Glenda seguía pensando que la vida era una mierda y que haber nacido en Costa Rica era una desgracia sin remedio.
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Glenda seguía pensando que la vida era una mierda y que haber nacido en Costa Rica era una desgracia sin remedio. Por Julio Román |
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Eran gemelas idénticas: Gilda y Glenda, nacidas hace 26 años en Pérez Zeledón, en un hogar “humilde”. Gilda siempre estuvo contenta con su vida, con su pueblo natal. Glenda, jamás. Decía que Pérez Zeledón era “una mierda embarrada en un cafetal” y solo pensaba en largarse. A Gilda era imposible borrarle la sonrisa de la cara. A Glenda, en cambio, nada nunca le parecía suficiente. Gilda, preocupada por su hermana, se dio a leer libros sobre la felicidad y cómo conseguirla. Mientras, Glenda solo pensaba en cómo largarse a Estados Unidos. Gilda trataba de animarla, le explicaba que la felicidad es algo que nace dentro de uno, que con irse no iba a arreglar nada, que bla, bla, bla. Glenda se ponía de peor humor al oírla. Se adoraban, eso sí. En las raras ocasiones en que estaba de buen ánimo, Glenda decía que en el útero materno ella se había llevado toda la inteligencia; y Gilda, toda la felicidad. Belleza había para las dos: unas morenazas de ojos verdes como panteras. Lo único que ensombrecía la vida de Gilda era su hermana. Lo único que medio le importaba a Glenda era su hermana. Cuando se emborrachaba, decía que por ella se suicidaría, pero que no le podía hacer eso a Gilda. Así era el amor que se tenían. Total: Glenda consiguió largarse y llegar a Los Ángeles. En un periodo breve había conseguido un trabajillo bien pagado en un supermercado, incluso la habían hecho jefa de departamento, y alquilaba un cuarto en una casa luminosa, con dos muchachas más, buena gente. Se le había cumplido el sueño americano en el año 2009, cuando era impensable entrar a Estados Unidos sin dejar el pellejo en una alambrada o concebir la idea de casarse con un gringo asqueroso. Sin embargo, Gilda lo había vaticinado: la felicidad no viene de afuera. Glenda seguía pensando que la vida era una mierda y que haber nacido en Costa Rica era una desgracia sin remedio. A inicios del 2010, los emails que le mandaba a su gemela eran cada día más amargos e inquietantes. Así que Gilda, industriosa como siempre, movió cielo y tierra, y consiguió la plata y la visa para ir a visitar a su hermana. Se presentó ahí a finales de la primavera del 2010. Véanla llegar con su maletita y una sonrisa maravillosa de oreja a oreja, y vean a Glenda recibirla, flaca y demacrada. Gilda venía a levantarle el ánimo, contradiciéndose a sí misma, porque ella era la primera en saber que el ánimo de alguien, una de dos, se levanta solo o no hay manera. Glenda se puso peor. Fue como si la visita de la gemela feliz la hundiera más o le diera ganas de restregarle su infelicidad a la otra en la cara. Glenda estaba enloquecida con el tema del dinero; solo en eso pensaba, solo de eso hablaba. Gilda le explicaba que, según se ha podido comprobar, más dinero no implica más felicidad. Había estadísticas, le dijo, en las que se demostraba que si una persona feliz recibía una terrible noticia (como estar enferma de algo incurable), al cabo de un tiempo volvía a su estado de ánimo habitual. Por otra parte, si un deprimido se ganaba la lotería, al cabo de un tiempo volvía a ser el mismo deprimido de siempre. “Bueno, me gustaría comprobarlo”, respondió Glenda. “A mí me gustaría poder probártelo”, dijo Gilda. Por eso, antes de regresar a Costa Rica, le puso en la mano un entero de la lotería de navidad. “Ojalá te toque. No hay nada que yo quisiera más en este momento”, le dijo Gilda, desafiante. “Ya somos dos”, repuso Glenda, y le preguntó: “Si vos pensás que el dinero no da la felicidad, ¿por qué me regalás esto?”. Gilda, harta, a punto de irse al aeropuerto, le respondió: “Para terminar de joderte”. Se arrepentirá para siempre de haberle dicho eso: resultó ser lo último que le dijo en persona. Sí, el lector ha adivinado bien; Glenda se ganó la lotería: 873.000 dólares, el 22 de diciembre del año 2010. En efecto, la euforia no le duró más que un par de meses. Renunció al supermercado y se puso a buscar una casa para vivir sola. Ahí empezaron las decepciones: de repente, la cantidad de dinero que le había tocado le pareció pequeña. Mejor hubieran sido ocho millones… Sacó cuentas y vio que en un año podía quedarse sin nada. Tuvo que plantearse la posibilidad de poner “a trabajar” el dinero o montarse un negocio, y fue cuando descubrió lo peor: a ella ¿qué le gustaba? ¿Qué tenía ganas de hacer? ¿Qué sabía hacer? El 15 de setiembre de este año se suicidó inyectándose mercurio directamente en las venas. Dejó una nota para su hermana Gilda: “Ahora vamos a ver si vos seguís siendo feliz después de esto”. | |