La política del absurdo

En su más reciente novela, Antonio Ungar destaza la risible politiquería latinoamericana.

Por Danny Brenes

Tres ataúdes blancos

Antonio Ungar. Anagrama, 2010

No hay como Anagrama. Podemos decir, sin temor al yerro, que no conoce el universo hispanoparlante casa editorial más prestigiosa y legendaria que la radicada en Barcelona, la de los lomos rojos. Por ello, el Premio Herralde —máximo reconocimiento que entrega Anagrama en el campo de la ficción— conseguido por Antonio Ungar con Tres ataúdes blancos, hace cosa de un año, es la mayor garantía de una lectura entretenida, retadora, satisfactoria. La tercera novela publicada por el bogotano, cuyo nombre ya ha figurado entre los colaboradores de SoHo en ediciones previas, se adentra en la realidad política de un país brotado por completo de su imaginación, Miranda, el cual, sin embargo, recuerda de manera concreta el vía crucis del totalitarismo sufrido por tantas naciones latinoamericanas a lo largo de dos siglos de vida independiente. Es ahí donde un tipo de pocos amigos —y menos ambiciones— es forzado a suplantar la identidad del líder de la oposición. Tal es la premisa del thriller que nos entrega Ungar; no obstante, esta no es más que una coartada que esconde, como una cortina de humo, las verdaderas intenciones del colombiano: hacer parodia del ridículo juego político al que se ve enfrentado, de manera reiterada, nuestro subcontinente y, sobre todo, realizar un espléndido despliegue de toda su habilidad narrativa, que salta del drama al humor —tanto ácido como elegante— sin mayor problema. Todo esto lo lleva a puerto a través de la omnipresente narración de José Cantoná, protagonista, quien, ya desde la primera página, sabe lo que quiere: contar la historia de su padre, de su república en ruinas, del candidato Pedro Akira, de su buen amigo Jorge Parra, pero, sobre todo, de su música interrumpida, de su rutinaria vida. ¿Cómo brincamos de este cuadro al caos político al que deberá enfrentarse Cantoná? Solo la pluma ágil de Ungar puede descifrarlo. Claro está que esta obra no es una novela política. Es, más bien, una novela antipolítica. Es una burla maravillosa, una desgarradora broma que desnuda ese teatro absurdo que responde a un nombre tan ajeno como nuestro: Latinoamérica.


No confíes en nadie

S. J. Watson. Grijalbo, 2011

Sabemos exactamente lo que está pensando y compartimos su opinión: no es fácil confiar en el contenido de un libro cuando su tapa adorna los estantes de best sellers de prácticamente todas las librerías josefinas. Pese a todo, bien puede que estemos ante una de esas rarísimas ocasiones en que, sí, la calidad literaria del texto que se esconde tras esa portada tan vastamente prostituida a manos de las casas de libros comerciales de la capital está a la altura de sus ventas. Examinemos las evidencias. Uno: la premisa de una chica que solo puede retener memorias por un día, a causa de un feroz accidente, nos recuerda a esa joya cinematográfica titulada Memento; dos: estamos ante el debut de un novel autor británico del que podríamos esperar grandes cosas a futuro; tres: las 37 traducciones y su inminente aparición en cines no puede ser casualidad o parte de un masivo y frenético plan comercial... ¿O sí? Esta es su oportunidad para desmitificar aquello de que todo líder en ventas afloja en lo que más importa: su contenido. Compruébelo y luego pásenos el santo a quienes no nos atrevemos a abrir la billetera por los Midas de la literatura.

Bajo la lluvia Dios no existe

Warren Ulloa Argüello. Uruk editores, 2011

Entre lo light y lo ácido, entre lo comercial y lo irreverente, la primera novela de Ulloa Argüello aterriza en librerías cargando un vasto equipaje de comentarios, en gran medida positivos —en ocasiones, si es eso posible, demasiado positivos—, que han pululado en la red desde que las primeras versiones de la obra comenzaron a navegar la banda ancha. Aparecida con la bendición de Uruk Editores y su colección Sulayom de narrativa centroamericana, Bajo la lluvia Dios no existe es un veloz y, por momentos, salvaje vistazo a la juventud de clase alta costarricense: sus facilidades, sus excesos, pero sobre todo sus grietas. Warren se aferra con fuerza al fusil del argot más fuerte —del que usa y abusa con propiedad y conocimiento de causa— para disparar proyectiles contra lo establecido: religión y familia, educación y sociedad: no hay cabeza a salvo. Será de la mano de Mabe y Bernal, jóvenes protagonistas, que el lector atravesará un trip —pocas veces ha resultado tan apropiado dicho anglicismo— plagado hasta la saciedad de drogas, sexo y libertinaje patrocinado por la alta alcurnia de la Suiza regional.