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Secuestrado
- Por Marcelo Birmajer
- Publicado 07/11/2011
- Nada tiene sentido
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En el año 2005, me reencontré, por pura casualidad, con mi amigo de la infancia, Sergio Zanjo, en el aeropuerto de Bogotá. Él llegaba en el vuelo de Copa por una cuestión de negocios, en compañía de su esposa; y yo, en el de Avianca, una vez más, invitado a una conferencia o a un festival o a un colegio, para hablar de mis libros juveniles. Contándonos nuestras vidas, tomamos juntos el taxi al centro; ellos al Sheraton, yo al Dann Carlton. Intercambiamos mails y teléfonos, pero nunca los utilizamos. Un año más tarde, y no crean que esto es una digresión, me invitaron a un congreso literario en Corea del Sur. Mientras que en Colombia el riesgo es que quieras quedarte, en Corea del Norte el riesgo es que no te dejen salir. De modo que cuando me invitaron a Corea del Sur, tomé el buen recaudo de preguntar dónde comenzaba el límite con el manicomio de Kim Jong II. No obstante mis prevenciones, me llevaron hasta el paralelo donde las dos Coreas se enfrentan y, para mi gran sorpresa, me pareció ver la cara, del lado de Corea del Norte, de la esposa de mi amigo Sergio Zanjo. Fue un segundo, y luego la cara se desvaneció en el aire. Desde el 2006, cuando eso me ocurrió, hasta el año 2010, no volví a ver a Sergio ni a su esposa; de modo que mi percepción del rostro de su señora en aquel escenario bizarro permanecía entre corchetes de incredulidad, ponderando interiormente yo si se trataría de un espejismo, una alucinación o si realmente había visto a Helena Zanjo en la frontera, y su rostro se había esfumado en el aire como un globo de helio escapado de la mano de un niño. Yo no había compartido con ella, en toda mi vida, más que un viaje en taxi; de modo que bien podía haberla confundido con cualquier otra mujer. En el 2010, Sergio y yo nos cruzamos nuevamente en Bogotá. Por primera vez usó mi mail, me dijo que sabía que yo estaba en la ciudad y me citó en el café Juan Valdez. Lucía desmejorado. Yo volvía por un asunto literario, pero él ya no por negocios. Se había prendado de una colombiana y, separado desde el 2006 de Helena, por fin había tomado la decisión de apartarse de sus hijos y venir a vivir a Bogotá. Entonces, su novia colombiana decidió dar fin al romance. Amparado en que ya no era el marido de Helena, me animé a consultarlo acerca del rostro de su “ex” en Corea del Norte. La cara de Sergio, ya de por sí marchita, empalideció. Dejó caer la cabeza hacia abajo. Estaba admitiendo mi visión. —Cuando nos encontramos aquí mismo, en Bogotá, en 2005 —comenzó Sergio—, conocí a Lina. Me enamoré perdidamente. ¿Vos viste los culos que tienen las colombianas? Su comentario extemporáneo me desconcertó. Sergio me observó demudado. Pero yo quería que terminara de narrarme su historia. —En fin —siguió—. Encontrarte en aquel 2005 fue providencial. Helena volvió una semana antes a Colombia, para que los niños no estuvieran tanto tiempo sin los dos. Yo debía regresar una semana más tarde. Permanecí en Colombia, debido a Lina, cinco meses más de lo esperado. |
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