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Un gol en la final del Mundial, cuatro premios Grammy, un título mundial de boxeo... Los sueños de estos personajes calaron en la memoria de muchos. ¿Suerte, esfuerzo o constancia?: ellos mismos lo cuentan en este especial. |
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La primera vez que me propusieron luchar por el título mundial de boxeo fue en noviembre del año 2009. |
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En el fútbol hay que subir peldaños. Yo empecé en las divisiones inferiores del Barcelona, llegué al primer equipo, me gané un sitio y de ahí a la selección hay un paso. |
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Por Walter Flores |
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Por Hanna Gabriel |
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La primera vez que me propusieron luchar por el título mundial de boxeo fue en noviembre del año 2009. Sin embargo, la idea siempre estuvo en mi mente, ya que para cualquier persona, y en especial aquella que está ligada al mundo del deporte, convertirse en campeona es el máximo sueño. Había decidido competir en la categoría welter (147 libras), razón por la cual me vi forzada a seguir un régimen alimenticio muy estricto. Durante poco más de un mes, sin supervisión profesional, mi dieta consistió en una ración de carne —pollo o pescado— pasada por agua y ensalada de lechuga con limón. Nada más. No tenía permitido consumir carbohidratos, que, como bien se sabe, son la fuente principal de energía para nuestro organismo. El día del pesaje, mi cuerpo sucumbió. Sufrí un desmayo y no tardé en atribuirle la causa al nivel de exigencia de mi entrenamiento y como este no se había correspondido con una alimentación adecuada. Aun así, no me eché atrás. Sabía que, si ya había llegado hasta allá, tenía que pelear a toda costa. Por suerte, pude resolver el combate en el cuarto asalto —por nocaut técnico— y fue así como me hice del cinturón. No obstante, la alegría me duró poco, pues, sin haber cumplido un mes con el cetro, tuve que renunciar a él. Para mí era imposible continuar compitiendo en las 147 libras. Solo en la semana posterior a la pelea por el título, aumenté alrededor de nueve kilos. La situación era insostenible y por eso decidí volver a la categoría superwelter (154 libras). Dicho cambio vino acompañado por un mejoramiento integral de mi rutina de entrenamiento. Desde entonces, cuento con la asistencia de un especialista en nutrición, un entrenador personal y un fisioterapeuta; este último, de vital importancia para el tratamiento de una lesión lumbar que requiere de mucha atención. Repuesta del doloroso incidente de la renuncia y más preparada que nunca, volví a pelear por la corona a finales de mayo del año pasado, en Bayamón (Puerto Rico). Recuerdo que salí al ring dispuesta a devorar a mi oponente y, en cuestión de once segundos, había lanzado cerca de 22 golpes, la mitad de los cuales fueron efectivos. Un número nada despreciable. Además de resultar victoriosa y disfrutar de la enorme satisfacción que eso conlleva, ese día me di cuenta que era capaz de soportar la presión de luchar frente a miles de personas, a diferencia de algunos boxeadores que, frente a la mínima muestra de ansiedad, se paralizan. Desde entonces, he defendido la corona en dos ocasiones, ambas muy distintas entre sí. En el primer combate, a comienzos del presente año, la intensidad del entrenamiento previo me jugó una mala pasada, pues, nomás en el segundo asalto, sufrí un episodio de agotamiento muscular, el cual me obligó a replantear mi estrategia. Tuve que administrar mejor mis energías y esperar hasta el epílogo para rematar a mi rival, Melisenda Pérez, a quien volví a enfrentar, con idéntico resultado, en marzo pasado, con un majestuoso Estadio Nacional como escenario. Antes de esta segunda velada, tuve que lidiar, de nuevo, con mi lesión en la espalda, además de una fractura nasal que puso en peligro la realización del evento. La vida de una campeona no es fácil; la rutina, todo menos típica. Aparte del entrenamiento habitual, que incluye trabajo de piscina y de gimnasio, debo cumplir con muchas otras responsabilidades, algunas relacionadas con patrocinadores y otras, con mis estudios. Casi no tengo descanso. A pesar de todo lo anterior, mi futuro no se limita únicamente al deporte: aspiro a más. Actualmente, estoy muy interesada en trabajar en conjunto con asociaciones ligadas a personas con discapacidad. Considero necesario crear conciencia y fomentar un cambio en la percepción que se tiene sobre este tema. Si el nombre de Hanna Gabriel va a ser recordado en la historia, que no solo sea por sus logros personales, sino por todo lo que puede aportarle a la comunidad. |
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Por Chris Gardner |
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Se ha hablado de la película En busca de la felicidad como una historia de la pobreza a la riqueza, pero para mí fue mucho más que eso. Detrás de lo que la gente vio en el cine, donde Will Smith interpretaba la vida de un joven que tenía que dormir en las calles con su hijo y que, a fuerza de tenacidad, soñaba con trabajar en Wall Street, está la verdadera historia de todo: el sueño de darle a mi hijo todo lo que nunca tuvo, un papá. Eso no tiene precio. Yo nunca conocí al mío, pero crecí al lado de un padrastro que se empeñó en recordármelo con frecuencia: “Tú no tienes un papá”, me decía, incluso me apuntaba con su escopeta y me lo recalcaba. Fue desde entonces, a los cinco años, que me prometí a mí mismo que nadie tendría la posibilidad de hacerle eso a mi hijo y me propuse superar todas las adversidades. Por eso fui osado y persistente, cualidades que adquirí desde muy pequeño gracias a las palabras de mi madre, quien todos los días me decía: “Hijo, tú puedes hacer lo que quieras o ser quien quieras en la vida”. Me enamoré de la música y me convencí de que iba a ser Miles Davis, pero no funcionó. Empecé a pensar cuál sería mi botón. Hay un botón que uno oprime para prender la luz, para prender la televisión, y hay un botón adentro de cada uno de nosotros, y yo tenía que encontrarlo. ¿Qué era lo que me podría prender de la misma manera que me prendía la música? Ahí fue cuando descubrí a Wall Street. Eso era lo que iba a hacer con mi vida. Recuerdo la primera vez que entré a un cuarto de intercambio de Wall Street; lo sentí, ahí estaba mi botón. Eso fue a los 27 años. Mi historia en la película es diferente a mi libro. En la película, mi hijo sale como si tuviera cinco años, pero en realidad esa escena del baño de un metro, donde yo duermo junto a él porque no había donde más dormir, ocurrió cuando él tenía catorce meses. Todavía estaba en pañales, y yo no tenía adónde llevarlo. Estuve con un bebé deambulando por las calles de San Francisco durante este período de mi vida. Solo eso hace que todo cambie. La fe y la confianza en las palabras de mi madre ayudaron a que yo supiera sobrellevar los momentos difíciles, porque los hubo y siguen existiendo. Ella se mudó al cielo hace diecisiete años, pero cada día de mi vida sigo hablándole. Oigo sus palabras: “Los pequeños pasos también cuentan”, decía. Siempre supe que yo podía lograr mis metas. Así que cuando finalmente me dieron el trabajo en la firma de inversiones, tuve ganas de seguir trabajando. Si había llegado hasta allá, podía llegar a cualquier sitio, y así sigo pensando. Si eres realmente apasionado, las oportunidades son tan grandes como el cielo, y el cielo es más grande de lo que la imaginación permite visualizar. Yo luché por lo que quería y lo sigo haciendo, esa es la clave de la vida. |
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Por Andrés Iniesta |
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En el fútbol hay que subir peldaños. Yo empecé en las divisiones inferiores del Barcelona, llegué al primer equipo, me gané un sitio y de ahí a la selección hay un paso. Todavía me veo jugando en el pueblo, en Fuentealbilla, con nueve años, y me parece imposible que ese niño tenga un lugar en la historia del fútbol español. Creo que ese gol lo pudo marcar antes algún compañero, pero por algo, no sé por qué, me tocó a mí. Como deportista sé que fue una circunstancia del juego, que el mérito es del esfuerzo de un equipo, incluso de aquellos que no juegan, pero hacen todo lo posible para que cuando nosotros salimos al campo estemos preparados mejor que nadie. Sé que hicimos feliz a mucha gente, y nada, nada, supera esa sensación, nada es más gratificante en esta vida que hacer feliz a alguien. ¡Y más si son tantos! He visto ese gol mil veces, porque veo los partidos que he jugado para buscar errores, básicamente. Y cada vez que vuelvo a ver ese gol pienso que no fue como se ve por la tele, que mi gol es distinto porque la sensación en el campo es irrepetible. La perspectiva es muy diferente. Hay un gol en esa final que es personal, muy mío... El de la tele se parece, pero yo he metido ese gol. No sé cómo explicarlo. Es distinto verlo que marcarlo. Fàbregas me dio un pase que me dejó frente al portero; justo en ese momento se hizo un enorme silencio, y me quedé solo, esperando a que bajara la pelota. Tal y como controlo el balón, sé que va a ser gol. Sé que el defensa no llega, que el portero no llega. Solo debo esperar a que caiga. ¿Y por qué baja? Por la ley de la gravedad. Puestos a buscar razones, también Newton me ayudó a meter el gol. Yo nunca creí que pudiera marcar un gol tan importante. En ese momento no pensé que ese gol nos daba el Mundial, solo quería gritar, correr, levantarme la camiseta y decirle al mundo que mi amigo Jarque murió, pero sigue a mi lado. Y eso hice. Soy de los que piensan que cada uno siempre se muestra como es. El que al final te la acaba dando por chulo, es porque es chulo, y el que te la acaba pegando, es porque es así. Yo tengo mi forma de ser. Igual lo veo demasiado fácil y desde fuera se ve diferente. El fútbol es mi vida y luego tengo a mi novia, a mi familia, a la gente que está cerca de mí. No necesito mucho más. Estoy encantadísimo de vivir en esta situación privilegiada, pero sé que hay que valorarlo. A veces, el hecho de estar arriba, que si el dinero, que si los coches, que si la fama, todas esas cosas te hacen perder un poco el norte, pero yo me siento el mismo. Llevo una vida muy normal y creo que la gente también lo agradece. También me gusta pensar que el fútbol a veces te devuelve lo que das o te compensa un poco los esfuerzos, los sacrificios. No sé, creo que la gente que es buena, que va de cara, que se esfuerza siempre acaba recibiendo una recompensa. Me lo mostraron mis padres, lo siento ahora. Nunca sabes cuándo llegará, pero a mí me ha llegado. Sé que esto no ha acabado, que a mi carrera de futbolista le quedan muchos partidos. Estoy a punto de ser padre, de crear mi propia familia. Y eso me produce mariposas en el estómago. Soy muy consciente de los esfuerzos que mis padres hicieron por verme feliz y me pregunto si yo estaré a la altura, si seré capaz de transmitirle a mi hijo o hija esos valores que hasta ahora me han servido para hacer este camino que una noche pasó por Johannesburgo, un camino lleno de luz al que no le adivino el final.
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Cuando tenía alrededor de doce años, escuché por primera vez el disco Siembra, de Rubén Blades, en una fiesta familiar en San Antonio de Belén. El material estaba de moda, y canciones como “Plástico”, “Buscando guayaba” y “Pedro Navaja” sonaron muchas veces ese día, quedando grabadas para siempre en mi memoria. Lo que nunca imaginé fue que, en unos quince años, sería el director de la orquesta de Rubén, además de compositor, productor y arreglista musical. Yo empecé mi trayectoria a la edad de cinco años, bajo la tutela de una profesora chilena que me impartía clases privadas de piano, al tiempo que comenzaba a “travesear” la música popular, ya que mi papá, en esa época, era el director musical de Taboga Band. Desde pequeño, él me llevaba a presentaciones y ensayos; a su lado, recuerdo haber tocado una campana, instrumento que, junto con el piano, las congas, el bajo y la flauta, entonces ya dominaba. Mi padre me enseñó, entre otras cosas, la disciplina de estudiar todos los días. Luego ingresé al Conservatorio de Castella y recuerdo que don Arnoldo Herrera me ayudó muchísimo. Su trato con los alumnos era muy personalizado. Gracias a Tapado Vargas, de quien era compañero, tuve mi primer acercamiento con Buscando América, la producción de Rubén Blades que contiene aquel famoso tema, “Decisiones”. De nuevo, jamás se me cruzó por la mente la idea de que, tiempo después, iría a tocar con el gran maestro panameño, junto a Ramses y Carlomagno Araya —también compañeros—. Cuando salí del Castella, formé parte de conjuntos como el Sexteto de Jazz Latino, la Big Band de Costa Rica, Grupo San José, Coro Heredia Canta, y también acompañé a varios músicos, entre ellos Adrián Goizueta y Humberto Vargas. Después de haberme graduado en piano clásico en la Universidad de Costa Rica, estudié jazz en Berklee (Boston, EE. UU.), donde tuve la oportunidad de trabajar con artistas de muy alto nivel. Rozarme con ellos me permitió poner los pies sobre la tierra. Por razones económicas y sentimentales, me vi forzado a regresar a Costa Rica, pero esa decisión, lejos de afectarme, propició la creación del disco Calle del viento, que grabé en conjunto con Éditus y el Sexteto de Jazz Latino. A raíz de la salida de dicha placa, Rubén Blades se interesó en mi trabajo. De hecho, Tiempos, el primer larga duración que produjimos en Costa Rica, da inicio con un tema de mi autoría, “Mar del sur”, que también apareció en Calle del viento. Ese fue solo el comienzo de grandes experiencias que estarían por suceder. La época en que dirigí Éditus Ensamble fue maravillosa. Gané tres premios Grammy como productor de Tiempos y Mundo, y salí de gira por Europa —en tres ocasiones—, los Estados Unidos y muchos países de Latinoamérica. Producto de mi relación con Rubén, compartí escenario con grandes de la música como Willie Colón, Juan Luis Guerra, Mercedes Sosa y Armando Manzanero, e incluso llegué a hacer palmas y coros con Sting en una oportunidad. Todo eso sin mencionar la enorme cantidad de figuras que tuve el honor de conocer; desde Gabriel García Márquez hasta Chespirito, pasando por Bill Cosby, Lionel Richie, Phil Collins, Marc Anthony, Ray Charles y los chicos de Calle 13, a quienes aprecio mucho. En 2008, salimos de gira por Europa junto a Son de Tikizia. Rubén nos permitió acompañarlo y presentar nuestros propios temas. Yo he tenido la suerte de trabajar muy cerca de él y puedo decir que lo conozco bien; es una gran persona. A su lado he aprendido muchas cosas, no solo en materia musical, sino en el diario vivir. Rubén confió en mí para grabar el disco Cantares del subdesarrollo, con el cual gané mi cuarto Grammy, esta vez como ingeniero de sonido. Entre 2009 y 2010, participé en el exitoso tour con Seis del Solar, que fue visto por más de un millón de personas a lo largo del continente americano. Para finalizar el año 2010, fui director de la orquesta que acompañó a Rubén y a Gilberto Santa Rosa en su gira Una sola salsa. Mi trabajo consistió en dirigir la música de Rubén y hacer gran parte de los arreglos musicales, incluido el opening del espectáculo, lo cual ha contribuido a mi crecimiento como músico y, de manera indirecta, ha incidido en Son de Tikizia, agrupación que actualmente lidero y con la que he cumplido, también, grandes logros. |
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Por Richard GarriotT, millonario británico/estadounidense. |
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Yo crecí entre astronautas. Mi papá, Owen Garriott, estuvo dos meses en el Skylab en 1973, fijando un nuevo récord de permanencia espacial. Nuestros vecinos en Houston eran casi todos astronautas, y hasta los exámenes médicos nos los hacían en la NASA. Entonces yo vivía convencido de que todo el mundo iba al espacio. Por eso, cuando el doctor me dijo que mi miopía no me dejaría jamás ser un astronauta, me entristecí mucho. Pero al mismo tiempo me dije que si la NASA no me iba a llevar, tendría que hacerlo por medio de la privatización del espacio. Entonces, tan pronto comencé a ganar dinero con mis juegos de computadora, enfoqué todas mis inversiones personales para hacer realidad esa privatización, para que yo —y otros— pudiera ir. Ayudé a establecer Space Adventures, El Premio X, Zero G Corp. y otras compañías espaciales. Cuando la Agencia Espacial Rusa aceptó llevar al primer turista, se suponía que ese iba a ser yo. Pero justo entonces sucedió la caída de las “punto com”, y todas mis inversiones se vinieron abajo. Así que ese primer lugar se lo vendimos a Dennis Tito. Finalmente, rehice mi fortuna y pagué 30 millones de dólares a los rusos. Mi entrenamiento fue en Star City, donde todo parece como antiguo, pero todo funciona. El mayor reto fue aprender el ruso. En la Estación Espacial Internacional no importa, porque todo el mundo habla inglés, pero, en la Soyuz, los instrumentos están marcados en ruso. La noche anterior al despegue hicimos una fiesta con tragos y cigarrillos, ¡al lado del cohete lleno de combustible! Me sigue asombrando lo cerca que puede estar la gente del cohete mientras es llevado a la plataforma. El despegue fue inolvidable; yo estaba lleno de angustia, ansiedad y emoción. Aunque uno siente 4,5 veces la fuerza de la gravedad encima, es algo muy suave. Este vehículo increíble que es la Soyuz no vibra, no se siente peligroso. En el viaje de dos días hacia la estación espacial me fue muy bien. Lo que hay que asegurarse es de no tener que usar el baño para el “número dos” (los sólidos) en la Soyuz, porque es como hacerlo en una tetera. El “uno” (los líquidos) es fácil, es solo acostumbrarse a usar el pañal, que está muy bien diseñado. De hecho, el tema del excusado y su uso surge muy a menudo entre los astronautas. A bordo de la Estación Espacial Internacional fui al baño tres veces en dos días. Uno se tiende a estreñir, no sé si es físico o mental. Lo más increíble es ver los paneles solares. Tienen un resplandor iridiscente-naranja que nunca se ve en las fotos. Cuando uno entra en la estación, lo primero que te dan es pan y sal, según la tradición rusa de recibir así a los huéspedes importantes. En la americana tocan una campana de barco. Los turistas como yo no tenemos nada que hacer a bordo. Pero yo sí me llevé varios experimentos de ciencia para demostrarles a los niños de los colegios lecciones de ingeniería y microgravedad. Además de mirar por la ventana, a mí el tiempo se me iba solamente buscando cosas. Todo se me perdía: los bolígrafos, las libretas, los anteojos... Era desesperante. Me instalaron mi bolsa de dormir en una esquina, y eso era como acampar sin gravedad o dormir como un murciélago. El baño consistía en toallas húmedas, como lamidos de gato. La mesa del comedor sirve para todo. Lo que aprendí inmediatamente fue el uso tridimensional del espacio. Por ejemplo, los cubiertos estaban parados sobre una cinta pegante, como si fueran árboles en un bosque. En la mesa solo cabían cuatro personas, por lo que las otras dos estaban “sentadas” en el techo o paredes. Me gustaban las horas de las comidas porque todos nos poníamos a conversar de cosas interesantes. Los tripulantes viven tan ocupados que no es posible verlos calmados hasta esa hora. Comíamos de todo: carnes, camarones, tacos, verduras, pero claro, todo hay que rehidratarlo y calentarlo. El regreso es duro, en el sentido de que la Soyuz está colgando de un paracaídas que se estremece como si fuera la punta de un látigo y cae a tierra de forma similar a un costal de papas o como un automóvil que se estrella a 30 millas por hora. A uno le duele la espalda, pero la silla está amoldada perfectamente a ella, y eso evita heridas. Aterrizamos en un desierto en Kazajistán, en medio de la nada, y de allí nos llevaron en sillones especiales hasta un helicóptero. La gente me pregunta si valió la pena. La amistad que trabé con los tripulantes durará para toda la vida. En mi memoria quedarán impresas las sensaciones y la imagen de la Tierra desde arriba, las auroras, los colores, el calor humano. Creo que ir al espacio debe ser privilegio de toda la humanidad. |
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