Poder tomarse un buen café, denso y aromático, en cualquier sodita, por humilde que sea.
Taxistas que lo consideran a uno un cliente.
Más semáforos y pasos peatonales (son unas rayas pintadas que significan que los carros tienen que frenar por los humanos).
Transporte público más caro, no importa, pero decente.
La voluntad de integrar a los inmigrantes.
El antirracismo beligerante.
Entrar a una tienda con cien euros y salir hablando por un celular propio.
Oferta de zapatos de mujer sin tacón.
En general, una manera menos emperifollada de entender la feminidad.
Poder ir a Estados Unidos sin preocuparse por la visa.
Una ironía permanente con todo lo que huele a gringada.
Una cosa que se llama Estado laico. Parece una tontería, pero marca la diferencia.
Un generalizado espíritu detractor con todo el aparataje eclesiástico.
Una sexualidad un poquito menos culposa.
Existencia de burgueses esnobs que se hacen llamar “de izquierdas”, y que ayudan a equilibrar la balanza.
Poder ganarse la vida escribiendo.
Librerías enormes y bien surtidas.
Y una clase social que las visita. Hasta gasta dinero en libros.
Un periodismo crítico, literario, y por eso más veraz.
Poder reír las tonterías de Hugo Chávez. Considerarlo un bufón, no un demonio.
Una consolidada industria de publicidad y televisión.
El derecho al aborto. Pagado además por la Seguridad Social.
Viajar a países vecinos sin parar siquiera en las fronteras y sin cambio de moneda.
Homenajear a Chavela Vargas como se lo merece.
El matrimonio entre homosexuales.
Poder pedirle al vecino que baje la música, sin que el raro sea uno.
Poder ir al trabajo en jeans (sin que el raro sea uno).
Poder tirarse en el zacate de un parque a descansar y darse besos (sin que el raro… etcétera).