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Un día como entrenadora de fútbol americano
La guapísima presentadora de Televisa Deportes y redactora del diario Récord decidió bajarse de sus tacones Louboutin para entrenar durante cuatro horas al equipo de los Pumas, de primera división. Este fue el resultado.
Por Vanessa Huppenkothen
La tarde en que asumí el cargo de coach del equipo de fútbol americano de primera división de los Pumas, hacía un frío del demonio. El viento helado me anestesió los huesos, los músculos, la cara, todo. Para rematar, una nube negra amenazaba con soltar sobre nosotrosun aguacero y terminar de tajo con mi fugaz carrera como entrenadora. Sin embargo, asumí mi tarea con orgullo. Primero, porque siempre he sido seguidora del deporte. Segundo, porque entiendo que los jugadores mexicanos no participan por dinero, sino por pasión pura: cualidad admirable —ya quisiéramos ver a un jugador de soccer, como Cuauhtémoc Blanco, meter goles por amor al arte—. Y tercero, porque me pareció agradable volver al campo de práctica de la UNAM, en donde dejé hace algunos a–os tantos recuerdos.
Cuando era pequeña, mi madre y yo íbamos a ver jugar a mi hermano, quien formaba parte de Los Cóndores, con el número 51 en su camiseta. Su posición era línea ofensiva o guardia y, al igual que hacen los muchachos ahora, debía entrenar de tres a cuatro horas diarias, desde el inicio de marzo hasta el final de a–o. Siempre lo admiré por su fortaleza, así que me pareció interesante probar un pequeño bocado de semejante disciplina.
Como soy periodista de deportes, conozco bien las reglas del juego. Sé, por ejemplo, que el objetivo del juego es cruzar con el balón la línea de gol contraria. Sé que esto se llama touchdown y le da al equipo seis puntos. O que también se puede anotar cuando un jugador lanza el balón y pasa a través de los palos de la portería: del otro equipo, por supuesto. Que las ligas son infantil, juvenil, A, AA, liga intermedia y liga mayor. Sé que una falta gravísima sería sujetar al defensor, aunque no hay problema si lo empujas. Sin embargo, una cosa es saberlas, como quien repite las tablas de multiplicar, y otra muy distinta es tratar de aplicarlas entre medio centenar de hombres diez veces más altos y corpulentos que tú.
Mi llegada al campo de fútbol fue extraña. Los jugadores, esos jovencitos (el mayor debe tener 26 años) de músculos enormes y capacidades físicas que Flash y Hulk de verdad envidiarían, se sintieron nerviosos. Los entiendo, el coach Raúl Rivera se hacía a un lado y me daba paso a mí, una diminuta mujer de 1,65 metros de estatura y 46 kilos: nada más lejano a un Puma. Si acaso llegaba a gatito. Sí, eso es, la escena era tan patética como ver a Kitty (la dulce Hello Kitty) en medio de un montón de fieras salvajes en plena jungla.
Agarré mi silbato (me parecía un utensilio indispensable para hacerme escuchar), reuní a los chicos y les di una pequeña charla, según yo, motivacional. “Hoy vamos a entrenar como nunca. No dejaremos que nos derrote el frío. Debemos ser máquinas de acero para vencer a las Águilas Blancas —el equipo del Politécnico Nacional y la mayor competencia de los Pumas—. Vamos a llenar estadios, vamos a enloquecer a la afición”.
Motivados, no sé si quedaron, pero, al menos, la verguenza se les pasó. En cuanto terminó mi discurso y mi equipo vio que no era la chica fresa de la televisión, sino una entrenadora común y corriente (y, aceptémoslo, menos preparada), entraron en confianza. Y cuantomás corrían, hacían flexiones, daban brincos, el calorcito se les colaba en los músculos y les iba despertando las lenguas y las mentes. Debo confesar que los chicos, aunque coquetos, siempre fueron unos príncipes. Los piropos —nada subidos de tono— que antes solo se murmuraban, empezaron a lanzármelos con más fuerza, en voz alta. “Me caso”, me gritaba alguno. Yo no hacía caso y, en cambio, lo ponía a hacer veinte sentadillas más. “Estás divina”, decía uno más, y yo me hacía la que no oía y exigía otras diez vueltas al campo. “Ah’ te hablan”, le decía uno a su compañero. Llamé al número 75, un morenazo de casi dos metros de altura, para que me ayudara a organizar una jugada y, mientras le daba las instrucciones, el resto de jugadores, que parecían más bultos repletos de testosterona, coreaban como niños de primaria: “Beeeso, beeeso, beeeso”.
¡No manches! Hacerlos callar era más difícil que conseguir que Vuoso (prefiero los ejemplos de soccer) metiera un gol al equipo enemigo. “Vamos a ensayar lanzamientos”, les dije, después de respirar hondo y emitir un sonido largo y agudo con mi silbato. Ellos se ordenaron en fila, presididos por Erick Mosquera, el capitán del equipo. Pero, ni hablar, mi ejercicio resultó un fracaso.
Por más de que yo me esforzaba en aventarles el balón lo más alto posible para que tuvieran que saltar y retorcerse para alcanzarlo, los muchachos cada vez tenían que agacharse más. Ellos trotaban —sería ridículo decir que corrían como bólidos—, resoplaban y jadeaban comosi estuvieran extenuados, aunque yo sabía que lo hacían por cortesía, por caballerosidad, por piedad. Para ellos jugar conmigo era como jugar con un niño de tres años, a quien hay que hacerle creer que es, ya no digamos Tony Romo (quarterback de Dallas) o Mark Sánchez de los Jets, sino Supermán. Muchachos, les agradezco la intención.
La tarde siguió así, entre ejercicios estúpidos, que los chicos intentaban seguir, condescendientemente. De vez en cuando, cuando no entendían mis instrucciones —no los culpo, ni yo misma entendía lo que les pedía— aparecía en el campo el coach Rivera, quien se divertía viendo mi torpeza desde la banca, imponía su voz de mando y daba una instrucción completamente diferente a la mía. Después me lanzaba una mirada, como diciéndome “era esto lo que querías, ¿verdad?”. Y así no fuera lo que quería, qué más daba, al fin y al cabo, yo estaba hecha bolas.
Al final de la tarde, la única cansada fui yo, que había corrido, gritado y estirado los brazos en todas las direcciones. Estos chicos si acaso habían quedado confundidos con tanto disparate que les pedí. Me quedó claro que como entrenadora me muero de hambre y será mejor seguir dándole al periodismo. Sin embargo, debo decir que tanto sudor de mi parte no fue en vano. El glorioso equipo de los Pumas no me pidió que volviera al siguiente día para entrenarlos —aunque se caracterizan por lo agresivos, no quiere decir que sean suicidas—, pero sí que fuera su madrina para el acto inaugural de la temporada 2011, que se llevará a cabo en septiembre. Yo estaría lista para desfilar con ramo de rosas en mano y playera del equipo. Y, quién sabe, a lo mejor y alguna de mis jugadas estrellas —guardo las esperanzas— se les escapa en alguno de sus partidos. |