de hígado y toda esa metilcelulosa dando vueltas por mi organismo tendrían que provocarme exclamaciones como “nunca he probado algo como esto” o “después del primer bocado caí en trance”, ningún langostino con mandarina hidrogenada me ha hecho saltar lágrimas de emoción. Quizás, si hubiera ido al Bulli, ahora estaría describiendo sabores que estallan, líquidos que electrifican la lengua, porciones sublimes que alteran el concepto de la palabra “remolacha”. No sé. Solo digo que, tal como están las cosas, sigo prefiriendo el asado. Hace dos semanas cené con alguien que había comido en el Bulli. Me dijo: “Revoluciona tus sentidos. Tu idea acerca de la comida cambia radicalmente”. Yo, que nunca me resigno, pedí un ejemplo. Un ejemplo concreto. La respuesta fue: “Bueno, por ejemplo, hay cosas que en el Bulli te obligan a comer con las manos”. Entonces, pensé, desahuciada: “Dios mío. Yo siempre he comido con las manos”. | |||
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Hubo una época feliz cuando no existían los abogados. Los problemas se dirimían a punta de garrotazos y, después, cada quien para su caverna. Luego vino el orden social y todos nos jodimos, menos los abogados; o, mejor dicho, gracias a que estamos jodidos, existen abogados. Ellos, como los dueños de las funerarias, lucran con el dolor ajeno. El hecho de que muchos políticos ejerzan la abogacía da muy mala espina. La dialéctica del político-abogado puede ser nociva para la salud de los demás. Que los abogados busquen la justicia, es más que discutible. Consiste, más bien, en jugar con las leyes que nos desgobiernan. Romperlas, torcerlas y doblarlas hasta ajustarlas a la medida de las pretensiones del cliente. Cuanto mayor sea la capacidad de pago, más posibilidades tiene usted de que le hagan el quiebrecito. El abogado tiene una gran ventaja. Ya sea que gane o pierda un juicio, igual cobra. Es decir, siempre gana. Adicionalmente, perciben honorarios por todo tipo de trámite machotero. Esto se debe a que, para efectos legales, la firma suya y mía valen un pepino si no las autentica un abogado. Ellos, y solo ellos, pueden decir que usted es realmente usted. Tan importantes se creen los abogados que hasta el título académico de licenciado les pertenece. En eso se parecen a los doctores. Un doctor es sinónimo de médico como un licenciado es —por antonomasia— un letrado de la justicia. Dígame, licenciado. Pase usted por aquí, licenciado. ¿Cómo está usted, licenciado? A la hora que más le sirva, licenciado. ¡Mierda! Solo a los doctores (en medicina, aclaro) y a los dictadores los tratan con igual zalamería. Ningún abogado es puntual. Eso equivaldría a decir que no está suficientemente ocupado; ergo, no es importante; ergo, debe de ser muy malito. Tan malo como un abogado que no tenga un chuzo de carro o una gran mansión. Parafraseando al prominente político mexicano Carlos Hank, que de Dios no sé si goce, un abogado pobre sería un pobre abogado. Por si no lo recuerdan, Carlos Hank se hizo conocido en Tiquicia por su cercanía con dos políticos costarricenses, ambos expresidentes y expresidiarios, cuya profesión común —¡vaya coincidencia!— es la abogacía. En los EE. UU., el asunto es más grave. Si usted, por ejemplo, suelta un pedo en el momento y lugar inadecuado, podría ser demandado por daños morales y perjuicios pulmonares. Se vería, entonces, en la necesidad de contratar un equipo de abogados (allá atacan en jaurías) para que lo defienda en un juicio televisado en el cual doce incompetentes, escogidos por rifa, determinarán, tras escuchar durante largas horas la disertación de los expertos (sin entender ni papa de lo que dicen), si el acto en mención se ejecutó con predeterminación y alevosía o si fue tan solo un reflejo involuntario e incontrolable del intestino grueso, en respuesta a un suculento plato de sopa negra con doble porción de huevo duro, hecho confirmado por al menos una decena de testigos. Dicen que basta con dejar una piedra dentro de cualquier facultad de Derecho, y esperar unos cuantos años, para verla orgullosa recibirse de abogada. Bueno, ese es tan solo un chiste, entre tantos otros, por medio del cual quienes no somos abogados nos desahogamos por haber escogido una profesión u oficio exento de privilegios, carros de lujo y cuentas bancarias obesas. Sin embargo, la chota a ellos no los ofende. Al contrario: la celebran contando sus propios chistes sobre abogados (¿acerca de cuál otro tema podrían ser?) y se ríen a mares porque saben que son una raza superior y que las burlas de los plebeyos no les llegan ni a los talones. Eso sí: muy en el fondo también deben de saber que, en caso de que exista el cielo, ahí no van a encontrar trabajo. Sus mejores clientes y colegas están todos con el jefe mayor, quemándose el culo eternamente en las aguas termales de los infiernos. | |||
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Hace algunos años pasé un fin de semana con una cougar. No fue premeditado, no salí a la calle pensando en ese tipo de artefactos y ni siquiera sabía que existían. La conocí en un bar del norte de la capital. Era un tiempo en que solía beber más de lo normal y, como casi nunca podía pagar la cuenta, tenía un criterio más amplio en cuestión de mujeres. Sin embargo, juro que cuando le pedí que bailáramos, ella era alta, maciza, tenía treinta y dos años, ojos verdes, pelo castaño y una espléndida e invencible sonrisa. Terminamos en su apartamento y no me di cuenta de que estaba con una superabuela (así les dicen en varios círculos) hasta que el sol entró por la ventana e iluminó sus ojos verdes y su pelo rubio sobre la mesita de noche. Los que me miraban desde su cara eran grises, al igual que los mechones de pelo que flotaban sobre sus hombros. Sonrió y me dijo que se llamaba Raquel y tantas otras cosas. Miré en derredor y supuse que, consultando libros de prehistoria, se podía comprobar que ella y su apartamento habían conocido días mejores, pero nada me costaba ser elástico y aceptarla como una atormentada cougar de clase media. A propósito de “elástico”, mientras hablaba me di cuenta de que la razón de su invencible sonrisa no era la alegría, sino turbias inyecciones de Botox a mitad de precio. Más abajo, mucho más abajo, de su sexo mal afeitado, cuya piel tenía la misma textura de un pavo recién hervido, despuntaban algunos vellos blancos. Me habría gustado susurrarle al oído con ternura que la única cura eficaz contra las arrugas es la guerra, pero sabía que era inútil y que lo más probable es que a su avanzada edad estuviera más sorda que una tapia. Lo curioso, si lo pienso ahora, es que junto a la cocaína y el comercio indiscriminado de armas, el negocio más potente y lucrativo del mundo contemporáneo es la guerra contra las arrugas. Hemingway decía que envejecer es lo más asqueroso y actuó en consecuencia pegándose un tiro en la boca. Raquel había optado por defenderse con uñas y dientes, justo lo que ya prácticamente no tenía. No reniego de ella, alcancé a quererla y compadecerla en esas pocas horas y entendí por qué se pasó la noche diciéndome: “Por allí no, por atrás. Dale, no te preocupes. Dale con todo, pero por atrás”. Y viendo el panorama al amanecer, “todo” no habría sido suficiente. En realidad, las cougars no son ancianas disfrazadas de lo que fueron treinta años antes, sino mutantes. Ellas no están fingiendo ser adolescentes: se sienten así. Creen ciegamente, y la mayoría están en verdad ciegas, que conservar un determinado peso y una determinada forma equivale al contenido. Pasan por alto la sensación y el hedor. Raquel, en términos generales, y los tres litros de alcohol en que navegaba mi cerebro aquella noche, no estaba mal. Iba al gimnasio tres y en ocasiones hasta cuatro veces al día (una más que Cristiano Ronaldo), tragaba siete cápsulas diferentes cada seis horas (en eso ni ella ni toda una clínica podría superar a Cristiano Ronaldo) y su cirujano de confianza le había hechos retoques aquí y allá. Metida en sus pantalones negros de cuero que se ajustaban a su cuerpo como una segunda o quizá tercera piel. Maquillada por un profesional de los efectos especiales (¿el mismo de Cristiano Ronaldo?) y con las tetas infladas de silicona al máximo nivel (tenía válvulas reguladoras bajo las axilas), montada en sus tacones de diecisiete centímetros, con aquellos labios repujados y aquella invencible sonrisa, podía pasar por una bomba sexy y despertar los más bajos instintos a su paso, sobre todo al anochecer. ¿Qué tenía de malo soñar? Eran su dinero y su humanidad o lo que quedaba de ella. Estaba dispuesta a todo, incluso a morir, por mantener viva su fantasía. No escapé de aquel apartamento por su aspecto. Me hubiera bastado que se pusiera los ojos verdes y la peluca rubia. Hui y sigo huyendo del hedor, ese profundo hedor a deterioro estaba allí, bajo todas las cremas y las fragancias. Así como los bebés huelen a algo dulce, adictivo y primordial, las cougars hieden a lana averaguada y muerte lenta. | |||
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Hace poco, en las preguntas que inevitablemente siguen a una conferencia, como la muerte sigue a la agonía, una señora me preguntó con cierta beligerancia: “¿No cree usted que los animales también tienen derechos humanos?”. Le contesté que, en efecto, si los animales tuviesen derechos, estos deberían ser humanos, porque no existen los “derechos animales”. Además, también tendrían deberes humanos y podríamos hacerles reproches morales si no los cumpliesen a nuestra satisfacción. Bien pensado, sería cruel complicarles tanto la vida a los pobres bichos… Por lo general, los animalistas —como la señora que me interpeló— creen defender una ética cercana a la naturaleza y alejada de prejuicios teológicos, pero lo cierto es más bien lo contrario; o sea: tienen una perspectiva de la naturaleza moralizante y antropomórfica. En la naturaleza existe una pugna entre necesidades opuestas, pero ningún ser tiene la obligación de renunciar a lo que inmediatamente le conviene, en nombre de un principio superior, que es precisamente lo que suele pedir la moral. Incluir a los animales en el ámbito ético como sujetos sería borrarles del proceso evolutivo natural y convertirlos en humanos disfrazados; si en cambio somos los humanos quienes tenemos obligaciones morales respecto a ellos, nos autoproclamamos conciencia universal y guardianes responsables del resto de la naturaleza. Vamos, un caso único: mayor antropocentrismo, imposible. La perspectiva ética se basa en el reconocimiento de lo humano por lo humano; es decir, en distinguir a los humanos de los demás seres naturales y asumir obligaciones respecto a ellos que no tenemos frente al resto de lo que existe. Esto no implica que seamos los mejores ni los dueños del mundo: solo consiste en asumir prácticamente que somos importantes para nuestros semejantes y que compartimos un sentido simbólico, no meramente zoológico, que nos damos unos a otros. A ese sentido compartido solemos llamarlo “dignidad humana” y los derechos humanos son su codificación civil. Hay dos formas de malograr esos derechos: la primera, reservándolos para solo unos cuantos humanos y excluyendo a los demás, por razones raciales, ideológicas o lo que fuere; la otra, extendiendo tales derechos hasta que difuminen el perfil humano y lo confundan con cualquier otro animal, aunque no esté dotado de razón simbólica ni de libertad. Estoy de acuerdo en que debemos evitar el maltrato hacia los animales, no porque tengamos la obligación moral de respetarlos, sino por respeto a nuestra propia dignidad, que incluye la compasión y rechaza la crueldad. También por estética, ya que no hay nada de peor gusto que disfrutar causando dolor porque sí. Ahora bien, maltratar a un animal quiere decir tratarlo como no corresponde a su condición: lidiar en la plaza a una oveja, comernos al gato que nos acompaña o intentar obtener leche de las ratas. No hay maltrato en utilizar a ciertos animales de acuerdo con el fin para el que han sido criados e incluso “diseñados” por nosotros: proporcionarnos alimento, prestarnos su fuerza o fascinarnos con la bravura que ponen al luchar. Es cierto que la masificación industrial hace la vida productiva de cerdos o gallinas mucho más incómoda de lo que pudiera ser…: algo que también padecen millones de humanos por motivos parecidos. En ese sentido, los que tienen mejor suerte son los toros bravos y los caballos de carreras porque pertenecer al mundo del espectáculo siempre tiene algo de aristocracia, y sus existencias compensan ocasionales penalidades con grandes privilegios. Por lo demás, entre los hombres hay humanistas, pero entre los animales no hay “animalistas”: sigamos su ejemplo. | |||
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Juro que lo escribió Mario Benedetti. Tenía diecisiete años y una confusión tremenda: ¿era necesaria la lucha armada? Mis compañeros decían que sí. Y yo no tenía argumentos para decirles que no, salvo unos que debía callar: quería ser escritor, odiaba la violencia y quería casarme con una muchacha de gafitas y mochila arhuaca. En esos dilemas andaba cuando cayó en mis manos una revista Casa de las Américas, de Cuba, con un ensayo de Mario Benedetti. Palabras más, palabras menos, el bardo uruguayo concluía que un escritor auténtico tenía que empuñar las armas. Qué dilema me dejó el autor de La tregua y Montevideanos. Y una gran culpa pequeñoburguesa. Como soy colombiano desconfiado, alcancé a pensar: “Tú primero, Mario”. Por supuesto, Mario nunca empuñó las armas, nunca dio el ejemplo. Tampoco, como tantos apologistas de la violencia revolucionaria de esa época, se convirtió en un defensor del sistema. No. Hizo algo peor: se volvió un poeta cursi. Un poeta cursi para enamorar con versos cursis a mi chica de gafitas y mochila arhuaca. Nunca he podido perdonarle al jodido Mario Benedetti semejante engaño. Vivir para ver: miles de muchachas con gafitas y mochila arhuaca terminaron suspirando en las terrazas de los centros comerciales “capitalistas” con el meloso Mi táctica es/ mirarte/ aprender como sos/ quererte como sos, mientras a nosotros había tratado de convencernos de morir en el monte como el idiota útil de Camilo. Su verdadera táctica era otra. Los centros comerciales empezaron a crecer y a multiplicarse, y los libros de poesía de Mario Benedetti se vendían como pan caliente en las librerías de los centros comerciales. Pasó el tiempo y ya no lo compraban las muchachas de gafitas y mochila arhuaca, sino sus hijas con lentes de contacto y peinado Alf. Compraban los innumerables libros de poesía de Mario Benedetti —cuando pienso en el infinito, pienso en sus libros de poesía— y sentían nostalgia de cuando su mamá tuvo compromiso social. Después de todo/ usté es el palo/ mayor de un barco/ que se va a pique/ seré curioso/ señor ministro/ de qué se ríe/ de qué se ríe. El que se reía era Mario Benedetti cobrando 10.000 dólares por recital y vendiéndole una poesía bobalicona a la clase media. A ellas y a ellos, quiero ser justo: no solo ellas —las muchachas de lentes de contacto y peinado Alf— compraban los libros de Mario Benedetti. Ellos —los muchachos de peinado Cerati y camisa afuera del pantalón— también los compraban para conquistarlas a ellas. Su dilema más grande era decidir qué libro de Mario Benedetti regalarles. No le perdono a Mario Benedetti su impunidad. Uno no puede titular un poema “Yesterday y mañana” y no haber ido a la cárcel. O a las cárceles: primero en Estados Unidos y luego en Colombia. ¿Qué tal que a cualquier poeta suramericano le hubiera dado por titular de esa manera un poema? Mínimo cuarenta años de prisión, sin rebaja de pena. O qué tal, en esa misma línea bilingüe, When you are smiling/ ocurre que tu sonrisa es la sobreviviente. Cadena perpetua. De lo que se salvó. Mientras más conozco la poesía, más odio la poesía de Mario Benedetti. La poesía no es escribir frases “hacia abajo” y Mario Benedetti lo hizo. La poesía no es la obviedad y Mario Benedetti no conoció nada distinto. La poesía comienza cuando aquellas muchachas de gafitas y mochila arhuaca olvidan por fin a Mario Benedetti y sienten de verdad el consuelo de las palabras ante “el ultraje de los años”. | |||
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Paso páginas de un periódico deportivo y algo llama mi atención. Es 14 de agosto y leo que Piqué ha acudido a un “auténtico rodeo americano” con Shakira. Me pregunto: ¿un rodeo?, ¿qué rodeos querrá dar nuestro Tim McGraw? Estoy en una terraza delante del mar de Benicàssim. Por encima de las sombrillas y las curvas bronceadas, pienso: “Piqué a un auténtico rodeo americano… ¡Toma ya! Nuestro central más en forma de rodeo, ¡me parto!…”. Me llega el café y le digo al camarero: “Ou yeah!”. Ya habíamos visto al buen Gerard acompañando a Shakira en un parking de Miami, en el escenario del Estadio Olímpico de Barcelona, en una suite del Villa d’Este del Lago de Como, contra el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén…, pero en un rodeo es lo más, ¿de qué va la barranquillera?… ¡Al final nos lo va a lesionar de la cadera!… Si Gerard sobrevive a un rodeo, ya puedes ir con ella al Andino a pasar el sábado. Hay cosas que los catalanes no llegamos a comprender. ¿Por qué no invita a Shakira a Camprodón, pasean de la mano por el Passeig Maristany, se besan en los rincones oscuros del puente románico y comen una escalivada y pa amb tomàquet con butifarra blanca, aunque tengan que ir disfrazados? Sabemos que el amor es cosa de tres, pero en este caso se rompe la estadística. Los dos nacieron el mismo día, un dos del dos. Esta es una pareja con magia. La pregunta es: ¿tendrán gemelos? Parece que existe feeling y los dos salen beneficiados: según Personality Media, desde que sale con Shakira, Piqué levanta todavía más pasiones en las féminas. Y desde que salen juntos, Shakira se ha hecho del Barça, lo cual indica lucidez de pensamiento. Todo enamoramiento excita la imaginación, implica la idealización de la otra persona y lo que ella hace, sus aficiones, su forma de vestir, su verbo y, cómo no, sus caderas: son de otro planeta, inmejorables. No hay duda de que un rodeo es adrenalínico. Y la adrenalina, culpable de sudores y estremecimientos, es una sustancia que proviene de la excitación. En la Universidad de Saint Andrews (Escocia) han descubierto que en la sociedad occidental, la atracción hacia el otro es una variedad del narcisismo. Lo que demuestra que las personas que más nos gustan son las que más se parecen a nosotros. En ese sentido, Piqué y Shakira no fallan. Cada vez se parecen más el uno al otro. Hasta hace dos días, Shakira estaba en blanco (simpatizaba con el Real Madrid) y no sabía quién era Messi. Ahora es la fan número uno del equipo de Guardiola: ¡cómo salta en el palco del Camp Nou cuando marca Xavi! ¡Si casi baila el “Waka Waka”! Y es que como dice el matemático John Gottman: “Ser complementario es una decisión que hay que tomar en cada momento”. Piqué gana la Champions y lo primero que hace es ir al concierto de Shakira. Saldan deudas íntimas en el camerino de la súper pop star y sale al escenario, de manera que uno no sabe quién da el concierto. Hace tres años, Piqué no bailaba ni cuando Dani Alves se marcaba una samba en el córner. Hasta bailando la “Sardana Team” tropezaba. Y ahora baila cumbia, mapalé, repiquetón y hasta la sintonía de Caracol Radio. Una vez más tenemos que darle la razón al maestro Jung: “El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: se produce alguna reacción, ambas se transforman”. En tres palabras: simbiosis al poder. Pero me temo que falta una demostración. Mientras sigamos con esta dinámica, veo a Piqué sentenciar que la ama más que al Barça y, en su camiseta, por encima del 3, borrar la P, la I, la Q, la U y la É, para, de una vez por todas, imprimir “SHAKIRO”, y desquiciarnos del todo. Termino el café y, mientras entro en el mar, me da por recordar aquella máxima de Sacha Guitry: “Si la mujer fuese buena, Dios tendría una…”. Ya nadando, más relajado, pienso: “En fin, que siga la química, que viva el amor y visca el Barça”. Y que Piqué y Shakira sigan bailando muchos años, porque un rodeo bien puede conducir al éxtasis. | |||
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Antes de que comencemos a rasgarnos las vestiduras, desconsolados por este blasfemo artículo; antes de que me busquen para romperme las piernas con sus iPads o descarguen la aplicación iVoodoo para torturarme con alfileres; antes de todo eso, quisiera que nos preguntáramos: ¿nuestra indignación sería la misma si Steve Jobs gozara de buena salud? Yo caí en la trampa del sinuoso homenaje al renacentista del nuevo milenio, al Thomas Alva Edison de nuestros días. Leí, conmovido, el discurso que Steve pronunció en la universidad de Stanford, último capítulo antes de la cancelación definitiva de su show: un show en el que solo él fue protagonista. Ese personaje que construyó siendo el adolescente rebelde, demasiado cool para ir a la universidad; el que viaja a la India para buscar iluminación; el huérfano que se convierte en multimillonario; el que vive su etapa de playboy, de padre abnegado y marido ejemplar; el que decide curarse el cáncer con una dieta estricta de zanahorias (el resultado quedó expuesto en su funeral). Steve reflejó todos los vicios de nuestra sociedad. Por más que queramos verlo como un Da Vinci, hay que aceptar que, a lo sumo, llegó a mecenas. Fue un Lorenzo de’ Medici cuyo mérito fue ser asquerosamente rico, y sus únicos talentos se redujeron a escoger las buenas ideas de los demás y apropiarse del crédito, ser perspicaz para la mercadotecnia y demostrar una carencia absoluta de escrúpulos. En su lecho de muerte tampoco cambió. Se calcula que Apple Inc. tiene, en su propia Área 51, la tecnología que estaremos pagando (de más) durante los próximos quince años, pero esta será liberada a cuenta gotas para que tengamos que cambiar más a menudo de teléfono que de bombillos. A punto de morirse, Jobs lanzó al mercado el iPhone 4S: la misma mierda, pero con una S. No podía presentar algo verdaderamente innovador, pues el buen Steve quería ser el muerto más rico del cementerio. Lo veneramos más que a todos los premios nobel de medicina juntos. Claro, no es para menos: él es el padre de aplicaciones para producir ruidos molestos; etiquetarse y encontrar gays en el barrio; simular mensajes de texto provenientes de famosos (Megan Fox: “Anoche me fui porque la vi demasiado grande y me dio miedo”). Además, Jobs motivó la creación de un traductor perro-inglés y del célebre iConfesionario. Tenemos una forma extraña de comprender el mérito. Menciono solo un par de ejemplos. Dos días después de la muerte de Jobs, falleció el científico Dennis Ritchie —creador del lenguaje de programación C y de Unix—, sin cuyos aportes jamás podríamos haber tenido Macs ni Windows ni Internet ni el video de Pamela Alfaro que circuló en la Red. Tristemente, la imagen de Ritchie no era sexy; era un hombre decente y trabajador que dedicó su vida a hacer cosas que los demás no podían (en cuenta Jobs). Murió como usualmente mueren los genios de la computación: en el olvido y sin haber visto en su vida a más de dos mujeres desnudas. Steve conoció a Woz en la universidad. Al tipo, un radioaficionado con problemas de socialización, se le había metido entre ceja y ceja la idea de diseñar una computadora para el hogar. Por eso se asoció con Jobs, estableciendo el siguiente acuerdo: Steve vendería los equipos y él los fabricaría. Al poco tiempo, Apple era una exitosa realidad. El vínculo entre Jobs y Woz quedaría deteriorado para siempre cuando el bueno de Steve repartió las ganancias: $350 para ti, $4650 para mí. Aun así, Woz desarrolló proyectos en múltiples mercados y hoy es considerado un ejemplo en el mundo de la filantropía, al igual que otro personaje que se suele relacionar con Jobs: Bill Gates. Gates ha donado veintiocho billones de dólares a causas benéficas; es decir, veintiocho billones más que Steve. Jobs dice que no apoya la caridad porque los fondos recaudados no llegan a las manos debidas y se quedan en las de personas codiciosas. Sí, Steve, personas codiciosas, gente que ha contribuido a hacer este mundo más consumista e injusto: personas como usted. | |||
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UNO. Recuérdenla, no la olviden nunca: aquella canción de Roberto Carlos. Esa en la que el brasileño trinaba eso de “Yo quiero tener un millón de amigos…” y eso otro de “Pero no quiero cantar solito, yo quiero un coro de pajaritos…”. Bueno, tantos años más tarde —pero no demasiados—, a Roberto Carlos y a millones de amigos a lo largo y ancho de Facebook, Twitter, Formspring, Tuenti y siguen las firmas, se les ha cumplido el deseo. Pío-pío. Twit-Twit. DOS. Porque —sépanlo también— cada vez hay más gente suelta, millones de enredados a lo largo y ancho de la telaraña de ese otro mundo que está en este, convencidos de que tienen cada vez más amigos; aunque a esos amigos les mientan sin cesar y no vayan a conocerlos nunca por su nombre y aspecto verdadero. TRES. Vivimos tiempos extraños. Lo que alguna vez pertenecía al terreno de los futuristas y de la ciencia ficción ahora es el presente no ficción, pero cada vez más científico en que vivimos. Es un presente raro, porque cómo es posible que los teléfonos hayan evolucionado tanto, y poco y nada los aviones de pasajeros. Y que las computadoras —alguna vez símbolo de poder, sabiduría o genio loco— ahora sean algo así como celestinas mecánicas. Sí, manejamos tecnologías sofisticadísimas, hemos caído rendidos ante la hedónica tiranía del envase, sin preocuparnos demasiado por la democracia de los contenidos, y nos hemos lanzado a una suerte de pacífica pero agresiva carrera armamentística en la que la gente hace cola durante toda la noche para recibir primero y temprano la nueva dosis/modelo de iPad. Después, las puertas se abren, se paga caro y se sale dando gritos frente a las cámaras de noticieros que cubren el nuevo alumbramiento como si fuera la primicia de que se ha descubierto una cura para todos los males del universo. Pero no: lo que se ha descubierto es una nueva cepa de la misma enfermedad de siempre: el miedo (real) a estar solo y el alivio (falso) de sentirse parte de una secta de privilegiados. CUATRO. Hace dos eneros, festejé el que la emisión en vivo y en directo de Steve Jobs presentando su iPad fuera interrumpida —al menos por unos segundos— por la mala nueva de la muerte de J. D. Salinger. Me pareció un acto de justicia poética. Una breve victoria de laliteratura y de alguien que escribió pocos/suficientes/inmortales libros por encima del efímero y casi inmediatamente desactualizado artefacto capaz de almacenar miles de títulos que jamás se leerán. Porque, claro, ¿quién va a tener tiempo para leer vastas novelas decimonónicas cuando hay que estar chequeando y contestando y reportando a tantos amigos ansiosos por saber qué comimos y cuál fue la posterior consistencia y tonalidad de la materia fecal resultante de ese almuerzo? Buen provecho y a modo de infusión digestiva: a la hora de la verdad, me temo que a nadie le importa nada y no es lo mismo estar que ser. CINCO. Y salir para entrar, ir para volver, juntarse para aislarse. Y está muy mal eso de no conversar con los demás comensales —con los amigos de carne y hueso— para pulsar la pantalla cada dos minutos y ver qué hay de nuevo, qué ha sucedido tan cerca y tan lejos, en ninguna parte. SEIS. Me pasó hace poco: fui a comer con alguien que apenas me dirigió palabra y mirada. Estaba en lo suyo: siendo comido crudo y masticado vivo por la cada vez más famélicamente hambrienta vida social ahí dentro, en esa cajita de Pandora rebosante de rumores y humores. Contradiciendo a Sartre, el infierno no son los otros. El infierno es esa persona a la que creíamos conocer y que ahora es un zombi que ya no puede estar con uno y sin los otros. Alguien que ya ni siquiera puede lanzar un SOS por estar demasiado ocupado hundiéndose y naufragando entre tanto SMS. Y mejor, por las dudas, ni pensar en cómo funcionarán —si es que funcionan— el romanticismo y la seducción y el amor y la pasión en la Era del Pulgar Erecto y Erógeno. Nota para amnésicos o recién llegados: hubo un tiempo en que uno se comunicaba con la persona deseada a través de algo llamado boca. Ese lugar del que brota la voz y al que penetran los besos. Y —en autos, metros, trenes, barcos, bares y plazas— se escribe y se lee más que nunca. El problema es que lo que se lee no son novelas y lo que se escribe no son cuentos. SIETE. Esto no quiere decir que el tema no me resulte interesante. Y que no aprecie su utilidad y virtudes a la hora de difundir información sensible o generar movidas sociopolíticas (atención: no me refiero aquí a saqueos o megafiestas alcohólicas; tampoco me parece bien que Facebook sea el próximo blanco de Anonymous Inc., pero no puedo dejar de preguntarme adónde irá a parar y qué uso se acabará dando a toda esa información alguna vez privada y ahora exhibicionista flotando en el ciberespacio). He leído con atención The Facebook Effect, de David Kirkpatrick; The Accidental Billionaires, de Ben Mezrich, y el celebratorio, a pesar de su título, Help! I’m a Facebookaholic, de Tanya Cooke. He disfrutado con el film The Social Network, de David Fincher. Y hasta he intentado convencerme de que, detrás de ese ser con cara de pocas luces llamado Mark Zuckerberg, hay un genio iluminado. Pero el mío es un interés producto de cierta inquietud bordeando con el temor. Probablemente, lo mejor reflexionado sobre todo el asunto sea The Shallows, de Nicholas Carr. Allí —el libro ha sido traducido al español como Superficiales y editado por Taurus— se nos advierte no de lo que ocurrirá de seguir así, sino de lo que ya está ocurriendo: vamos perdiendo capacidad para trazar el pensamiento lineal y músculo para hacer memoria (porque para recordarnos todo está Google), funcionamos cada vez más como en un frenético pinball de links, nos cuesta concentrarnos por más de una o dos páginas, resulta difícil terminar una idea sin comenzar otra, vamos convirtiéndonos en el fantasma de nuestra propia máquina y, ante la ausencia al menos evidente de vida inteligente en otros planetas, mutamos con prisa y sin pausa transformándonos en nuestros propios aliens, en alienados domésticos. OCHO. Y, de acuerdo, la fascinación por la comunicación constante, por la velocidad de la luz, por el plasma que pasma…; pero hay muchos días en los que yo extraño cierta lentitud y el saber que todo el saber no estaba en un solo sitio a segundos de distancia. Extraño esa felicidad de buscar algo y de encontrarlo yo solo y por las mías. Extraño encontrarme con un amigo —un amigo de verdad— y demorar varias horas en ponernos al día. Y extraño sentirme inaccesible, incomunicado, soñando, solo. NUEVE. Extraño, también, cierto sentido del honor y de la ley. Internet es, por ahora, como el Far-West sin justicieros, pero con demasiados forajidos. No hay ley allí, y mi relación con ella no ha sido muy buena: me han puesto en Facebook para hablar de lo que escribo (no tengo problemas con eso), pero también alguien se ha hecho pasar por mí en un blog y alguien se hace pasar por mí en Twitter. Y parece que eso es gracioso y democrático. El que eso mismo sea delito penado en papel o en persona parece no molestarle a nadie. Pero son pequeñeces. Lo que a mí más me perturba es un asunto de fondo: durante décadas se consideró como tormento el tener que someterse al visionado de fotos o diapositivas de vacaciones y bautizos y cumpleaños y bodas ajenas. Ahora, parece, no hay nada más apasionante que estar emitiendo datos privados sin parar, hasta que la muerte nos separe. El fin de lo privado y de la intimidad. Un reality-show en constante emisión que cabe en el bolsillo y donde todos son pequeños Gran Hermanos, y la fama que no dura quince minutos, sino constantemente renovables ciento cuarenta caracteres. En algún lugar, estoy seguro, Andy Warhol está sonriendo. Mucho más que la Gioconda. DIEZ. La semana pasada vi en la televisión (aquella caja boba que, en comparación con los contenidos de las redes sociales, parece ahora inteligentísima) una publicidad de Entel de Chile, en la que a un usuario, de pronto, se le aparecían en su casa los más de seiscientos amigos de su red social. Todos juntos. Llamaban a su puerta e iban pasando de uno en uno a su sala. Y entraban y entraban y no dejaban de entrar. Como en aquel camarote de comedia operística y nocturna de los hermanos Marx. Y el tipo —un chico joven— primero se mostraba desconcertado, pero, enseguida, tan pero tan feliz. Pobre imbécil. | |||