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Clawdia, pudorosa mía, hace pocos meses, como si quisieran ilustrar una de mis últimas cartas –la que te escribí sobre la doble moral en los EE. UU. (SoHo 12)–, una editora alemana de libros para niños tropezó con la siguiente piedra: que una editorial del gran país del Norte no firmaba el contrato de publicación de un libro suyo, porque había en él un par de ilustraciones dizque pornográficas.
Susanne Berger, la editora alemana, ya tenía casi seguro el contrato para publicar ese libro con la editorial USAna Boyds Mills, cuando sin previo aviso, sin anestesia, le pidieron desde allí que sacase dos ilustraciones de un capítulo donde se cuenta la visita a un Museo. Una de esas ilustraciones es la imagen de una estatuilla de 7 milímetros, de un muchachito desnudo cuyo miembro viril mide 0,5 mm (tamaño cagada de mosca, para decirlo mal y pronto). La otra es de un desnudo femenino más inocente que la propaganda de una playa nudista.
[Es divertidísimo cuando aplicás el zoom in a las dos ilustraciones del artículo y ves de qué va el asunto. Podés probar con este enlace: www.ksta.de/html/artikel/1182933905344.shtml.
El motivo, le adujeron, es que en EE. UU. hay instituciones que miran con lupa los libros, unas instituciones donde muchas veces se desempeñan fundamentalistas, y si algo no les parece correcto, ponen sobre aviso a las 40.000 bibliotecas del país, de que tal y tal libro no es apto para niños porque contiene pasajes pornográficos. Lo que, claro está, es un riesgo muy grande para las editoriales que los publican. Así es que en este caso, poniéndose el parche antes de haber una herida, le pedían a Frau Berger que sacase esas dos ilustraciones. Mas como ella se negó, no se firmó el contrato.
Por su parte, la editorial USAna tampoco había aceptado la oferta de Frau Berger de tapar los lugares “escandalosos” con franjas negras: «Está claro que nadie se autodenuncia, pero para mí lo peor es una censura que no se ve, y las franjas, por lo menos, hubieran inducido a preguntar ¿qué es lo que están tapando?» arguyó ella. Luego dijo que conoce dos casos donde los autores aceptaron la manipulación de unas ilustraciones de sus libros: Axel Scheffer, hace quince años, tuvo que retocar las ubres ¡¡¡de una cabra!!!, y Ali Mitgutsch debió pintarle la parte superior del bikini a unas niñitas en la playa.
Termina Frau Berger sincerándose mucho acerca de las imposiciones del mercado americano: «Ellos lo hicieron, yo no. Y esto parece ahora algo especial, pero es un problema de lujo: no sé cómo habría reaccionado si hubiese andado muy necesitada de dinero. Vivo de vender libros. Pero una cosa como esta me indignó tanto que dije: Ni hablar del asunto».
Lindo, ¿no? Te recuerdo, pudibunda mía, que los Estados Unidos son defensores a ultranza del derecho a la libertad de expresión. Lo que a su vez me recuerda una anécdota que se cuenta de aquel espíritu agudo que fue Bernard Shaw. Y es que dicen que dijo que aunque todo el mundo lo consideraba un maestro de la paradoja, ni siquiera a él se le habría ocurrido la idea de erigir la Estatua de la Libertad precisamente en el puerto de Nueva York, como quien dice la puerta de entrada en el país.
Una cosa la tengo bastante segura, y es que si en algún lugar de los EE. UU. hubiera habido alguna vez una fuente pública con una estatua como la del Manneken Pis (el niño meón) en Bruselas, hace tiempo que ya la habrían castrado.
Te beso tras el velo con que tapás tu rostro ruborizado, y hasta la Victoria (la de Samotracia) siempre. |