Los costarricenses metemos la pata por el mundo entero, pero el pasado 5 de junio la metida llegó hasta el fondo. Lugar: nada más y nada menos que el Pontificio Instituto de Música Sacra, en Roma. Protagonistas: nuestro Ministro de Cultura, Manuel Obregón, alias El Mechas, como le dicen con cariño por su exótica melena. Dos: Fernando Sánchez, alias El Memo, pues es el del famoso memorándum del miedo del TLC, que ahora como premio es Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede. Tres: el cardenal Gianfranco Ravasi, del cual se dice que podría ser el próximo Papa si no fuera por sus ideas demasiado liberales sobre la pedofilia. Y cuatro: Catalino, el loro cantor que llevaba de sorpresa nuestro jerarca de cultura.
Era un tranquilo domingo romano, perfecto para disfrutar del concierto Génesis para piano y loro, que ofrecería el Ministro Mechas ante los Santos Padres. Todo había sido planeado por El Memo, quien, a pesar de ser un gran estratega, no consiguió evitar la catástrofe que se desató.
Como sabrán algunos, las mujeres cristianas (como las judías ortodoxas o las musulmanas) tienen que taparse la cabeza para poder ingresar a los sitios sacros. Cuál no sería la sorpresa de El Memo cuando, a pocos días del concierto, descubrió que, según el Nuevo Protocolo Santo (que data del Concilio de Annus Dócile, de 1232), nadie puede presentarse ante los Santos Padres con la larga melena al descubierto, sea hombre o mujer. El Memo, parado de uñas, llama desde la Santa Sede al Ministerio de Cultura. ¿Podría el ministro cortarse el pelo para la ocasión? Desde Cultura, le respondieron en inglés: “No way, la melena es el emblema del minister”. ¿Hacerse una trencita? “Menos, Memo, no sea necio y sóquele a escribir un memorándum para el TLC con China”.
Después de darle muchas vueltas, El Memo llegó a la conclusión de que la única salida era convencer a Mechas de que se pusiera un velo. Si hay algo que no le falta a nuestro Memo es labia. A menos de 72 horas del evento, logró convencer a Mechas de que diera el concierto con un velo discreto y varonil, diseñado por los gemelos Dolce y Gabbana.
Llega el gran día. La función va a comenzar. Los sacerdotes presentes no son unos jovencitos, se escuchan toses, marcapasos y hasta un tanque de oxígeno. Al fin, silencio en la sala. Entra el jerarca con su frac y su velo. Se sienta y da inicio al rimer movimiento de su concierto. A los pocos minutos, entra volando Catalino y se posa en el hombro de su amo, para dar inicio al dueto. Es parte de la nueva tendencia de mezclar música con sonidos de la naturaleza. Todo va saliendo como planeado, no en vano el pianista ha ensayado durante años con el loro en las horas libres que le deja Cultura.
Catalino entra y se posa en el hombro de Obregón, pero, en lugar de la blanca melena cual nube esponjosa a la que está acostumbrado, el pobre pájaro se encuentra algo así como a Sor Perfidia sentada al piano. Catalino empieza a dar picotazos en el velo negro y rígido que cubre la cabellera de Obregón. Este intenta seguir adelante con la música con una mano, mientras con la otra trata de agarrar a Catalino del pescuezo. Esto altera más aún al ave, que empieza a emitir unos graznidos que se oyeron desde el Coliseo, dicen. El Memo Sánchez sospecha que esto no es parte del guión, pero no se atreve a intervenir. El concierto está siendo grabado por Radio Vaticano para su retransmisión. Sánchez comprende que algo anda mal cuando escucha a Mechas decir entre dientes: “Jueputa loro”. Catalino a esas alturas está intentando sacarle los ojos a picotazos a nuestro ministro. Gianfranco Ravasi en persona se pone de pie, se quita el rosario que lleva colgando y trata de darle con él a Catalino. Catalino pierde plumas, pero no fuerzas. Hace sus necesidades en la calva de Ravasi. Ravasi lo agarra y está a punto de ahorcarlo con el rosario, pero se presentan los guardias de seguridad y consiguen reducir al animal. Obregón intenta reacomodarse el velo; sin embargo, se le cae al suelo. Memo se pone a abanicar con un programa a Ravasi, quien está a punto del desmayo.
Tengo este circo grabado en mi celular. Me han llegado a ofrecer hasta 20 mil euros por él. Pero yo quiero
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