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Los diez mandamientos
- Por Revista SoHo
- Publicado 12/13/2011
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◄◄ Rew Eso ocurrió el 22 de marzo del 2003; después pasaron muchas cosas y corrió bastante sangre (algo de la propia y mucha de la ajena). Le metieron un balazo en el pecho y se desató un tiroteo del carajo. Llegó la Policía; los compas que estaban en el asalto se esfumaron y a él se le acabaron las balas. Corrió embotado por la adrenalina; trató de secuestrar un auto; se metió en un supermercado; embarró de sangre a una muchacha que lo ayudó y, al final, cayó exhausto a cien metros de una patrulla. Después lo apresaron, lo curaron y le metieron cuarenta años de cárcel. Play ►► Habla sin esfuerzo, con fluidez, en un tono de voz profundo y la única condición que pone para contar su historia es que no mencione su nombre ni fotografíe su cara. Acepto. “Yo estoy acá por dos homicidios calificados y un asalto a un camión blindado. Fue aquí en Alajuela.Me metieron cuarenta años, qué feo, ¿verdad? Vea — dice levantándose la camiseta, como para romper el hielo, mientras me muestra la intrincada cartografía de cicatrices que le surcan el tórax—, por acá me entró el balazo. Esta otra cicatriz es de una operación, porque se me infectó la herida; esta es una puñalada; y esta, otra puñalada. Quien me disparó fue uno de los custodios del camión, que llevaba cuarenta y siete millones de colones… Estaba bonito”. Stop ▼ Creció en un barrio duro, en Purral, uno de esos lugares donde las piedras no se arrancan de las canteras sino del bolsillo de algún compa que ejerce el oficio de dealer para calmar los nervios y el vicio. Aprendió a robar cuando todavía era un mocoso; primero para comprarse drogas y después para no trabajar. “Cuando yo empecé a asaltar a mí me daba miedo… Andaba con unos amigos y unas vecinas, y las carajillas eran las más valientes. Le decían a uno: ‘A ese, a ese’… Si la presa era alguien que yo veía muy fuerte, sentía más miedo, porque a mí me tocaba pegarle el candado… Entonces, decía: ‘No, a este no, a este no’. Así me los iba rodando hasta que aparecía alguien bien seguro, alguien que realmente era facilito para agarrarlo. ”Después conocí a un compa, que ahora anda preso por aquí; un compa que ahora se cayó por un homicidio estúpido. ‘Mae, no hay que complicarse la vida’, me decía. Él me enseñó a usar una llave de rana amarrada al brazo y tapada con una sueta. Así, cuando uno va a asaltar a alguien, nada más le pega un “llavazo” en la jupa, y ya con solo eso la presa queda totalmente neutralizada, al estilo Picapiedra. —Suelta una risa espontánea, como de quien recuerda una travesura infantil—. Eso sí, cero sutileza… Yo, que desde carajillo he sido matón y ventajista, adopté la técnica enseguida. Así me largué a asaltar hasta solo… Ya escogía la presa y le pegaba un varillazo. Tal vez una parejilla, que son las mejores, aunque usted no lo crea, porque ni el mae corre, para no dejarla botada a ella, ni ella corre… Entonces, son presas que se quedan neutralizadas”. ◄◄ Rew “Antes de que pasara lo del camión, yo ya había matado”, me dice y confirma que la matanza del blindado fue el desenlace natural para un estilo de vida totalmente salvaje: el puerto previsible para un barco que había navegado fuera de control durante años. “Cuando tenía como quince años, a mi urbanización llegó a vivir un paisa, de esos que se emborrachan y se les suben los huevos. Borracho, al hombre le gustaba nalguear a las mujeres y ya había violado a la tía de una amiga. En ese tiempo, yo tenía una novia y un día me la topé llorando. Yo andaba con un compa, en un carro que me habían prestado para dar vueltas por el barrio y que en la guantera tenía una calibre 357. ”Cuando mi novia me cuenta que el paisa la había perseguido y la había querido violar. Le dije al mae que andaba conmigo: ‘Si lo veo, lo mato’. —Y se dio que me lo encontré en una parada de bus… Me bajé, le pegué unos cachazos y lo monté al carro. Pasé a recoger a otros compas, lo llevamos a Rancho Redondo y ahí le hicimos lo que tuvimos que hacerle. ”Yo no quería matarlo, solo lo quería asustar; pero, cuando lo estábamos torturando y pateando, uno de los compas le sacó la femoral con un puñal… No queríamos matarlo, pero con el corte hasta que salió la manguerilla de la vena a chorro parado… Ahí yo dije: ‘No, de todos modos este mae se va a morir. Ya nos jalamos una torta’. El hombre se desangró. Lo quemamos ahí mismo con gasolina y unas ramas”. Ese primer muerto le salió a precio de costo. El alma del paisa la cargaron a su nombre después de que la Policía encontró unas gotas de sangre en la alfombra del carro. Al final solo le dieron tres años. La sentencia la tenía que cumplir en un centro de reclusión para menores de edad que regentaba un sacerdote italiano cerca de San Vito de Coto Brus, pero se fugó al año y medio de estar encerrado. Después de esa fuga, se vino para San José. Robando y pidiendo ride, regresó al barrio. “Le pedí ayuda a un tío mío que vivía allá, pero me dejó botado. Él sabía que yo andaba mal. En esa época, me gustaba mucho tomar pastillas; me gustaba mucho la clona (pastillas de clonazepam) y ya uno clonado… Al final, la paca no me molestó más, solo iba a firmar. Me dejaron tranquilo porque me portaba bien. Bueno, en realidad, seguí delinquiendo, pero cuidándome de que no me pescaran”. ”Con una chusma del barrio que tenía motos, nos veníamos armados para Alajuela. Ahí nos comprábamos un litro de guaro y después asaltábamos todas las licoreras, bares y negocios que veíamos hasta Guadalupe… Nos metíamos en los locales con todo y moto, y al final terminábamos con seis o siete tejas para cada uno, y a seguir la fiesta. No crea, se hace loco”. Stop ▼ A la hora de las armas, este gourmet del plomo no duda en apostar por la contundencia y el volumen. Escoge los sabores originales y pasa de las armas limadas y otros delicatessen del ambiente. “Si uno conoce a las personas indicadas, consigue las armas que quiere. Uno pregunta y rapidito,rapidito consigue. A mí no me gusta que el arma esté limada, porque pierde dirección y se vuelve imprecisa. Al limarlas, les borran las estrías del cañón, que son las que le dan la dirección a la bala. Yo hice un curso de guardaespaldas y me gusta practicar tiro. Soy de esas personas que cree que uno tiene que saber en lo que anda. Si voy a andar robando, tengo que saber tirar; si no, mejor no robo…”. Indudablemente, el tema de los fierros lo pone nostálgico. Habla con más entusiasmo de la Glock calibre 45 que de aquella novia por quien cometió su primer homicidio. “Mi arma preferida es la Glock 45; me gusta mucho… También me gusta la Pietro Beretta 9 mm, pero más la Glock 45… Es que tiene un impacto más grande y es un arma muy segura y confiable que no se encasquilla nunca. Yo he tirado cuarenta y cinco tiros seguidos con una Glock, como si nada… Al final, nada más la mete uno en un balde de agua y hasta que se siente el psshhhhh cuando se enfría, pero ella no se encasquilla ni un solo tiro… El caño se calienta, pero no se tuerce, como otras…” ◄◄ Rew
Tal vez por eso el tipo que organizaba el robo (un hombre que no cayó preso y que, según él, después lo vendió ante la Fiscalía) le pidió que dejara su chaleco blindado en casa y que viajara limpio, sin armas, porque ese día había partido en el Morera Soto y no se podían arriesgar a caer en algún retén policial. Dice también que no recuerda bien lo que pasó ese día, que lo que tiene son como fotos sueltas en la cabeza. “Ese blindado tenía un sistema de bóveda externa. Cuando ellos salieran del súper, tenían que avisar por radio para que el chofer abriera la bóveda y así pudieran meter la plata que habían recogido en el negocio. Nosotros queríamos aprovechar porque ese es el único momento vulnerable del blindado. Cada uno de nosotros tenía que neutralizar a un custodio, yo le hice un candado al que me tocaba, pero uno de los compas, que tenía que neutralizar al otro custodio, no lo hizo. Nosotros contábamos con que los guardas tienen orden de no disparar en la vía pública, y menos frente a un súper lleno de gente, pero resultó que los maes andaban estresados, y uno de ellos me pegó un balazo.
”Sinceramente, no le puedo decir que quise hacer todo eso: fue algo como un impulso. Es que usted queda hasta sordo con las detonaciones... ”Después, el que me había disparado se metiódebajo del blindado, pero yo lo agarré de un pie. Empecé a jalarlo y a gritarle: ‘¡ves lo que hiciste!’. Y en eso llegó la patrulla y todo el mundo empezó a volar bala. Ahí fue cuando me atrincheré y levanté de la camisa al custodio herido. Hubo un poco de disparos y yo también disparé. Y ahí quedó el hombre, con un tiro en la cabeza. ”Ya la bronca estaba hecha. Cuando vi a los dos custodios en el suelo, pensé: ‘Aquí me tienen que matar, porque yo no me voy a entregar’”. El ride de la adrenalina terminó de esfumarse cuando el juicio llegó al final. Ahí las palabras superaron la potencia de una Glock, el vértigo entró en punto muerto y la mente se le tiznó de cenizas. “Cuando a mí me leyeron la sentencia, no sé qué sentí. Sentí ganas de llorar, de gritar o de hacerme el que no escuchó nada. Es que cuando te dicen cuarenta años de prisión…”. Play ►► Todavía no sabe bien si se arrepiente de las muertes que provocó. El arrepentimiento se le mezcla, en una sola frase, con el miedo a sentir dolor físico y a tener que partir hacia ese lugar incierto y desconocido llamado muerte. “He sentido arrepentimiento cuando la he pasado muy mal, cuando he extrañado a mi familia o a la calle la vida que tenía en la calle. Véame donde estoy ahora: en una cloaca… Sinceramente, no he sentido remordimiento por las muertes en sí… Bueno, sí lo he sentido y le he pedido perdón a diosito, no puedo negar eso… Fue cuando estuve muy mal y pensé que me iba a morir. ”Pasé dos años con una infección de pared abdominal. Tiraba pus las veinticuatro horas del día: ahí sí le pedí perdón a Dios. Ahora, con el tiempo que pasó, ya no sabría decirle qué siento. No recuerdo las caras de esos muertos; si me enseñan una foto, no los reconozco”. Stop ▼ Play ►►
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”Ahí fue que reaccioné sin pensar. Me di vuelta y le disparé dos veces. Le pegué en la espalda porque el tipo se había dado vuelta y después agarré al otro, al que tenía prensado con el candado, le puse el arma en la nuca y le disparé dos veces.
Ahora tiene treinta años, está terminando el colegio en la prisión y montó un negocio en el que vende cigarros y presta dinero a sus compañeros de pabellón. Según los registros del sistema penitenciario, su condena expira en el 2042, pero él asegura que logrará salir en el 2016, por buena conducta y otros méritos carcelarios. Después quien sabe. Después, es una incógnita que dependerá de cómo lo reciba la calle; y la calle se sabe, es un lugar salvaje donde hay tantas posibilidades de ganarse la vida como de perderla.