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El Matador Kempes es considerado uno de los mejores futbolistas argentinos de la historia. Estuvo con la selección en Alemania 74 (en la foto) y fue campeón y goleador del Mundial del 78. Al final de su carrera jugó y dirigió en la precaria liga de Indonesia. Por Mario Kempes |
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Por José Luis Chilavert |
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Recordado como el Matador, el chileno Salas es el goleador histórico en la selección de su país (37 goles). Fue campeón en los cuatro clubes en los que jugó profesionalmente: Universidad de Chile, River Plate, Lazio y Juventus. Cumplió dos sueños el mismo día: debutar con su selección y conocer a Maradona. Por Marcelo el Matador Salas |
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Maravilla Melgar, que pasó tanto por Boca como por River, fue capitaán de la única selección de su país que ha llegado a u mundial a tráves de unas eliminatorias. En la foto, contra Estados Unidos en la Copa América de 1995.
Por Milton Melgar |
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El Médico Bilardo jugó en el Estudiantes tricampeón de América. Debutó como técnico en ese equipo en 1971 y llevó a Argentina al título mundial de 1986 (en la foto, celebrando con Pedro Pasculli) y al subcampeonato en el 90. Dirigió también al Deportivo Cali y a la selección de Colombia. Por Carlos Bilardo |
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Por Osvaldo Ardiles |
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Dudamel jugó en Millonarios, América, Sanra Fe y Cali. Con este último se convirtió en el primer venezolano en llegar a la final de la Copa Libertadores. Metió 21 tantos de penalti y, aunque nunca se caracterizó por pegarle bien desde afuera su primer gol se lo hizo de tiro libre a Argentina. Actualmente, es el director técnico del club Estudiantes de Mérida. Por Rafael Dudamel |
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Hay dos hechos que dejaron una marca muy profunda en mi carrera y están relacionados entre sí. El primero tiene que ver con la Copa Libertadores que ganamos con River en 1996. En mi primer ciclo en el club, yo había sido campeón del torneo local y me perdí la Copa, que se disputó después del Mundial del 86, porque me vendieron a Francia. Hablaba seguido con los muchachos, me sentía parte del grupo, pero no estar el día de la consagración me partió el alma. | |
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El Matador Kempes es considerado uno de los mejores futbolistas argentinos de la historia. Estuvo con la selección en Alemania 74 (en la foto) y fue campeón y goleador del Mundial del 78. Al final de su carrera jugó y dirigió en la precaria liga de Indonesia. Por Mario Kempes |
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Mi profesión me permitió recorrer el mundo, hasta los rincones más inesperados, y dos de las situaciones más extrañas las viví en Indonesia. A comienzos de los setenta, cuando estaba en Rosario Central, viajamos a Yakarta a disputar una cuadrangular. Ya en la previa nos habían advertido que no les tocáramos la cabeza a los rivales porque, según sus costumbres religiosas, era una especie de ofensa para ellos. En un momento del partido, uno de mis compañeros, no sé si por olvido o por joder, se acercó a ayudar a un rival que se había caído en la disputa del balón y le tocó la cabeza a modo de disculpa. Ahí hubo un pequeño tumulto con discusión. Ellos nos querían explicar, y nosotros hacíamos como que no entendíamos. Ya al final íbamos ganando, nos tenían medio arrinconados, nosotros nos sentíamos ahogados y, como de alguna manera había que terminar el partido, a otro de mis compañeros no se le ocurrió mejor idea que volver a tocarle la cabecita a un rival. Ahí sí ya no hubo manera de explicar nada y se armó una batalla campal, todos a los puños y manotazos. Fue la gresca más importante que me tocó vivir. Unos veinte años después, en 1996, fui a terminar mi carrera al Pelita Jaya, también en Indonesia. Era jugador y técnico a la vez, el primer equipo que dirigí. Íbamos primeros y teníamos que visitar al segundo. La cancha de ellos estaba que explotaba, y afuera era una locura de gente. Hicimos el calentamiento en el campo, después nos metimos en el vestuario para ponernos la ropa y, cuando volvimos a pisar la cancha para jugar, habían abierto los portones, y estaba el campo lleno de gente. Encima, en vez de ponerlos en la pista de atletismo, los ubicaron al lado de la línea de cal. Yo me puse un ratito en el equipo y salí; en realidad, ya no tenía más ganas de jugar en esa época, me picaba más el bichito de entrenar y preparar el equipo. Para sacar el lateral les tenías que pedir permiso a los espectadores. Una cosa de locos. Desde las tribunas tiraban piedras, allá son muy salvajes. Mis jugadores estaban tan —pero tan— cagados, que a los quince minutos ya perdíamos 3-0. En realidad, apenas vimos el panorama, les dije: “Bueno, muchachos, ¿qué hacemos?”. Estaba claro: si perdíamos eran solo tres puntos, pero al menos íbamos a poder salir de ahí. Igual, nos costó: tuvieron que sacar en un camión de policía a todo el equipo. Fue insólito, tan insólito como otras dos situaciones increíbles de mi vida. Una es de 1981, mientras estaba en River. Nació mi primera hija, le quise poner Natasha, pero en Argentina había una dictadura militar y me decían que era un nombre ruso. Y como estaba todo el tema del comunismo, no me dejaron. Le puse Magalí. Hace unos años, en mi segundo matrimonio, me pude sacar las ganas y ahora mi hija más pequeña se llama Natasha. La otra situación es que durante más de 25 años no pude tocar la Copa del Mundo, porque Passarella no se la quería largar a nadie, hasta que hace dos años, en una gira promocional de una tarjeta de crédito, al fin me pude dar el gustazo. | |
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Por José Luis Chilavert |
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Fui el primer arquero del mundo en meter un gol de tiro libre. Y no paré hasta llegar a 16. Todo empezó de un modo curioso. Yo había pateado una sola vez un tiro libre en mis inicios, y mis compañeros se sintieron ofendidos, porque en el fondo subestiman a los arqueros. No fue gol y quedó ahí, no pateé más hasta que, seis años más tarde, Carlos Bianchi me impulsó a hacerlo. Un gran técnico es aquel que está atento a todos los detalles. Bianchi veía que yo siempre me quedaba pateando una hora después de la práctica. Llegó un partido clave contra Deportivo Español. Fue una tarde lluviosa, teníamos que ganar para mantener la punta. Íbamos 0-0 y nos dieron un tiro libre en el último minuto, sobre el borde del área. Roberto Trotta, que era el capitán y el encargado de pegarle, acomodó el balón. Yo miraba desde la media cancha, y en eso escucho que Bianchi me grita: “José, patealo vos”. No entendía nada. Lo miré de nuevo: “Sí, andá y tiralo vos”. Me acerqué al área, y Trotta no me quería dejar. Me miraba desencajado. “Correte, me mandó el técnico”, le ordené. Lo pateé suave, por arriba de la barrera, y se clavó en el ángulo derecho. Ganamos 1-0, fue un delirio total. Todos celebramos el gol agónico, el triunfo y la punta. Todos menos Trotta, quien estaba enojado y puteaba como loco. Bianchi pegó un portazo, nos encerró en el vestuario y le dejó muy claro que las decisiones las tomaba él. Así se demuestra el liderazgo. Esa tarde comenzó mi historia con los tiros libres. Los goles fueron un poco la venganza de los arqueros. Si le preguntás a cualquiera, te va a decir que le encantaría meter goles, porque están podridos de que les conviertan. Es un desahogo. También me pongo en la cabeza del otro arquero y sé que siente una gran presión cuando le patea un colega. Debe pensar: “Si este hijo de su madre me emboca, todos se van a mofar de mí”. Por lo menos era así en ese momento, hoy ya está más aceptado el tema. Algo de eso pasó cuando le metí el gol a Burgos, en Paraguay- Argentina por eliminatorias. Cuando nos dieron el tiro libre y corrí 70 metros a patear, se hizo un silencio total en la cancha de River. Ahí ya empecé a ganar mi partido psicológico. Puse a dos compañeros míos en la barrera para taparle la visión a Burgos. Así, no sabía si le iba a pegar fuerte a su palo o despacio por arriba. Cuando me acerqué al balón, les grité a los míos que se agacharan. Lo hice en guaraní, para que no me entendieran los argentinos. Burgos pasó de largo, la pelota le picó antes, y metí el 1-1. Muchas veces les hablaba en guaraní a mis compañeros. Una vez, contra Uruguay, los volvimos locos y quedaban siempre en off side. Cuando terminó el primer tiempo, Cedrés se acercó y me dijo: “Chila, hijo de puta, se tomaron toda la droga de Paraguay, no se les entiende nada de lo que están diciendo”. El fútbol es para vivos, y hay que tratar de aprovechar todas las ventajas. Nunca soñé que pudiera convertir 62 goles, hay que ser realista, pero me ayudaron la fortuna y Dios, que es amigo mío. Y tengo pruebas para argumentarlo: cuando tenía siete años, Dios me salvó de una hepatitis por la que los médicos me daban apenas dos meses de vida. Con semejante apoyo no podía fallar. | |
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Recordado como el Matador, el chileno Salas es el goleador histórico en la selección de su país (37 goles). Fue campeón en los cuatro clubes en los que jugó profesionalmente: Universidad de Chile, River Plate, Lazio y Juventus. Cumplió dos sueños el mismo día: debutar con su selección y conocer a Maradona. Por Marcelo el Matador Salas |
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A los 11 años ya tenía muy claro que quería ser jugador de fútbol. En el colegio, mis compañeros me querían para su equipo y también le daba a la pelota todo el día en mi barrio, en la ciudad de Temuco, en el sur de Chile. Casi siempre jugaba en canchas de tierra, por eso una de mis travesuras preferidas era saltar al campito de la esquina, que tenía pasto y del bueno, hasta que aparecía el cuidador dando gritos y nos escapábamos a los piques. Por esos tiempos se disputaba el Mundial 86 en México. Mi país no se había clasificado, pero yo estaba en una edad en que el fútbol era todo para mí. Y me hice fanático de Maradona. A mí no me importaba que hubiera pica con Argentina, yo lo veía jugar y me maravillaba. Grité sus goles, me emocioné con sus gambetas. Era tal mi locura, que un día se me ocurrió copiarle el peinado. Ya había decidido ir a la peluquería para que me hicieran el permanente. Quería tener sus rulos. Se lo comenté a mi mamá y me sacó corriendo, no me dejó. Esta introducción es para que entiendan con qué ilusión viví, ocho años después, el primer día que tuve a Maradona al lado. Fue en 1994, Argentina contra Chile en el estadio Nacional de Santiago. Yo llevaba apenas un año como profesional. Era mi primer partido con la Roja. Argentina, con Basile como técnico y Maradona como figura, se preparaba para el Mundial de Estados Unidos. Me senté en el banco y promediando el segundo tiempo entré por Barrera. Empatábamos 2-2, y en mi primera acción recuperó Miguel Ramírez en mediocampo, encaró, yo lo seguía al lado, lo trabaron y de repente me quedó el balón a mi alcance, casi muerto. La toqué de zurda y puse el 3-2 en la primera pelota que tocaba con la selección mayor de mi país. No lo podía creer: mi debut, contra Argentina, con el estadio lleno y con Maradona y todas las figuras como testigos. Al final nos empataron, terminó 3-3, pero apenas el juez pitó el final me acerqué a Diego y le grité: “Ídolo, ídolo”, y él me respondió: “Bien, Marcelo”. Ufff... Si ya estaba loco de alegría con el gol, que el mismo Diego me conociera y me llamara por mi nombre era demasiado. Un año más tarde, cuando con la U de Chile enfrentamos a Boca en Santiago, le pedí la camiseta y Diego me la dio. Igual, aclaro: es la única camiseta de Boca que pedí. La única que tengo guardada. El círculo se cerró en el 2002. Yo ya estaba en la Juventus, y el club buscaba construir a beneficio un hospital para niños. Organizó una subasta: el premio mayor eran los últimos botines que había usado Maradona en el Napoli. Los tenía Ciro Ferrara, excompañero de Diego, que en ese momento estaba en la Juve conmigo. Debo decir que tuve que ofrecer un buen dinero, pero me los quedé. Jamás los usé. Por lo que significan y también porque me van un poco chicos. Los tengo en mi casa, en Chile, bien guardaditos y cuidados. Para mí son una reliquia. No me pude hacer sus rulos, pero me quedé con sus botines. Por Freddy Eusebio Rincón Me pasaron muchas cosas en la cancha, pero creo que mis mejores anécdotas siempre ocurrieron dentro de un avión. Una vez, yendo hacia Argentina con la selección, quedamos en la misma fila tres grandotes que le teníamos miedo a volar: Leonel Álvarez iba en el pasillo; Arnoldo Iguarán, en la ventana, y yo, en el centro. Cuando estábamos pasando por una cordillera, ese avión empezó a moverse como un demonio. Yo cerré los ojos, me agarré bien duro y esperé a que pasara la turbulencia. Cuando los abrí, me di cuenta de que Leonel estaba pálido y de que Iguarán se había escondido debajo de la silla. Creo que nunca en mi vida me había reído tanto como en el momento en que lo vi todo acurrucado y gateando para salir. La vez que no me reí fue cuando me tocó viajar con Santa Fe a Medellín y, una vez más, el avión comenzó a tambalearse de verdad verdad. Fue tan fuerte la turbulencia, que apagaron las luces de la cabina y una azafata se puso a llorar. En ese momento yo apoyé la cabeza contra la silla del frente. La idea era que cuando nos estrelláramos, cosa que daba por sentada, el impacto me matara de una. Finalmente, no pasó nada. ¡Estaba vivo, qué alegría! Entonces el avión aterrizó, me bajé corriendo y, tal como lo hace el Papa, me arrodillé y besé la pista. Hay gente que todavía se burla de mí porque me ponía más nervioso en los aviones que en un partido del Mundial. | |
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Maravilla Melgar, que pasó tanto por Boca como por River, fue capitaán de la única selección de su país que ha llegado a u mundial a tráves de unas eliminatorias. En la foto, contra Estados Unidos en la Copa América de 1995. Por Milton Melgar |
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Fue un momento histórico del fútbol boliviano. Año 1994, partido inaugural del Mundial de Estados Unidos. Toda la emoción de un país instalada en once humildes futbolistas que hacíamos el calentamiento previo en un amplio salón del estadio Soldier Field de la ciudad de Chicago. De repente, tres auxiliares de la FIFA pusieron unas vallas divisorias y entraron nuestros rivales: los famosos alemanes liderados por el gran Lothar Matthäus y el goleador Jürgen Klinsmann. Serios, callados, concentrados y, sobre todo, ¡altos!, ¡altísimos! Nosotros giramos lacabeza y quedamos impresionados con el porte del arquero Bodo Illgner, de Stefan Effenberg, Matthias Sammer, Karl Heinz Riedle, en fin, esos tipos parecían soldados que se alistaban para una guerra. La diferencia física era notoria, abismal. De un lado, nosotros los bolivianos, delgados y bajitos; del otro, los alemanes, grandotes y fuertes. Yo era uno de los líderes de esa selección de Bolivia y noté un clima de excesiva tensión y nerviosismo en mis compañeros cuando vieron a esos panzers vestidos de futbolistas, calentando a tres metros de distancia. Todos pensamos: ¡qué les vamos a ganar a estas bestias! En ese momento pensé en hacer algo para cambiar esa sensación pesimista y se me ocurrió apoyarme en la valla, dándoles la espalda a los alemanes. Me quité la camiseta, mostrando mi torso esquelético a todos los presentes (era uno de los más delgados del plantel), y lancé un grito desesperado: “¡Qué tienen ellos que no tengamos nosotros!”. La broma surtió efecto porque todos estallaron en una risa que sirvió para distender el ambiente. Ni siquiera nuestro técnico, el vasco Azkargorta, pudo contenerse. Luego, en los noventa minutos, Bolivia perdió 1-0 en un partido muy equilibrado. Pudimos demostrar que las diferencias físicas no tienen importancia a la hora de jugar fútbol. Solo hay que dejar el miedo de lado y demostrar talento y personalidad. Arquero Argentino nacionalizado peruano; titular de la selección inca en los mundiales de 1978 y 1982. Fue el portero del polémico 6-0 de Argentina contra Perú, que le permitió al local clasificar a la final del Mundial del 78. Por Ramón Quiroga Vamos a contar la verdad, aunque no sea muy honorable ni demasiado pulcra. Yo me cagué en la cancha. Me cagué, no porque tuviera miedo de perder ni porque enfrentara a un temible goleador. Me cagué en el sentido estricto de la palabra. Me hice caca encima en medio de un partido. Los arqueros no tenemos la suerte del jugador de campo, que puede salir corriendo hasta el vestuario y volver. Recuerdo el caso de Humberto Rey Muñoz, un compañero del Sporting Cristal, que una vez durante un partido se estaba haciendo encima, corrió para la banca, hizo ahí mismo sus necesidades y así, sucio como estaba, se subió los pantalones y volvió a jugar. En esa época, el Estadio Nacional de Lima tenía como unas jaulas en el sector del banco de suplentes, entonces Humberto se metió ahí adentro y casi ni lo vieron. Desde ese momento siempre lo saludábamos con un “¿qué hacés, cagón?”. Y no porque se asustara en los partidos, ¿eh? Le quedó esa chapa. Bueno, como decía, los jugadores de campo pueden salir corriendo; el arquero, no. Cuando una persona está mal del estómago, se afloja hasta cuando conversa. Imaginen después de un esfuerzo o de pegarle con fuerza en un saque de arco. A mí me pasó algo así en dos ocasiones y me hice encima. Y seguí jugando como si nada. Después, al llegar al vestuario en el entretiempo, todos tus compañeros ven que te cambiás pantalón, medias y todo, y se dan cuenta. Son las desventajas del puesto del arquero. Otra vez que me cagué, ahora ya sí en el sentido figurado de la palabra, fue en 1991, cuando dirigía al Deportivo Municipal. Era la época del terrorismo, de Sendero Luminoso. Por la zona de Miraflores habían tirado bombas cazabobos, y el canchero del estadio creyó que eran desodorantes. Las juntó y las llevó al vestuario. Habíamos terminado de entrenar, y el hijo del presidente del club agarró una y se puso a jugar. A su lado estaba el moreno Matei y le dijo: “Ponete el desodorante”. Y ahí nomás explotó la bomba: Matei murió y al hijo del presidente la bomba le voló la mano. Yo estaba a cinco metros y las esquirlas me entraron por el costado izquierdo. Fueron como treinta esquirlas y una me perforó el intestino grueso. Por suerte se dieron cuenta de que tenía una hemorragia interna. Al principio me curaron las heridas, pero un doctor amigo me dijo que hiciéramos una ecografía. Me pararon y me caí como en un nocaut técnico. Ahí se dieron cuenta de que tenía esa hemorragia y zafé de milagro. Algunas de las esquirlas, con el tiempo, se fueron saliendo del cuerpo. Todavía me quedan un par. Cuando voy a los aeropuertos, el detector de metales suena como loco. Yo les explico a los tipos que tengo como una bala debajo de la piel y no lo pueden creer. La verdad, no me molesta, salvo cuando hay humedad. Y cuando me siento también, porque tengo una cerquita del cachete, pero no me puedo quejar. | |
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El Médico Bilardo jugó en el Estudiantes tricampeón de América. Debutó como técnico en ese equipo en 1971 y llevó a Argentina al título mundial de 1986 (en la foto, celebrando con Pedro Pasculli) y al subcampeonato en el 90. Dirigió también al Deportivo Cali y a la selección de Colombia. Por Carlos Bilardo |
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Tengo millones de anécdotas como jugador y como entrenador, con lo cual se me hace muy difícil elegir una. Pero voy a empezar por el principio, el momento que marcó mi ingreso en la profesión como DT. Fue en 1971; Estudiantes finalizaba su época más gloriosa, la de las tres Libertadores ganadas de forma consecutiva y la Intercontinental conseguida en Inglaterra frente al Manchester. El técnico era Osvaldo Zubeldía, mi maestro, el último gran revolucionario del fútbol. En un momento, Osvaldo tuvo que sacar del equipo a cinco jugadores con los que había ganado todo. Yo era uno de ellos. Lo tenía que hacer, pero le dolió tanto que al mes sintió que tenía que irse él también. Lo sucedió Ignomiriello, pero duró poco. El equipo llegó otra vez a la final de la Copa, que perdió, y se descuidó en el campeonato. Cuando miraron la tabla vieron que había peligro de descenso, y entonces mis excompañeros me pidieron que lo agarrara. Yo estaba haciendo el curso, pero todavía no tenía el título. Y asumí el compromiso sin cobrar un peso. El problema es que estaban todos los muchachos peleados entre sí. Venía uno y me decía una cosa. Venía otro y me contaba otra. Todos decían cosas malas de sus compañeros. Entonces los junté en el vestuario y les dije: “Vos contaste esto de este, vos criticaste a este por tal motivo, y bla, bla, bla”. Se armó una gresca terrible, gritos, trompadas, de todo. Pero esa tarde arreglamos las cosas. Después, les dije: “Ahora nos tenemos que concentrar para sacar esto adelante”. Nos encerramos dos meses y nos terminamos salvando. Fue un estreno complicado, pero con final feliz. No fue la única vez que vi golpes entre compañeros. Una vez hasta me tuvo a mí como protagonista. Yo todavía jugaba. Daba muchas órdenes, quería cumplir con lo que nos pedía Osvaldo. Y en un partido contra Racing le grité a Pachamé: “Tomá la marca, tomá la marca, tomá la marca”. Como Pacha no iba, fui y le dije algo feo. Pacha se enojó, vino y me pegó una trompada en el pecho. Al árbitro no le quedó otra que expulsarlo. Por último, una anécdota que no puede faltar en mis recuerdos es la posterior a la caída contra Camerún, en el Mundial del 90. Éramos los campeones mundiales, y perder en el debut fue terrible. Les dije a los jugadores: “Acá hay dos opciones: nos subimos al avión, le damos un paracaídas al piloto y nosotros nos estrellamos, o llegamos a la final. Porque hoy nos vieron 1.500 millones de personas y nos tiene que volver a ver esa cantidad”. Después fui cuarto por cuarto a ver a los más grandes. Fueron reuniones hasta las siete de la mañana. Enseguida fui a ver a los chicos. En el almuerzo, yo relojeaba a todos: los que habían jugado estaban callados; y los que no, hablaban. Pensé: tengo que pegar un sacudón, me quedan dos días. A la una de la tarde les anuncié la formación para el segundo partido. En la noche, los que hablaban ya no hablaron más porque sentían el nerviosismo. Por una ventana veía la concentración llena de periodistas. Me acordé de un libro de un alemán que había perdido una batalla y se había cortado el pelo, emprolijado y vestido bien. Hice igual: hasta me puse perfume. Pasé, saludé y llegué hasta el medio. Después, Maradona me dijo: “Es la primera vez en mi vida que no me para nadie”. Claro, estaban todos esperándome a mí.
Por Marco Antonio Etcheverry Hay una sola persona del ambiente del fútbol con la que reaccionaría a los golpes si me lo encontrara por la calle. Arturo Brizio Carter, el mexicano que me dejó jugar menos de tres minutos en un Mundial, no solo fue un pésimo árbitro, sino también un cobarde. Pero vayamos por partes. La única clasificación de Bolivia a un Mundial fue la que conseguimos para USA 94. Antes, mi país había ido a dos Copas, la de 1930 y luego la de 1950, pero por invitación. Y no volvimos a ir después del 94. Lo logramos al mando del vasco Xabier Azkargorta, quien nos cambió la mentalidad. Incluso le ganamos 2-0 a Brasil en La Paz, fue su primera derrota en eliminatorias. Ese día yo abrí el marcador en el minuto 89, después de que Platini Sánchez errara un penal. Tras la euforia desatada en mi país, teníamos que ir a hacer un digno papel. Abríamos la Copa ante el último campeón, Alemania. Todo el mundo estaba pendiente de ese partido inaugural. Yo me había roto los ligamentos de la rodilla y mi recuperación tardó ocho meses. Pensé que no iba a llegar, pero al final lo hice. El técnico me dijo que su idea era que jugara el último partido, ante España, que podía ser decisivo para la clasificación. La verdad es que no estaba en condiciones para jugar, pero la ansiedad y las ganas de estar pudieron más. Yo era el mejor jugador de Bolivia en ese momento y no quería fallarle a mi pueblo. Durante el partido, Arturo Brizio Carter pitaba mucho para los alemanes. En el banco nos paramos varias veces a reclamarle al juez y también a insultar a los alemanes. Sentíamos una gran impotencia y también era una manera de apoyar a los nuestros. El cuarto árbitro se acercó un par de veces a decirnos que nos sentáramos, porque, si no, nos iba a expulsar. Al final, Klinsmann abrió el marcador por una caída de nuestro arquero, y el vasco me hizo entrar en el inuto 79. Enseguida fui a disputar una pelota con Matthäus cerca del córner, chocamos, pensé que se venía con todo a hacerme algo y puse la pierna para protegerme. No hubo patada ni mala intención, pero Brizio vino corriendo y me expulsó. Jugué dos minutos y medio. No lo podía creer. De hecho, mi entrenador no estaba enojado y me dijo, cuando salía: “Marco, ¿quién te quita lo bailado?”. Me dieron dos fechas de suspensión, no pasamos a la segunda fase y no pude jugar más. Fueron mis dos minutos mundialistas. Increíble. Pero no todo terminó ahí. Al pocotiempo, jugamos contra Uruguay por las eliminatorias de Francia 98, en La Paz. El juez era otra vez Brizio. No me cobró un penal clarísimo, le fui a protestar y me dijo: “Seguí así que te voy a expulsar como en el Mundial”. Su amenaza me puso loco. Entonces, unos minutos después, en un tiro libre al lado del banco de suplentes, le dije en voz bien alta a nuestro entrenador, para que escuchara Brizio: “Profe, este árbitro está diciendo que soy un indio, está discriminando a mis compañeros, ¿por qué no le avisa al veedor?”. Ahí nomás la cortó. Se cagó todo el mexicano. Lo que pasa es que a Brizio le gustaba ser protagonista. Recuerden: fue el mismo que expulsó a Ortega contra Holanda en Francia 98.
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Ardiles ganó con Argentina el mundial del 78 y jugó el del 82 (en la foto, en un partido contra Italia). La guerra de las Malvinas estalló cuando militaba en el Tottenham Hotspur inglés. Pese a esto, se convirtio en ídolo del equipo londinense. Apareció en la película Fuga a la victoria junto a Pelé y a Stallone. Por Osvaldo Ardiles |
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Me acuerdo y todavía me río solo. Jamás imaginé que los flemáticos ingleses podían tener semejante sentido del humor. Con mi amigo Ricardo Villa éramos los primeros extranjeros fuera del Reino Unido en jugar allí. El técnico del Tottenham nos había visto en el Mundial que ganamos en nuestro país y nos llevó. Era julio de 1978 y en Inglaterra se armó un gran revuelo: se trataba de una liga muy cerrada y hasta se alzaron voces en el Parlamento contra nuestro arribo, porque les estábamos sacando trabajo a los británicos. Con Ricky fuimos con mucha cautela. No sabíamos qué nos esperaba, con todo lo que se estaba comentando. Nos presentamos muy serios en el vestuario del club, todos nuestros compañeros en ronda mirando, no sabíamos cómo irían a reaccionar ante un par de extranjeros, hasta que Peter Taylor se acercó a Villa y lo saludó con un apretón fuerte de manos. Cuando se la soltó, le dejó un dedo “postizo” en la mano. ¡La cara de susto que puso Ricky no me la olvido más! Y enseguida explotaron las carcajadas. A mí me habían dejado un short enorme sobre el banquillo. Yo soy muy flaco y cuando me lo puse me llegaba hasta los tobillos. Era absolutamente gigante. Y otra vez retumbaron las risas. Fue un recibimiento para romper el hielo, y desde ese primer instante nos aceptaron increíblemente bien en el grupo. El club también nos protegió cuando comenzó la guerra de las Malvinas. La invasión a las islas fue el viernes 2 de abril de 1982 y un día después teníamos que jugar contra el Leicester por una semifinal de Copa. La cantidad de periodistas que se acercaron era impresionante, había mucha prensa que no era de fútbol y quería hablar con nosotros. El Tottenham no dejó que nadie se acercara. El tema es claro: cuando el fútbol se mezcla con política, el que siempre pierde es el fútbol. Al final ganamos 2-0 y luego fuimos campeones. Ese día y también en los posteriores a la guerra, las hinchadas rivales nos abucheaban, pero no mucho más de lo habitual. Con mis compañeros nunca se tocó el tema, todo siguió como antes. Igual, para mí fue durísimo cuando terminó la guerra. Para la prensa de Argentina, yo era un traidor, y para la inglesa, un espía. Todo lo que pudiera decir se malinterpretaba. Ahí le pedí al club que me transfiriera. Me fui al PSG de Francia por seis meses y nunca jugué peor en mi vida. Mi cabeza estaba muy mal, me daba vergüenza salir a jugar así, y cuando se abrió el mercado de invierno volví a Inglaterra, que es mi casa y el país donde vivo. Y eso que tuve la desgracia de perder en Malvinas a un primo segundo. José Leónidas Ardiles, se llamaba. Era piloto. En su momento no me enteré de su muerte, incluso, como se decía que los ingleses tenían prisioneros argentinos, mi tío vino a Inglaterra para saber más cosas. Nunca tuvo respuesta, hasta que un día recibí una carta escrita por el piloto que lo había derribado. Este hombre sabía de las averiguaciones de mi tío, porque mi apellido en Inglaterra era muy popular, y me escribió contándome qué había sucedido: que mi primo no había tenido posibilidad de saltar y murió. Fue una carta muy emocionante. Un gesto que valoré mucho. Y enseguida se lo conté a mi tío. El fútbol, muy a menudo, es un vehículo de resonancia imponente. | |
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Dudamel jugó en Millonarios, América, Sanra Fe y Cali. Con este último se convirtió en el primer venezolano en llegar a la final de la Copa Libertadores. Metió 21 tantos de penalti y, aunque nunca se caracterizó por pegarle bien desde afuera su primer gol se lo hizo de tiro libre a Argentina. Actualmente, es el director técnico del club Estudiantes de Mérida. Por Rafael Dudamel |
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El 9 de octubre de 1996 es una fecha muy importante en mi vida de arquero porque ese día marqué mi primer gol como profesional. Fue jugando para Venezuela contra Argentina, por las eliminatorias del Mundial de Francia. Perdíamos 1-4 y faltaban 15 minutos para el final. Se produjo un tiro libre a favor, y el director técnico, Rafael Santana, me hizo señas para que lo ejecutara, a sabiendas de que yo perfeccionaba mi remate durante los entrenamientos. Para sorpresa de muchos en el estadio Puerto Nuevo de San Cristóbal, la puse en un ángulo imposible para el arquero Pablo Cavallero. Pese al resultado final adverso (perdimos 2-5), mi gol de tiro libre tuvo mucha trascendencia en los medios. En esos años, Higuita y Chilavert marcaban la pauta en cuanto a arqueros goleadores y durante la semana posterior al partido varios periodistas me incluyeron en esa lista selecta. A los dos días regresé a Bogotá para jugar con Santa Fe contra Envigado, por el torneo local. Apenas llegamos al Campín, me di cuenta de que se había despertado una expectativa mayúscula en la afición santafereña en torno a mi nueva faceta de goleador. Recibía felicitaciones y aliento para que marcara otro tanto. El partido se terminaba, Santa Fe ganaba 3-2, y el árbitro pitó un tiro libre cerca del área. Con la confianza que me tenía, no dudé ni un instante. Fui corriendo a patearlo sin siquiera pedir autorización al técnico Pablo Centrone. Me sentía “el nuevo Chilavert”, capaz de convertirdesde cualquier posición. El arquero de Envigado era Néstor Lotártaro, quien armó una barrera nutrida con seis jugadores sobre el arco sur del estadio. Ansioso por gritar mi segundo gol consecutivo, me afirmé sobre el pie derecho, pero, cuando inicié la carrera hacia el balón, me invadió la duda… ¿Seré realmente capaz de repetir la hazaña? Eso fue fatal: le pegué tan mal, que la envié al saque de banda. El “huuuuyyyyy” de la tribuna aún retumba en mi mente. ¡Qué pena con la fanaticada! Mi reacción fue instantánea: correr hacia mi portería y rogar al cielo para que el juego terminara cuanto antes. Por suerte ganamos, aunque luego en el camerino mis compañeros me llenaron de burlas y bromas. Ese fue el último tiro libre que pateé en mi carrera. Evidentemente, contra Argentina me había equivocado y, una semana después, ante Envigado, volví a la normalidad.
Por Ricardo el Tigre Gareca Fue un espanto, una situación absolutamente desagradable, la más fea que me tocó vivir en mi carrera como futbolista. Arribamos con todo el plantel del América de Cali al estadio de River para hacer el reconocimiento del campo de juego. Fuimos de noche, a la misma hora que al día siguiente disputaríamos la final de la Copa Libertadores de 1986. Nos equivocamos feo. Ya en la tarde nos habían dicho que nos iban a estar esperando los hinchas pesados de River. Nuestro técnico, Gabriel Ochoa Uribe, no le dio importancia. Él pensaba solo en lo futbolístico, quería hacer unos movimientos para que no se le escapara ningún detalle del ambiente. Pero nos vendieron, liberaron la zona y, cuando el micro estacionó cerca del acceso a los vestuarios, desaparecieron los policías. Ahí nos comimos un apriete importante: la barra brava nos empalmó apenas nos bajamos del micro, nos amenazó, nos decían que nos iban a matar si se nos ocurría ganar el partido. No recuerdo cuántos eran, unos treinta o cuarenta quizás, una banda importante. Fue una intimidación fuerte, una situación extrema, nos tiraron un par de patadas y a algunos compañeros les llegaron a mostrar algún revólver. Pasamos un momento de angustia, horrible. Realmente nos faltó picardía para evitarlo. Al día siguiente, apenas salimos a la cancha, Oscar Ruggeri me vino a saludar. El Cabezón es mi amigo del alma en el fútbol, pero esa noche del 29 de octubre solo le interesaba traerme mala suerte. Yo me escapaba corriendo, no quería saber nada. Se había creado un clima raro contra mí y me terminó insultando todo el estadio. Yo logré una unanimidad difícil de conseguir: que me putearan los hinchas de River y de Boca, los dos. En Boca me crié, hice las inferiores y debuté en Primera, y cuando pasamos a River con el Cabezón, nos querían matar. Incluso la hinchada de Boca me llegó a dedicar un lindo cantito: “Gareca tiene cáncer, se tiene que morir”. En River estuve seis meses y me fui al América, pero a partir de esa final también me empezaron a odiar, porque además una gente vinculada a Boca me había comentado que si yo me ponía la azul y oro debajo de la camiseta del América, y la mostraba al público, ellos me perdonaban mi paso por River. Ese rumor corrió entre la gente y esa noche fui el más insultado de todos. Terminé expulsado, River ganó 1-0 con gol de mi amigo Juancito Funes y como también había vencido en Colombia por 2-1, levantó la primera Copa Libertadores de su historia. Está claro que para conquistar un trofeo así, por lo menos en aquellos años, no solo hacía falta tener buenos jugadores y una táctica adecuada, sino algunas cositas más. | |