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Yo me inventé esa jugada
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Por Revista SoHo
Publicado el 10/14/2011
 
Seguramente hasta usted ha tratado de hacerlas en las mejengas del fin de semana, pero detrás de las jugadas más famosas del fútbol siempre ha habido un futbolista que las hizo primero. testimonios de los creadores de estos inventos.

Yo me inventé esa jugada

Yo me inventé esa jugada

Seguramente hasta usted ha tratado de hacerlas en las mejengas del fin de semana, pero detrás de las jugadas más famosas del fútbol siempre ha habido un futbolista que las hizo primero. testimonios de los creadores de estos inventos.

Ilustraciones: Emerson Barona

 

Yo me inventé “El Escorpión”

Por René Higuita, exarquero de la selección de Colombia

Lo primero que hay que decir es que “el escorpión” nació por casualidad, pues lo que yo quería hacer era otra cosa: agarrar el balón con las piernas y no pegarle con los tacos. Me explico: simplemente a mí me tiraban la pelota, yo me estiraba para adelante, como volando, y la apretaba entre la parte trasera del muslo y el huevito que está detrás de la espinilla.

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Yo me inventé “La de Dios”

Por Hugo Gatti

Exarquero de Atlanta, Gimnasia y Esgrima, River Plate, Unión de Santa Fe y Boca Juniors. Campeón de la Copa Libertadores con Boca (1977 y 1978) y de la Intercontinental (1977). Tapó 26 tiros penal en Primera División.

Todos los periodistas se la pasan diciendo que yo inventé “la de Dios” como si eso fuera lo único que hubiera inventado en esta vida… ¡Por favor! Primero que nada, quiero decir que yo soy el creador del puesto de arquero. Hasta el momento en que debuté en el fútbol profesional (año 1962) nadie quería ocupar ese lugar. Decían que ser arquero era para tontos o gorditos. A partir de Hugo Gatti, el arquero es el más lindo del equipo. Para atajar hay que ser hermoso, hay que saber imponer la presencia física, ser valiente… Y todo eso lo tuve y aún lo sigo teniendo a los 66 años.

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Yo me inventé “La elástica”

Por Roberto Rivelino, exjugador de la selección de Brasil

Debo confesar que yo no fui el inventor de “la elástica”, aunque sí el que la volvió famosa. Esa jugada tan espectacular se la vi hacer primero a un compañero en el año 1964. Su nombre era Sergio, ambos éramos jóvenes aspirantes a la primera división del Corinthians.

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Yo me inventé “La cabañuela”

Por Roberto Cabañas, exjugador del América de Cali y de la selección de Paraguay

La primera vez que hice una “cabañuela” fue cuando tenía 14 años. Desde niño, cuando jugaba con mis amiguitos del colegio, me encantaba hacer jugadas acrobáticas: saltar en el aire y adornar los cabezazos, hacer tijeretas, taquitos, en fin, todo lo que hiciera más espectacular un gol, eso me llamaba la atención

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Yo me inventé “El penal picado”

Por Antonin Panenka, exjugador de la selección de Checoslovaquia

Mi vida como futbolista bien podría resumirse en ese tiro de penal que le convertí a Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. No es algo muy agradable, pero debo aceptarlo porque Dios así lo quiso.

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Yo me inventé “El Escorpión”

Yo me inventé “El Escorpión”

Por René Higuita, exarquero de la selección de Colombia

Lo primero que hay que decir es que “el escorpión” nació por casualidad, pues lo que yo quería hacer era otra cosa: agarrar el balón con las piernas y no pegarle con los tacos. Me explico: simplemente a mí me tiraban la pelota, yo me estiraba para adelante, como volando, y la apretaba entre la parte trasera del muslo y el huevito que está detrás de la espinilla.

Pero es lógico que haya salido algo así, porque yo me la pasaba tratando de hacer cosas diferentes dentro de la cancha. Soñaba jugadas raras todo el día y luego las practicaba para hacerlas realidad en un partido profesional. Me gustaba salir del área sacándome jugadores, hacer una “vuelta carnera” por encima de dos rivales, parar los balones con la cola y amortiguarlos entre las nalgas y el piso para quedar sentado sobre ellos.

La mejor de todas mis jugadas, “el escorpión”, nació en un comercial que realicé de Fresco Frutiño, en el 90. Salí a jugar con unos niños frente a las cámaras, uno de ellos empezó a “tecniquear” el balón y me hizo una “chilena”. Entonces me tiré hacia adelante y traté de agarrar el balón con las piernas, como había practicado, pero me salió algo así como una “chilena” invertida y le pegué con los talones. Acababa de nacer “el escorpión”. Fue tan importante que me hizo más famoso que jugar con la selección, que hacer goles de tiro libre, que pasarme jugadores hasta llegar al otro lado de la cancha, que hacerme un cambio extremo.

Yo jugaba en Nacional en ese momento. Cuando empezaron a pasar los comerciales, desde las tribunas me pedían “el escorpión”, “el alacrán” o “la frutiño”. Realmente era esa la que me pedían al principio: “la frutiño”. Entonces yo la hacía antes de los partidos y todos quedaban felices. Pero yo estaba esperando un momento para que me llegara un balón bombeado, pero templado, a la altura perfecta, y poder realizarla en un partido de verdad. No sabía cuándo la iba a hacer, si contra el Cúcuta, contra Millonarios o contra el Tolima. Preciso se me vino a dar en 1995, en el famoso estadio de Wembley y contra Inglaterra: vi el balón venir y dije: “Este sí fue” y me lancé.

La verdad es que yo vi de reojo que el juez de línea tenía la bandera levantada por un fuera de lugar, lo que hacía el momento aún más perfecto: si el balón pasaba, capaz que dejaba la banderola arriba y anulaba el gol. Pero el hombre quedó loco cuando hice la jugada y bajó la bandera. En ese momento oí un murmullo en las tribunas, que nunca había oído y no volví a oír. Después empezaron las ovaciones. Creo que ha sido la jugada más premiada y celebrada de la historia del fútbol.

El árbitro pitó el final del primer tiempo, llegamos al camerino y, ¡sorpresa!, el técnico Bolillo Gómez no me regañó. En cambio, dijo: “Si eso lo hubiera hecho un argentino, lo habríamos aplaudido; entonces démosle un aplauso a René”. Y todos me aplaudieron y me felicitaron. Pero en ese camerino nadie entendía la dimensión de lo que acababa de pasar hasta que salimos para el hotel y la gente en la calle hablaba del “escorpión”. Después prendimos la televisión, y los periodistas comentaban la jugada. Y en el aeropuerto solo se escuchaba a la gente que repetía “el escorpión, el escorpión, el escorpión…”. Era una locura.

Todos me decían que era un loco o un genio o un adelantado. Y me preguntaban: “¿Y si hubiera pifiado?”. La respuesta siempre ha sido la misma, la lógica: pues habría sido gol y de pronto hasta me habría muerto de la risa. ¿Qué más iba a hacer? Siempre trato de pensar en lo que se hizo y no en lo que no se hizo. Porque si pienso en lo que no se hizo o no ha salido bien..., pues sí, allá contra Camerún me la quitaron y fue gol.

“El escorpión” me dejó marcado y todavía hoy, a punto de cumplir 45 años, con tres hijos y una nieta, me piden que lo haga en todos lados. Y es muy importante, porque no la inventaron ni Pelé ni Maradona ni Di Stéfano; se me ocurrió a mí, un colombiano. Hace unos años recibí, en Mónaco, el Premio Golden Foot a la mejor jugada de la historia. Es un reconocimiento a Dios, a Colombia y, sobre todo, a una jugada que todavía me está dando de comer.


Yo me inventé “La de Dios”

Yo me inventé “La de Dios”

Por Hugo Gatti Exarquero de Atlanta, Gimnasia y Esgrima, River Plate, Unión de Santa Fe y Boca Juniors. Campeón de la Copa Libertadores con Boca (1977 y 1978) y de la Intercontinental (1977). Tapó 26 tiros penal en Primera División.

Todos los periodistas se la pasan diciendo que yo inventé “la de Dios” como si eso fuera lo único que hubiera inventado en esta vida… ¡Por favor! Primero que nada, quiero decir que yo soy el creador del puesto de arquero. Hasta el momento en que debuté en el fútbol profesional (año 1962) nadie quería ocupar ese lugar. Decían que ser arquero era para tontos o gorditos. A partir de Hugo Gatti, el arquero es el más lindo del equipo. Para atajar hay que ser hermoso, hay que saber imponer la presencia física, ser valiente… Y todo eso lo tuve y aún lo sigo teniendo a los 66 años.

“La de Dios” es una jugada que nació conmigo, no sé cuándo, pero recuerdo que desde chico la usaba en los partiditos del barrio. Cuando los delanteros rivales venían con pelota dominada, yo los enfrentaba arrodillado, con los brazos extendidos en forma de cruz, el pecho bien inflado y el rostro firme esperando el pelotazo. Y me daba resultado.

Siempre dije que esa posición, tan parecida a la de Cristo crucificado, les metía miedo a los contrarios, los desconcentraba y ellos caían en mi trampa. Le pegaban fuerte, al bulto, sin pensar, y la bola siempre terminaba golpeando alguna parte de mi cuerpo. Aquí quiero hacer una aclaración muy importante, porque la mayoría de las veces rechazaba el peligro con la cara, y hay que ser bien macho para aguantarse una y otra vez que te caguen a pelotazos en la “caripela”. La nariz me quedó hecha mierda por culpa de esa jugada, pero a mí no me importa porque eso me hizo más grande como arquero.

Cuando “la de Dios” se hizo popular en el fútbol mundial, muchos arqueros quisieron imitarme. ¡Mamita, daban pena! Salían a achicar con un miedo tremendo, quedaban frente a frente con los rivales y daban vuelta a la cara para evitar el impacto del balón… que pasaba pegadito al rostro y se metía en el arco: ¡pobrecitos! Yo los miraba y me reía solo. Por eso digo que para ser arquero hay que tener algo bien sólido entre las piernas.
El arquero, al quedar mano a mano con el delantero, se arrodilla y estira los brazos como si estuviera crucificado.


Algunos me preguntan si “la de Dios” me la enseñó Amadeo Carrizo. ¿Qué me iba a enseñar si yo sabía más que él? Yo fui el primero que atajó con vincha en la cabeza, el primero que se puso bermudas, el primero en colocarse cintas negras en los ojos para evitar el sol, el primero en hacer laterales, el primero en salir jugando con los pies y el primero en darles pases de gol a mis compañeros: el primero en todo.

René Higuita se hizo famoso en todo el mundo por hacer “el escorpión”, pero nadie dice que mucho antes de que él debutara, en un partido contra Talleres de Córdoba, yo rechacé una pelota de “chilena”, algo mucho más difícil de hacer.

El arquero era el puesto de los bobos, y yo fui el más vivo. Fui el mejor del mundo, ¿saben por qué? Porque tenía talento y disfrutaba sobre el campo. No aprendí nada de nadie, si yo era el número uno; fui y soy un sabio del arco.
A finales del siglo XIX, el idioma oficial del fútbol en América Latina era el inglés: llegó en barcos cargados de británicos que jugaban fútbol cuando no estaban trabajando. Pero completar 22 jugadores a punta de extranjeros no era fácil y se veían obligados a invitar a algunos nativos. Dice la leyenda que en uno de esos partidos, en el puerto peruano del Callao, un lugareño negro y ágil saltó como si fuera a dar una voltereta, tiró su cuerpo hacia atrás hasta quedar de espaldas al suelo y remató.

“¡El tiro del chalaco!”, dijo algún inglés, haciendo referencia al nombre que reciben los originarios del Callao: chalacos. Así nació una de las jugadas más complejas y hermosas del fútbol, que tiempo después copiarían los marineros chilenos del puerto de Valparaíso. Por eso hoy la conocemos también como “chilena”; por eso y porque el español, nacionalizado chileno, Ramón Unzuga, quien practicaba clavados y salto con garrocha además de fútbol, la popularizó en un partido oficial en 1914.


Yo me inventé “La elástica”

Yo me inventé “La elástica”

Por Roberto Rivelino, exjugador de la selección de Brasil

Debo confesar que yo no fui el inventor de “la elástica”, aunque sí el que la volvió famosa. Esa jugada tan espectacular se la vi hacer primero a un compañero en el año 1964. Su nombre era Sergio, ambos éramos jóvenes aspirantes a la primera división del Corinthians. En un entrenamiento, él hizo un dribbling muy extraño: llevó la bola con el empeine derecho hacia su derecha y en el mismo movimiento cambió la dirección hacia la izquierda. Era una maniobra muy llamativa, aunque para mi gusto era un poco recta y larga.
El jugador amaga salir con el balón por un lado del rival usando el borde externo. Siempre con la pelota pegada al pie, la devuelve lo más rápido posible con el borde interno. Sale hacia el lado contrario, el que nunca espera el rival, con el balón dominado. El defensa queda, por lo general, tirado en el piso y abrumado por la rapidez de la jugada.


De inmediato comencé a practicarla, intentando acortar los tiempos para que fuera más efectiva y sorprendente. Yo tenía solo dieciocho años y todo el tiempo por delante para transformarla. Lentamente fui adaptando la jugada al pie izquierdo; no me costó mucho. Cuando debuté en primera, “la elástica” ya formaba parte de mi repertorio futbolístico, aunque solo la ejecutaba en circunstancias especiales. Advertí que “la elástica” era útil para atemorizar a defensores agresivos.

Cuando tenía una marca muy férrea, pegajosa, y las cosas se ponían difíciles, recurría a ella, y el resultado era infalible: el defensor me miraba extrañado, como preguntando: “¿Qué has hecho?”. En la siguiente jugada ya no se acercaba, me dejaba libre, tenía miedo de quedar en ridículo otra vez, entonces yo jugaba más tranquilo. Así me ocurrió con grandes jugadores, como el inglés Kevin Keegan, en Wembley, o con el holandés Johan Neeskens en el Mundial de Alemania 74.

En esa época era más fácil sorprender con “la elástica”, ya que no se transmitían los partidos por televisión, como ahora. Con el paso de los años muchos colegas talentosos la practicaron: Romario, Ronaldinho Gaúcho, Kaká e incluso el Fenómeno Ronaldo, quien me consultó personalmente sobre el secreto de “la elástica”. Pero el mayor orgullo fue cuando logré engañar nada menos que a Franz Beckenbauer durante un juego entre Brasil y el resto del mundo, en mi país. Se la hice contra un lateral, y el alemán tropezó por el amague y cayó fuera del campo. En los camerinos, Franz comentó: “Vine a Brasil para disfrutar de Pelé y terminé maravillado con esa extraña jugada de Rivelino”.
No nació en la final de unas olimpiadas, como piensan muchos. Fue en un encuentro mucho menos importante, pero tal vez más apasionante: un partido amistoso entre Argentina y Uruguay, en octubre de 1924. En ese momento no se jugaban mundiales, y los uruguayos todavía celebraban el oro futbolístico conseguido meses antes en los Juegos Olímpicos de París. Entonces pactaron un par de amistosos contra sus vecinos.

En el minuto 15 del segundo encuentro, en Buenos Aires, frente a un público que tiraba botellas y piedras, el argentino Cesáreo Onzari cobró un tiro de esquina que tomó una curva extraña y se metió en el arco de “los Olímpicos”, como les decían a los uruguayos. A partir de ese momento, cualquier gol desde el tiro de esquina es conocido como “gol olímpico”. La mayoría de los presentes esa tarde se quedó esperando que el árbitro anulara el gol, porque hasta poco antes ese tipo de tantos no valía. Pocos sabían que la norma había sido modificada.


Yo me inventé “La cabañuela”

Yo me inventé “La cabañuela”

Por Roberto Cabañas Exjugador del América de Cali y de la selección de Paraguay

La primera vez que hice una “cabañuela” fue cuando tenía 14 años. Desde niño, cuando jugaba con mis amiguitos del colegio, me encantaba hacer jugadas acrobáticas: saltar en el aire y adornar los cabezazos, hacer tijeretas, taquitos, en fin, todo lo que hiciera más espectacular un gol, eso me llamaba la atención. La jugada la fui perfeccionando con el tiempo y consistía en levantarse en el aire, muy parecido a “la chilena” o a “la chalaca”, pero de medio lado, para empalmar el balón con la derecha. Nunca con la izquierda. Siempre pateaba con la misma pierna, antes de la pirueta previa que me hizo muy famoso en el mundo.

Fue en el América de Cali donde la practiqué con mayor regularidad, en aquel equipo de grandes figuras que dirigía Gabriel Ochoa Uribe. Me acuerdo que terminaba los entrenamientos y siempre les pedía a mis compañeros que me tiraran unos cuantos centros para practicar la jugada. Con Juan Manuel Battaglia ensayaba mucho; sus centros desde la derecha eran muy precisos, y la jugada era casi infalible. Lo mismo que Wíllington Ortiz, era un gran puntero y me tenía la medida.


No tengo la cifra exacta de cuántos goles hice con mis “cabañuelas”, ese dato lo debe tener el periodista Adolfo Pérez, pero sí me acuerdo de la que más me gustó: fue una tarde en el estadio e Cúcuta, en un partido muy cerrado, cuando de repente me llegó el centro, la paré de cabeza de tal manera que el balón siguiera en el aire y antes de que cayera me levanté e hice mi acrobacia favorita. Ganamos uno a cero, pero para mala fortuna mía no hay registro de televisión, ¡justo esa tarde no había cámaras! El último gol de “cabañuela” que hice fue en 1989 cuando jugaba en el Brest de Francia. Allí hice como cuatro goles con esta jugada.

Curiosamente, el mejor gol de mi carrera no fue de “cabañuela”, sino de taquito. Lo hice en el 83 jugando en el Cosmos de Estados Unidos, después de un tiro de esquina que cogí de espaldas al arco, rematando a todo el ángulo. Fue un gran gol. Todo lo que fuera acrobático me encantaba.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Me alegra que en Colombia me recuerden todavía. Me considero ciento por ciento colombiano, pues vivo en Cali con mi esposa desde hace más de veinte años. A veces me meto a YouTube y veo mis goles en América y me da una nostalgia de la buena. El fútbol es lo más grande de la vida.
La historia le atribuye la primera “rabona” al argentino Ricardo Infante, figura del Estudiantes de La Plata de los años cuarenta y cincuenta. Jugaba el 19 de septiembre de 1948 contra Rosario Central, cuando uno de sus compañeros estrelló un taponazo contra el palo. El rebote le cayó a Infante a unos 35 metros del arco. Quería rematar de primera, pero la pelota le quedó en su pierna más torpe.

Entonces hizo lo que nadie esperaba: apoyó esa pierna firme contra el pasto, pasó la otra por detrás y le metió un puntazo al balón, que se metió por el ángulo... ¡Golazo! Todos se emocionaron, hasta el arquero rival y el árbitro, que corrieron a felicitarlo. La revista El Gráfico publicó, días después, una caricatura en la que aparecía Infante vestido de colegial con un letrero que rezaba: “El Infante que se hizo la rabona”. Y quedó bautizada y patentada una de las jugadas que ayudaron a hacer famosos a Maradona, Ruud Gullit, George Weah, Cristiano Ronaldo y muchos “monstruos” más.

Yo me inventé “El penal picado”

Yo me inventé “El penal picado”

Por Antonin Panenka, exjugador de la selección de Checoslovaquia

Mi vida como futbolista bien podría resumirse en ese tiro de penal que le convertí a Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. No es algo muy agradable, pero debo aceptarlo porque Dios así lo quiso.

Esa manera débil de ejecutar la pena máxima sorprendió al mundo del fútbol porque nunca antes se había visto en un campo de juego. La idea surgió como consecuencia de una gran frustración que me acompañaba en cada sesión de entrenamiento con el Bohemians Praga, mi equipo en Checoslovaquia.

Luego del trabajo físico y táctico, con el arquero Zdenek Hruska solíamos quedarnos quince o veinte minutos para competir cada semana en una serie de tres penales. El premio era la ronda de cervezas Pilsner Urquell que disfrutábamos los días lunes en un bar cercano al estadio. Hruska era joven y con una gran fuerza en las piernas. Generalmente, ganaba la apuesta.
El pateador del penalti se acerca al balón y amaga pegarle fuerte. Contrario a lo esperado, patea suave y globeado, casi siempre al centro del marco. El arquero, completamente descolocado, ve de reojo cuando entra la pelota en su portería.


Un día pensé en engañarlo con un remate a media altura, casi sin fuerza y al medio de la portería. Funcionó perfectamente…. Tanto que Zdenek me alentó a repetir la jugada en un partido oficial.

Siempre he sentido el fútbol como una diversión, apartado del drama y la histeria. Tomar riesgos nunca fue un problema para mí. Durante dos años esa jugada ocupó mi mente. Solo debía encontrar el momento adecuado para utilizarla.

Y ese momento llegó en la final de la Eurocopa contra Alemania Federal. El juego fue emocionante. Checoslovaquia ganaba 2-1 y en el último instante empató Hölzenbein. Nosotros estábamos algo desilusionados, pero en la tanda de penales fuimos efectivos. Convertimos los cuatro primeros, mientras que los alemanes marcaron tres… Hoeness había desviado el suyo.

Era mi turno, el quinto penal para Checoslovaquia. Mis compañeros sabían de esa jugada especial y se negaban a que la ejecutara, pero el técnico Vaclav Jezek respaldó mi decisión.

Enfrente estaba el mejor portero del momento: Sepp Maier, campeón del mundo en 1974. Sin embargo, mi confianza era plena. Sabía que Sepp no se quedaría parado en el centro del arco. La clave fue tomar varios pasos de carrera para que él esperara un remate fuerte. Cuando llegué al balón, lo impulsé suavemente con la pierna derecha hacia el centro de la portería. Maier eligió su costado izquierdo. Con esa jugada, Checoslovaquia logró la victoria más importante de su historia futbolística. Una jugada que solo pude repetirla dos veces con la misma eficacia, ya que la noticia recorrió el mundo, y los porteros ya conocían mis intenciones. Hoy, 35 años después, puedo afirmar que he quedado preso de ese penal.
Se ha dicho y escrito mil veces que esta jugada nació en Brasil. Debe de ser porque pocos en el mundo la han hecho de manera tan espectacular como Ronaldinho y sus antecesores. Pero no. Según el Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol (CIHF), el arte de enganchar la pelota entre el empeine de un pie y el tacón del otro para hacerla pasar por encima de la cabeza, en globo y de atrás para adelante, lo inventó un argentino: Pedro Bleo Fournol, conocido como Calomino.

Ídolo de Boca Juniors a principios del siglo XX, cuando el fútbol aún no era profesional, a Calomino no le gustaba jugar con botines, le incomodaban, por eso terminaba algunos partidos en medias. Y así, descalzo, eliminaba rivales con movimientos dificilísimos. Para incredulidad de muchos aficionados y dolor de algunos brasileños, el que lo hizo más famoso fue el de “la bicicleta”.