Mientras el vaticano declara que no reciclar también es pecado, en SoHo fuimos a reinvindicar los 10 mandamientos originales. Esta es la primera parte de un especial basado en las leyes de Dios.
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Mientras el vaticano declara que no reciclar también es pecado, en SoHo fuimos a reinvindicar los 10 mandamientos originales. Esta es la primera parte de un especial basado en las leyes de Dios. |
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Por Fernando Quiroz |
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Ahora me da risa, pero en su momento fue una escena de terror: un tipo de unos cuarenta años, a quien habían elegido como mi director espiritual, me llevó a su pequeño despacho, cerró la puerta, se sentó frente a mí, sacó de un cajón de su escritorio una bolsa de papel, la apoyó sobre sus piernas, hizo cara de iluminado, y con un tono apocalíptico me lo dijo: “En la obra nos mortificamos por los pecados propios y los pecados de los demás”. El hombre se tomó su tiempo para sacar de la bolsa una especie de collar de perro adornado con centenares de delgadas puyas. Me lo entregó, se puso de pie para explicarlo con mímica, y me dictó una de las normas que debía seguir en adelante, hasta que la muerte marcara mi tránsito hacia el cielo: “Lo usamos dos horas al día, en el muslo, lo más apretado posible”. Mi cara de pánico lo dijo todo. Ni siquiera tuve palabras para agradecerle que me estuviera haciendo partícipe de uno de los secretos de la congregación. Me levanté, fui al baño, me bajé los pantalones y me puse el cilicio por primera vez. Dolía. Por supuesto que dolía. Salí de allí cojeando y entré a la capilla para ofrecerle mi dolor a monseñor Escrivá. Cuando me arrodillé, la tensión de los músculos hizo que las puyas me hirieran con más fuerza. Cuando me senté, la madera oprimió el collar de castigo contra la piel. Tenía quince años y era, además de virgen, no más que un niño ingenuo al que apenas se le empezaba a dibujar la sombra del bozo. La escena ocurrió en uno de los cuarteles del Opus Dei, disfrazado con un aviso de club juvenil junto a la puerta, exactamente en el lugar donde hoy está ubicado el restaurante El Salto del Ángel. Había llegado hasta allí invitado por un amigo de cuyo nombre no quiero acordarme, luego de cuatro o cinco jornadas de fútbol. Estudiaba en el Gimnasio de los Cerros, una de las quinientas instituciones educativas en las que los seguidores de Escrivá practican la pesca, y a este compañero de pupitre le habían anotado mi nombre en una lista para que empezara a trabajarme. Se me estaba volviendo una buena costumbre de sábado ponerme los guayos, cuando el amigo me propuso acompañarlo a una charla al final del partido. La historia empezó a repetirse, y a las charlas les fueron sumando meditaciones, ratos de oración y misas cantadas, en dosis controladas pero efectivas, suministradas con tacto y con paciencia. Disimuladas en medio de un paseo de vez en cuando, un asado de domingo, una tarde de guitarra y una que otra cerveza. Era cuestión de seguir al pie de la letra el manual de funcionamiento que había diseñado un cura español de nombre José María Escriba Albás, que en aras de sonar más interesante y de más alcurnia lo había modificado por el de Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, y, según dicen, había comprado el título nobiliario de Marqués de Peralta. Un cura amigo de Francisco Franco que logró imponer doce de los diecinueve ministros del Generalísimo en uno de los momentos más temidos de la dictadura. Un cura fallecido en 1975, beatificado en 1992 y canonizado en 2002, en uno de los procesos más acelerados y polémicos de la historia del catolicismo. Un cura al que terminé creyéndole que “el matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo”, y al que terminé llamando Nuestro Padre. Nuestro Padre, porque todos éramos hermanos. Por cierto, solo hermanos: no había mujeres en aquel cuartel, y no me lo pregunté a tiempo: porque hay muchas cosas que uno no se preguntaba, en ese entonces, a los quince años. Y cuando me lo pregunté ya había renunciado a los placeres de la carne, porque también me había creído otro cuento del cura de Barbastro: que la abstinencia es superior al matrimonio. Y no sabía que el cilicio cumple funciones de inhibidor sexual. O mejor, que en cierta medida calma el instinto, porque el dolor y el placer se tocan, y en ocasiones se parecen, y para muchos —Marqués de Sade, Marqués de Peralta— van de la mano. Las mujeres van a otros cuarteles, en los que solo hay hermanas. Y deben mantener la cabeza agachada, porque son mujeres. Y usan faldas largas todos los días de su vida para que jamás revelen las formas de su cuerpo. Y no visitan al ginecólogo para evitar las tentaciones. Y no duermen sobre el colchón, sino encima de una tabla, porque Nuestro Padre pensaba que “sus pasiones requieren más disciplina”. Y él las quería prudentes: “Ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas”. Las únicas mujeres que vi en esa casa entraban por la puerta de atrás, casi a escondidas. Si por mala casualidad uno coincidía con ellas en la esquina, había que seguir de largo y darle la vuelta a la manzana mientras ingresaban. Tenían horarios precisos para arreglar la casa y brillar los altares: si estaban en el segundo piso, atravesaban una silla en las escaleras para que ninguno de los hombres subiera. Si estaban en el de abajo, todos debíamos esperar arriba. Cuando iban a pasar de uno al otro, tocaban un timbre de advertencia y nos escondíamos en un cuarto, a puerta cerrada. Cuando preparaban la comida, la hacían pasar por un torno que comunicaba la cocina con el comedor, para que jamás tuviéramos que verles la cara. Para mantener a raya al demonio. Son las auxiliares del hogar. San Josemaría las convenció de que alcanzarían la santidad si dedicaban su vida a servirles con abnegación a los demás miembros del Opus Dei. Pertenecen al estrato más bajo de una congregación en la que hace falta algo de clase y algo de dinero para llegar al cielo de Nuestro Padre. No en vano, los numerarios —los que han optado por el celibato y viven en las lujosas mansiones de la secta— les entregan cada mes el cheque del sueldo a sus superiores, y a los cinco años firman un testamento a nombre de la organización. Es un momento de júbilo que se conoce como la fidelidad. Yo no alcancé a dejarle mi testamento a esta “mafia de guante blanco”, como es conocida entre algunos de sus críticos. Lo siento: mis ahorros no ayudaron a financiar la compra de ninguna de las doce productoras de cine y televisión que tiene el Opus, ni una sola de las 38 agencias de noticias que controla en el mundo. Tampoco les ayudó a levantar suspalacetes, como el de 17 pisos que construyeron en el corazón de Manhattan con una inversión de 70 millones de dólares. Lo siento: no alcancé a entregarles cheque alguno, porque ni siquiera había salido del colegio cuando desperté, a las malas, de ese infierno al que me llevaron engañado con la ayuda de algunos de mis propios maestros. Maestros como el que un día encontró en la cartelera del salón una fotografía hermosa de Kim Basinger y nos preguntó, mientras la arrancaba indignado, si acaso teníamos un pene en el cerebro. Unos meses después de haber aceptado no solo ingresar a la congregación, sino además mantenerlo en secreto incluso frente a mis padres —no en vano los han demandado muchas veces por meterse con menores de edad—, comprendí que aquel profesor al que le habían prohibido hablarnos por ejemplo de García Márquez, porque lo consideraban inmoral, tenía razón: yo tenía un pene en el cerebro. Creo que todos los hombres lo tenemos... incluso los que tratan de ignorarlo con heridas en el muslo y golpes en la espalda.
Pero lo comprendí tarde: ya estaba metido de cabeza en una secta, sin saber lo que era una secta. Ya me había acostumbrado a besar el suelo al despertarme, a bañarme con agua fría, a hacer oración media hora por la mañana y media hora por la tarde, a ir a misa en latín todos los días, a rezar el rosario, el angelus y las preces, a rociar la cama con agua bendita antes de acostarme. Ya estaba habituado a confesar mis pecados al menos una vez por semana, aunque no sabía entonces que luego los debatían en un comité y que los consignaban en una especie de bitácora del pecado que llevaban de cada uno de los que habíamos caído en la red. Ya me habían preguntado cuántos carros había en la casa y a nombre de quién estaban, y me habían pedido que entregara los regalos del último cumpleaños. Me prohibieron asistir al matrimonio de mi hermana, aunque al final tuvieron que acceder, para no despertar más sospechas de las que ya habían despertado: a mi familia, a pesar de ser profundamente católica, le empezaba a parecer raro “que me la pasara metido todo el tiempo en esa casa”. Una casa en la que no alcancé a vivir, porque tenía menos de 18 años, pero a la que me iba todos los días, sin escalas, después del colegio. La de mis papás, durante ese largo y negro año, no fue más que un hotel. También me habían amenazado con el infierno. Convencido de que no solo de cilicios y oración vive el hombre, un día le pedí el teléfono a una niña —tan niña como yo— que me presentó un primo en alguna reunión de familia a la que seguramente asistí sin permiso. Al día siguiente, luego de un fuerte interrogatorio, confesé mi pecado con un arrepentimiento tan grande como si en vez de haber rozado su mejilla al despedirme la hubiera violado. Pero no fue el infierno lo que más me asustó en ese año de mi vida en el que amé a Escrivá de Balaguer sobre todos los dioses. Cuando mis superiores descubrieron que las dudas que se sumaban en mi cerebro empezaban a hacer su trabajo, cuando sintieron que estaba a punto de cruzar la puerta de salida para no volver jamás, mi director espiritual —el mismo tipo que me enseñó a torturarme— me llevó una tarde a su despacho y me contó la historia de un numerario que unos años atrás había abandonado el Opus Dei y ahora tenía cáncer y su familia estaba sumida en un profundo sufrimiento. Esa noche lloré sin consuelo: me habían lavado lo suficiente el cerebro como para que creyera historias de terror de ese corte. Para que al día siguiente, en contra de mi voluntad, volviera a amarrarme el collar de perro. Para que aceptara que mi correspondencia fuera leída primero por el director de la casa. Para que le diera crédito a sentencias como la de uno de los duros de la secta, que aseguraba que “el noventa por ciento de los discapacitados son hijos de padres que no han mantenido la pureza antes del matrimonio”. Para que siguiera escribiendo cartas con destino al Vaticano para pedir la beatificación de un cura español que promovía la “santa intransigencia” y que alguna vez, en Chile, en plena dictadura de Pinochet, aseguró que aquella sangre derramada era necesaria. Cumplí con temor las normas durante un tiempomás, hasta que entendí que el verdadero infierno era el que estaba viviendo en el Opus Dei. Escrivá de Balaguer y Albás, Marqués de Peralta, decía que no daba ni cinco centavos por el alma de alguien que abandona la congregación. Que lo sigan creyendo los 85.000 miembros que tiene la secta regados por el mundo, haciendo daño como él. Yo no doy ni tres centavos por la suya, aunque ahora llamen santo al peor de mis verdugos: al autor intelectual de ese crimen que cometieron conmigo y que siguen cometiendo con decenas de miles de niños y de jóvenes en todo el mundo. Amén. | ||||
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Cuando Pedro conoció a Carlos, acababa de entrar a la universidad. Ocurrió de un modo muy extraño, pero, conforme pasó el tiempo, incluso eso le empezó a parecer normal a Pedro, quien no sospechaba aún el oscuro episodio del que la vida lo haría testigo. Carlos se presentó a buscarlo, por su nombre y apellido, a la escuela en la cual estudiaba desde hacía poco y donde prácticamente nadie lo conocía, provinciano de origen como era. A pesar de las referencias tan difusas que le dio a Pedro, el encuentro fructificó en una amistad o una mutua conveniencia, como se verá. Muy pronto, Carlos demostró ser un buen aliado de negocios, mismos que Pedro no sabía aún manejar, debido a su corta edad, pero de cuyo lucro empezó a beneficiarse. Así fue cómo comenzó a gestarse un vínculo entre ellos, aunque, al contrario que Pedro, Carlos era un ser urbano en su totalidad, un hombre joven aún, pero con una vieja experiencia en la ciudad y sus andanzas. De evangélico a satánico De madre extranjera y padre costarricense, su familia era también urbana, radicada en San José. Carlos fue criado en el evangelismo e, incluso, había estudiado en una escuela bíblica, para ser pastor. De ahí provenía el dominio de la oratoria del que hacía gala cotidianamente. A decir verdad, sus ambiciones no se alejaban de todo aquello que le atrajera la atención de los demás y, en esa dirección, hizo avanzar algunas de sus primeras iniciativas de vida. En paralelo, se alejó del cristianismo y se adentró, con idéntico celo, en el oscuro mundo del satanismo. Sin embargo, cuando Carlos empezó el proyecto que consideraba, entonces sí, el de su vida, no sabía qué curso iba a tomar, pues en varios intentos anteriores no le había ido bien. Por esa razón, con el fin de obtener fama y fortuna para el nuevo proyecto, recurrió a la magia ritual, más afín, en este caso, a las enseñanzas del satanista Anton LaVey (1930-1997). Aunque nacieron a partir de las ideas de Crowley, esas creencias, ritualistas en esencia, utilizan más el símbolo, los objetos y la ceremonia, y constituyen ya una escuela satanista como tal: incitan a una vida desenfrenada de sexo, drogas, alcohol y cualquier cosa que produzca placer. Junto a su base filosófica y religiosa, para el satanista es indispensable renegar de Dios y de su nombre cuando y donde se pueda. Carlos, por supuesto, no escapaba a ese comportamiento y, aunque usualmente se conducía por los caminos del mentalismo y la palabra —aparentando llevar una vida “normal”—, cuando lo consideraba necesario hacía uso de la magia ritual. Por eso, sostiene Pedro, alguna vez le dijo claramente: “Yo tengo que renovar el pacto cada siete años”. Se refería al pacto que había realizado originalmente a favor de sus objetivos primarios de fama y riqueza, los cuales, de más está decir, se cumplieron. A cambio, no había mal a su alcance que Carlos no realizara, en especial contra aquellas mujeres, casi siempre indefensas de algún modo, que elegía como compañeras temporales. Objetos de su agresión psicológica primero, pasaban luego a serlo de la verbal, para finalmente ser el blanco de ataques físicos. Además, debían prestarse a juegossexuales con quien o con lo que él quisiera. Era en esas fiestas orgiásticas, cuya duración podía extenderse durante días, que de pronto Carlos se levantaba y empezaba a predicar jurando el nombre de Dios en vano y burlándose de todo cuanto a los demás pudiera parecerles sagrado. “No es que no tuviera una relación con Dios o que esta fuera inexistente: es que Dios era un chiste para él, un objeto de burla. El mae predicaba como broma, blasfemando siempre y dándole vuelta a todo lo que había aprendido en la escuela de pastores. Nunca dejaba de hacerlo: en una fiesta, en una orgía o en cualquier lado”. No obstante, aquello, como todo, tenía su precio, y Carlos lo sabía. El pacto y el ritual
Cuando Pedro llegó al apartamento, la sala estaba desmantelada, y Carlos le dijo que tenía que hacer un “trabajito”. Luego, comenzó a explicarle paso a paso lo que hacía: “Primero se dibuja el pentagrama con cal, como una línea continua, sin cortar nada y orientándolo al Sur con la punta impar. Después se hace un círculo de sal alrededor del pentagrama, tocándole las puntas...”. Para Pedro, era obvio que Carlos estaba trabajando con todos los patrones de la escuela de LaVey, usando el bafomet o macho cabrío como símbolo mediador. “Me explicó lo de las cinco velas, que se colocan en cada punta de la estrella invertida, siempre en contra de las manecillas del reloj porque el trabajo está contraviniendo las energías naturales. Se hace un círculo de alcohol en torno al de sal, pues la sal y la cal son para protección: para que la cosa no se vaya más allá del propósito del ritual. A continuación encendió las velas, otra vez en contra de las manecillas del reloj, y, con la última que encendió, le dio fuego también al círculo de alcohol, con él como centro del pentagrama, adentro, desde donde había hecho todo lo anterior, para que el conjuro se expandiera de ahí hacia afuera”. Después empezó la otra fase del ritual. De pie en la estrella de cinco puntas, Carlos levantó los brazos e inició su sombría invocación mientras Pedro, inquieto, observaba y escuchaba. Como no había lugar para sentarse en el espacio vacío de la habitación, se hizo a un lado, hacia el rincón de una ventana cerrada, temeroso de lo que pudiera pasar. Carlos, entre tanto, pedía al enteque invocaba aquello que estaba necesitando. Le explicó, además, que estaba reafirmando sus votos y, finalmente, para salir del pentagrama, ordenó a las llamas que se extinguieran. El precio de la blasfemia Fuera del pentagrama, Carlos había incitado a Pedro a entrar en él, para que también convocara al Señor de los Vientos. Un poco reticente, empezó a repetir la invocación que su amigo le dictaba, aunque, en cierto momento, se arrepintió y aparentemente no pasó nada. “Vos eras mi ofrenda”, le dijo Carlos sin protestar. Desde entonces, Pedro empezó a alejarse de aquel que lo llamaba “hermano”. Posiblemente, esa fue su salvación, porque, de seguir la senda de Carlos, no hubiera podido escapar de algo parecido a lo que estaba a punto de contarnos. Siete años después de la ceremonia de reafirmación de votos, dice Pedro, vino la circunstancia que desembocó en el deceso de Carlos. “Fue muy extraño porque ya estaba otra vez en uno de esos picos de vida exitosa que ocurrían tras el pacto: tenía una empresa nueva, una novia nueva, un hijo por venir. Tenía casa, estaba por casarse otra vez y se le veía muy feliz...; pero, en ese pico, no sé qué fue lo que le pasó. Según me contaban, ya le habían notado cierto desorden emocional. Había empezado otra vez con las drogas, el alcohol, el sexo y la fiesta continua. Un día hubo un escándalo en su casa y llegó la Policía. A raíz del hecho, lo reprendieron y se calmó un poco. ”Al siguiente escándalo, llegó la Policía otra vez, pero ya nadie pudo hacer nada porque había trancado todas las entradas de la casa y les había prendido fuego para que nadie pasara. Adentro, solo, se roció con gasolina todo el cuerpo y se dio fuego: se inmoló. Fue terrible porque, mientras todo ocurría, afuera estaban su esposa —desesperada—, los vecinos, los amigos que habíamos llegado y los policías, quienes se sentían impotentes porque no había cómo detenerlo”. Consecuente con su blasfemia y sus creencias, parecía que Carlos había llegado al fin. No obstante, después de rescatarlo de las llamas y llevarlo al hospital, contra toda esperanza sobrevivió cinco días, horas de agonía en las cuales, cada vez que pudo —dice Pedro para terminar—, no dejó de renegar de Dios ni de decir su nombre en vano. | |||
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El olor a ungüentos con eucalipto podría superar en santidad al del incienso en esta primera noche de agosto. Los gestos de dolor indican que los emolientes tampoco sirven para transitar sin pena por este mosaico colorido de la Basílica de los Ángeles. Las rodillas pesan como repollos, y los músculos rígidos reclaman a sus dueños la caótica preparación física y el esfuerzo desmedido puesto en la única caminata del año. Las ampollas se inflaron, se rellenaron y se estallaron en el camino. Las plantas de los pies están marchitas, y la entrepierna arde enrojecida por la costura del jeans. Supongo yo. Tienen razón los que vienen a cumplir su promesa vestidos como para una clase de tae bo. Llevan razón también los frailes menores capuchinos que visten tremenda túnica café y sandalias y anteojos para no chocar y barba para no deslucir. Llegan cómodos con su look austero y su discurso tolerante. “Esto es fe y religiosidad popular. Es una tradición y puede ser espiritual o pagana”, dice fray Jesús, aparcado frente a un chinamo de manzanas escarchadas, vigorón, pupusas mixtas y merengue, al costado norte de la Basílica. Los obispos no andan en la calle y por eso no lo comprenden; o se hacen los rusos. Fray Jesús viene a pedirle a la Negrita un imposible: paz en el mundo. Es una petición desmedida si sabemos que el hogar Alvernia, donde viven, queda en el centro de Cartago. No ha debido caminar más de tres kilómetros esta noche, con sus compas de congregación, para venir a santificar las fiestas, lo que en su código debe leerse con una gramática invertida: festejar los santos. Sin embargo, es solo su código. Hay cientos de miles de romeros que hacen su propia romería. Hay, entonces, cientos de miles de romerías que coinciden en tiempo en estos amaneceres de agosto. Cada uno viene a lo suyo y se lo explica como pueda o simplemente no se lo explica. Tal vez por eso no hablan entre sí. Tal vez por eso ponen cara de “¿cómo se atreve?” cuando este intruso les pregunta lo más básico: “¿Usted qué hace aquí?”. Fray Jesús viene por la paz del mundo como Rosario viene para que su hija se cure de algo que no tiene nombre. Urías viene de Aserrí, a pata, para agradecer por la salud de su familia y por la muerte de un hermano. Es decir, para pedir por su alma. Max cierra en siete horas y once minutos el recorrido desde Alajuela, vestido de mejenguero, para pedir por sus hijas cumpleañeras. Vilma viene porque ya no puede, ni quiere, romper su costumbre de cuarenta años. Martín quiere ver campeón a Cartaguito. Fernando viene a pedir por su esposa, pero ella no sabe que él está aquí. Juan Bautista llega molido desde Santa Ana para pedir por las caderas de su hija. Belkie quiere entrar de rodillas: hace la fila y a la vez la altera con el tatuaje de delfín que se sumerge en la profundidad de su espalda. Si monseñor Ulloa la viera, le tira encima la túnica. También llega, en pie, Brenda, una niña de diez años que no para de llorar. —Hola, ¿y vos por qué venís? —le pregunto con pretensiones de empatía. Ni se le va a curar así. Caminaron siete horas desde La Uruca, y la mamá no consultó antes ni al doctor Moreno Cañas. Le puso un short y las tenis de Educación Física, le amarró el pelo y la echó a caminar para santificar las fiestas, a ver si la Negrita se compadece. Brenda no para de llorar. Me inundan las ganas de empezar a caminar, aunque sea en círculo, para pedirle a la Negrita que le conceda el milagro, pero que tampoco olvide los pines que debe de tener la mamá incrustados con herrumbre en el sentido común...; pero ¿cómo cuestionarla si la fe es zona libre de preguntas? Ella solo santifica su propia fiesta, aunque esa frase descontextualizada equivale a hablar del más pagano de los mandamientos de Moisés. Ordena venerar los juegos de pólvora, adorar los bailes de conjunto, hacer hielo con agua bendita y echárselo a la cerveza antes de persignarse y clavar colmillos en el chicharrón del cerdo sacrificado el fin de año. Santificar las fiestas..., hacer un altar en Palmares, encender la parrilla con un cirio y limpiar los regueros con el manto sagrado. No obstante, esto no es una de las canciones de Calle 13: es la media noche, y sigo buscando razones entre la muchedumbre, en las filas de santificadores agotados y ansiosos por entrar con todo su dolor y compunción a la Basílica. Se cumplen hoy dos años de que la ministra de Salud prohibió la romería, y eso fue como torear a los feligreses. En la explanada hay miles, ya se han marchado otros miles y miles están aún por llegar, bajando Ochomogo o subiendo todavía por Curridabat. Son miles de romerías distintas, protegidas por los audífonos de un iPod, por la novena o por el celular y su poder aislante. Son católicos, pero solo algunos tienen cara de apostólicos y muchos parecen romanos, una condición cuyo significado en este siglo los acerca más a Berlusconi y sus amigas que al papa y sus cardenales. Acá en Cartago, el clima está divino, divino en serio, y los celulares todo lo documentan. “Ya en bsilk. Gxs a mi Jsxto”, envía Adriana a su novio, cinco minutos antes de descargarse, digo, desmayarse a dos metros de un cruzrojista. No es suerte: hay tantos cruzrojistas como promesas. Él la frota, le sube las piernas, le acaricia la frente y le da un chocolate. Es casi un ligue, pero el novio ni se entera, hasta que Adriana vuelve en sí y, aún atolondrada, escribe: “Fue solo 1 sustllo. Ya toy bn. ;)”. Se sacude las nalgas, agarra de la mano a su hermana y se incorpora a la fila para entrar de rodillas a la bsilk. Dieciocho minutos después, Adriana entra a la bsilk chupando un popi. Su popi personal. Se arrodilla despacio y se le salen las lágrimas de la emoción. Empieza a avanzar balanceándose para que las rodillas no sufran tanto. El dolor la hace morderse los labios y le exige pausas cada dos metros, pero no logra bajarle el brazo derecho con el que sostiene el Nokia 5800 que le permite filmar la recta final hacia el altar. Lo hacen ella y muchos jóvenes. Alguno lleva la cámara hacia atrás, filmándose para probar que ya cumplió con el precepto tácito de hacer la romería al menos una vez en la vida, como los musulmanes con su Meca. Es el valor personal de una actividad que para la Iglesia solo tiene valor como masa. Por eso les encanta usar la cifra de “dos millones de romeros”, como el finquero que se ufana de sus cabezas de ganado. Muchos jóvenes y señoras con sus hijos. Señores solos. Vendedores de seguros. Chinos que no hablan español, pero que le rezan a la Negrita. Un cajero en corbata. Una muchacha con un cigarro prensado en la oreja. Una embarazada como de quintillizos. La romería va por dentro. Todos van arrodillados y apaleados. Algunos, gateando muy juntitos, como dos amigos flacos que al llegar al pie del altar se quedan encogidos, al igual que los musulmanes en rezo, mostrando la suela de sus Reef y su mochila Fox. Buscan en el celular una canción cristiana y se quedan idos siete minutos. “Sumérgemeeee/ en el río de tu espíritu. / Necesito refrescar este seco corazón / sediento de ti”; y así hasta que la canción acaba. Los maes intentan levantarse, pero están demasiado sumergidos. Entonces, llegan al auxilio unos ayudantes cuya función es esa: levantar hincados. Uno levanta a un hombre gordo, otro intenta auxiliar a un niño demasiado rápido. Tres se acercan a una muchacha, y ella los rechaza a todos, pero le pide a uno que le tome foto ahí, con el altar a espaldas, como quien se fotografía en el Estadio Nacional. Otro asistente levanta a una mujer sin dejar de impresionarse por el pelo punk lila. Ninguno advierte que se acerca una modelo, despeinada y sudada como todos, hasta que ella vuelve a ver a su izquierda, y, ¡horror!, viene caminando un periodista de la Extra, famoso por despellejar a los famosos sin pagar las consecuencias. Ella, acostumbrada a santificar las fiestas en el sentido pagano, se turba. Sin dejar de avanzar de rodillas, saca un espejo y constata que no está presentable. Se pasa la mano por la cara y el pelo, se abrillanta los labios, vuelve a ver a la Negrita y se persigna como si hubiera visto al diablo estornudando. Se levanta de un salto y sale por la derecha. Veinte minutos después tendrá la cabeza metida en agua bendita. “¡Puta agua más fría!”, grita un joven fibroso sin parar de mojarse los brazos de gimnasio y la camiseta blanca Red Point. Bebe unos sorbos, también se enjuaga la boca y escupe el agua. Zambulle la cabeza, dice dos palabrotas más y respira aliviado como si se hubiera lavado el alma. Tiene la pinta ideal para dar a la Negrita una visión alternativa. Sospecho que hasta le diría alguna vulgaridad. Saluda sin timidez, pero sin ver a la cara. “Lo mío es muy personal, usté sabe, ¿veá? Toos tenemos broncas”, responde sin quitarse siquiera unas gafas oscuras de minero chileno artista. “Más polo sería caricatura”, pienso hasta que lo veo sacar con su mano chonga un bordón y salir tanteando el camino. Es ciego y anda solo. No me quedan ganas de entrevistar a más santificadores de fiestas. Cumplo con preguntarle a unos policías por eso que llaman “incidentes”, y todo normal: decomisos pequeños de marihuana festiva. Un vendedor de pollo frito anuncia que se le agotaron los muslos, pero que el baño a ¢200 sigue disponible. El baño huele a diablo. Una señora nica critica esta festividad, por aburrida, y exalta “la bullanguera” que le dedican a la Purísima Concepción de María en su país. Se marchan todos. Se va fray Jesús sin la paz del mundo. Rosario, Urías, Max con cronómetro en mano. Martín con Cartaguito, pero sin campeón, aunque con la fe hinchada de que algún día. Fernando corre a casa a contar a su esposa que la engañó para verse con la Negrita, con nadie más. Juan Bautista vuelve a Santa Ana confiado de que se curarán las caderas de su hija. Belkie se marcha con el tatuaje gastado, de tanto que lo vieron, y Brenda reza para que en un año se le cure la pierna. No vaya a ser que su mamá la obligue otra vez a caminar con fractura. Negrita, hacele el milagro, porfa.
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Marta Elena: solitario
De repente, un asomo de sonrisa ilumina fugazmente el rostro de Marta Elena. No es una epifanía o un bonito recuerdo. Simplemente, acaba de lograr que le salga el solitario. Biso: “Todavía no ha mandado por mí” “Yo tengo siete hijos: cinco mujeres y dos hombres. Vienen a verme de vez en cuando. No siempre. Antes yo salía los domingos con ellos. Ya no y hasta me acostumbré. Yo le digo, mi amigo, que la gente hoy por hoy no guarda los mandamientos, y mucho menos el que dice que se debe honrar a padre y madre. En otros tiempos había más respeto y las cosas eran distintas porque la gente iba a misa y se confesaba... Todo eso se ha perdido a causa de los vicios como el alcohol, la marihuana y la cocaína. Y los que no están en vicios no vuelven a ver a sus padres porque trabajan demasiado; no es que sean ingratos del todo, sino que están muy ocupados. Todo el mundo está muy ocupado hoy en día. Además, cuando las gentes necesitan de uno monetariamente, están cerca. En el momento en que eso ya no funciona, pues están lejos. Uno se acostumbra y ya”. Biso contó, además, que fue bailarín y mujeriego. Después guardó un silencio prolongado y lo rompió para decir que, en medio de todo, la vida es bonita, sabiéndola llevar. También dijo que la muerte es una orden de Dios y que, como puede verse, todavía no ha mandado por él. Víctor: la televisión Como buen practicante de su religión, don Víctor tiene presentes los diez mandamientos y dice que trata de cumplirlos a cabalidad. Afirma que el mundo ha perdido el respeto por los mayores, que ya no hay amor por el prójimo y que lamentablemente “la gente deja a Dios olvidado en un rincón, como un paraguas”. Además, evoca con nostalgia la época en que las familias permanecían unidas “como la gallina con sus pollos” y menciona que, en cuestión de valores, el mundo no es ni la sombra de lo que fue. Por otro lado, se considera muy afortunado con respecto al cuarto mandamiento porque, mientras vivieron sus padres, siempre tuvo respeto y consideración hacia ellos. La vida le correspondió regalándole un solo hijo, con quien afirma tener una relación insuperable. “Viene cada mes, sin falta. Me lleva a almorzar a su casa y luego me deja aquí a las siete de la noche”. —¿Ha sido feliz, don Víctor? Rosita: “Yo conozco el apellido de la muerte” Rosita, como le dicen cariñosamente quienes la rodean, se casó a los veinte años y no tuvo un matrimonio feliz. Para ella la alegría vino de parte delos tres varones y dos mujeres que concibió. Según sus propias palabras: “Una persona sin hijos es vacía porque no tiene a quien amar. Yo adoraba a mi padre y me veo en borrosos recuerdos haciéndole trenzas a mi mamá, antes de que muriera, cuando yo tenía siete años. Mi papá fue muy católico y me enseñó bonitos valores que yo transmití a mis hijos. Hoy todos están casados y tienen hijos que también los adoran. Yo he sufrido, como todos los seres humanos; pero, gracias a Dios, mis hijos y mis hijas cumplen con el cuarto mandamiento, y eso me hace muy feliz... En estos tiempos, veo que la muerte es un descanso que Nuestro Señor nos da. Yo conozco el apellido de la muerte: es Segura”. Carmen: “Vine a ayudar” Actualmente, Carmen se precia de tener muchos sobrinos, cinco de los cuales son sobrinos nietos. Para ella también todo tiempo pasado fue mejor, porque, según su criterio, la gente de antaño tenía mejores relaciones con Dios y con el prójimo. Con respecto al cuarto mandamiento, se siente satisfecha pues los sobrinos que llegan a verla lo hacen como si visitaran a su propia madre. Mireya: “No me importa” De acuerdo con el testimonio de la psicóloga Yensy Ramírez, el Hogar Nuestra Señora de Los Ángeles cuenta con servicio médico y enfermería permanente, además de áreas de psicología, nutrición, terapia ocupacional, terapia física y trabajo social. Yensy, quien a diario está inmersa en esta realidad, menciona que los adultos mayores, aun los que reciben visitas, suelen deprimirse y llorar por sus hijos. Añade que, ante la presunción del olvido y los achaques de la vejez, nada mejor para ellos que una actitud humana inclusiva, que sientan que no se les tiene asco, que se les valora y respeta como seres humanos que dieron a sus descendientes lo mejor de sus vidas.
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◄◄ Rew Eso ocurrió el 22 de marzo del 2003; después pasaron muchas cosas y corrió bastante sangre (algo de la propia y mucha de la ajena). Le metieron un balazo en el pecho y se desató un tiroteo del carajo. Llegó la Policía; los compas que estaban en el asalto se esfumaron y a él se le acabaron las balas. Corrió embotado por la adrenalina; trató de secuestrar un auto; se metió en un supermercado; embarró de sangre a una muchacha que lo ayudó y, al final, cayó exhausto a cien metros de una patrulla. Después lo apresaron, lo curaron y le metieron cuarenta años de cárcel. Play ►► Habla sin esfuerzo, con fluidez, en un tono de voz profundo y la única condición que pone para contar su historia es que no mencione su nombre ni fotografíe su cara. Acepto. “Yo estoy acá por dos homicidios calificados y un asalto a un camión blindado. Fue aquí en Alajuela.Me metieron cuarenta años, qué feo, ¿verdad? Vea — dice levantándose la camiseta, como para romper el hielo, mientras me muestra la intrincada cartografía de cicatrices que le surcan el tórax—, por acá me entró el balazo. Esta otra cicatriz es de una operación, porque se me infectó la herida; esta es una puñalada; y esta, otra puñalada. Quien me disparó fue uno de los custodios del camión, que llevaba cuarenta y siete millones de colones… Estaba bonito”. Stop ▼ Creció en un barrio duro, en Purral, uno de esos lugares donde las piedras no se arrancan de las canteras sino del bolsillo de algún compa que ejerce el oficio de dealer para calmar los nervios y el vicio. Aprendió a robar cuando todavía era un mocoso; primero para comprarse drogas y después para no trabajar. “Cuando yo empecé a asaltar a mí me daba miedo… Andaba con unos amigos y unas vecinas, y las carajillas eran las más valientes. Le decían a uno: ‘A ese, a ese’… Si la presa era alguien que yo veía muy fuerte, sentía más miedo, porque a mí me tocaba pegarle el candado… Entonces, decía: ‘No, a este no, a este no’. Así me los iba rodando hasta que aparecía alguien bien seguro, alguien que realmente era facilito para agarrarlo. ”Después conocí a un compa, que ahora anda preso por aquí; un compa que ahora se cayó por un homicidio estúpido. ‘Mae, no hay que complicarse la vida’, me decía. Él me enseñó a usar una llave de rana amarrada al brazo y tapada con una sueta. Así, cuando uno va a asaltar a alguien, nada más le pega un “llavazo” en la jupa, y ya con solo eso la presa queda totalmente neutralizada, al estilo Picapiedra. —Suelta una risa espontánea, como de quien recuerda una travesura infantil—. Eso sí, cero sutileza… Yo, que desde carajillo he sido matón y ventajista, adopté la técnica enseguida. Así me largué a asaltar hasta solo… Ya escogía la presa y le pegaba un varillazo. Tal vez una parejilla, que son las mejores, aunque usted no lo crea, porque ni el mae corre, para no dejarla botada a ella, ni ella corre… Entonces, son presas que se quedan neutralizadas”. ◄◄ Rew “Antes de que pasara lo del camión, yo ya había matado”, me dice y confirma que la matanza del blindado fue el desenlace natural para un estilo de vida totalmente salvaje: el puerto previsible para un barco que había navegado fuera de control durante años. “Cuando tenía como quince años, a mi urbanización llegó a vivir un paisa, de esos que se emborrachan y se les suben los huevos. Borracho, al hombre le gustaba nalguear a las mujeres y ya había violado a la tía de una amiga. En ese tiempo, yo tenía una novia y un día me la topé llorando. Yo andaba con un compa, en un carro que me habían prestado para dar vueltas por el barrio y que en la guantera tenía una calibre 357. ”Cuando mi novia me cuenta que el paisa la había perseguido y la había querido violar. Le dije al mae que andaba conmigo: ‘Si lo veo, lo mato’. —Y se dio que me lo encontré en una parada de bus… Me bajé, le pegué unos cachazos y lo monté al carro. Pasé a recoger a otros compas, lo llevamos a Rancho Redondo y ahí le hicimos lo que tuvimos que hacerle. ”Yo no quería matarlo, solo lo quería asustar; pero, cuando lo estábamos torturando y pateando, uno de los compas le sacó la femoral con un puñal… No queríamos matarlo, pero con el corte hasta que salió la manguerilla de la vena a chorro parado… Ahí yo dije: ‘No, de todos modos este mae se va a morir. Ya nos jalamos una torta’. El hombre se desangró. Lo quemamos ahí mismo con gasolina y unas ramas”. Ese primer muerto le salió a precio de costo. El alma del paisa la cargaron a su nombre después de que la Policía encontró unas gotas de sangre en la alfombra del carro. Al final solo le dieron tres años. La sentencia la tenía que cumplir en un centro de reclusión para menores de edad que regentaba un sacerdote italiano cerca de San Vito de Coto Brus, pero se fugó al año y medio de estar encerrado. Después de esa fuga, se vino para San José. Robando y pidiendo ride, regresó al barrio. “Le pedí ayuda a un tío mío que vivía allá, pero me dejó botado. Él sabía que yo andaba mal. En esa época, me gustaba mucho tomar pastillas; me gustaba mucho la clona (pastillas de clonazepam) y ya uno clonado… Al final, la paca no me molestó más, solo iba a firmar. Me dejaron tranquilo porque me portaba bien. Bueno, en realidad, seguí delinquiendo, pero cuidándome de que no me pescaran”. ”Con una chusma del barrio que tenía motos, nos veníamos armados para Alajuela. Ahí nos comprábamos un litro de guaro y después asaltábamos todas las licoreras, bares y negocios que veíamos hasta Guadalupe… Nos metíamos en los locales con todo y moto, y al final terminábamos con seis o siete tejas para cada uno, y a seguir la fiesta. No crea, se hace loco”. Stop ▼ A la hora de las armas, este gourmet del plomo no duda en apostar por la contundencia y el volumen. Escoge los sabores originales y pasa de las armas limadas y otros delicatessen del ambiente. “Si uno conoce a las personas indicadas, consigue las armas que quiere. Uno pregunta y rapidito,rapidito consigue. A mí no me gusta que el arma esté limada, porque pierde dirección y se vuelve imprecisa. Al limarlas, les borran las estrías del cañón, que son las que le dan la dirección a la bala. Yo hice un curso de guardaespaldas y me gusta practicar tiro. Soy de esas personas que cree que uno tiene que saber en lo que anda. Si voy a andar robando, tengo que saber tirar; si no, mejor no robo…”. Indudablemente, el tema de los fierros lo pone nostálgico. Habla con más entusiasmo de la Glock calibre 45 que de aquella novia por quien cometió su primer homicidio. “Mi arma preferida es la Glock 45; me gusta mucho… También me gusta la Pietro Beretta 9 mm, pero más la Glock 45… Es que tiene un impacto más grande y es un arma muy segura y confiable que no se encasquilla nunca. Yo he tirado cuarenta y cinco tiros seguidos con una Glock, como si nada… Al final, nada más la mete uno en un balde de agua y hasta que se siente el psshhhhh cuando se enfría, pero ella no se encasquilla ni un solo tiro… El caño se calienta, pero no se tuerce, como otras…” ◄◄ Rew
Tal vez por eso el tipo que organizaba el robo (un hombre que no cayó preso y que, según él, después lo vendió ante la Fiscalía) le pidió que dejara su chaleco blindado en casa y que viajara limpio, sin armas, porque ese día había partido en el Morera Soto y no se podían arriesgar a caer en algún retén policial. Dice también que no recuerda bien lo que pasó ese día, que lo que tiene son como fotos sueltas en la cabeza. “Ese blindado tenía un sistema de bóveda externa. Cuando ellos salieran del súper, tenían que avisar por radio para que el chofer abriera la bóveda y así pudieran meter la plata que habían recogido en el negocio. Nosotros queríamos aprovechar porque ese es el único momento vulnerable del blindado. Cada uno de nosotros tenía que neutralizar a un custodio, yo le hice un candado al que me tocaba, pero uno de los compas, que tenía que neutralizar al otro custodio, no lo hizo. Nosotros contábamos con que los guardas tienen orden de no disparar en la vía pública, y menos frente a un súper lleno de gente, pero resultó que los maes andaban estresados, y uno de ellos me pegó un balazo.
”Sinceramente, no le puedo decir que quise hacer todo eso: fue algo como un impulso. Es que usted queda hasta sordo con las detonaciones... ”Después, el que me había disparado se metiódebajo del blindado, pero yo lo agarré de un pie. Empecé a jalarlo y a gritarle: ‘¡ves lo que hiciste!’. Y en eso llegó la patrulla y todo el mundo empezó a volar bala. Ahí fue cuando me atrincheré y levanté de la camisa al custodio herido. Hubo un poco de disparos y yo también disparé. Y ahí quedó el hombre, con un tiro en la cabeza. ”Ya la bronca estaba hecha. Cuando vi a los dos custodios en el suelo, pensé: ‘Aquí me tienen que matar, porque yo no me voy a entregar’”. El ride de la adrenalina terminó de esfumarse cuando el juicio llegó al final. Ahí las palabras superaron la potencia de una Glock, el vértigo entró en punto muerto y la mente se le tiznó de cenizas. “Cuando a mí me leyeron la sentencia, no sé qué sentí. Sentí ganas de llorar, de gritar o de hacerme el que no escuchó nada. Es que cuando te dicen cuarenta años de prisión…”. Play ►► Todavía no sabe bien si se arrepiente de las muertes que provocó. El arrepentimiento se le mezcla, en una sola frase, con el miedo a sentir dolor físico y a tener que partir hacia ese lugar incierto y desconocido llamado muerte. “He sentido arrepentimiento cuando la he pasado muy mal, cuando he extrañado a mi familia o a la calle la vida que tenía en la calle. Véame donde estoy ahora: en una cloaca… Sinceramente, no he sentido remordimiento por las muertes en sí… Bueno, sí lo he sentido y le he pedido perdón a diosito, no puedo negar eso… Fue cuando estuve muy mal y pensé que me iba a morir. ”Pasé dos años con una infección de pared abdominal. Tiraba pus las veinticuatro horas del día: ahí sí le pedí perdón a Dios. Ahora, con el tiempo que pasó, ya no sabría decirle qué siento. No recuerdo las caras de esos muertos; si me enseñan una foto, no los reconozco”. Stop ▼ Play ►►
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