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Por Naima Bint Harith |
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Por Fernando Cadavid Correa Ver la nota completa | ||
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Por Peter Svaar | ||
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Por Gerardo Torres | ||
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Hoy soy conocida como Kola Boof, pero mi nombre real es Naima Bint Harith. Nací en Omdurman, Sudán, en marzo de 1969. A mis padres biológicos los asesinaron frente a mí cuando tenía 6 años, porque mi papá, Harith Bin Farouk, hablaba en contra del genocidio y la esclavitud en mi país. Fue entonces cuando la Unicef me puso en adopción y me fui a vivir con mi nueva familia a Estados Unidos. Allí pasé la mayor parte de mi vida, hasta que a principios de los años noventa regresé al norte de África para trabajar como modelo y actriz. Era enero de 1996. Había salido a una cita en un restaurante de Marrakech, Marruecos, cuando Osama entró con sus hombres. Ellos escoltaron a mi acompañante fuera del recinto y nunca más supe de él. Somi, como yo le decía, me forzó a que cenáramos juntos y, más tarde esa noche, me llevó a mi hotel y me violó. Esa noche descubrió que hablo árabe de Egipto, que tengo la infibulación vaginal al estilo musulmán tradicional (se cosen los lados de la vulva después de haber quitado el clítoris y los labios) y que soy mitad árabe. Le interesé. Estaba oficialmente secuestrada. Somi y sus hombres me llevaron al hotel La Maison Arabe, en la Medina de Marrakech. Viví en el cuarto Winston Churchill desde enero hasta junio. Entonces me convertí en su amante. Creo que esa es la mejor forma de describir la situación. Dormimos juntos cuatro meses, que fue el tiempo que pasó en ese lugar. Él cazaba y pescaba cuando estaba en Marruecos. También viajaba con frecuencia a Sudán, a Afganistán y a Etiopía. Y, mientras tanto, yo encerrada. El diplomático sudanés Gamal Ibrahim escribió un libro en el que sostiene que yo me casé con Osama y que tuve un hijo suyo. No es verdad. En realidad, yo nunca quise a Somi. Me quedé en ese hotel únicamente porque temía por mi vida. Debía fingir que me gustaba hasta el sexo, que era muy abusivo y doloroso. Pero actuaba como si lo disfrutara. Tenía miedo. Él era un hombre complejo. A veces era amable. Otras, malvado y cruel. Incluso llegó a pegarme. Era muy violento para el sexo: me mordía y se orinaba en mi boca. Me forzaba a practicarle sexo oral por las mañanas y a servirle el desayuno después. Sin embargo, era detallista y le gustaba regalar cosas caras. Me contrató a una empleada personal y me regaló ropa y joyas muy finas. A veces escribíamos poesía juntos al lado de un estanque. El mundo piensa que él era un tipo cruel y malvado. Eso es cierto. Pero también es verdad que era un hombre brillante a quien le encantaba leer a Muhammad Qutb, salir a caminar y fumar marihuana. Amaba el sexo, aunque tener relaciones sexuales lo avergonzaba. Hablaba suave: casi nunca gritaba ni alzaba la voz. Era tan dominante conmigo como amoroso con su mamá. Osama no era tan religioso como lo mostraban los medios de comunicación. Rezaba los martes y jueves, pero no lo hacía el resto de la semana. Era devoto a la yihad y a la revolución palestina. Quería que el islamismo se convirtiera en la religión del mundo. Odiaba profundamente a Occidente, pero era un fanático de las películas y las celebridades de ese hemisferio. Le encantaba ver la serie Los años maravillosos y adoraba a la cantante Whitney Houston. Tenía un conocimiento extenso sobre el mundo y la cultura pop. Creo que he cambiado mucho desde que lo conocí. Por él soy feminista. Nunca olvidaré su abuso. Tampoco su genialidad. Reconozco que me enseñó a escribir y que sus críticas me convirtieron en una mejor poeta. Hoy en día soy una autora exitosa de libros de ficción que tocan temas fuertes sobre las mujeres. Mi última novela, The Sexy Part of the Bible (La parte sexy de la Biblia), cuenta la historia de una mujer que descubre que es un clon. Aclaro que habla de los científicos en África y no de la Biblia. Por otra parte, me han contactado cineastas que quieren hacer una película de mi experiencia con Osama. La supermodelo Naomi Campbell está muy interesada en interpretar mi personaje. Hemos hablado del tema, de hecho. Sin embargo, para ser honesta, no creo que ella sea la más indicada para el papel, aunque tengo entendido que ha estado tomando clases de actuación. Me pareció difícil de creer cuando me enteré de que Somi había muerto, sobre todo porque no había cuerpo. Igual, me alegra saber que el presidente Barack Obama hizo de este mundo un lugar más seguro. Pero lo admito: no solo veo a Osama como un monstruo, también como un hijo, como un ser humano. | |||
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En Medellín, cuando alguien hace referencia de los aciagos tiempos del cartel duro, la gente habla del capo como si hubiera tenido íntimo trato con él: “Cuando Pablo estaba vivo…”; “Un día pasó Pablo, me tiró una liguita y me dijo…”. Y es que Pablo Escobar es protagonista imperecedero de la narrativa paisa, que suele ser magnificente y colorida, más ahora que hay dos Antioquias: antes y después de que lo acribillaran en un tejado cualquiera. Pablo es un mito. Y los mitos son como las caries: llegan para quedarse. Ciertos mitos se enquistan y hacen daño como las larvas al ganado. No hay quién los saque. Como este. Pululan sus incontables socios, gatilleros, confidentes, parceros, políticos torcidos (que lo siguen negando) y amantes. Amantes varias. Conocí una chica que en sus nostalgias contaba que en el relax pospolvo, bajo los densos gases del cannabis, se abandonaba (con Pablo, obvio) al placer de la música de Bach, dizque porque Pablo era un melómano muy erudito. Docto. “Doctor”, “¡Y lo culto que era!”, decía la mujercita. Porque Pablito clavó un clavito en el corazón de cada uno de sus coterráneos y dejó mil y una historias que imaginar. Yo, por mi parte, aprovecharé esta gran oportunidad que me da SoHo para contar lo mío. Para ambientar, les cuento que en mi mala vida de estudiante no ocurrió nada grandioso de qué ufanarme. No compartí banco con nadie de la banca ni se asomó por allí siquiera un mínimo prospecto de caballero de industria o un maestro de las artes. ¡Ni siquiera un pyme! A veces iban por la cancha de fútbol de mi liceo unos pelaos que después se ganarían la vida a patadas en el Deportivo Independiente de Medellín o en el Once Caldas y a quienes tocaba seguir adonde fueran, porque no había modelitos a la mano que imitar. Era difícil de sobrellevar la carga de ser uno, cien, miles de don nadie andando por la 45 de Manrique o fumando Pielroja y viendo llover en el parque de Bolívar. Los buenos estaban en el monte o en el nadaísmo. Era tan grave la cosa que el único Echavarría que había en mi curso tenía más edad que el promedio y además era un Echavarría pobre que atendía con su papá una tiendita de barrio. Solo patos de esquina. Populacho. Perdedores por cuenta propia. Cuando llegó la hora de impresionar a mis hijos con “proezas” de adolescente, no tenía nada bueno que decir, ni álter ego que exaltar, y después de mucho cavile me atreví, entre avergonzado, vacilante y culposo, al… “yo estudié con Pablo Escobar”. En esa época, los muchachos nos dedicábamos a esperar la redención del mundo, y los años maravillosos se nos fueron entre el humillo del recalentado fusil del Che, las peroratas del pueblo-unido-jamás-será-vencido de los curas de Golconda, oír tangos y meter ron del barato hablando mierda y a los gritos en las cantinas de barriada. O a bailar paseadito en las fiestas de 15 con el chucu-chucu de Rodolfo Aicardi y Los Hispanos. En mi Medellín de esa época, poco de rock porque a muchos nos daba miedo terminar metiendo pepas o azurumbados para siempre en una honguera. A eso, no creo que le jalara Pablo. —¡Escobar Gaviria, Pablo Emilio! Llamaba a lista y entre dientes un profesor de cualquier cosa entre el sopor de clase, a la una de la tarde, y ni por esas nos habíamos percatado de que en el salón había uno nuevo, que venía de Envigado dándoselas de líder estudiantil, expulsado de donde no le soportarían sus idioteces dialécticas sacadas a parrafadas de algún manual para engatusar a la masa. Para nosotros, los que veníamos en combo desde primero, quien llegara después era un intruso que no tendría cabida, a menos que tuviera qué gastar, y ese Escobar, el nuevo, no tenía ni para paletas de limón o marlborito. Ese era otro poca cosa, que entre sus calzones de dril metía unas carnes más bien fofas que no le daban para pantalón bota-campana y zapatos trompones de plataforma. Vestía su camisita a cuadros manga corta que remangaba aún más para marcar lo que no había: músculo en el brazo. No era alto y lucía un colocho rebelde que siempre lo caracterizó y que nunca supimos si era porque el pelo le hacía remolino o era para remedar la engominada cortinilla can-can de Óscar Golden, el baladista del momento. Uno con esa pinta no podía ser malo. Y aunque nada es como parece, más malo sería el tigre Tony de Kellogg’s. —Escobar, Pablo Emilio, ¿está o no está? —se impacientaba el profesor. Y un hilo de voz cualquiera brotaba desde un rincón cualquiera: —¡Presente, profesor! Él, Pablo, llegó tardíamente a mi colegio (quizás en tercero o cuarto), y las “curules” en las barras de bachillerato estaban todas copadas, como le pasó años después cuando llegó al Congreso de la República por chiripa. Fungir de líder en un medio así solo se logra llenando muchas botellas de cerveza y con una carreta bribona, como para timar un duende, o con algún truquito que vendiera, pues futbolista no era, ni siquiera tronco, buen estudiante menos (debió perder quinto y salir nuevamente del colegio), rumberito no parecía y lo que más bien conseguía era alterar con torpeza los ritmos de nuestras terribles horas de malos estudiantes, metiendo por todas partes su pelusa labio arriba que ya caracterizaba —y así para siempre— su campechana cara paisa. Mientras tanto, lo nuestro era echar globitos mamertos, porque eran los años sesenta. Pablo, el ultraconservador y disidente, hacía su búsqueda entre el bochinche estudiantil con un discurso que a nadie importaba y porque la fácil era quedarnos como marihuaneros de parque, fumando y bebiendo, mientras pensábamos un rebusque para levantar billete a punta de lengua, enredando gente y sacarla del estadio de una vez por todas para poder ayudar a la mamá y a los amigos. Ahí, todavía no vi a Pablo. Después me olvidé de él y de todos los que eran como él y me fui del país por falta de futuro y de güevos para sobrevivir entre tanto paisa como él. Volví años después y lo primero que hice fue buscar a mis amigos los Bustamante, para desatrasar el cuaderno de la vida. Padre e hijo regentaban un modesto negocio de compraventa: Prendería El Recurso, que quedaba en la calle Amador, abajito de Palacé, en pleno centro caliente de mi ciudad: el barrio Guayaquil. Al llegar, veo parqueado en la puerta del negocio tremendo auto BMW, último modelo. Señalando el juguete, vociferé: —¡Es que prestar plata al diez sí que es buen negocio, ¿no?! Don Miguel, el padre, que siempre fue un irónico maestro, desde la oscuridad polvorienta de los estantes, sin inmutarse y sin desclavar la mirada del periódico, respondió como si me hubiera visto cada minuto de cada día de estos años ausentes: —Eso no es mío, Cadavid, eso es del “filántropo” más amado de la ciudad, que viene seguido por aquí a buscar efectivo para sus beneficencias. Convirtió la calle en su parqueadero y a nosotros, en los obligados cuidanderos del carrito. Escobar Gaviria, Pablo Emilio, mi condiscípulo, estaba entre los grandes: ¡coronando!
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Me acuerdo del niñito tímido que usaba pantalones de rapero del almacén Jean-TV, en el centro de Oslo. Ese pequeño vivía obsesionado con el gimnasio y la buena alimentación. Si tuviera que describirlo, diría que era amable y leal a quienes consideraba sus amigos. Inteligente y de carácter fuerte. Ese es el hombre que ha masacrado a unas cien personas, la mayoría niños, vestido con un uniforme falso de policía. Recuerdo una tarde cálida durante el verano de 1994. Estábamos en Hvasser, una isla de la región noruega de Tjøme, donde algunos alumnos del colegio Ris celebrábamos el fin del curso 9A. El colegio habilitó una zona de camping. Hicimos una fogata en la que asamos salchichas y pan. Más tarde, la gente se escondería detrás de los arbustos para besarse. Estábamos felices, habían terminado nueve años de colegio. Nos sentíamos como un grupo unido. Habíamos vivido tanto juntos: borracheras en los clubes para jóvenes, fiestas en las casas de todos… Y, esa noche, Anders Behring Breivik era uno de nosotros. Desafortunadamente, él no es, hasta donde yo sé, un loco. Todo habría sido mucho más fácil si lo fuera. La imagen del caballero desquiciado, drogado con esteroides, se habría vendido sin problema en los periódicos. Habría creado una distancia cómoda entre él y nosotros. Pero nada de lo que conozco de él —ni de esa época ni de lo que he leído en su supuesto manifiesto— sugiere que sea una persona perturbada. Por el contrario, me da la impresión de que es un ser frío, inteligente y calculador. Todo lo que ha acontecido después de que la bomba estalló, el viernes 22 de julio de este año a las 3:26 de la tarde, ha sido parte de su plan. Mi gran temor es que todavía esté manipulándonos —a los medios de comunicación, a la opinión pública— como si fuéramos las teclas de un piano. Así como escribí en la página de la Corporación Noruega de Radiodifusión (NRK), lo que me desvela ahora no es que sea un monstruo, sino que es un tipo cualquiera. Un noruego que se ha sumergido en un análisis absurdo de la política y que desafortunadamente ha logrado ser tan recursivo como para complementar con acciones ese raciocinio. Él sabía que lo iban a atrapar. Luego admitiría todo. Solicitó —y recibió— un defensor que es miembro del Partido Laborista, una agrupación socialdemócrata. Escribió que la etapa de la propaganda empezaría con su arresto. Va a divulgar su visión retorcida del mundo en la Corte, con los medios internacionales presentes. Si es posible, ¡lo hará en uniforme! Uno puede decir mucho de este tipo de estrategias, pero no que son realizadas por un loco. Es el trabajo recursivo y planeado de un hombre inteligente. Anders tiene una meta y hasta ahora solo va a medio camino. Pero volvamos a la época del colegio, a ese momento en que era “bueno”: Anders era el tipo de niño que terminaba metido en problemas con la Policía. No se hablaba con su padre porque lo habían atrapado pintando grafitis en el centro de la ciudad. Fue el niño que decidió empezar a hacer ejercicio y, poco a poco, lo convirtió en parte de su rutina. Me acuerdo que me contó que se ejercitaba todos los días a las seis de la mañana. Eso decía mucho de él. Si Anders se ponía una meta, la alcanzaba, así le tomara semanas, meses, años. Fue así como se volvió musculoso. Logró su propósito por medio de un esfuerzo constante y largo. Tiene fuerza. Es quizás el tipo de fuerza que hace que justifique la matanza de casi cien personas inocentes en su manifiesto 2083, la revolución conservadora. El tipo de fuerza que hace que un hombre cree una compañía de agricultura con dos años de anticipación para poder comprar toneladas de fertilizante y así pasar desapercibido. Pero Noruega gestó a este hombre. Él es uno de nosotros. Un colega me llamó el sábado. Tenía en sus manos el anuario de 1994 del colegio Ris. No podía decir mucho. Entonces se descubrió este supuesto manifiesto: 1500 páginas, la mayoría tomadas de otras fuentes, como Timothy McVeigh. Pero en medio del plagio había páginas que me describían a mí y a la clase 9A. Con nombres completos. Se refería a un noruego-pakistaní, que era uno de sus amigos más cercanos en esa época. Se supone que fue él quien le abrió los ojos a Anders, quien le dio a entender que los musulmanes no les tienen suficiente respeto a los noruegos. Quién iba a imaginarse que yo estaría en la escena de Grubbegaten minutos después de la explosión de ese viernes. Nadie sabía en ese momento quién era el responsable. Fue solo hasta que llegué a mi casa, después de largas horas de cubrir la noticia, que oí que Anders Behring Breivik había sido arrestado en Utøya. Quedé en shock. Al principio no lo creí. ¿¡Anders!? Crecimos juntos. ¿Cómo pudiste escoger este camino en tu vida? ¡Nunca te hizo falta nada! Yo vivía en Londres cuando ocurrieron los atentados en esa ciudad, el 7 de julio de 2005. Quienes pusieron las bombas allá tenían al menos alguna razón para sentir rabia. Eran jóvenes islamistas, pertenecientes a las minorías, sin opciones laborales en el Reino Unido. Anders es lo contrario. Él ha tenido todas las oportunidades. Hasta donde me acuerdo, ni a mí ni a él nos ha hecho falta nada. No hemos sido víctimas de injusticias por parte de la sociedad. ¿De dónde viene este odio? Él planeó hasta el detalle más pequeño de esto. Dejó su perfil de Facebook abierto al público para que los medios pudieran usar sus fotos. Y su cuenta de Twitter con una frase inspirada en el filósofo John Stuart Mill, quien dijo que “una persona con una creencia es un poder social igual a 99 que solo tienen intereses”. Ambas cuentas fueron creadas el 17 de julio de este año. Dejó también un video y un tipo de manifiesto, o como quieran llamarlo: un texto largo con muchas fuentes, que incluye un diario en el que describe cómo planeó el ataque, día a día. Anders no parece tener sentimiento de culpa, pero ha admitido que él fue quien hizo los ataques. Por supuesto que le darán 21 años de cárcel, pero no le teme al castigo. Se siente un mártir. Un héroe malinterpretado en este momento, pero con un espacio reservado en los libros de historia. ¿Cómo puede un hombre terminar con una ideología tan equivocada? ¿De dónde sacó la voluntad para planear esto por tantos años? Dedicó meses a construir una bomba. Investigó las partes de los explosivos en Internet. Empezó un negocio para poder comprar fertilizante. Planeó un asesinato masivo. Es completamente frío. No lo entiendo y no sé si alguien lo pueda hacer. | |||
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Carlos Castaño, su familia y yo nos criamos en Amalfi, un pueblo de Antioquia. Yo tenía 10 años; y él, 12 cuando hicimos quinto de primaria en la Escuela Urbana de Varones. Él, al igual que sus once hermanos, era campesino y se caracterizaba por el hablado montañero. Me acuerdo que el padre era un tipo muy temperamental, se ponía rabioso por cualquier cosa. Y cuando no estaba en la finca se iba a jugar dominó a Zulia, la cafetería del pueblo donde todos se reunían a jugar parqués, cartas y juegos de azar. Aunque los niños tenían prohibida la entrada, Carlos se colaba y acompañaba a su papá a jugar. En el colegio me iba bien; a Carlos no tanto. A él lo único que le importaba y a lo que le dedicaba toda su energía era a las competencias físicas. Cada tanto se organizaban fiestas patronales, y en el colegio se realizaban carreras de atletismo. Carlos siempre ganaba. Su truco era correr descalzo. Decía que se quitaba los zapatos para que los pies le pesaran menos. Era gordo y tenía mucha fuerza. Los Castaño vivían en una finca, a dos horas y media de Amalfi. A veces invitaba a varios compañeros de esa época, incluido yo porque vivía muy cerca, y el recorrido desde el colegio era muy complicado. Nos tocaba trepar por caminos de herradura, pantanosos, llenos de piedras y canalones, subidas y bajadas resbalosas. Creo que eso lo ayudó a volverse un buen caminante y trotador. También le gustaba mucho nadar, siempre nos invitaba a hacer carreras en el río Porce. Los fines de semana ayudaba a su familia en la finca a recoger el ganado, ordeñarlo, traer el revuelto (yuca y plátano) y recoger la leña para la cocina. Y cuando se quedaba en el pueblo asistía a misa de nueve de la mañana. Era un niño muy creyente, cumplía con los actos religiosos como buen católico. De hecho, las únicas materias en las que le iba bien eran Religión y Educación Física. Aunque acompañaba a su papá a casi todas sus reuniones con amigos, Carlos nunca tomó ni bebió alcohol. En Amalfi, en esa época, los niños empezaban con los vicios desde muy pequeños. No hablaba mucho y pocas veces lo vi respondiendo con malas palabras. A mí me sorprendía ver lo atento que era con sus papás, sus hermanos y sus amigos más cercanos, los únicos que invitaba a dormir a su finca. Después de un tiempo, las cosas cambiaron. Carlos se hizo hombre, se alejó de la gente del pueblo y mantuvo contacto con unos pocos. Creo que cuando creció, quedó muy poco de Carlos Castaño, el niño que yo conocí. | |||