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En un país como Costa Rica, sufrir y sudar al menos tres veces por semana y pagar por ello, es menos húmedo bajo el paraguas de un gym. (Como diría Bukowski: no había nada de dinero pero había mucha lluvia). Mientras se aprietan botones y se escogen opciones en la caminadora o la elíptica, uno puede también, aunque parezca mentira, ejercitar la mente y observar el rebaño del lugar. Distintos personajes que desfilan entre pesas, máquinas, colchonetas, instructores, música y muchos espejos. Contemplarlos puede resultar entretenido, aunque las escenas varían según los horarios, los tipos de gimnasios, el costo de la mensualidad y los motivos por los cuales se asiste.
Definitivamente en el gym no sólo se hacen ejercicios físicos. Podría decirse que el Gymnasion -en griego original-, es un sitio con gente en movimiento, que levanta y sube cosas una y otra vez, pero que tal vez acorde a estos tiempos, está siempre en el mismo lugar. La clave de acceso suele venir contenida en una tarjetita -en la que se sale con fantastic face de yo no fui-, y avala que allí no sólo es posible realizar actividad física, sino que también se es parte de un universo, otro. Aquí están sólo algunos pocos protagonistas.
Los que más llaman la atención son los lobos aulladores en celo, esos que expulsan sonidos guturales con cada pesa, como si acabaran de tener el orgasmo de su vida. En el otro extremo están los callados, de quienes se adivina que no son mudos porque en algún momento se los ha escuchado decir hola. Mención aparte merecen los que llevan años y no progresan. Su referencia puede hacer que renuncies a la idea de combatir, o al menos acompañar, la metamorfosis corporal cuando se acaba la magia del buen metabolismo de los 20, del fat free, de la buena salud o de la aceptable tonicidad. Sin embargo, sí se puede emular la perseverancia atroz de los que siempre están empezando.
Músculos importantes para algunos son los del ojo. Al menos eso deben pensar los que viven escaneando a cuanto cuerpo pasa ante ellos. Esos verdes babosos a quienes se les confunde la saliva con el sudor. Si de vista hablamos, están también quienes tienen distorsionada su imagen cronológica. A ellos, los pendeviejos, les fascina usar vestimenta de 20 en cuerpo de 60. Por otra parte, los hombres dicen que las ricas hacen falta para estimularse. Pueden ser las más calladas, pero no las menos destacadas. (Contradiciendo a Bukowski diría, chicas con caras que son lobunas o predatorias). Otra variante femenina son las rocas, veteranas de varias guerras que sudan sin que se les corra el maquillaje. Pero si de vanidad se trata, nada como los acaparadores de espejos. Se miran, se admiran y se aman hasta en los cristales del baño.
Por el bath room es por donde deberían pasar los enemigos de la higiene, esos que huelen tan mal que se parecen a Tecnoman, porque aparentan llevar un escudo protector. Con el mismo abolengo están los que no se duchan, pero eso sí, se cambian y se van volando a trabajar con la excusa de vivir a mil. ¡Ah la indumentaria! Podemos ver a los desubicados que van vestidos con ropa de calle, pero también a los que lo hacen al último grito de la moda en ropa deportiva. Suelen ostentar marcas por todos los costados, hasta en los tatuajes. O aquellos que no pierden su style hippie, punk o gótico a expensas de la lycra. Los mejores son los que van tan tallados. A ellos dan ganas de gritarles que le pongan un bozal a la boa.
En fin, cuando era pequeña escuchaba que ir al gimnasio no era tan bueno como parecía. Placer para algunos, tortura para otros, lo que nunca me dijeron es que podía resultar divertido. Me repetían que era más importante la formación intelectual que la física. ¡Así quedé! Voy al gimnasio a practicar la observación participante porque lo mental todavía puede a lo muscular. Eso sí, a pesar de todo, reclamo mi derecho al espejo. ¡Felices y lipidosas fiestas!
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