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Los primeros 100 días
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Por Revista SoHo
Publicado el 11/7/2011
 
SoHo recogió el testimonio de personas que por diferentes razones se están enfrentando a una nueva vida y reconstruyen esas primeras semanas que representan un cambio radical con su pasado. Cien días que cuentan toda una vida.

Los primeros 100 días

SoHo recogió el testimonio de personas que por diferentes razones se están enfrentando a una nueva vida y reconstruyen esas primeras semanas que representan un cambio radical con su pasado. Cien días que cuentan toda una vida.

Los primeros 100 días de un tipo rapado

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Los primeros 100 días de una bebé

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Los primeros 100 días de un papá

Por Santiago Roncagliolo

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Por Lázaro Malvarez
Fotografía Ronald Reyes

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Los primeros 100 días de un pan

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Los primeros 100 días de una prostituta

Por Angie
Fotografía Alberto Newton / Maquillaje y peinado Rey Tuk

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Los primeros 100 días de un ciego

Por Francisco Rodríguez

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Por Edgar Espinoza
Fotografía Ronald Reyes

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Por Luis Álvarez
Fotografía Ronald Reyes

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Por Juan Andrés Valencia Cáceres
Fotografía Álvaro Cardona

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Por Alfonso Chase
Fotografía Ronald Reyes

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Los primeros 100 días de una planta de frijol

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Por Jhafís Quintero
Fotografía León Quintero

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Los primeros 100 días de una uña

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Los primeros 100 días de un tipo rapado
Los primeros 100 días de un tipo rapado

Los primeros 100 días de una bebé
Los primeros 100 días de una bebé

Los primeros 100 días de un papá

Por Santiago Roncagliolo


Yo había visto las películas. Tenía previsto que, al comenzar las contracciones, mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado, que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombis.

El estrés no fue el parto.

El estrés recién estaba a punto de empezar.

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá; mi esposa, en la cama; y el niño, en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con lámpara o sin ella, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos. Más adelante, resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño, que no conoce el mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día, estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: registro civil, seguridad social, ayudas del Gobierno a la maternidad, libro de familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en piyama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Durante la fase de adaptación a la lactancia, para colmo, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a dos mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la seguridad social. A lo mejor. Pero es que “demasiado” es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de afuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.

—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio. ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisa otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.  

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz.

Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad, ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada, pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta mediodía los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas. Solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro.

O si tú tienes algo raro.

Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu existencia, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.     

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Pero no quiero deprimir a nadie. Todo lo contrario. Más adelante, las cosas cambian. Después de los primeros meses, los niños empiezan a reír y a comunicarse, y cada paso que dan es como una nueva aventura para ellos y para sus padres. Tener hijos es la experiencia más plena y también la más divertida que he tenido. La prueba es que he reincidido.

Lamentablemente para los límites de esta crónica, las cosas hermosas de la paternidad ocurren pasados los cien días.

Los primeros 100 días de un pedazo de pan
Los primeros 100 días de un pedazo de pan

Los primeros 100 días de un ciego

Por Francisco Rodríguez

Hace seis años, a causa de un glaucoma (presión alta en los ojos), me dañaron los nervios ópticos, y quedé sin ningún remanente visual. En menos de tres años, tuvieron que intervenirme los ojos diez veces; eso sin contar los múltiples tratamientos con gotas y láser que me aplicaron para regular el padecimiento que tenía.

A mi crítico estado de salud se sumó el hecho de que la persona que entonces era mi esposa decidió que era el momento idóneo para irse y terminar con nuestro matrimonio, por lo que no tuve tiempo de analizar cuál de las dos situaciones me afectaba más; si era momento de echarme a morir o salir adelante con esfuerzo y la ayuda de Dios.

Los primeros días fueron todo un reto, pues una semana después de haber perdido la vista decidí empezar el proceso de rehabilitación, en el cual aprendí a usar el bastón blanco (sudaba de la tensión, evitando golpearme) y así modificar un poco la forma de hacer mis actividades diarias. En esas primeras tres semanas descubrí que podía hacer las acciones que hacía antes, pero aplicando algunas características diferentes. Los dos golpes en un basurero y en un poste del alumbrado público, la frente rayada por las espinas de un rosal salido de la acera y la tapa de alcantarilla que se partió me recordaron que la tarea necesitaba de esfuerzo y mucha paciencia para no caer en la rabia, producto de estos accidentes.

Salía a practicar todos los días por las aceras de Grecia con ayuda de mi bastón; el objetivo era poder andar de forma autónoma. Anhelaba caminar por donde quisiera, sin tener que depender del apoyo de una persona, pues, a decir verdad, es incómodo perder la privacidad que todas las personas deseamos tener.

Fue un verdadero reto de supervivencia, el caminar por nuestras aceras en esos primeros días. Empecemos con los huecos, las tapas del alcantarillado, de registro, las eléctricas, telefónicas o de otra índole que están en mal estado o que del todo se las han “levantado”. Prosigamos con la basura desperdigada, los cabos de banano, vidrios, directorios telefónicos de hace unos quince años —por lo menos—, miles de botellas plásticas y hasta papel impregnado con sólidos propios de los humanos. Uno se la tiene que jugar, haciendo malabares, para esquivar tal cantidad de estorbos.

También tuve que sortear escaleras, portones abiertos, arena y piedra para construcciones, y hasta mesitas, sillas plásticas, parrillas y demás tiliches amontonados para degustar esas “agüitas” que amenizan las fiestas en la acera de enfrente de tu casa.

Por otro lado, la sobreprotección se agudiza a tal punto, que la familia cree que a la persona ciega hay que hacerle todo, y poco falta para que te quieran llevar a todo lado en los regazos (con mi estatura —1,86 metros—, eso estaría bien complicado). Es aquí cuando se necesita algo de iniciativa para demostrar que uno tiene la capacidad de resolver por su cuenta los diferentes problemas que se le presenten y que, cuando precise algún apoyo, lo puede solicitar en los términos que crea conveniente.

Hubo momentos en que, al llegar a algún sitio, querían pedirme algo de comer de acuerdo con el gusto de otras personas, sin tomar en cuenta mi opinión; incluso, si necesitaban saber algo, le preguntaban a mi acompañante, y eso me hacía sentir anulado.

En conclusión, cien días después y por el resto de mi vida, he tenido que hacer modificaciones a mi manera de actuar y de vivir, para poder disfrutar plenamente de lo que hago. No obstante, sería aún más sencillo si todos tuviésemos la conciencia de que somos parte de un todo en la sociedad y que las personas ciegas solo tenemos condiciones distintas para hacer las cosas.

Los primeros 100 días de un viudo

Por Lázaro Malvarez
Fotografía Ronald Reyes


Por casualidad o extraña coincidencia, la mayoría de los momentos importantes de mi vida guardan alguna relación con el boxeo. La noche del 5 de mayo del 2007, mientras yo era el hombre más feliz del mundo chineando, junto a mi esposa Bettina Sassen, a nuestros gemelos Amelie y Mattias, de apenas doce días de nacidos, dos de los mejores pugilistas de los últimos tiempos, Óscar de la Hoya y Floyd Mayweather, libraban un encarnizado combate en Las Vegas.

Ni la pelea más esperada hizo que me separara de mi amada familia. Horas después, De la Hoya intentaba digerir su derrota, y yo recibiría el golpe más duro que me habían propinado en la vida.

Eran pasadas las cinco de la mañana del domingo 6 de mayo, y Bettina me contaba sobre su dolor de cabeza, el mismo que la había estado molestando desde días atrás. No hubo tiempo para mucho más: un aneurisma cerebral apagaba su joven y radiante vida llena de proyectos.

La primera llamada fue a mis suegros (Birgit y Jochem Sassen) y a mi cuñada (Ariane); los siguientes fueron segundos, minutos, horas y días de desconsuelo, en los que no hubo margen para la esperanza. Con los pequeños bien cuidados en casa, comenzamos nuestra vigilia en el Hospital México, aferrados a un milagro que nunca llegó.

Los que sí llegaron fueron mis grandes amigos: Pilar, Ignacio y José, quienes estuvieron siempre a nuestro lado con mensajes de aliento, y resolviendo todas las situaciones generadas a raíz de tan doloroso desenlace, para lo cual contaron siempre con el apoyo de nuestra familia, en la que incluyo a mis compañeros de Televisora de Costa Rica.

Entre incrédulo y abatido, pasé el funeral, y, junto a mis suegros —convertidos desde entonces en mis padres— y mi cuñada, nos mirábamos buscando una explicación a lo sucedido, mientras pensábamos en el futuro de los recién nacidos Amelie y Mattias, y en el de todos nosotros.

Bettina tenía una gran vocación de madre y se había preparado como pocas mujeres para serlo. Recuerdo cuando íbamos a los cursos prenatales, siempre atenta, bien documentada, mientras yo hacía mi mejor esfuerzo para no defraudarla.

Mis primeras noches con los gemelos fueron difíciles, pues, aunque contaba con el apoyo de mi familia alemana y de mis hermanas Nancy y Maite, que vinieron de Bosnia y Cuba, respectivamente, para un padre primerizo y medio “chapa” es un gran reto.  Recuerdo que, entre chupón y chupón, a veces quedaba rendido en los brazos de Morfeo.

Descansaba poco, y la incertidumbre se apoderaba de mí, al tiempo que sentía una necesidad muy fuerte de estar al lado de mis hijos, como temiendo que alguien se los llevara, como pasó con su mamá.

Los días fueron pasando entre sonrisas, orinadas y caquitas. Luego llegaron los primeros juegos de Ame y Matti, y también las citas con el doctor Pinto, el pediatra, a quien Birgit, Ariane y yo prestábamos suma atención para no fallar en nada.

Imposible olvidar los resfríos, calenturas y las noches de desvelo compartidas con Ariane y Birgit, mientras yo comenzaba a admitir la realidad de que Bettina, mi esposa, había partido en un viaje sin regreso, el mismo que tarde o temprano todos haremos.

Con la retaguardia bien cuidada y los niños en las mejores manos, yo volví a mis labores habituales. Aunque dicen que el trabajo no es el mejor refugio, en el caso de un periodista es diferente, y más cuando tiene al lado a verdaderos amigos.

Sin embargo, luego de una intensa jornada laboral y aun con dos angelitos esperándome, la tristeza acompañaba mis noches, en las que me preguntaba el porqué de lo sucedido. Confieso que muchas veces el desánimo y la falta de esperanza se apoderaron de mí, pero bastaba con recordar una sonrisa de mi princesa Ame o alguna carita de Matti para encontrarle de nuevo el sentido a mi vida.

Sentía un gran vacío sin Bettina, me faltaba su compañía, su ternura, su facilidad para resolver todo lo que para mí era difícil. En los quehaceres del hogar, su ausencia era notoria; y no necesariamente en la cocina, con el aplanchador o lavando, sino en otras áreas, porque, luego de su trabajo en la Embajada de Alemania, encontraba tiempo para la carpintería, la pintura y la decoración de la casa, labores que compartía muchas veces con su papá, Jochem.

Precisamente, mi suegro, herramientas en mano, continuó muchas de las obras que había iniciado Bettina en la casa, en un sano intento de ocupar su lugar, al menos en ese campo. Tal vez aún él no sabe cuánto se lo agradezco.

El paso de la leche al cereal y otras comidas blandas me topó un poco más recuperado, lo suficiente para tomar con humor mi torpeza a la hora de cambiarles el pañal y disfrutar más los ratos de baño.

Siempre respaldado por mi internacional familia (alemanes, cubanos y ticos), en los ratos de café con amigos tuve otra excelente terapia y la posibilidad de desahogarme. 

Entre la más honda tristeza y la felicidad extrema transcurrieron mis primeros cien días de viudo: el dolor por el ser amado que partió y la dicha por los dos retoños que me dejó.

Doy infinitas gracias y considero que, en mi soledad, nunca me sentí solo. Tuve a mis tesoros, a mis suegros, mi cuñada, mis hermanos, mis grandes amigos y también a Bettina, porque, como me dicen Amelie y Mattias, su mamita está en la estrella más grande del cielo y desde allí nos cuida.

Retomando el argot de mi deporte favorito, creo que estuve al borde del nocaut, pero escuché la cuenta de protección y decidí levantarme y echar pa’lante.

Los primeros 100 días de un jubilado

Por Edgar Espinoza
Fotografía Ronald Reyes


En honor a la verdad, mis primeros cien días de jubilado fueron tan intensos como los últimos cien sin serlo, pues al natural horror de morirme antes de recibir la pensión se sumó el presentimiento de que esta muriera primero que yo, debido al descalabro financiero de la CCSS.

Por eso, en los días previos a la jubilación no me despegué ni un segundo del almanaque, para tachar los días y estar pendiente hasta de su santoral, y por supuesto del teléfono, saltando del susto cada vez que este timbraba, temeroso de que a última hora la Caja me saliera con que las hormigas se habían comido mi expediente o que, debido a su bancarrota, de Ciudadano de Oro me degradaría a Ciudadano de Lata.

Y es que en el tema de la vejez no me ha ido del todo bien desde que hace poco, cuando ya me había propuesto el reto de llegar a los 100 años bien pura vida —o sea, al 2045—, la comunidad científica predijo precisamente para ese año el comienzo de la inmortalidad. Salado yo por no llegar a tiempo al cambio de switch, pues no niego que me hubiese encantado vivir al menos una fracción de esa perpetuidad, pensión de la Caja incluida.

En todo caso, cualquier contratiempo con la CCSS hubiese sido nefasto porque, con tal de que la pensión me alcanzara, yo ya había hecho el presupuesto con tres tipos de gastos ineludibles para aspirar a una vejez digna: 1) los básicos (frijoles, cebolla, manteca, repollo, antiácidos…); 2) los antirrobo (lomitos para los rottweiler, red de cables primarios en puertas y ventanas, campo minado en toda la casa, rebanadores automáticos de pescuezos invasores…) y 3) los extraordinarios, que nunca faltan (multas por camarazos viales, traficobros exprés y tragos para bajarse el colerón).

Además, durante ese lapso de la prejubilación uno se vuelve más consciente y suspicaz de lo que significará estar en la casa por el resto de la vida, viéndose cara a cara con la señora, y ella con uno, 24 horas al día, a lo que, sin duda, habrá que adaptarse para evitar indecibles pugilatos domésticos por el poder, con las consiguientes discusiones bizantinas, miradas-cuchilla, portazos y demás “enjaches” porque el almuerzo de hoy estaba muy salado, porque dejaste tirados los calzoncillos o estás hablando demasiado con la vecina, y, así, hasta parecernos a Los Melaza o a Olafo y Helga.

Durante ese período tampoco pude evitar ciertos ramalazos existenciales sobre cómo asumir el nuevo estatus. El primero fue hacer un inventario rápido de mi estado físico con la intención de ver qué tan averiado podía estar, y me descubrí —nada mal para mi franja etaria— un poco encorvado, con un ojo más chino, algo saltón (yo, no el ojo), pelo ralito y la papada y las “llantas” en lucha febril contra la fuerza de gravedad. (Al instante de escribir esto, íbamos 5 a 0, perdiendo). Una pequeña medición visual que me hice de esas partes colgantes me lo confirmó de manera más matemática: su velocidad actual de caída es dramáticamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellas y las rodillas.

Mi médico me recomendó de inmediato hacer ejercicios de equilibrio parándome, como los gallos de corral, en una pata con los ojos cerrados, a ver si me caía hacia la derecha o la izquierda. (¡Y qué importa hacia dónde, si uno igual se va de bruces!). También me mandó otros para la memoria, que ahorita no recuerdo. Pero, en general, me exhortó a moverme bastante para que la máquina no se me trabe ni herrumbre; también me instó a tirar pescozones a lo loco para mantener alejada, viniera de donde viniera, a la impredecible “pelona”.

Estaba yo en esas cuando el “Gran Día” me sorprendió y conmocionó, pues uno, que está hecho de etapas, con la de jubilado siente que llega a la penúltima y más importante, porque la que sigue es la final, “café con tamal”. El sanseacabó de esta vaina.

De alguna manera, el primer día de jubilado me hizo recordar mi primer día de escuela, de colegio, de universidad, de trabajo y de casado, con la diferencia de que ahora me podría arrollar más tiempo en las cobijas, sin tener que lidiar con aquellas levantadas trágicas por culpa del bus del cole que me dejaba, o los exámenes que me traían de cabeza. Ahora ya podría detenerme a contemplar la vida, algo que nunca pude hacer porque de joven solo quería salvar el pellejo en los estudios; y de adulto menor, mediano y mayor, rajarme el pecho para llevar el pan a la casa. (¿Quién dijo jetón?).

Así las cosas, ante el nuevo escenario me impuse satisfacer varios deseos: correr a diario (¡rechazo por si acaso: en casa no hay cortinas!), hacer la digestión del mediodía viendo la Eurocopa por tele sin robarle ya horas al patrón, mandar para siempre al carajo el saco y la corbata, bañarme menos a menudo para no dejar la cadera en la ducha, estrenar el carné de oro en el juego de la Sele contra España —viéndolo gratis desde el palco preferencial— y pasar muerto de risa delante de las cámaras del MOPT a velocidad de neutrino.

Además, hice un menú de urgencias seniles, entre las que destacan: cotizar chapa de dientes high tech con mordida ultra bright, caminar siempre erecto, nunca “hacer trencito” (y menos del Incofer), jamás quedarme sin dientes para que la punta de la barbilla no se me junte —como la de las brujas— con la de la nariz; prohibir baldes en la casa, para no patear ninguno antes de tiempo, y tener una encerrona con todas las modelos de SoHo en una habitación de 2 por 2 metros.

Todo esto consiste en evitar que la jubilación se me convierta en una cosa ontológica que me deprima, haciéndome pensar en carajadas del más allá, en los años o días que me quedan sobre este mundo y en repasar La Magnífica (pomada canaria del alma) cada vez que se me sube la presión o el colesterol.

No veo ni veré jamás la vida como un número o puño de años del 1 a los 55, 70, 90 o 100, o como las 581.760 vueltas completas de reloj que tengo a mis 66 años y cinco meses de edad, sino como una actitud ante ella; positiva, abierta, optimista e indiferente a los estereotipos sociales que, por ejemplo, convierten la pensión en una suerte de Honoris Mortis, empezando por ese nombre de “Vejez, Invalidez y Muerte” que le dan al benemérito régimen y que yo rebautizaría con el de “Madurez, Esplendidez, Voluptuosidad, Exquisitez y Suerte”.

Por eso mismo quisiera morirme muy activo, haciendo cosas incluso después de muerto (menos asustar ni jalar patas), como escribirle otro artículo de estos a SoHo, pero ahora sobre mis primeros cien días en el fondo de los infiernos. Amén.

Los primeros 100 días de un desempleado

Por Luis Álvarez
Fotografía Ronald Reyes


Un escalofrío recorrió mi cuerpo y quedé en modo off. Debí haberlo presentido, más aún cuando un amigo me lo advirtió: “Tenga cuidado porque lo están vigilando”.

Uno piensa que esas cosas nunca le van a ocurrir, hasta que pasan y nos dan en la pura nariz. Claro, cuando vi a Grettel bajando las gradas, algo dentro de mí activó la alarma y, en mi interior, me dijo: “Hasta aquí llegaste”. Era el 1.° de octubre del 2007.

—Ay, no me diga —fue lo único que se me ocurrió decirle a Grettel.

—Viera qué pena me da —me contestó.

—No se preocupe, ese es su trabajo —le respondí.

—Tiene que recoger sus cosas —dijo mientras escrutaba cada objeto que yo metía en mi maletín.

Puña, en ese pequeño bulto iban también mis angustias, mis preocupaciones, mi decepción por la gente que me había traicionado. Cuando concluí, estreché la mano de un par de compañeros. Pasé por la sala de redacción y dudé un momento. “¿Me despido del director? No, no lo merece”, reflexioné. Di media vuelta y seguí caminando hasta la puerta.

Aquel pasillo de apenas 25 metros se me hizo eterno. Todos sabían que quien pasaba por ahí, escoltado por Grettel, estaba despedido. Debatiéndome entre la humillación y un ligero sentimiento de alivio, salí del que fue mi trabajo durante seis años.

A las 2:30 p. m. llegué a casa. Entré y al primero que me topé fue a papá.

—Diay, ¿por qué tan temprano? —me cuestionó.

—Nada, salí temprano.

Fui donde Mónica —mi esposa—, me miró a los ojos, y se lo confesé: “Me despidieron”. Ella, abrazándome con ternura, me dijo: “No te preocupés. Por fin saliste de ahí. Vendrán cosas mejores”.

El siguiente paso era enfrentar la reacción de mis hijos: Marianna (trece años), María del Pilar (nueve) y Luis Andrés (ocho). Les dijimos que papito estaba de vacaciones, pero pronto Marianna descubrió la verdad.

—Papi, ¿te despidieron?

—Sí, mi amor, pero todo va a salir bien...

—Okey, papi.

Casi a final del año, difícilmente alguien me iba a dar trabajo. Yo mismo pensaba: “Tengo 41 años...”. Fue así como puse todo en manos de Dios. Enviaba currículos, hacía llamadas y me ganaba algún dinero escribiendo para revistas; sin embargo, mi liquidación se acababa. Había que comer. Venía Navidad, y los chicos no tenían culpa de que no tuviera trabajo. Aunque parezca contradictorio, aquella fue una época maravillosa porque tuvimos la oportunidad de estar juntos por primera vez en quince años.

Y llegó enero. Tenía que hallar un empleo, le decía a Mónica. Ya habían pasado dos meses, y cada día había menos dinero, más angustia, pero también una enorme fe en que pronto estaría de vuelta en el ruedo.

Surgió una posibilidad en el Consejo Nacional de Producción. Estaba súper ilusionado porque mi papá había trabajado ahí durante 25 años. Cuando llegué, todo estaba listo, pero al presentarme donde el jefe de recursos humanos… ¡Zaz!

“¿Tiene licenciatura?”, preguntó. Le dije que no. “Ayyyyyy... Sin ella no podemos hacer nada, porque el puesto requiere el título. Lo siento”.

Poco después me llamó Rocío (una amiga que había sido mi jefa en el empleo anterior) y me preguntó si ya había encontrado trabajo. Como mi respuesta fue negativa, me pidió que le enviara el currículo.

El 11 de febrero del 2008, mis hijos entraron a clases después de unas maravillosas vacaciones de tres meses. Ese mismo día —luego de 133 días de estar desempleado—, su papá volvía a trabajar...

Los primeros 100 días de la dieta de las 4 horas

Por Juan Andrés Valencia Cáceres
Fotografía Álvaro Cardona

Mis esperanzas de llegar a ser el hombre más gordo del mundo fueron devoradas por la decisión de hacer dieta por primera vez en mi vida. Con 133 kilogramos a cargo, mi barriga y yo estábamos bien encaminados en alcanzar a José Luis Garza Rodríguez, aquel mexicano de 450 kilos que falleció tras permanecer dos años acostado en su habitación y que no tenía mayores pretensiones que esperar a que lo alimentaran cada tanto. Garza murió minutos después de que un equipo de rescate rompió la pared para llevarlo a una clínica a tratarle la diabetes.

Nunca hubiera llegado al extremo de hacer de mi vida un reality show, como sí lo ha hecho Donna Simpson, aquella inglesa que para romper el récord de la mujer más gorda del mundo abrió un blog en el que cobra 19,95 dólares mensuales —ya pesa 320 kilos y recibe 8500 dólares al mes por cuenta de ello—. Las personas la ven comer y vivir una rutina diaria que incluye sorpresas, como cuando también rompió fuente para llevarse otro récord (el de ser la más gorda en dar a luz). Sin embargo, la idea de pasar el resto de mis días tirado en el suelo sin siquiera tener que pararme para comer (y que me pagaran por ello) me seducía lo suficiente como para no perder el ímpetu.

En esas estaba, comiendo a mis anchas —y a las de mi estómago, que eran todavía más anchas—, hasta que mi novia me dijo que debía adelgazar lo más que pudiera en cuatro meses para que, en el matrimonio de su mejor amiga en Cali, yo no pareciera un novio con embarazo psicológico envuelto en un camisón de maternidad. Fue entonces cuando me puse a investigar las dietas que habían estado de moda últimamente.

La primera que descarté fue la de la piña y el atún, así prometiera bajar hasta cuatro kilos en siete días; la segunda que deseché fue la de la sopa de cebolla, que aunque juraba quemar más calorías que las consumidas, me parecía poco práctico andar con un termo lleno de caldo para ser consumido a cualquier hora, con el agravante de tener que comprar chicles para amainar un aliento que hedería a lágrimas; la tercera dieta en caer en desgracia fue la de solo líquidos, de lejos la menos seductora: ¿a cuenta de qué desayunaría con tres vasos de agua tibia, almorzaría con un consomé de pollo sin pollo y cenaría con té? Resultaba más sencillo internarse en una clínica para que me suministraran suero intravenoso.

Entonces un amigo me regaló un libro llamado The 4-Hour Body (El cuerpo de las cuatro horas), cuyo chapeau invitaba a devorárselo inmediatamente: “Guía poco común para bajar de peso rápidamente, tener un sexo increíble y convertirse en un superhumano”. ¿El autor? Timothy Ferriss, un best seller gringo obsesionado con la eficiencia. Su publicación ofrecía la fórmula infalible para perder mucho peso en poco tiempo, entre otros atractivos igual de carnales.

¿Y el régimen? Titulado como “La dieta de los carbohidratos lentos”, asegura que sirve para perder veinte libras en treinta días sin necesidad de ejercicio y consiste básicamente en suprimir todas las harinas (panes, cereales, papas, arroces, pastas y demás), no tomar calorías (gaseosas, licores y sopas), no comer frutas (ni siquiera licuadas) ni frutos (secos, como las nueces y el maní), no consumir leche (ni derivados como mantequillas, quesos y helados) y, obviamente, ningún azúcar (sí, los postres y el chocolate también están prohibidos). ¿Qué queda entonces? Todas las proteínas habidas y por haber (huevos, pollo, carne de res, carne de cerdo y pescado), todas las leguminosas (lentejas, garbanzos y la inmensa variedad de frijoles que hay) y todos los vegetales.

Para darle forma a lo que sí está permitido existen dos condiciones más: consumir los mismos alimentos una y otra vez diariamente, por intervalos de cuatro horas y durante seis días seguidos a la semana, y escoger un día, cualquier día, para romper las reglas y atragantarse, literalmente, de lo que sea. Pero vamos por partes. El mayor de los conflictos me surgió porque yo sí podía prescindir de las harinas con mucho esfuerzo, pero no podía con las leguminosas, acaso la comida que más podía odiar, y por eso en los primeros tres días traté de esquivarlos: inauguré la dieta desayunando entre dos y tres huevos cocidos (aunque la dieta permite que sean revueltos, siempre y cuando se les quiten las yemas), almorzando proteínas con vegetales y cenando lo mismo del almuerzo. ¿Los horarios? Ocho de la mañana, doce del día, cuatro de la tarde y ocho de la noche. El problema es que una hora después del almuerzo, mi estómago ya ardía del hambre.

Así entendí que los granos son necesarios, pues no solo no hacen engordar, sino que sustituyen a las harinas en esa clásica sensación de llenura y pesadez estomacal que tanto han sido combatidos por el Alka-Seltzer. No fue fácil acostumbrarme, en todo caso, porque a la también clásica reacción de pedos en cadena tras ingerir lentejas, garbanzos y frijoles, empecé a odiar al mundo entero. En la oficina me mantenía irritado y para no insultar a alguien sin justa causa debía encerrarme en mí mismo, frente al computador, sin abrir la boca, como si fuera un diseñador gráfico. Afortunadamente, el mal genio se disipó el sábado, día escogido para comer lo que quisiera. ¿Por qué una dieta permitiría semejante cosa? Sencillo: 24 horas de choque calórico en las que todo es permitido en una estricta dieta como esta motiva la pérdida de peso, ya que mantiene “vivo” el ritmo metabólico del cuerpo en un régimen con tantas restricciones calóricas.

Valga anotar que el primer sábado, tras estar muy juicioso durante cinco días, no fue tan agradable como lo imaginaba. Desayuné huevos y chorizos, pandebonos, buñuelos y mucha Coca-Cola, pero mi estómago se había encogido tanto que creí que lo estaban estrangulando por dentro. No podía más. Pero debía aprovechar mi día, ya que no podría volver a darme gustos en los seis siguientes. Como pude, almorcé pollo frito a las cuatro de la tarde (aún estaba lleno) y a las 11:45 de la noche, en el último suspiro, me atoré media pizza de pepperoni. No pude disfrutar de mi gula por mi recién adquirida debilidad abdominal. ¡Tantos años madurando un estómago de camionero para que en una semana se “delicara” como el de una modelo!

Mi sacrificio se vio recompensado el lunes siguiente, cuando me enfrenté, desnudo y solitario, ante una báscula que, sin más ni más, señaló 128 kilogramos. ¡Había perdido cinco kilos en siete días! A partir de ese momento, una nueva dieta empezó para mí: gracias a la muy colombiana tabla de equivalencias gastronómicas, ya no intercambiaba frijoles por papas a la francesa, sino al contrario, y los meseros se quedaban mirándome de soslayo cuando les decía que en vez del arroz me sirvieran la otra ensalada del menú. Incluso llegué a creerme el cuento de que un espejo bordeado de bombillos me esperaba iluminado cada lunes para que mi versión más refinada ya no se enfrentara a la báscula, sino que la abrazara e hiciera de ella su mejor amiga. Y los 123 kilos que quedaron registrados en la segunda medición me dieron la razón.

De ahí en adelante siguió mi pelea personal contra los kilos de más. Nos enemistamos, es cierto, y para castigarlos decidí empezar a caminar, todos los días, las quince cuadras que separan la oficina de mi apartamento. La ropa, día a día, la sentía más holgada, me tocó comprar un par de correas y sentía que en cualquier momento saldría elevado como una bomba llena de helio. Pero hay un punto en que la dieta deja de ser tan rápida, y uno siente que se estanca: entonces se baja un kilo una semana, ninguno en otra, tres a la siguiente y así, fluctuaciones de peso normales —advierte el bueno de Tim Ferriss—, pues el cuerpo sigue disminuyendo medidas mientras la pérdida de peso se desacelera. Si en los primeros catorce días había perdido diez kilos, en los siguientes 86 perdí los once restantes hasta llegar a 112.

Es cierto que todavía estoy muy lejos de ser una sílfide, pero al menos voy por buen camino: mis 1,86 metros disimulan bastante bien mi nuevo “peso ligero”, y ya no tendré que seguir comprando ropa en Piponas. Lo malo, eso sí, son algunos efectos secundarios que no me fueron advertidos y que vengo sobrellevando con la mayor dignidad: ahora disfruto de los granos, y mi cuerpo se acostumbró tanto a ellos que ya no produce gases después de comerlos, pero en cambio mi estómago se convierte en una especie de Ciudad Juárez gastrointestinal cada vez que empieza a digerir la comida que antes procesaba apacible, sin celebrar la misión cumplida quemando pólvora por mi recto. Incluso el color de la mierda que cago ahora es más diáfano que el de antes, casi como el de las compotas extranjeras, lo cual hace que la contemple irse por el remolino del inodoro mientras recuerdo, con nostalgia, las épocas en que me subía la camisa por encima de mi barriga, después de un generoso almuerzo, para que respirara a través del ombligo. Y es quizá también por eso que ahora sí me gustan los cuadros de Fernando Botero y los programas animados por Carlos Calero.

Los primeros 100 días de un mutilado

Por Alfonso Chase
Fotografía Ronald Reyes


La cosa empezó desde muy antes. Primero es descubrir a la diabetes correteando por el cuerpo y luego tomar conciencia de que existe. Por supuesto, hay que cuidarse, al menos hasta donde lo permite el ser goloso, comelón y fumador de pipa desde los dieciséis.

Todo este proceso duró unos tres años, antes de que sucediera la “cosa”. Pie derecho diabético, amputación de un dedo en enero del 2011. Todo perfecto, según los médicos. El acabado excelente de la operación se deteriora con infección y absceso, convirtiéndose, hacia la primera semana de mayo, en amputación total del pie, infracondílea en guillotina. Nada que yo no hubiera pensado, soñado o imaginado como resultado final de un problema que estaba viviendo. La felicidad, como la salud, se pierde cuando uno menos piensa. Unos minutos antes, de camino a la sala de operaciones, todavía podía ver y sentir el pie.

Luego de un tiempo, entre anestesiado y adormilado, el vacío: ese momento en que uno se da cuenta de que el pie se ha perdido, se ha evaporado, ya no está. Algo totalmente diferente de lo que se ha vivido antes, tan fantástico que resulta casi normal. Y luego viene el miedo; el terror a una infección, a una bacteria loca, a un golpe súbito en el muñón recién suturado.

¡Bueno, ya había pasado la “cosa”! No me costó dar el consentimiento para la operación y, menos aun, asumir el riesgo que implica para un diabético, ahora dependiente a la insulina. Buen trato del personal, combinado con las alteraciones propias del paciente, que muchas veces se vuelve insoportable.

La noche del 7 de mayo, un poema empezó a rondar por mi cabeza. Algo difuso que se fue concretando lentamente, como una necesidad de dar por concluido un proceso y dar inicio a algo ¿incierto? No se vive en soledad esta decisión. Las visitas, llamadas, mensajes, recados, papelitos o frutas son los que dan realmente inicio a cualquier proceso posterior a la pesadilla. Todo lo anterior mitiga, modera, disminuye, atenúa el dolor o ese miedo que te confronta con la muerte, que está allí: inerte y sórdida junto a tu cama.

Y es, entonces, cuando se da inicio a una evolución que se mide en semanas, meses, días, a partir del momento en que la lucha es entre el eros y el tánatos. A las treinta y seis horas ya estaba haciendo ejercicios, sin temor a que se me preguntara lo de siempre: ¿qué fue lo que pasó? Yo solo sacaba la pierna, con su muñón, que hablaba más que cien palabras.

La dieta hospitalaria, de tan insípida, empieza a parecerte un manjar. Los compañeros pacientes se convierten en amigos. Como los gatos, hoy ingresan y luego se van. Los ejercicios se multiplican como  hábitos o poemas rondando. Las visitas de los amigos son bendiciones, igual que los mensajes. Si antes no tenías una idea clara de Dios, ahora descubres a la Divina Providencia, que es algo así como su álter ego, cumpliendo las funciones de un neutrino.

Paso doce días encamado, pero debo irme. Una nueva etapa se vislumbra. El día que me dan la salida llueve terriblemente, y días antes un temblor movió todo el hospital en sus rodines. Aspiro el aire húmedo. Dejo todo con los otros pacientes, que de seguro lo necesitan más que yo. Solo pienso en el libro de poemas, un supuesto diario escrito en duerme sueños, y lo que he llamado “temas observables”. En doce días leí diez libros completos. No sé a qué horas dormí o si no lo hice nunca.

A partir del 1.° de junio empiezan los famosos cien días: enfermera, cocinera, asistente de las seis de la mañana a las siete de la noche. Terapista, pesas, resorteras, sentadillas lentas y ya sin pie. Silla de ruedas, muletas, andadera y bastón..., todo pagado por mí, con paciencia y austeridad. Y las visitas de los amigos, los bocadillos dietéticos, las tarjetitas.

La oferta de prótesis, fascinante: modernas, antiguas, biónicas, o simples experimentos de acuciosos estudiantes, pero eso queda en los márgenes del primero y el último día de la rehabilitación, ¡que todos sabemos cuando empieza, pero no cuando termina!

Cada vez que el sol se asoma por mi ventana, naciendo por sobre el volcán Irazú, a las cinco y veintiocho de la mañana, sé que estoy vivo y que aquí, cerca, me aguarda la máquina de escribir, para dar comienzo al día.

Los primeros 100 días de una planta de frijol
Los primeros 100 días de una planta de frijol

Los primeros 100 días de un preso

Por Jhafís Quintero
Fotografía León Quintero


La escena empieza con un plano general en el que se ve a muchos policías de rostro cubierto rompiendo las puertas de tu casa. En esos momentos —generalmente de madrugada— no sabes si en realidad es la Policía o simplemente colegas sin respeto alguno por la sindicalidad. Luego te esposan y te exhiben brevemente ante la mirada convencida de los vecinos, que murmuran: “Ves, yo sabía que él estaba en algo raro, es panameño”.

Pronto eres depositado en el sótano del OIJ, donde te dejan por aproximadamente 48 horas, al cabo de las cuales experimentas un estado de total desorientación, pues, con los fluorescentes y ninguna ventana, no sabes si es de noche o de día. Todo eso, condimentado con el zumbido del extractor de aire, que no te deja razonar, ya que el volumen de este aparato infernal es el justo para bloquear cualquier concentración. Si eres novato, al final de las 48 horas saldrás con una cara reluciente y digna, listo para hablar hasta de lo que no hiciste.

Si no, después de las formalidades correspondientes, serás enviado a la cárcel de San Sebastián, donde por décadas te encontrarás con un polizonte que estuvo y estará siempre en la puerta de ingreso. En ese momento verás un plano detalle del rostro de este policía con un palillo de dientes y un gesto de repulsión colgando de los labios. Luego pasas a afiliación. Allí te revisan cicatrices, tatuajes, cantidad de dientes en existencia, etc.

La escena continúa con un travelling-camera desplazándose por un corredor infinito y gris, como dicta la dramaturgia en estos casos.

Desde ambos lados, silenciosos enjambres de manos asomándose entre los barrotes. El corredor termina en una escalera que está justo enfrente del antiguo pabellón H, que era donde mezclaban a los presos de preferencias sexuales variadas. Sigues subiendo las escaleras que te llevan directamente a la oficina de la china Li, una anciana que de tanto trabajar ahí conoce de memoria la cara del crimen local. No tiene sentido que te cambies el nombre o te hagas pasar por otra persona: ella, dependiendo de la cantidad de veces que hayas estado en su escritorio, te clavará su mirada y te clasificará como a una mosca.

Pabellón A y B: novatos.
Pabellón C: no tan novatos.
Pabellón D: problemáticos.
Pabellón E y F: gente invivible.
Pabellón H: gente diversa.

Tan pronto te asomas al pabellón donde te clasificaron, todos empiezan a hacer un pupupupu: se llama “barco” y es utilizado como alarma para avisar que viene la Policía o que se aproxima un nuevo miembro. Esto tiene la función de que todos se asomen a ver si es enemigo o amigo, y prepararse. Si no eres conocido de nadie, casi siempre aparecerá un alma generosa que te dirá: “Tranquilo, hermano, estás conmigo. No pasa nada”.

Después de este estudio socioeconómico, eres llevado al “salivero”, pues nunca sobran camarotes, excepto si eres colombiano o ganado bravo (delincuente peligroso). Una vez que estés lejos de la mirada del paco del abanico (policía que está en el puesto de vigilancia en la entrada de cada pabellón), el hermano que te condujo hasta el “salivero” te ayudará con tu equipaje: el de más valor. A este punto, la cámara hace un zoom-out automático: estás y estarás solo el resto del tiempo.

Los primeros días son siempre los más difíciles, no solo por la adaptación a la nueva forma de vida, sino por la esperanza, esa arma de doble filo que en estos casos siempre corta. Como tu caso está en proceso y cabe la minúscula posibilidad de ser liberado, empiezas a contar minutos, segundos, a desesperarte porque el sistema judicial se agilice a tu favor, y cada día que pasa es un año psicológico. La poca certeza de lo que te ocurrirá es la sentencia en sí, pues, si ya estás sentenciado, sabes lo que te espera y lo enfrentas.

En las mañanas, a las 6 a. m. en punto, llega la Policía a contarte y cerciorarse de que nadie se escapó en la madrugada. Luego llegan el pan y el café (el “yodo” y el “pan de langarilla”), y, tras ingerir ambos nutrientes, todos están listos para un nuevo día de inactividad. Para evitar transformarse en víctima de la situación psicológica, uno debe permanecer de pie con los zapatos amarrados y tratando de no sonreír mucho con tal de no ser confundido con un tranquilazo (persona que disfruta de la prisión).

Durante el día, hay que hacer infinitas filas para hacer una llamada telefónica, porque  solo hay dos teléfonos públicos para cientos de usuarios, y, encima de todo, están las llamadas del Buen Pastor, a mediodía, hora a la cual los cautivos del amor hablan con sus amadas sobre las experiencias de la jornada y otros negocitos.

Otra vez en la noche, después del recuento nocturno de las 6 p. m., el encuadre de la cámara es cenital: no se ve demasiado, pero se escucha claramente el sollozo de muchos, a pesar del sonido de las radios que intentan sofocar el lamento. Esa será tu realidad hasta que te den una fianza —algo poco frecuente— o te sentencien y te envíen a La Reforma, donde finalmente abandonarás la esperanza y podrás enfrentar felizmente tu destino. Disolvencia.

Los primeros 100 días de una uña
Los primeros 100 días de una uña

Los primeros 100 días de una prostituta

Por Angie
Fotografía Alberto Newton / Maquillaje y peinado Rey Tuk

Puede sonar tonto, pero no me da pena decirlo: me volví prostituta por despecho. Tuve un novio que me dejó por otra y eso me dolió mucho, y aunque pasaron meses antes de tomar la decisión de optar por este trabajo, finalmente lo hice. Fue por desamor y si muestro aquí mi rostro públicamente no es porque yo tenga problemas de carácter psicológico. No soy drogadicta o alcohólica, ni tengo traumas porque me hayan violado o hayan abusado de mí cuando era pequeña. Al contrario, tuve una infancia normal y feliz como cualquier niña.

Simplemente tomé la decisión y vi que esta forma de ganarse la vida es muy normal. Hay muchas chicas que son prostitutas y lo hacen como si fuera cualquier otro trabajo, sin sentir que está maltratada su dignidad. De hecho, la primera vez que hablé de este tema fue con una amiga que trabaja también como escort o acompañante. Fue una conversación muy natural, y me llamó la atención lo que hacía. Me contó que la llamaban muchos hombres para tener sexo, pero también para conversar o comer, todo por muy buena plata. Ahí tomé la decisión. Contacté a un amigo para que me ayudara a montar mi propia página
(www.escortsvipangie.com), pues prefiero ser yo la que hable directamente con los clientes, ya que en Colombia hay decenas de páginas de acompañantes donde siempre hay un intermediario que, además, se queda con parte de la ganancia.

Mi primer trabajo fue con un amigo de una compañera de la universidad, quien lleva bastante tiempo trabajando como prostituta, y él quería conocer a alguien diferente. Me recogió en el apartamento de mi amiga y acordamos ir a un motel. Yo estaba hecha un manojo de nervios, pero él era una persona muy educada, muy tierna y me trató como un caballero. Nos tomamos un par de whiskies y rompimos el hielo con una buena conversación. Así que llegar a lo íntimo fue muy fácil, como si hubiese estado con cualquier novio. Pasé rico y en ningún momento fue difícil. Al pasar los días me fui dando cuenta de que, más que un trabajo, esto es algo que disfruto, que gozo.

En estos cien días nunca me he arrepentido de lo que hago. Cuando me llaman, trato de ser muy educada y, sobre todo, trato de oír muy bien la voz de cada persona. Trabajo con dos celulares, uno personal y uno para los clientes, y lo contesto directamente. Si me llama un hombre con voz tosca, ordinaria, como dándome órdenes, inmediatamente sé que no puedo atender ese servicio, me despido y cuelgo. Cuando es un tipo al que le siento una voz amable, prosigo al siguiente paso que es corroborar el lugar donde está. No atiendo nunca a nadie en direcciones que queden en el sur. Siempre en el norte y ojalá en hoteles finos. Lo siguiente es el encuentro. En cada servicio me pongo nerviosa, no lo voy a negar, y sé si le gusté o no al cliente apenas me abre la puerta. Si me mira con una sonrisa, sé que le gusté y que todo lo demás será cuestión de un par de tragos. Si pasa lo contrario, trato de hacer de tripas corazón, me tomo más de un par de tragos, y a trabajar. Lo mínimo que espero es una atención de parte de ellos: un buen whisky o al menos una cerveza. Lo que más me ha gustado de este trabajo es que me tratan como a una reina y además me pagan. Cobro un millón de pesos por encuentro.

Lo bueno es que trabajo cuando quiero. El viernes sí, el sábado no. Todo depende de cómo me sienta ese día. Pero todo es muy relativo, en estos cien días tuve semanas en que llamaban poco. Pasa también que recibo llamadas los domingos por la tarde e incluso los lunes. Eso sí, tengo mis clientes fieles, hombres que se han vuelto amigos, a los que veo cada ocho días y les contesto como cualquier amiga, con un “hola, mi amor, ¿cómo estás?”. No todo siempre consiste en sexo. Los hombres muchas veces me llaman para que les haga compañía, a comer en buenos restaurantes (es el caso de algunos extranjeros), y nada termina en la cama. Yo feliz porque me consienten. Los demás clientes con los que me he encontrado en estos primeros tres meses tienen entre 25 y 60 años.

Como al mes de estar trabajando, me llamó un cliente que quería que le cumpliera una fantasía: él quería vestirse de azafata mientras yo le daba palmadas y lo mandoneaba. La verdad no sabía si reírme o salir corriendo, pero como era una persona de un alto nivel ejecutivo, pues no creí que fuera algo peligroso. Además, es en estos casos cuando uno se da cuenta de que existen muchas personas que aparentan una personalidad muy ecuánime, reservada, inclusive hasta moralista, pero que tienen ocultas muchas fantasías que no pueden hacer ni siquiera con sus propias parejas, sino que buscan un escape emocional con una acompañante. Esto en el fondo me parece sano, pues al menos contratan a alguien profesional y no están por ahí dañando vidas en cualquier lugar de mala muerte. Así que me tomé un trago, pensé en todo lo que me había hecho mi ex y le di unas buenas bofetadas. No podía creer lo que estaba haciendo, además que eso le gustara tanto. Pero definitivamente comprobé que hay gente para todo. En este oficio se aprende mucho acerca del ser humano, de sus debilidades y de sus gustos interiores, que, por lo poco que me ha tocado ver, son muy variados. Existe mucha doble moral en nuestra sociedad, por eso no le veo ningún misterio a mostrar mi cara: si se enteran mis padres, sé que me entenderán algún día. No me quiero esconder. Si me ve mi exnovio, sé que le dará duro porque era muy machista.

Estoy segura de que todo lo que hago lo hacen muchas otras personas, pero a escondidas. Por ejemplo, en el segundo mes conocí a un personaje de la farándula muy querido que me contactó para que le hiciera un servicio. Me sorprendí mucho cuando llegué a su apartamento, porque a mí personalmente me encanta; fue muy cordial, cariñoso y amable, como lo que refleja en los medios, pero a medida que iba transcurriendo el tiempo del servicio, el personaje comenzó a beber mucho y a meterse cualquier cantidad de droga. Su temperamento fue cambiando drásticamente y me confesó su gran debilidad por el alcohol, las drogas y las putas. Inimaginable en alguien que se muestra muy diferente ante la sociedad, se irrita con facilidad ante las multitudes y desprecia todo su medio. Me di cuenta de que era un hombre bastante solitario y que lleva una vida muy triste.

He atendido parejas también (lo he hecho varias veces), pero nunca con dos hombres u orgías. Me gustaría estar con dos mujeres, sin hombres, nunca lo he hecho. Más que la experiencia como tal, es algo de voyeurismo: ver a dos mujeres limpias, lindas, sensuales, es seguramente un placer. No falta el cliente loco, afortunadamente solo me ha tocado uno, que me prometió la vida entera, que me fuera a vivir con él, que me sacaba de “esa vida”. Pero yo no soy boba y sé para lo que me quería. En este momento, mi vida está muy bien y, con respecto a relaciones, no quiero saber nada, me estoy dando unas vacaciones en ese sentido.

Hasta ahora no me quejo de lo que he tenido que vivir en mi nuevo rol. Creo que soy una mejor persona ahora. Siento que mi mundo se ha abierto de una manera diferente a lo que siempre creí. Yo les aconsejo a las personas que se liberen un poco de sus propios demonios interiores, que dejen la envidia y los prejuicios tontos y que sean fieles a sí mismos. Ser prostituta para mí es un proyecto de vida. Quiero de aquí a un año, más o menos, tener el dinero suficiente para comprar mi propia casa y mi carro 4x4. Además, yo pienso algo: si uno lo da por amor, ¿por qué no darlo por plata?