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Por Revista SoHo
Publicado el 11/8/2011
 
Me conozco bien y sé que voy a permanecer en estado de excitación por las siguientes veinticuatro horas.

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Me conozco bien y sé que voy a permanecer en estado de excitación por las siguientes veinticuatro horas.

Mientras me besaba los labios, un cosquilleo insistente bajaba por el cuello hasta mis pezones, y, en sincronía perfecta, sus manos se dirigían por la parte baja de mi espalda al mismo tiempo que yo me permitía exhalar en señal de estar pasándola más que bien.
Debajo de su camiseta negra de impresos que ya no recuerdo qué decían, se escondía la caja torácica donde resonaba una voz baja y grave que con suavidad me preguntaba si me gustaba sentir sus labios rozando mis pezones. “Sí, me gusta todo lo que me estás haciendo”, pronuncié haciendo el esfuerzo de no salirme del placer intenso en el que estaba sumida.

Recuerdo que sus manos fueron veloces y astutas, pero delicadas. Mis muslos aún palpitan si trato de recrear la escena en la que me penetró sin duda, y sin esfuerzo mis entrañas lo recibieron como si toda la vida hubieran estado esperándolo.
Digo esto y pienso si debo llamar y planear otra cita. Siento estas cosas y me parece que debe suceder otra vez. Dudo, pero quiero propiciar un encuentro más.

Podría jurar que sus movimientos eran perfectos, como si me conociera de siempre, y yo mil veces le hubiera explicado exactamente qué, cómo y dónde me gusta. ¿Será un adivino disfrazado de hombre común y silvestre?, me pregunto. Si no, ¿cómo sabía que debía detenerse en mi vientre y lanzarme esa mirada cómplice que me hizo separar las rodillas, cerrar los ojos, tirar el cuello hacia atrás y ofrecerle mi pelvis como si fuera un néctar mágico?

Ya estoy imaginando que lo vuelvo a ver y que este segundo encuentro empieza por un masaje. Quiero recorrer con especial atención toda su espalda, costilla por costilla. Planeo detenerme en la parte posterior de sus muslos, pasar por las pantorrillas y luego dedicarme a cada uno de sus diez deditos. Me devolvería a su cuello y con delicados besos en las orejas le susurraría que se dé la vuelta. Antes, posaría mis dos manos en sus nalgas perfectas y le ayudaría a rodar con movimientos firmes y delicados.
¿Qué hay de malo en desear tanto a alguien?, me digo mientras busco su teléfono entre mis contactos. Lo peor que puede pasar es que no conteste, o que conteste y me diga que no puede hablar. También puede pasar que salude con entusiasmo y me dé pie para que este segundo encuentro se materialice.

El teléfono timbra dos veces; aquella dulce y grave voz aparece al otro lado. Llega a mis oídos e instantáneamente me conecto con el cuerpo entero. Saludo y, sin mucho preámbulo, le pregunto si mañana está libre. Me dice que sí.

Me conozco bien y sé que voy a permanecer en estado de excitación por las siguientes veinticuatro horas. Casi me atrevo a decir que el más mínimo roce es capaz de hacerme sacar chispas. Es un estado delicioso, estoy completamente lubricada y casi floto cuando camino. La verdad es que no estoy pensando muy claramente, ni quiero ni me importa. Lo único que puedo hacer es dejarme ser. Así que ahora, antes de irme a la cama, me voy a duchar. Antes de ducharme, mejor voy a soltar un poco de esta tensión excitante. Cierro los ojos y repaso de nuevo esas escenas que no he logrado sacarme de la cabeza. Me retuerzo, busco entre mis piernas los puntos indicados. En honor a su buen recuerdo, me hago venir. Ya en la ducha, dejo el agua correr por mi cuerpo de manera relajante.

Ya falta menos para tenerlo cerca de nuevo. Esta espera no será en vano, me repito para dormir pronto. Cierro los ojos, me dispongo a soñar con los cosquilleos del recuerdo de esa lengua que raspa delicioso...