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Por René Higuita, exarquero de la selección de Colombia |
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Todos los periodistas se la pasan diciendo que yo inventé “la de Dios” como si eso fuera lo único que hubiera inventado en esta vida… ¡Por favor! Primero que nada, quiero decir que yo soy el creador del puesto de arquero. Hasta el momento en que debuté en el fútbol profesional (año 1962) nadie quería ocupar ese lugar. Decían que ser arquero era para tontos o gorditos. A partir de Hugo Gatti, el arquero es el más lindo del equipo. Para atajar hay que ser hermoso, hay que saber imponer la presencia física, ser valiente… Y todo eso lo tuve y aún lo sigo teniendo a los 66 años. |
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Por Roberto Rivelino, exjugador de la selección de Brasil |
La primera vez que hice una “cabañuela” fue cuando tenía 14 años. Desde niño, cuando jugaba con mis amiguitos del colegio, me encantaba hacer jugadas acrobáticas: saltar en el aire y adornar los cabezazos, hacer tijeretas, taquitos, en fin, todo lo que hiciera más espectacular un gol, eso me llamaba la atención
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Mi vida como futbolista bien podría resumirse en ese tiro de penal que le convertí a Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. No es algo muy agradable, pero debo aceptarlo porque Dios así lo quiso.
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Por René Higuita, exarquero de la selección de Colombia | |||
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Lo primero que hay que decir es que “el escorpión” nació por casualidad, pues lo que yo quería hacer era otra cosa: agarrar el balón con las piernas y no pegarle con los tacos. Me explico: simplemente a mí me tiraban la pelota, yo me estiraba para adelante, como volando, y la apretaba entre la parte trasera del muslo y el huevito que está detrás de la espinilla.
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Por Hugo Gatti Exarquero de Atlanta, Gimnasia y Esgrima, River Plate, Unión de Santa Fe y Boca Juniors. Campeón de la Copa Libertadores con Boca (1977 y 1978) y de la Intercontinental (1977). Tapó 26 tiros penal en Primera División. | |||||||||
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Todos los periodistas se la pasan diciendo que yo inventé “la de Dios” como si eso fuera lo único que hubiera inventado en esta vida… ¡Por favor! Primero que nada, quiero decir que yo soy el creador del puesto de arquero. Hasta el momento en que debuté en el fútbol profesional (año 1962) nadie quería ocupar ese lugar. Decían que ser arquero era para tontos o gorditos. A partir de Hugo Gatti, el arquero es el más lindo del equipo. Para atajar hay que ser hermoso, hay que saber imponer la presencia física, ser valiente… Y todo eso lo tuve y aún lo sigo teniendo a los 66 años.
Algunos me preguntan si “la de Dios” me la enseñó Amadeo Carrizo. ¿Qué me iba a enseñar si yo sabía más que él? Yo fui el primero que atajó con vincha en la cabeza, el primero que se puso bermudas, el primero en colocarse cintas negras en los ojos para evitar el sol, el primero en hacer laterales, el primero en salir jugando con los pies y el primero en darles pases de gol a mis compañeros: el primero en todo. René Higuita se hizo famoso en todo el mundo por hacer “el escorpión”, pero nadie dice que mucho antes de que él debutara, en un partido contra Talleres de Córdoba, yo rechacé una pelota de “chilena”, algo mucho más difícil de hacer. El arquero era el puesto de los bobos, y yo fui el más vivo. Fui el mejor del mundo, ¿saben por qué? Porque tenía talento y disfrutaba sobre el campo. No aprendí nada de nadie, si yo era el número uno; fui y soy un sabio del arco.
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Debo confesar que yo no fui el inventor de “la elástica”, aunque sí el que la volvió famosa. Esa jugada tan espectacular se la vi hacer primero a un compañero en el año 1964. Su nombre era Sergio, ambos éramos jóvenes aspirantes a la primera división del Corinthians. En un entrenamiento, él hizo un dribbling muy extraño: llevó la bola con el empeine derecho hacia su derecha y en el mismo movimiento cambió la dirección hacia la izquierda. Era una maniobra muy llamativa, aunque para mi gusto era un poco recta y larga.
De inmediato comencé a practicarla, intentando acortar los tiempos para que fuera más efectiva y sorprendente. Yo tenía solo dieciocho años y todo el tiempo por delante para transformarla. Lentamente fui adaptando la jugada al pie izquierdo; no me costó mucho. Cuando debuté en primera, “la elástica” ya formaba parte de mi repertorio futbolístico, aunque solo la ejecutaba en circunstancias especiales. Advertí que “la elástica” era útil para atemorizar a defensores agresivos. Cuando tenía una marca muy férrea, pegajosa, y las cosas se ponían difíciles, recurría a ella, y el resultado era infalible: el defensor me miraba extrañado, como preguntando: “¿Qué has hecho?”. En la siguiente jugada ya no se acercaba, me dejaba libre, tenía miedo de quedar en ridículo otra vez, entonces yo jugaba más tranquilo. Así me ocurrió con grandes jugadores, como el inglés Kevin Keegan, en Wembley, o con el holandés Johan Neeskens en el Mundial de Alemania 74. En esa época era más fácil sorprender con “la elástica”, ya que no se transmitían los partidos por televisión, como ahora. Con el paso de los años muchos colegas talentosos la practicaron: Romario, Ronaldinho Gaúcho, Kaká e incluso el Fenómeno Ronaldo, quien me consultó personalmente sobre el secreto de “la elástica”. Pero el mayor orgullo fue cuando logré engañar nada menos que a Franz Beckenbauer durante un juego entre Brasil y el resto del mundo, en mi país. Se la hice contra un lateral, y el alemán tropezó por el amague y cayó fuera del campo. En los camerinos, Franz comentó: “Vine a Brasil para disfrutar de Pelé y terminé maravillado con esa extraña jugada de Rivelino”.
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Por Roberto Cabañas Exjugador del América de Cali y de la selección de Paraguay | ||||||
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La primera vez que hice una “cabañuela” fue cuando tenía 14 años. Desde niño, cuando jugaba con mis amiguitos del colegio, me encantaba hacer jugadas acrobáticas: saltar en el aire y adornar los cabezazos, hacer tijeretas, taquitos, en fin, todo lo que hiciera más espectacular un gol, eso me llamaba la atención. La jugada la fui perfeccionando con el tiempo y consistía en levantarse en el aire, muy parecido a “la chilena” o a “la chalaca”, pero de medio lado, para empalmar el balón con la derecha. Nunca con la izquierda. Siempre pateaba con la misma pierna, antes de la pirueta previa que me hizo muy famoso en el mundo.
No tengo la cifra exacta de cuántos goles hice con mis “cabañuelas”, ese dato lo debe tener el periodista Adolfo Pérez, pero sí me acuerdo de la que más me gustó: fue una tarde en el estadio e Cúcuta, en un partido muy cerrado, cuando de repente me llegó el centro, la paré de cabeza de tal manera que el balón siguiera en el aire y antes de que cayera me levanté e hice mi acrobacia favorita. Ganamos uno a cero, pero para mala fortuna mía no hay registro de televisión, ¡justo esa tarde no había cámaras! El último gol de “cabañuela” que hice fue en 1989 cuando jugaba en el Brest de Francia. Allí hice como cuatro goles con esta jugada. Curiosamente, el mejor gol de mi carrera no fue de “cabañuela”, sino de taquito. Lo hice en el 83 jugando en el Cosmos de Estados Unidos, después de un tiro de esquina que cogí de espaldas al arco, rematando a todo el ángulo. Fue un gran gol. Todo lo que fuera acrobático me encantaba. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Me alegra que en Colombia me recuerden todavía. Me considero ciento por ciento colombiano, pues vivo en Cali con mi esposa desde hace más de veinte años. A veces me meto a YouTube y veo mis goles en América y me da una nostalgia de la buena. El fútbol es lo más grande de la vida.
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Por Antonin Panenka, exjugador de la selección de Checoslovaquia | |||||||||
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Mi vida como futbolista bien podría resumirse en ese tiro de penal que le convertí a Sepp Maier en la final de la Eurocopa de 1976. No es algo muy agradable, pero debo aceptarlo porque Dios así lo quiso.
Un día pensé en engañarlo con un remate a media altura, casi sin fuerza y al medio de la portería. Funcionó perfectamente…. Tanto que Zdenek me alentó a repetir la jugada en un partido oficial. Siempre he sentido el fútbol como una diversión, apartado del drama y la histeria. Tomar riesgos nunca fue un problema para mí. Durante dos años esa jugada ocupó mi mente. Solo debía encontrar el momento adecuado para utilizarla. Y ese momento llegó en la final de la Eurocopa contra Alemania Federal. El juego fue emocionante. Checoslovaquia ganaba 2-1 y en el último instante empató Hölzenbein. Nosotros estábamos algo desilusionados, pero en la tanda de penales fuimos efectivos. Convertimos los cuatro primeros, mientras que los alemanes marcaron tres… Hoeness había desviado el suyo. Era mi turno, el quinto penal para Checoslovaquia. Mis compañeros sabían de esa jugada especial y se negaban a que la ejecutara, pero el técnico Vaclav Jezek respaldó mi decisión. Enfrente estaba el mejor portero del momento: Sepp Maier, campeón del mundo en 1974. Sin embargo, mi confianza era plena. Sabía que Sepp no se quedaría parado en el centro del arco. La clave fue tomar varios pasos de carrera para que él esperara un remate fuerte. Cuando llegué al balón, lo impulsé suavemente con la pierna derecha hacia el centro de la portería. Maier eligió su costado izquierdo. Con esa jugada, Checoslovaquia logró la victoria más importante de su historia futbolística. Una jugada que solo pude repetirla dos veces con la misma eficacia, ya que la noticia recorrió el mundo, y los porteros ya conocían mis intenciones. Hoy, 35 años después, puedo afirmar que he quedado preso de ese penal.
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